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Blog de relatos y artículos escritos por Juan Díaz Olmedo

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Blog Literario de Juan Díaz Olmedo

Diabolus In Musica - Capitulo 9

jueves 9 de octubre de 2008

Tres años después

El rostro de Zona le contempla con ojos ciegos de cristal desde el escaparate, su belleza deliciosamente retocada por los maquillajes más selectos, sus cabellos minuciosamente peinados alrededor de su dulce rostro para enfatizar esa faceta felina de sus rasgos. Extiende una mano hacia los presentes en un gesto misterioso mientras surge de una artificial oscuridad conseguida en un estudio fotográfico, con el resto de su grupo aún en las sombras, tan solo insinuadas sus siluetas. A nadie le importan, nadie se fija en ellos. Solo en ella, en la deliciosa Zona, aunque ya nadie la conozca por ese nombre.

Alex la contempla con una sonrisa en sus crueles labios, mientras una dependienta de los grandes almacenes, con expresión aburrida, cierra la verja del escaparate donde se expone la enorme fotografía, una de las muchas que decoran la ciudad, y otras muchas ciudades alrededor del mundo, promocionando el nuevo disco de la que llaman Reina de los Gatos, la nueva diosa de la música gótica. Alex no hace más que oír hablar de su extraña y turbadora música, del toque suavemente desquiciado de sus letras y de su tenue y dulce voz. Circulan leyendas sobre ella, hay quien dice que fue víctima de una violación, e incluso en una leyenda delirante que afirma que un asesino en serie la mantuvo secuestrada por semanas. Solo así pueden los que la escuchan justificar la turbadora sensación que sus canciones les provocan.

Afortunadamente, piensa Alex, nadie sabe la verdad. Y si se supiera, nadie se atrevería a creerla.

Se abotona su gabán, temerosa de que la niebla helada que surca la superficie del río le arrebate el poco calor que atesora en su cuerpo. Dirige una última mirada a la fotografía y le lanza un beso, ignorando la expresión de perplejidad de la aburrida dependienta, que continúa luchando con una cerradura que no parece funcionar. Se gira y avanza hacia el río, hacia uno de los puentes que lo cruzan, de vuelta a su nuevo hogar.

Mientras cruza el ancho río mira a su alrededor, a una ciudad que comienza a sumirse poco a poco en un hermoso letargo. Llegó aquí hace tiempo, huyendo de demasiadas cosas. Se detiene un momento en la barandilla del puente, mirando la parte vieja de la ciudad, que muestra ante ella su estudiada iluminación. Si, es un hermoso lugar. Fue todo tan apresurado que ni tuvo tiempo de mirar sobre su hombro y ver lo que había dejado atrás. Fue tiempo después cuando se atrevió a investigar, cuando descubrió en una hemeroteca la noticia de la extraña muerte de un grupo de música underground. Tan solo una superviviente, que había presenciado la grotesca masacre, y había descrito a un asaltante misterioso que nadie había encontrado, pero que se había cobrado más vidas esa noche en otras partes de la ciudad. Era un suceso que todavía resurgía de vez en cuando en forma de nuevas teorías en las páginas de la prensa sensacionalista. El Halloween Sangriento, lo llamaban. Tardó un poco más en averiguar lo que había ocurrido con los cadáveres. Al fin lo averiguó, por una obra de investigación de no mucho prestigio que surgió un año después. No se habían encontrado familiares de las víctimas, ni ninguna documentación que los identificara. A petición de la única superviviente, que permanecía en el anonimato, se habían incinerado los restos.

Alex se sintió horrorizada al leer aquellas palabras. Por un tiempo se negó a aceptarlo, desconfiando de las fuentes en las que aquel libro barato podría basarse. Pero después comprendió que era cierto, que debía serlo. Ella lo sabia, sabía lo que eran, y tras lo que había visto era lo más lógico. Y aquella comprensión le arrancó una sonrisa despiadada. Aunque le costó encontrar la dirección, consiguió enviar a Zona una carta de agradecimiento, tan solo un pedazo de cartulina en blanco con sus labios marcados con carmín y su nombre escrito con rotulador. No adjuntó remite. No esperaba volver a saber de ella hasta que escuchó su voz en la radio.

La brisa llega helada del norte, presagiando las nieves que traerá un invierno que acaba de comenzar. Alex se frota los brazos por encima de su abrigo y mira la esfera finamente decorada de su reloj de bolsillo. No quiere llegar tarde a su cita. Mete las manos enguantadas en los bolsillos y continua su camino, cruzándose solo con un solitario autobús medio vacío.

Cuando pasa frente a la catedral, le sorprende el sonido de una guitarra acústica rompiendo el falso silencio de la noche. Aminora la marcha para escucharlo con detenimiento, mientras busca su origen con la mirada. Al fin lo encuentra, apenas un pequeño punto distante, bajo el gran arco de la tenebrosa catedral gótica, un músico callejero que desgrana una vieja canción de los tiempos en que Alex era mortal, una canción mítica como pocas que relata una vieja leyenda celta con sones de rock. Se esfuerza apenas un instante y recuerda la letra, y comienza a cantarla en voz alta mientras camina.

Al fin llega al bonito barrio bohemio, iluminado por las melancólicas farolas de metal negro y vidrio ocre y las luces cálidas que surgen del interior de los cafés, con la promesa de calor y buena cerveza. Alex se dirige al café que ostenta la pintoresca enseña de un cuervo sobre un busto clásico. Abre la puerta de madera color burdeos y se detiene un instante en el umbral, sintiendo la bendición que emana del caldeado interior.

Su cita ya ha llegado, la ve mirándola con ojos tímidos, en el lugar más alejado de la entrada. Se acerca a ella lentamente, deleitándose de la fascinación que despierta en la romántica jovencita de largos cabellos rubios. Se sienta junto a ella sin decir palabra y se quita lentamente los guantes, sin dejar de mirar esos ojos verdes en los que la timidez se confunde con el miedo. Deja los guantes de cuero sobre la mesita de blanco mármol y mira por un momento sus largas uñas pintadas de negro.

-Buenas noches-susurra.

Ella tan solo asiente. Alex se imagina lo que puede estar cruzándose por la mente de la joven. Quizá creyó que ella no existía, que era solo una leyenda, o quizá una broma demasiado elaborada. Desde que llegó a la ciudad, Alex ha estado forjando su nueva existencia poco a poco, creando rumores que se ha encargado de fomentar con sus actos, consiguiendo una pequeña fama como poeta y cantautora, pero permaneciendo al mismo tiempo en el misterio. Tan solo permitió que una fotografía suya apareciese una vez en una publicación local, y era tan borrosa y oscura que tan solo se adivinaba su rostro. Una editorial underground le publicó su libro de poemas "Yonki Sanguíneo", lleno de claves e insinuaciones para todo aquel que se atreviese a leerlas. Y cuando comenzó a escribir sus propios poemas en las paredes de los callejones oscuros, no le sorprendió ver que pronto otras la imitaban empleando sus propias palabras. Cuando reveló la forma de contactar con ella, en forma de poesía, no tardó en recibir proposiciones enigmáticas y poéticas.

"Quiero ser tu absenta, que me saborees en tu delirio", había escrito aquella chica hacia dos noches, bajo uno de sus poemas, empleando una barra de labios de color negro.

Y aquí está ahora, deseando que me alimente de su dulce y cálida sangre.

Alex llama a la camarera e invita a la chica a una cerveza. Le susurra tenuemente al oído que así su sabor será más dulce, y siente el escalofrío que sus palabras desencadenan en la joven. Por un largo momento, mientras la jovencita bebe su cerveza en cortos tragos, juguetea con sus gélidos dedos sobre su cuello y su nuca. Esta totalmente hechizada por ella.

Salen de allí, sintiendo el mordisco implacable del frío que azota la calle. Un pequeño portal y una escalera empinada llevan al refugio de Alex, un lugar pequeño con un encanto que no creía ser capaz de encontrar en ningún lugar. La joven deja que la tumbe en uno de los divanes rojos del salón, y que prepare cuidadosamente los instrumentos de su poética depredación.

Alex ha llevado su filosofía al extremo en todos estos años. Comenzó matando menos cada vez, alargando los periodos de abstinencia lo más posible, hasta llegar al límite que le impediría conseguir nueva sangre. Y no le sorprendió descubrir que ese límite se hacia cada vez mayor, hasta que no tuvo necesidad de matar, hasta que con solo una pequeña ración de cálida sangre extraída de un cuerpo vivo cada semana tenía suficiente para mantener el calor interior. Sabe que todo ese control es ilusorio, siente la tentación de tomar la deliciosa sangre de la jovencita aquí mismo, de segar su vida rajando su cuello e inundando su boca del elixir de sabor acerado que contiene. Pero la disciplina a la que se ha sometido durante este tiempo le ha dado una cierta sabiduría, una cierta paz interior a la que no está dispuesta a renunciar.

Sube la manga del jersey negro de la chica y le ata una goma por encima del codo, para que las venas se le marquen en su pálida piel. Hace lo mismo con su brazo, y coloca una aguja nueva en su bonita jeringuilla de cristal. Se inclina sobre la chica, que la observa extasiada, y deposita un beso sobre sus labios entreabiertos al tiempo que hunde la aguja en una de las venas de su brazo. La chica exhala un hermoso gemido mientras la sangre es drenada de su cuerpo. Alex clava la jeringuilla llena en su brazo y la vacía, sintiendo como el calor la inunda, acariciando todo su cuerpo desde el interior. Lo repite una y otra vez, sin dejar de besar a la chica, susurrándole oscuras poesías al oído que improvisa sobre la marcha, dejando que la sangre que le roba le inspire.

Cuando la chica comienza a sentirse débil, Alex se detiene. Su admiradora la contempla en silencio mientras vuelve a introducir sus artilugios sanguíneos en el viejo maletín de cuero donde los guarda. Cuando nota que Alex guarda la jeringuilla todavía llena de sangre, se sorprende.

-¿Por qué no la usas?-pregunta tímidamente, casi en un susurro.

Alex cierra el maletín y la mira con una sonrisa.

-Me la reservo para luego-le dice.

La chica se limita a sonreír.

Vuelven a besarse en la despedida, con la promesa de volver a encontrarse, quizá muy pronto. Y Alex vuelve al interior de su pequeño hogar y llevando su maletín asciende los escalones de madera que la llevan al desván, hacia una alargada caja de madera medio oculta bajo una lona gris. Retira la lona y levanta lentamente la tapa de la caja, dejándola a un lado. Después se arrodilla junto a la caja y contempla su interior en silencio por un momento, como siempre hace.

Ya no queda ninguna marca de la herida que le provocó aquella noche maldita. La sangre que llevaba en su cuerpo la curó lentamente, y hoy su pálida piel aparece sin ninguna marca. El pequeño cuerpo de Voltaire descansa sobre un lecho de satén negro, completamente desnudo, tan hermoso como siempre. Sus ojos azules están cerrados, y en su rostro aparece una expresión de calma que reconforta de alguna forma a Alex cuando lo contempla. Besa suavemente la frente de Voltaire y acaricia sus cabellos, mientras le susurra una canción de cuna. Voltaire ha permanecido inconsciente desde que Alex atravesó su corazón con su propia navaja. Se diría que su mente o que su deseo de vivir fue consumido por aquella ansia frenética que la había poseído. Pero Alex sabe que aún hay algo dentro de esa hermosa envoltura.

Alex abre el maletín y saca la jeringuilla llena de sangre aún caliente. Clava la aguja en el cuello de Voltaire, justo en la carótida, y vacía el cilindro lentamente. Siempre le guarda un poco de la sangre que consigue, con la esperanza de poder arrancarla de ese letargo en el que está sumida. Cuando termina de inyectarle, besa sus fríos e inmóviles labios y vuelve a cerrar la tapa. Cubre la caja y se aleja del desván, de vuelta a su bohemia existencia.

En la completa oscuridad del interior de la caja, Voltaire abre lentamente los ojos.

http://diabolusinmusica-novella.blogspot.com/

© 2008, Juan Díaz Olmedo

Publicado por Juan Díaz Olmedo en 15:02 0 comentarios  

Etiquetas: Novela Blog

Diabolus In Musica - Capitulo 8

lunes 6 de octubre de 2008

Sabe que están cerca. Lo sabe dentro de ella, una sensación que culebrea enroscándose lentamente en sus entrañas, llevando el calor de la excitación y la alerta allá donde solo hay frío.

El lugar ha cobrado vida al llegar la noche. En la oscuridad, sus contornos se desdibujan, lo hacen parecer más grande. Hay cientos de luces que destellan erráticamente, creando aún más oscuridad al deslumbrar a todos los presentes, jóvenes de cuerpos cálidos cubiertos de negro que contemplan el escenario, el único lugar iluminado por una luz directa. En él, un joven de largos cabellos toca un órgano electrónico haciéndolo sonar como un viejo clavicordio, acompañado por otros dos jóvenes de largos gabanes de cuero y guitarras eléctricas que producen riffs dispares que se unen en una melodía inquietante.

La música ha cambiado mucho, se dice a sí misma Alex, mientras contempla el rostro frío y casi malvado de los ejecutantes, la forma en la que miran por encima de las cabezas del público que los contempla entregados, bailando al son que ellos crean. Son dioses por un instante, son el centro de las vidas de los que les rodean, y lo saben. Disfrutan de ese momento con arrogancia, embriagados por su superioridad. No es como cuando ella cantaba, piensa Alex. No hacen partícipes a su audiencia del ritual que están creando. Si, les hacen disfrutar, pero no les llevan al éxtasis dionisiaco que les es demandado por cada mirada de admiración. Alex da un corto sorbo a su vaso de crema irlandesa y aparta su vista del escenario, prefiriendo sumirse en sus pensamientos. Su mirada se cruza accidentalmente con la de un chico de pobladas patillas y aspecto lobuno, que está junto a ella en la barra, en un lugar ligeramente apartado, medio ocultos tras una columna. El joven esboza un tipo de sonrisa que Alex conoce muy bien, pero ve algo en los ojos de la vampira que hiela esa sonrisa y le hace concentrarse en su jarra de cerveza.

Son pensamientos lúgubres los que cruzan la mente de Alex. No es la primera vez que duda de lo que se dispone a hacer. No debería estar aquí, se dice a sí misma. Debería estar ahí fuera, debería seguir buscando a Voltaire, encontrarla y irme con ella lejos de aquí. Renunciar a esta absurda venganza que no lleva a nada. Ellos creen que estoy muerta, y aunque supieran que vivo, no serian capaces de seguirme.

Pero es algo que necesita hacer, una necesidad tan irracional que ni para convencerse a sí misma es capaz de explicarla. Es algo casi animal, la necesidad primordial de eliminar a aquel que puede constituir una amenaza para ti, o para los demás. Y además está Zona, la pequeña y dulce Zona, a la que ha prometido proteger, a la que quizá no dejen escapar fácilmente. La navaja de Voltaire descansa en un bolsillo de sus pantalones, pero no sabe si tendrá el valor para usarla, para degollarles rápidamente, para que todos les den por muertos y acaben en una fosa común. En el rostro de Alex se dibuja una sonrisa que helaría la sangre del mismo Satán. Sí, piensa, eso seria poéticamente justo. Pero aunque no sea capaz de atacarles, de matarles, al menos quiere que sepan que fracasaron, que no pudieron con ella.

El grupo hace atronar sus guitarras en un crescendo endiablado que termina de golpe, y sin decir palabra abandonan el escenario. Comienza a sonar música grabada mientras una decena de proyectores ocultos decoran las paredes del local con escenas de películas de terror. Las luces del escenario se atenúan, pero Alex puede distinguir a Anais y al resto de los Sonámbulos que comienzan a prepararse sobre él. Termina la crema irlandesa de un solo trago, sintiendo como su frío se va tornando calor al llegar a su estómago, como esa calidez falsa la va desentumeciendo poco a poco al deslizarse en su sangre.

El escenario vuelve a iluminarse de repente, y el público recibe a los Sonámbulos con una sincera ovación que hace sonreír a Anais.

-Truco o trato-susurra sensualmente en su micrófono antes de comenzar a tocar.

*****

Voltaire nota como se va volviendo desagradablemente fría, como la sensibilidad comienza a desaparecer de la punta de sus dedos, de la raíz de sus cabellos. Hace solo un día que dejó casi completamente seco a aquel indigente, pero parece que no ha sido suficiente. Debe conseguir más sangre, debe hacerlo para que sus manos dejen de temblar y de sacarla de quicio. Pero ahora no tiene tiempo para eso.

Hace un buen rato que ha prescindido de las gafas oscuras. Todo está demasiado oscuro a su alrededor, y ha descubierto que pese a lo que digan las leyendas no tiene ningún don especial para ver en la oscuridad. Se detiene un momento y mira a su alrededor, intentando orientarse. Hace mucho que no va a la Cueva de los Bohemios, casi no recuerda el camino, y está tan nerviosa que teme pasarse cualquier desvío y llegar tarde a lo que sea que vaya a ocurrir. Está segura que Alex va a estar allí, que va a enfrentarse a ellos. Se lo dice un cosquilleo inaguantable detrás de los ojos, se lo gritan las polillas de alas aceradas que mortifican su frío estómago. Y ella necesita estar allí con ella, a su lado, decirle que sigue siendo su sirvienta, implorarle clemencia por su atrevimiento.

La calle está iluminada por la tenue y amarillenta luz de viejas farolas y los chillones y tristes neones de varios locales de mala nota. Sí, esta calleja le es familiar. Está cerca, muy cerca de allí. No sabe como va a entrar, aunque quizá pueda colarse por la puerta de atrás. Si Anais actúa esta noche, podrá decir que viene con ella, que ha llegado tarde. Usará sus encantos para seducir a quien esté en la puerta, para que le deje entrar por la nunca pronunciada promesa de algo que nunca ocurrirá. Se pregunta que ocurrirá si se cruza con ellos, con Gareth y Sherri, si será capaz de reconocerlos, como reaccionarán ellos al encontrar una vampira a la que no conocen.

Nada puede dañarme, se dice a sí misma, sintiendo como esa verdad difícil de creer calma suavemente sus nervios cada vez que la pronuncia. Mi voluntad es más fuerte que la suya, se dice a sí misma, y lo repite una y otra vez, la antigua técnica mágica de hacer algo real repitiéndolo cientos de veces, tornándolo en una especie de trance hipnótico, mientras cierra las manos en puños crispados para evitar que sigan temblando. Esta cerca, muy cerca. Entonces es cuando el olor de la sangre asalta sus sentidos y se apodera implacablemente de ellos.

Gira una esquina y lo ve frente a ella, de espaldas, cubierto por un gabán negro, asomado al interior de un callejón, apoyado en la pared como si las piernas no le sostuvieran. Es de él de quien proviene ese olor, esa deliciosa e irresistible promesa de calor, de pura vida para calmar su ansia. Sí, quizá deba hacerlo, quizá sea lo mejor. Así se enfrentará a ellos con la mente despejada, con el alma centrada y afilada como una hoja de afeitar. El extraño sangrante ha elegido una esquina oscura, alejada de los patéticos círculos de luz que proyectan las farolas sobre el asfalto. Sí, será lo mejor. Mientras se acerca sigilosamente a él, sacando el pedazo de cristal del bolsillo trasero de sus viejos pantalones negros, se pregunta si acaso será algún criminal, alguien peligroso, alguien por el que no sienta ningún tipo de remordimiento cuando cercene su cuello, cuando devore su vida, cuando robe su delicioso calor. Todos los movimientos de Voltaire se tornan antinaturalmente lentos y fluidos, como los de una gato cuando se dispone a cazar, toda su atención puesta en que sus botas no hagan el más mínimo sonido sobre el asfalto, en que sus articulaciones no crujan delatándola, en que ningún suspiro escape de su garganta. El olor se hace más y más fuerte conforme se acerca a él, urgiéndole a saltar sobre él, a dejar de lado cualquier precaución y tomar su vida inmediatamente, a saciar su hambre de sangre, de esa vida que siente que se le escapa por momentos. Es un olor desagradable, pero que la excita como la promesa de unos labios hermosos, de una piel suave.

Voltaire alarga lentamente el brazo hasta casi rozar los cabellos grises del extraño con la punta de los dedos. Alza lentamente el trozo de cristal hasta ponerlo a la altura de los ojos y espera allí detenida un larguísimo instante, escuchando los débiles jadeos de su víctima, viendo como las gotas de sudor que resbalan por su cuello brillan tenuemente en la oscuridad. Entonces es cuando el extraño gira de repente la cabeza y la descubre.

Los ojos grises del extraño que contemplan, el rostro convertido en una máscara de sorpresa, y lo que Voltaire lee en ellos la aterroriza. Hay reconocimiento en esos ojos. Son unos ojos que esperaban verla, ver alguien como ella, unos ojos que saben el significado de la mirada opaca de la furtiva asaltante que acaba de sorprender. Un instante demasiado tarde hunde el pedazo de cristal en su cuello, arrancando un gemido de su garganta. Algo estalla entre ellos, y Voltaire siente como un intenso calor la inunda por un instante, sobrecargando sus sentidos, haciendo que sus rodillas flaqueen. Cae al suelo, mientras el extraño la contempla, la sorpresa todavía reflejada en su rostro, la sangre manando de su cuello, el aterrador revolver que acaba de disparar a bocajarro humeando frente a él. Entonces las fuerzas le abandonan y cae junto a Voltaire, que no se atreve a palparse el vientre por miedo a lo que pueda encontrar allí.

-Al menos he acabado contigo-consigue pronunciar el extraño, sin dejar de mirar a los ojos de Voltaire.

La vampira solo niega con la cabeza, más para ella misma que para ese peligroso extraño cuya sangre se derrama miserablemente frente a ella.

-Esto es por Serlina, maldito monstruo-dice el extraño, haciendo destellar una chispa de comprensión dentro de la convulsionada mente de Voltaire.

El extraño alza de nuevo su arma y la apunta la cabeza de Voltaire. La vampira la aparta de un manotazo y se abalanza sobre él, pegando sus labios al corte de su cuello, intentando desesperadamente sustituir con esa sangre el torrente que resbala entre sus piernas. Cuando su boca se inunda de sangre siente una deliciosa calma inundándola por un instante, pero pronto el ansia vuelve a dominarla. No es suficiente. Necesita más, mucho más.

Algo en la mente de Voltaire empuja a su consciencia, luchando por ocupar su lugar. Es deseo puro, instinto puro, el abandono de toda racionalidad, la devoción definitiva al macabro y cálido dios de la sangre. Mientras la vida escapa del cuerpo del extraño, Voltaire sabe que en ese deseo está su única esperanza, y placidamente se deja llevar por él.

*****

La ultima canción de los Sonámbulos está desgranando sus últimos compases. La audiencia la escucha en un silencio casi religioso, atesorando cada instante con todo su ser, danzando lentamente al lánguido son de la oscura melodía que Anais toca con su guitarra. Finalmente la música muere plácidamente, y el silencio se convierte de golpe en una ovación. El público suplica más, pero Anais se encoge de hombros, y señala un imaginario reloj en su muñeca. El siguiente grupo debe salir, forman sus labios. A modo de despedida tiende una mano hacia el público, como si pudiera palpar su calor con la punta de los dedos, o la electricidad pura de la excitación que han provocado con su música.

Las luces del escenario se atenúan hasta oscurecerlo, y el grupo desaparecer para ser sustituido por una proyección de una antigua película de terror. El lugar que ocupaba Anais está ahora totalmente cubierto por el rostro de Christopher Lee encarnando al Conde Drácula. Alex sonríe, medio oculta tras la columna. Es curiosamente apropiado, piensa, un anuncio de la naturaleza oculta de la siguiente actuación. Reconoce la película, recuerda haberla visto cuando se estrenó, hacía mucho, cuando aún era una simple mortal. Peter Cushing aparece en escena representando al Profesor Van Helsing, el guardián del orden y la moralidad victoriana. Esgrime dos viejos candelabros formando con ellos una cruz, manteniendo a raya al diabólico Conde. La ironía de la escena no se le escapa a Alex. La cruz cristiana, el símbolo que más matanzas, atrocidades y crímenes ha provocado, enfrentado a algo que es llamado malvado por ser distinto, por entender una moral y unos valores ajenos a los de la mayoría.

Sobre la imagen del Conde Drácula convirtiéndose en cenizas bajo la luz del sol aparece la menuda y delicada silueta de Zona, que agarra el micrófono tímidamente. Alex puede sentir su nerviosismo aun en la oscuridad, ve como gira su cabeza una y otra vez hacia alguien que aún permanece en las tinieblas, junto a ella. Un rayo de luz se refleja por un instante en sus inquietos ojos. Todavía no le han dado a probar la sangre maldita.

Alex ha seguido sosteniendo el vaso vacío en su mano, jugueteando con los pedazos de hielo toscamente cortados que contiene. Lo deja sobre la barra y se oculta más aún tras la gruesa columna. No quiere que la vean, todavía no.

Un rasgueo de guitarra inconfundible paraliza el gélido aliento de Alex. Las luces del escenario se iluminan y dejan ver a la nueva formación de Fata Morgana, mientras la guitarra y el bajo comienzan a traza una obertura al ritmo de una batería pregrabada. Alex casi no se atreve a mirar a Gareth o a Sherri, ambos en lados opuestos del escenario, donde la luz no pueda delatar su extrema palidez. Los ojos de Zona contemplan al público ansiosos, mientras agarra el micrófono con dedos tensos. Pronto comienza la melodía y la voz de la pequeña Zona comienza a sonar, suave como el terciopelo. La primera estrofa cautiva a todos los que la oyen, los acaricia suavemente pero con una sensualidad sorprendente. Zona lo nota, lo ve en los ojos que la contemplan, en los labios que se separan para exhalar suspiros de admiración. Entonces toda la tensión se rompe, y continua cantando con más sensualidad aún, haciendo que su voz ejecute cabriolas sorprendentes sobre el fondo de la melodía. Alex sonríe al verla. Están cantando una de sus viejas canciones, con un nuevo arreglo para adecuarla a los gustos modernos, pero esa chica descubre en la oscura y romántica letra matices que ni ella misma habría podido imaginar. Gareth sale de las sombras durante el punteado de guitarra, mirando a los presentes con sus fríos y muertos ojos azules, obligando a su instrumento a producir sonidos casi imposibles, cadenas rotas de acordes endiablados que cortan la respiración del público. Alex se da cuenta de que se había olvidado de lo hermoso que era, del poder irresistible de seducción que tienen todos sus gestos, la forma deliciosamente decadente con la que ladea la cabeza al tocar, como se reclina sobre el mástil de la guitarra con una indolencia decididamente sensual. En un momento delicioso Sherri cruza el escenario en tres rápidos pasos de baile, acoplando sus movimientos a los de Gareth mientras la música que producen se une para formar algo hermoso y salvaje.

En ese momento tienen a todos los presentes a su merced. Son solo marionetas, ellos tiran de los hilos. Son dioses, jóvenes y malignos dioses cuyos fieles harán lo que fuese por complacerlos.

Zona canta lentamente la última estrofa, deformando más y más su voz hasta convertirlo en el espeluznante alarido de una bruja en la nota final. Hay un instante de silencio cuando la música se detiene, y después llega el delirio en forma de gritos y silbidos. La pequeña Zona sonríe, mirando a su alrededor como un gatito asustado, conmocionada por la magia que acaba de conjurar.

Gareth le hace un gesto y ella asiente con la cabeza. Comienza a sonar un frenético solo de batería pregrabado. Los instrumentos comienzan a tronar de repente, y el rostro dulce de Zona se transforma en un instante en el de una amenazadora y bella bestia salvaje. Comienza a cantar una letra que Alex no conoce, compuesta de alienación pura y soledad frustrada. Alex sale de tras la columna que la oculta y comienza a avanzar lentamente hacia el escenario, empujando sin contemplaciones a todos los que se lo impiden, clavando sus codos en el costado de los más testarudos. La terrorífica canción está en todo su apogeo cuando Alex llega frente a ellos. Es Zona la primera que la ve, y su furia es traicionada un instante por su sonrisa y el guiñar juguetón de un ojo. Gareth la ha visto, y curioso busca a quien iba dirigido ese saludo. Cuando lo descubre, una nota falsa escapa de su guitarra. Sus ojos azules se cruzan con los de Alex, y ella le sonríe, una sonrisa cruel y aterradora. Sin dejar de tocar, avisa a Sherri con un gesto. La bajista detiene su danza al ver la sorpresa en el rostro de Gareth. Cuando sigue su gesto y ve a Alex sus ojos opacos no pueden ocultar su terror.

La melodía termina abruptamente, y la ovación oculta las palabras que se pronuncian sobre el escenario. Gareth agarra el brazo de Zona con dedos gélidos, le pregunta bruscamente de que conoce a esa chica del público. Solo algunos de los presentes ven el miedo que asoma por un instante al rostro de la dulce cantante, como musita su respuesta con labios temblorosos.

Gareth vuelve a mirar al público, buscando a Alex con ojos ansiosos. Pero no la ve por ninguna parte.

*****

Han terminado demasiado pronto, y han abandonado el escenario ignorando las peticiones del público, dejándoles una leve sensación de traición. Algo ha ido mal, y el público lo sabe, lo ha notado en la forma en que tocaban, en la voz de Zona, que se ha quebrado más de una vez por el nerviosismo. Les han ovacionado cuando se han despedido por sorpresa, sin ni siquiera hacer una reverencia, solo un gesto de Gareth para que bajaran las luces del escenario.

La furgoneta esta aparcada en el callejón trasero, cerca de la puerta de servicio. Gareth y Sherri cargan los instrumentos y los amplificadores, mientras Zona espera sin mirarles, la espalda apoyada en la parte trasera, sujetando sus manos la una contra la otra para que no tiemblen. Ha visto algo en los ojos de Gareth que la ha aterrorizado. Ha sido cuando la ha agarrado, cuando su voz normalmente suave ha restallado como un latigazo sobre ella. Creía que Alex había exagerado al hablar de ellos, pero ahora sabe que era cierto. Por un momento mira al otro lado del callejón, a la calle oscura en la que desemboca, y se pregunta si podría llegar allí antes de que la atraparan. Sabe que no es posible. Quizá si volviera al interior..... Pero no, tienen que abrir la puerta desde dentro, y en ese tiempo podría ocurrir cualquier cosa. No tiene ni idea de lo que pueden hacerle, ni quiere pensar en ello.

Gareth cierra de golpe la puerta lateral de la furgoneta y se acerca a Zona. Alarga una mano para tocarle el brazo, pero de algún lugar surge un chasquido que hace que se detenga. Zona alza la vista al escucharlo y ve a Alex junto a él, sosteniendo contra su cuello la afilada hoja de una navaja automática.

-Pareces asustado-susurra Alex, sonriendo.

Gareth evita la mirada de Alex. Zona no puede verla, pero escucha un gemido ahogado de Sherri y como una de sus manos golpea la puerta de la furgoneta en un inútil gesto de impotencia.

-¿No me dices nada?-dice Alex, con tono burlón.

Sin dejar de apuntar la navaja a la garganta de Gareth comienza a rodearle, poniéndose entre él y Zona. Ha debido salir por la puerta de servicio mientras Gareth y Sherri cargaban, piensa Zona, se ha escurrido fuera como una sombra, sigilosa como un gato callejero. Sherri surge tras de Gareth, mirando a Alex sin intentar disimular su odio.

-Ni se te ocurra acercarte un paso más-le dice Alex.

-No puedes hacernos nada-musita Sherri-. No puedes matarnos.

Una risa amarga surge de la garganta de Alex.

-Lo sé-dice-. Como vosotros no pudisteis matarme a mí.

Los dedos fríos de Alex se entrelazan con los de Zona, que los agarra con todas sus fuerzas.

-Me gusta tanto esta chica que he decidido quedármela-dice Alex-. Espero que no tengáis ningún problema.

-No eres nadie para darnos ordenes-dice Sherri, esforzándose para no gritar, para no llamar la atención de quien esté tras la puerta de servicio.

-¿Nadie?-dice Alex, con una burla de voz triste-. Así que ahora no soy nadie. Nadie compuso las canciones de Fata Morgana, nadie las cantaba antes que esta preciosidad. Nadie despertó a aquella criatura que encontrasteis para salvar a Gareth.

-Eso fue antes-dice Gareth, atreviéndose al fin a mirar a Alex a los ojos-. Antes de que te volvieras débil, como Fallon.

-¿Débil?-pregunta Alex-Así que yo era la débil.

-Sí-dice Gareth-, débil, sin el valor suficiente como para cumplir tu destino, para ser totalmente libre.
-Débil-musita Alex.

Con un chasquido la hoja vuelve a replegarse dentro de la empuñadura. Alex baja la vista, negándose a creer lo que esta oyendo.

-Yo soy débil-dice, alzando de nuevo la vista-. No tú, obsesionado con la idea de ser una patética imitación de Drácula, el tenebroso Conde del rock, un dios maligno en la tierra, viviendo a la sombra de esa idea, tratándonos como tus siervas cuando en realidad siempre has dependido de nosotras, de nuestro talento, de la magia que nuestra música creaba. Eres como tu maestro, como ese patético Doctor al que hoy casi nadie recuerda. Eres tan esclavo de tus deseos que no dudaste en ponernos en peligro más de una vez. Y tu Sherri, tan solo una sombra de Gareth desde el principio, siempre sirviendo su voluntad, siempre pendiente de su aprobación, centrando en él toda tu existencia. Y yo soy la débil, porque comprendo el precio que pagamos por ser lo que somos, porque no tuve miedo de enfrentarme contigo, Gareth, cuando estuviste a punto de enviarlo todo al infierno. Y por una rabieta decidiste deshacerte de mí.

Alex niega con la cabeza, mientras en sus labios surge una sonrisa cruel.

-Sois tan patéticos que ni siquiera vale la pena vengarme de vosotros-dice.

Entonces la ve, tras Sherri, mirando a la nada con sus opacos ojos azules, avanzando lentamente hacia ellos, su boca manchada toscamente de sangre, las manos crispadas como garras en sus costados.

Voltaire.

Sherri ve el miedo en los ojos de Alex y se gira para encontrarse con la mirada vacía de Voltaire, con los dedos ensangrentados que agarran con fuerza su cuello, que se hunden en su garganta clavándole las uñas con una fuerza cruel e inexplicable, desgarrando su piel y su sangre. Sherri no puede gritar, tan solo mirar con horror como Voltaire comienza a beber la fría sangre que surge de su cuello cercenado.

Gareth le agarra el cuello por detrás, le obliga a separarse de Sherri.

-¡Vete de aquí!-le grita Alex a Zona, sin ser capaz de dejar de mirar a la bestia en que Voltaire se ha convertido.

Zona retrocede unos pasos, pero entonces su cuerpo deja de obedecerla. Lo que ve le horroriza, pero la tiene totalmente fascinada.

La conciencia abandona al fin a Sherri, que cae al suelo cuando los crueles dedos de Voltaire dejan de hurgar en la herida de su cuello. La frenética vampira agarra los cabellos de Gareth y tira de ellos hacia atrás, haciendo que su cabeza golpee la puerta de la furgoneta una y otra vez, hasta que un ángulo de metal penetra en la piel y el hueso de su cráneo y comienza a sangrar. Voltaire se gira y saca un pedazo de cristal de un bolsillo. Con un gemido aterrador lo clava con fuerza en el corazón de Gareth, haciendo que su rostro se convulsione por el dolor el instante antes de que la oscuridad lo reclame.

Voltaire se detiene por un instante, lamiendo la gélida sangre que mancha sus dedos. Alex se acerca ella lentamente, ocultando en su espalda la navaja.

-Voltaire-susurra-. ¿Qué te ocurre?

Los ojos azules de Voltaire la miran como si acabase de descubrirla. Alex no ve nada de Voltaire en ellos, solo ve el ansia que la ha consumido. Un sollozo a su espalda le recuerda a Zona, que aún sigue tras ella.

-Vete de aquí, Zona-susurra, sin dejar de mirar a Voltaire.

Cuando Voltaire se arroja a su cuello, Alex abre la navaja y le hunde la hoja en el corazón. Un ronco grito escapa de la garganta de Voltaire, que retrocede mirando la navaja clavada en su pecho, agitando nerviosamente los dedos como si no supiera que hacer para extraerla. Finalmente la agarra con ambas manos y la extrae lentamente. El arma teñida de sangre hasta el mango tintinea al caer al suelo. Voltaire cae de rodillas a su lado, desangrándose rápidamente por la herida de su pecho, mirando a Alex con ojos lastimeros. Alex se arrodilla junto a ella, la estrecha entre sus brazos y comienza a acariciar sus largos y ensortijados cabellos rubios.

-¿Que te he hecho, mi pequeña?-le susurra, escuchando los débiles gemidos de Voltaire.

Zona todavía sigue allí. Se acerca a la sangrienta escena con los ojos anegados en lágrimas, incapaz de comprender nada de lo que ha visto.

-Márchate Zona-le dice Alex, sin mirarla-. Corre y márchate. Y olvida todo esto.

Conteniendo un sollozo, Zona se gira y huye al fin. Cuando el golpeteo de sus botines contra el asfalto se ha perdido en la distancia es cuando Alex al fin se atreve a llorar sobre el frío cuerpo de Voltaire.

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© 2008, Juan Díaz Olmedo

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Diabolus In Musica - Capitulo 7

jueves 18 de septiembre de 2008

Una suave risa es lo que termina de despertar a Alex. Lleva más de una hora deslizándose en una incómoda y febril duermevela, atormentada con imágenes de sangre y de indefensión. Tiene una sensación desagradable, como si de alguna forma hubiese sido violada. Trata de borrar esa idea absurda de su embotada mente y abre los ojos para descubrir a una chica desconocida mirándola con una traviesa sonrisa.

-¿Quién eres tú?-le pregunta la chica.

Hay algo familiar en ella, algo que excita un recuerdo incrustado en algún lugar de su memoria, pero los dedos de su consciencia están demasiado débiles como para hurgar en ese lugar. Alex se maldice a sí misma por haber bebido demasiado. Las resacas son historia desde que tomó la sangre de Gareth, pero el exceso de alcohol sigue teniendo malas consecuencias al despertar.

-Eres la nueva novia de Voltaire, ¿no?-dice la chica, moviendo un juguetón dedo frente a la nariz de Alex.

La vampira se siente irritable y confusa. Se fuerza a sí misma a pensar, a recordar donde ha visto antes ese rostro no hermoso pero si sensual, de que le es familiar esa chica grandota y vestida de negro que le saca la lengua como una niña pequeña.

-Tú eres Anais-consigue decir al fin, con una lengua demasiado perezosa como para hablar con claridad.

-Así que Voltaire te ha hablado de mí-dice Anais, sentándose en la cama, junto a ella. No parece importarle lo más mínimo que Alex esté desnuda-. Tuvisteis una especie de fiestecita anoche, ¿no?

Anoche, piensa Alex. Sí, anoche hicieron el amor hasta caer rendidas. Y hay algo más, algo que le preocupa, que revolotea alrededor de su consciencia como una polilla histérica alrededor de una bombilla parpadeante. O quizá es solo algo de sus sueños. No seria la primera vez que el bourbon le hace confundir sus sueños con sus recuerdos.

-¿Cuándo has llegado?-pregunta Alex, mirando por primera vez los vivaces ojos marrones de Anais.

-Ahora mismo-dice ella-. Sí que se te han pegado las sábanas hoy. Hace ya un rato que se puso el sol.

-Es mi estilo de vida-repone Alex, conteniendo a duras penas una sonrisa.

-Entiendo que te lleves bien con Voltaire entonces-dice Anais-. ¿Dónde está la pequeña pervertida?

-¿No está aquí?-pregunta Alex, sorprendida.

-No-dice Anais-. He entrado aquí y a la única que he encontrado es a ti. Tal vez esté trabajando o algo así.

No, no es nada de eso, se dice a sí misma Alex. Hay algo que está mal, algo que se le escapa.

-Vamos a tocar en el Festival de Halloween de la Caverna de los Bohemios-dice Anais-. Supongo que Voltaire te habrá hablado de mi grupo, los Sonámbulos.

Alex tan solo asiente con la cabeza. Aparta la vista un momento del rostro de Anais, intentando concentrarse, y entonces la ve de casualidad, reposando entre las sábanas negras.

-Supongo que iréis a vernos, ¿no?-continua Anais.

Alex no la escucha. Toma la pequeña hoja de afeitar cuidadosamente con dos dedos y se queda horrorizada al descubrir la negruzca sangre seca que mancha uno de sus filos.

-¿Qué ocurre?-pregunta Anais, asustada de la reacción de Alex.

Alex no sabe que decir, no sabe como mentirle, como crear una historia convincente que oculte su secreto pero que le dé a esa despreocupada chica una idea de lo que acaba de ocurrir.

-Nada-dice-. Solo me preocupa que esto estuviese aquí. Alguien podría cortarse.

Anais vuelve a sonreír.

*****

La agonía de la transformación le llega acurrucada en un sucio y solitario callejón. Ha querido alejarse de todo y de todos, que nadie pueda encontrarla, que nadie pueda presenciar ese último momento de vulnerabilidad, esa renuncia forzada a su mortalidad y quien sabe sí a su misma alma. Ha sentido la sangre de Alex quemando su interior desde que tocó su lengua, generando un calor que no ha dejado de consumirla, de devorar sus entrañas y deslizarse dentro de sus huesos, hasta que se ha sentido completamente incapaz de seguir caminando. Golpea la sucia pared de ladrillos rojizos con sus pequeños puños, sus ojos cubiertos por los cristales oscuros de sus gafas lloran en silencio. La primera convulsión le hace caer. Se acurruca como puede tras un maloliente contenedor de basuras y se abraza a sí misma mientras sus fuerzas se desvanecen.

Necesita sangre. Es lo único que piensa. Y en este estado, no sabe como podrá lograrla. No debería haberse alejado tanto, haber temido tanto la reacción de Alex. Ella le habría ayudado, le habría conseguido alguna presa. Sí, se ayudarían la una a la otra, ya no serían ama y sirviente, sino iguales, turnándose en sus placenteros roles de dominación y sumisión. Piensa en Alex y sonríe levemente, apenas sin fuerzas para mover sus propios labios, y entonces la oscuridad la reclama.

No sabe cuanto tiempo después siente unos temblorosos dedos posándose sobre su hombro, una voz casi inarticulada que susurra algo a su espalda, un hedor a degradación humana que le produce la nausea más fuerte que recuerda. Abre los ojos a la oscuridad absoluta. Hay alguien a su espalda, alguien zarandeándola, alguien que intenta hablar con labios pastosos. Lentamente, se gira, y descubre a una figura lastimera inclinada sobre ella. No sabe que edad puede tener, está tan consumido por el hambre y las drogas que lo mismo podría tener veinte que cincuenta. Una sucia barba marrón cubre su rostro, y su melena apenas deja entrever unos ojos azul acuoso que la contemplan desenfocados y brillantes. De su boca entreabierta surge repetidamente algo que pude ser un insulto o una súplica. Y de su interior, más allá del hedor de los harapos que le cubren, le llega la cálida promesa de su sangre. Es entonces cuando se da cuenta de lo fría que se siente, de la total ausencia de calor de su interior, la desagradable y extraña sensación de habitar un cuerpo muerto.

Muerto no, se dice a sí misma. Mi voluntad todavía resiste, todavía me anima, y mi cuerpo irá donde mi voluntad me lleve. No es como ese ser que la contempla, más allá de toda posible salvación, totalmente esclavizado por sus adicciones.

Creía que apenas podía moverse, pero le sorprende la fuerza con la que agarra la cabeza del sucio intruso y golpea con ella la dura y sucia pared de ladrillos una y otra vez, hasta sentir un leve crujido. No ha opuesto la más mínima resistencia, tan solo ha surgido de su garganta un gemido ligeramente más alto hasta que la inconsciencia lo ha dominado. Con manos temblorosas, toca su sucio cuello, buscando un pulso que no encuentra. Necesita esa sangre, necesita su calor, su vida. Pero ha sido una muerte demasiado limpia, demasiado.

No tiene nada con lo que cortar su piel, con lo que acceder al tesoro de su sangre. Revisa los harapos de su víctima y encuentra pocas cosas: Unas monedas desgastadas, una papelina de alguna sustancia ilegal hecha de papel de periódico y una jeringuilla nueva, aún en su envoltorio de plástico. Se permite una sonrisa. Quizá algún buen samaritano se la ha entregado para evitar que se contagie de alguna enfermedad al drogarse. Con lo poco que le ha costado matarle, sabe que la jeringuilla ha llegado demasiado tarde.

Con respiración agitada abre el envoltorio de plástico y pone la aguja sobre la boca de la jeringuilla. Después busca la carótida de su víctima y la clava allí sin contemplaciones. La llena lentamente, torturándose a sí misma con anticipación del cálido líquido llenando el cilindro de plástico. Una vez llena, pone la aguja entre sus labios y aprieta el émbolo, y un chorro de sangre caliente llena su boca. Casi puede ignorar su asqueroso sabor metálico si se centra solo en su calor, en ese delicioso calor que siente rápidamente deslizarse por todo su ser, desde su estómago a la punta de sus dedos, y diluirse en su frío interior desesperantemente rápido. Ha tenido suerte de que la jeringuilla no sea de las de un solo uso. Vuelve a llenarla una u otra vez, pero nunca es suficiente como para saciarla, para apaciguar ese frío que entumece sus articulaciones, que amenaza con llevarse la poca movilidad que le queda. No es suficiente. Quiere más. Necesita más.

Al límite de sus fuerzas, se incorpora apoyándose en la pared y se asoma al interior del contenedor. Sí, allí está lo que busca. Sus dedos tiemblan tanto que falla en tres ocasiones antes de poder coger la botella vacía de cerveza del interior del contenedor, y cuando consigue sacarla, resbala de su mano y cae al suelo, donde se rompe en una nube de aguzados fragmentos. Por suerte uno de ellos es lo suficientemente grande como para servir a su propósito. Lo agarra cortando la piel de sus dedos, demasiado entumecidos para sentir dolor, y concentra toda la energía que le queda en cercenar el cuello de su víctima de un rápido golpe. Cuando mana la sangre se abalanza sobre el cálido manantial, moviendo la lengua lujuriosamente al sentir su calor llenando su boca, inundando su ser, desentumeciendo sus dedos. El dolor de sus dedos llega al fin y es tan gozoso que casi le hace llorar de alegría. Calor de nuevo, vida de nuevo, llenado su ser, animando su inútil corazón, encarnando su pálida piel. Con labios ensangrentados, se incorpora, mirando a la noche sobre ella con ojos que han perdido su brillo. Se lame la sangre de los labios, como en un desafío a las alturas, mientras pasa lascivamente sus manos por su cuerpo, sintiendo la excitación casi sexual del calor que la inunda.

Al fin Voltaire es una criatura de la noche.

*****

La única nota de color de la vestimenta de Anais son las listas rojas de sus medias de bruja de dibujo animado. Va vestida elegantemente con un traje negro y un sombrero de ala estrecha recogiendo sus cortos cabellos. Camina cogida de la mano de Alex, tirando de ella cada vez que algo la sorprende o llama su atención.

Alex no puede hacerle mucho caso. Sonríe ante las ocurrencias de Anais, contempla con ella los escaparates, incluso ríe levemente cuando la desvergonzada joven hace algún chiste sobre una de las personas con las que se cruzan. Pero sus pensamientos están muy lejos de allí. Casi inconscientemente sus ojos examinan cada sombra, cada callejón, cada oscuro portal. Voltaire no ha vuelto al apartamento, y aunque sabe que ahora pocas cosas podrían hacerle daño, le preocupa que esté indefensa en algún lugar, sin nadie alrededor que pueda atenderla, que sepa lo que le ocurre. El espectro de lo ocurrido con Serlina no deja de sobrevolar su mente como la fatídica sombra de un cuervo.

Anais no parece muy extrañada de la ausencia de Voltaire. Eso ha librado a Alex de tener que inventar alguna explicación, una excusa para su ausencia. La compañera de piso de Voltaire es un auténtico animal social, como Alex ha descubierto a lo largo de la tarde. No ha dejado de dialogar con ella, de hacerle preguntas, de disfrutar sinceramente de su compañía de una forma que la ha dejado totalmente desarmada. Poco a poco, ante dos tazas de un café que dejaba bastante que desear, Alex ha creado una historia totalmente ficticia sobre ella, mezclada hábilmente con la verdad de su encuentro con Voltaire. A Anais le ha resultado totalmente evidente que Alex no era de por allí, tan evidente que su rotundidad al afirmarlo ha sorprendido a Alex. Lo ha notado en su manera de comportarse, en las palabras que utiliza y en su acento. Desde que está en esta ciudad, es la primera persona que se lo dice. Alex comienza a sospechar que hay más en esa chica grandota de lo que aparenta.

Debe andarse con cuidado. Con mucho cuidado.

Lo que Alex deseaba con todas sus fuerzas era salir en busca de Voltaire. No importaba lo que esa pequeña pervertida había hecho, la locura que había cometido. Ya habría tiempo de castigarla con crueldad cuando supiera que no había peligro, que todo estaba controlado. La culpaba a ella, pero sobre todo se culpaba a sí misma por no haberlo predicho. Había apurado el café que Anais le había preparado, ya casi frío, y estaba punto de despedirse, cuando Anais le había invitado, espontáneamente, a acudir a una prueba de sonido en la Cueva de los Bohemios. Alex estaba todavía maquinando una excusa para rechazar cortésmente su invitación cuando Anais había sacado de algún bolsillo una arrugada hoja de papel morado con la lista de grupos de la fiesta, y Alex había descubierto en ella el nombre de Fata Morgana.

No sabía si iba a encontrarse con ellos. No sabía que haría cuando los encontrase, cuando se enfrentase con ellos. Por si acaso, llevaba en uno de los bolsillos traseros del pantalón la preciada navaja de Voltaire, una hoja que se estaba acostumbrando al sabor de la sangre.

La entrada de servicio del local es una puerta blanca pintarrajeada con rotuladores de colores, en un callejón totalmente anodino. Anais llama dos veces y una portezuela se abre para permitir que un portero de pocas palabras las examine. Entran a un pasillo corto e iluminado con bombillas rojas que lleva al abarrotado almacén, y desde allí una estrecha escalera baja hasta la barra de la sala de conciertos.

La Cueva de los Bohemios es el mejor local gótico de la ciudad, o al menos eso es lo que Anais no ha dejado de repetirle a Alex en todo el camino hacia aquí. La sala de conciertos es una bóveda subterránea circular, rodeada por una barra en la que un grupo de camareras sirven a los asistentes. En el centro de la estancia, frente a una pantalla en la que se proyectan videos los días en los que no hay concierto, está el pequeño escenario, y frente a él la pista de baile. Una miríada de pequeños asientos tapizados de rojo y algunos sofás rodean el lugar formando un caótico anfiteatro. El lugar tiene una apariencia que a Alex le resulta familiar, un aspecto triste y desangelado. Están viendo una carcasa vacía, la promesa de lo que será cuando llegue la gran noche y las sombras se apoderen de este lugar, lo llenen de misterios y de fantasías. Verlo ahora es como descubrir los secretos de un prestidigitador, romper la ilusión.

Tres tipos con indumentaria de motoristas y largas melenas saludan a Anais nada más verla aparecer tras la barra. Ella la rodea corriendo y se funda en un abrazo de oso con uno de ellos, que ha corrido a su encuentro.

-¿Dónde te habías metido?-le dice su amigo con voz ronca, cuando al fin se separan-. Te estamos esperando desde hace un buen rato.

-Haciendo amigos-dice Anais, volviendo la cabeza para señala a Alex con la mirada. El resto de los miembros de Los Sonámbulos le saludan amablemente, mientras en sus labios se dibujan sonrisas a las que Alex está muy acostumbrada.

-Hola-se limita a musitar.

Aparte de ellos y de un tipo que quizá sea el dueño del local, de cabeza afeitada y traje de chaqueta, no hay nadie más en la estancia. Los compañeros de Anais parecen todos cortados por el mismo molde que ella, corpulentos, algo ruidosos, atractivos sin ser hermosos. Alex se sienta en uno de los sofás y contempla como el grupo comienza con sus preparativos.

Pronto el batería da una señal marcando un ritmo con sus baquetas, y el guitarrista y el bajo intercambian una mirada y comienzan a desengranar acordes de sabor clásico. Anais, con los ojos cerrados, espera hasta que llegue su momento, y cuando ocurre recorre las cuerdas de su electroacústica con una velocidad y un virtuosismo que sorprenden a Alex, dibujando un riff evocador y resbaladizo que repite una y otra vez. La música sigue un crescendo natural hasta que un cambio de riff derroca la armonía para instaurar otra nueva, y los sensuales y gordezuelos labios de Anais se separan para dejar surgir su voz. No es una voz hermosa, no tiene matices notables, pero lleva su alma impresa en cada palabra que canta. Alex se descubre poco a poco alejada del torbellino emocional que se agita dentro de su frío pecho, subyugada por esa extraña mezcla de clasicismo y modernidad que el grupo crea. Hasta que no siente el azote de la emoción en el fondo de su garganta no se da cuenta de lo mucho que les recuerdan a su grupo, a su autentico grupo, esos Iluminados a los que abandonó hacía mucho tiempo. Otro tiempo, otra Alex, una chica inocente que juega a ser malvada.

¿Que estoy haciendo aquí?, se dice a sí misma. La venganza puede esperar.

Se pone en pié y se despide con la mano de Anais, que la mira desolada pero que le devuelve el saludo agitando la mano entre dos riffs. Se escabulle tras la barra y se aleja, sin mirar hacia atrás.

La joven surge de las sombras de la escalera y casi se da de bruces con ella. Alex la reconoce de inmediato. Es Zona, la amiga de Voltaire, su posible sustituta. Asustándola, la agarra por los hombros y la aleja del camino, guareciéndose con ella en una esquina.

-¿Que ocurre?-pregunta Zona, con una bonita expresión de confusión en su rostro de gatita.

-¿Viene el resto del grupo contigo?-le pregunta, quizá con demasiada brusquedad.

Zona niega con la cabeza antes de responder.

-No-dice-. He venido yo antes. Quería escuchar al resto de los grupos. ¿Qué haces tú aquí? ¿Y que es lo que te ocurre? Pareces asustada.

Alex suelta a Zona y se fuerza a sí misma a calmarse. Ha venido dispuesta a enfrentarse a ellos, y ahora se atemoriza al primer signo de su presencia. No conseguirá nada así, si acaso acabar de nuevo metida en un ataúd dentro de algún mausoleo.

-Mira, Zona-dice Alex, mirando fijamente a los ojos de la bonita joven-No te fíes de esa gente, de Gareth y Sherri. No sé cuanto te han contado, o cuanto has podido adivinar, pero te diré que no son lo que aparentan.

-¿Que es lo que pasa contigo?-dice Zona, a la defensiva-. ¿Es que estás celosa de que te haya sustituido? Me dijeron que tuvieron que prescindir de ti porque eras conflictiva.

-¿Te dijeron que intentaron matarme?-le espeta Alex de repente.

Zona se queda muda del asombro.

-No puede ser cierto-dice al fin.

-Mira, te comprendo mejor de lo que crees-le dice Alex, tomando una de las pequeñas manos de Zona entre las suyas-. Son seductores natos, y te ofrecen un sueño hecho realidad. Pero el precio que tendrás que pagar será más alto de lo que piensas.

-¿Y que quieres que haga?-dice Zona.

Las palabras de Alex han conseguido hacer mella en su confianza. Su labio inferior tiembla levemente de forma lastimera, mientras sus ojos se humedecen.

-Primero, se fuerte-le dice Alex, acariciando levemente su rostro con la punta de los dedos-. No llores, cielo. En el concierto, sé una diosa, haz que te adoren todos los que te vean. Y después del concierto, escabúllete. Olvídalos. No los necesitarás. Y si te proponen cualquier cosa, la que sea, no lo aceptes.

Zona contiene las lágrimas y asiente lentamente. Alex besa suavemente sus labios y le hace cosquillas en la nariz para arrancar una sonrisa a sus labios de gatita. Esta chica tiene una sonrisa que enternecería al mismo Satán, piensa cuando consigue su objetivo. Y se promete a sí misma que no permitirá que le ocurra ningún mal. No volverá a perder a ninguna otra amiga víctima de la enfermedad que le corroe las entrañas.

*****

El Señor Lars camina acurrucado en el interior de su propio gabán, huyendo de las miradas de todos aquellos de los que se cruza. Desde que sabe la fecha exacta en la que completará su misión, tiene miedo de que cualquier cosa, cualquier imprevisto le impida llevar a cabo sus planes. No le extrañaría descubrir que la policía le busca, no solo por su desaparición y la de su familia, sino por los atropellados asaltos que ha cometido más de una vez a posibles criaturas demoníacas que han resultado ser tan solo personajes de apariencia siniestra. El Señor Lars se recrimina a sí mismo su torpeza, causada por haberse dejado llevar por los sentimientos y haber dejado la razón a un lado. Pero ahora no volverá a cometer los errores de antaño. Cuando esas bestias yazcan muertas a sus pies, cuando haya librado al mundo de su presencia, entonces dejará la racionalidad a un lado. Entonces podrá llorar a su hija y a su esposa en paz.

En uno de los bolsillos de su gabardina negra descansa, cuidadosamente doblado, el plano de las inmediaciones de la Cueva de los Bohemios. Ha estado vigilando sus inmediaciones por unas horas, siempre caminando, deteniéndose solo cuando ha podido encontrar una excusa lógica para ello, como atarse los cordones de las botas o mirar algún escaparate. Le ha costado encontrar la entrada de servicio, situada tras el local. Había pasado ya tres veces frente a ella, despistado por su aspecto de abandono, hasta que entró en el callejón para hacer un último reconocimiento y vio a dos chicas de aspecto gótico llamando y siendo recibidas en su interior. Esperó un rato en las inmediaciones, mezclándose con los clientes de una cafetería y vio a una chica bajita de corte similar que entraba en el callejón. La siguió con cuidado y la vio llamar a la misma puerta y adentrarse en su oscuro interior.

La discreción de este tipo de locales parece diseñada para burlar los esfuerzos de alguien como el Señor Lars, como el mismo piensa con una amarga sonrisa. Hay demasiada oscuridad en ellos, demasiado miedo del mundo exterior. Ese miedo solo puede deberse a la existencia de secretos ocultos en esos lugares, esos antros siniestros que absorbieron primero el cuerpo y después el alma de su pequeña Serlina. Pero él no es nadie para juzgar. Solo desea justicia, o quizá simple y llana venganza. Y ya sabe como la ejecutará.

El Señor Lars se dice a sí mismo que quizá se esta volviendo excesivamente paranoico, excesivamente celoso en sus precauciones. Pero pese a ello elige una calle poco transitada para no tener que pasar por una amplia avenida. De no haberlo hecho, no habría escuchado el débil gemido procedente de un maloliente callejón, desde detrás de un sucio contenedor de basuras de un verde enfermizo. Es la curiosidad la que le hace desviar la vista del frente y escudriñar ese lugar del que siguen surgiendo gemidos, la que le hace descubrir el fluido macabramente familiar que mancha el sucio asfalto extendiéndose lentamente.

Detiene su marcha y espera un instante en la entrada del callejón. Algo terrible ha ocurrido ahí, puede sentirlo de una forma que va más allá de los sentidos físicos. Se concentra un momento y es entonces capaz de olerlo, tras la capa de nauseabundos aromas procedentes del contenedor, un olor inconfundible, fijado a fuego en su memoria, un olor que todavía revive en sus agitadas pesadillas. El olor de una matanza.

Abre su gabán y extrae lentamente su revolver de la funda, sosteniéndolo de forma que ningún paseante casual que pase tras de él pueda verlo. Con pasos cautelosos se adentra en el callejón y comienza a rodear el contenedor de basura. Un dantesco espectáculo se desvela lentamente ante sus ojos. A sus pies está el cadáver del algo que quizá algún día fue un hombre joven, una criatura consumida y degradada, de poblada y sucia barba medio empapada de sangre, sangre procedente de un atroz y oscuro corte en su cuello semejante a un abismo. Los ojos vidriosos del cadáver parecen contemplar al Señor Lars, con un aspecto inquietantemente similar al que tuvieron en vida, como si le hicieran una muda pregunta, como si le solicitaran una explicación a su muerte, o quizá a la desgraciada cadena de penurias que le llevaron a ella.. Y junto al cadáver, el origen de los gemidos, un ser tan degradado como el cadáver, pero en el que todavía existe un leve impulso vital, quizá una mujer acurrucada junto a la pared, su rostro cubierto por una maraña de sucios cabellos, sus pies descalzos famélicos y deformados hasta aparentar ser dos garras, sus dedos ocultos en algún lugar entre sus cabellos. Mira al frente sin parecer ver al Señor Lars, con ojos que quizá hayan llorado, quien sabe si por la muerte de su compañero o por algún delirio opiáceo.

Han estado aquí, se dice a sí mismo el Señor Lars. Han sido ellos.

Guarda su revolver y extrae el cuchillo del otro lado del cinturón. Le entristece tener que realizar esta tarea, pero sabe que será la única persona que pensará en realizarla. Mira por un momento a la mujer, pero parece estar más allá de todo aquello, perdida en algún lugar de su interior, a solas con su propio dolor. Apoya la punta del cuchillo en el lugar donde debe estar el corazón del cadáver y con un golpe de su puño lo clava, provocando un leve espasmo en el cuerpo muerto que sorprende. Había leído que un cadáver podía comportarse de esa forma al ser atravesado, pero no es lo mismo leer sobre ello que verlo ante tus propios ojos. Entonces siente una sensación fría en un costado, una leve incomodidad que comienza lentamente a convertirse en dolor. Se lleva la mano al origen de su dolor y descubre horrorizado el mango de una navaja completamente clavado en su cuerpo. La sangre mancha sus dedos enguantados cuando la extrae, todavía incapaz de creer lo que le está ocurriendo. Se gira y descubre a su agresora, que no estaba tan perdida como aparentaba estar, que ahora le mira con un odio apenas velado por el delirio en sus tristes ojos. El Señor Lars siente el impulso de atacarla, de usar el cuchillo que todavía empuña contra ella, pero se descubre incapaz de hacerlo. Ella es inocente, su único crimen es ser miserable. Él es el único culpable de lo ocurrido. Con dedos temblorosos suelta la navaja ensangrentada, que cae al suelo provocando un tintineo sobre el sucio asfalto. Sin tomar la precaución de limpiarlo, guarda el cuchillo en su funda mientras mantiene taponada su herida con la otra mano. Tiene que llegar pronto a su apartamento. No puede confiar en nadie, en ningún médico, en ningún ocasional buen samaritano. No tiene tiempo para ello. Siente como sus rodillas se tambalean, y se apoya en la pared, forzándolas a base de pura fuerza de voluntad a obedecerle.

No, no puedo fallar, se dice a sí mismo. No cuando estoy tan cerca. Ahora no.

Dedica una última mirada a su agresora, que no hace más que mirarle con ojos vidriosos, y se aleja lentamente de allí, mientras siente como la vida se le escurre lentamente por el orificio del costado.

*****

Los sonajeros resuenan lentamente, casi con una cadencia lúgubre. Voltaire la empuja con suavidad, intentando que no chirríe, sintiéndose inquieta por primera vez desde que realizó su transformación. No sabe si es una buena idea el volver a la Mazmorra por última vez, el despedirse personalmente de Anton y dejar su vida atrás definitivamente. Pero piensa que quizá Anton se alarmase si ella desaparecía sin más, y que esa alarma podría hacer que alguien investigara su destino, y terminase descubriendo cosas que prefiere mantener en secreto. Además, se lo debe a Anton, el hombre que ha hecho su vida un poco más sencilla sin pedirle nada a cambio.

Poco antes del amanecer le sobrevino un fuerte sopor. Nada alarmante, ni remotamente parecido a esa laxitud total que le había asaltado antes de probar la sangre, tan solo una suave pereza que se apoderó de ella dulcemente. Buscó un lugar en un parque, bajo un árbol, oculto tras los setos, y se acurrucó allí. Era una sensación muy agradable el no tener nada que temer, el saber que ninguno de los que podrían interrumpir su sueño sería capaz de dañarle. Había despertado al atardecer, abrazada al rugoso tronco del árbol, escuchando las risas de unos niños que la miraban furtivamente desde detrás de los setos. Había mostrado sus dientes a los niños y les había gruñido como una bestia salvaje, y ellos habían huido entre gritos de terror. Ahora soy eso que se esconde en las sombras y dice bu, había pensado Voltaire, y su ocurrencia le había provocado una carcajada.

Un reloj en el escaparate de una farmacia le advirtió que la Mazmorra todavía debía estar abierta. Había encaminado hacia allí sus pasos, saboreando la sensación de poder que le daba el ser consciente de su naturaleza casi sobrenatural. Aunque solo ella era consciente de su anormalidad, sabía que ese saber se reflejaría en todos sus gestos, en su forma de caminar y de mirar, en sus palabras y su tono de voz. Siempre se había sentido distinta del resto, pero ahora se sentía una diosa entre insectos. Se despediría de Anton, de su vieja vida, de la vieja Voltaire. Y después reuniría el valor suficiente como para volver junto a Alex, enfrentarse a ella sin miedo y escapar las dos juntas hacia una existencia nueva de juventud y pasión eternas.

Desde el escaparate le había parecido que no había nadie atendiendo el mostrador, y ahora se da cuenta de que no estaba equivocada. Es algo un poco extraño. A Anton no le gusta dejar el lugar sin vigilar, sabe que hay demasiado gamberro suelto por el barrio, gente que robaría solo por hacer daño, sin valorar lo que se lleva. Cierra la puerta de golpe, haciendo que los sonajeros suenen violentamente, rompiendo el inusual silencio del local. No hay nada sonando en el equipo de música, ni el rock clásico de Anton ni ninguna de sus grabaciones piratas de sonidos góticos. Todo aquello le da un mal presentimiento. Se apoya suavemente en el mostrador de cristal, contemplando su reflejo en los espejos que la rodean por todas partes. Sí, está algo más pálida que de costumbre, con un tinte casi cadavérico, pero es media tarde y sus gafas oscuras cubren los ojos. No cree que Anton sospeche nada de su aspecto, si acaso que tiene una notable falta de sueño.

-¿Deseas algo?-dice una voz que proviene de la trastienda.

El propietario de la voz surge de repente de allí, sus viejas botas de goma chirriando contra las losas del suelo. Es un joven algo más joven que Voltaire, de largos cabellos castaños y vestido despreocupadamente con ropas paramilitares. Se permite una sonrisa ante la belleza casi andrógina de su rostro y su delgado cuerpo. Le ha visto antes, pero hace mucho.

-Tú eres Voltaire, ¿no?-le dice el joven.

-Y tú eres Thomas-responde Voltaire, ampliando su sonrisa-. Has cambiado de imagen.

El joven sonríe tímidamente y se lleva quizá inconscientemente una mano a sus largos cabellos. Es el hijo de Anton. Voltaire ha escuchado de labios de su jefe que al entrar en la universidad ha dejado atrás su aspecto aburridamente formal por uno un poco más bohemio. Anton bromeaba con la idea de que quizá no todo estuviese perdido para el muchacho.

-¿Dónde está Anton?-le pregunta.

-Ha salido un momento-responde el joven, mirando a la puerta como si esperase ver a su padre entrando en cualquier momento-. ¿Querías algo?

-Solo hablar con el-dice Voltaire-. ¿Te importa que espere?

-Eres tú la que trabaja aquí-responde Thomas, señalando a su alrededor-. Yo solo estoy sustituyéndote durante tus vacaciones.

Voltaire entiende ahora que el local estuviese desatendido. Thomas nunca se ha tomado muy en serio el local de su padre, piensa que la profesión de contable de su madre es lo que realmente mantiene a su familia. Por mucho que haya cambiado su aspecto, a Voltaire le cuesta pensar que haya cambiado realmente. Siempre ha sido demasiado pragmático, demasiado apegado a las normas que el mundo le impone. Quien sabe si ese nuevo aspecto no es sino el sucumbir a una nueva norma, el esfuerzo por encajar dentro de su nueva clase social.

Thomas rodea el mostrador y se apoya sobre el lugar que normalmente suele ocupar Voltaire.

-Esto lo has hecho tú, ¿no?-le dice, abriendo el cuaderno en el que Voltaire traza sus retorcidos y exitosos diseños de tatuajes.

-Así es-le dice, apoyando frente a él, asomándose al dibujo puramente geométrico que Thomas contempla.

La cercanía con el joven despierta en ella una urgencia que le sorprende. No es solo su olor, un aroma animal en el que cree percibir, aunque quizá solo sea su imaginación hiperexcitada, los matices de la dulce sangre, sino sobre todo el calor que el delgado cuerpo de Thomas desprende, un calor que la piel de Voltaire parece atrapar pese a la distancia. Y de repente siente la necesidad casi irrefrenable de tocarle, de sentir ese calor con más intensidad.

-Tu estilo es muy interesante-dice Thomas, tomando el cuaderno de Voltaire y mirándolo desde distintos ángulos, como si pretendiera descubrir algún significado oculto-. Pero me confunde un poco la intencionalidad de los diseños y de tu técnica.

-No hay más técnica que un bolígrafo de tinta negra-dice Voltaire, divertida con la verborrea pseudo-culta del joven.

-Si-continua Thomas, sin dejar de contemplar el dibujo-. Pero pensé que quizá había en esa elección de una técnica rústica el sentido de darle un significado proletario a tu obra.

-¿Que estudias, Thomas?-pregunta Voltaire.

-Arte-contesta él, mirándola a los ojos cubiertos por los cristales oscuros por un fugaz instante.

Voltaire sonríe más ampliamente. Eso explica muchas cosas.

Thomas continúa pasando las hojas del cuaderno, y Voltaire se inclina sobre el mostrador, atreviéndose a apoyar tímidamente una mano sobre su hombro. El fino tejido de su camiseta no le impide sentir el delicioso calor que emana, y le revela la promesa de la suavidad de la piel que hay debajo. Detiene un momento el avance de Thomas y desliza sensualmente uno de sus dedos por un sinuoso dibujo, mientras otro dedo de la mano que mantiene apoyada sobre su hombro realiza un dibujo similar y termina acariciándole suavemente la desnuda piel del cuello. Thomas sufre un escalofrío al sentir el tacto de la helada piel de Voltaire.

-Tienes las manos muy frías-susurra.

-O quizá tú eres muy cálido-dice ella, acercando sensualmente sus labios al lugar que sus dedos han rozado, dejando que su aliento frío provoque una un nuevo escalofrío al Thomas-. Y muy sensible.

De repente no existe nada en el universo más que el delicioso cuello de Thomas, la tentación irresistible de la cálida sangre que contiene, sangre para aplacar el cruel frío que inunda sus entrañas. La mano que apoya sobre el cuaderno desciende furtivamente hasta uno de los bolsillos de sus tejanos, donde guarda cuidadosamente cubierto por un trapo sucio el letal trozo de cristal que empleó para degollar a su primera víctima. Será muy fácil. Nadie tiene porque verlo. Y lo necesita.

El tintineo de los sonajeros sobresalta tanto a Voltaire que está punto de gritar. Es Anton, que se detiene sorprendido de encontrarla allí, todavía con la puerta entreabierta.

-Pero vaya quien tenemos aquí-dice esbozando una de sus irresistibles sonrisas. Entra como un huracán y revuelve los cabellos de Voltaire.

-Hola Anton-contesta ella, con una sonrisa incómoda.

Mira de reojo a Thomas, que parece algo avergonzado por la engañosa intimidad en la que su padre les ha encontrado. Se limita a saludar con la mano y a dirigirse a la trastienda, atreviéndose tan solo a mirar de reojo a Voltaire.

-Ya ves a lo que he tenido que recurrir para sustituirte-dice-. Al menos no tiene problemas en quedarse hasta la tarde. ¿Qué te cuentas pequeña? ¿Vuelves a la Mazmorra?

-Me temo que no, Anton-dice Voltaire, bajando la vista aunque sus ojos permanecen cubiertos-. He venido a despedirme.

La sonrisa de Anton se torna en una expresión de sincera tristeza.

-¿Qué ha ocurrido, chica?-le dice.

-¿Recuerdas lo que hablamos sobre hacer todo lo posible para conseguir tus sueños?-le dice Voltaire.

Anton tan solo asiente con la cabeza.

-Pues lo he hecho-contesta Voltaire-. Me voy de la ciudad, con alguien a quien amo, a vivir una vida como nunca pude imaginar.

Anton se permite una sonrisa.

-Me alegro de que sea por eso por lo que me dejas-le dice-. ¿Y quien es él?

-Ella-dice Voltaire.

La sonrisa de Anton se amplia y se encoge de hombros.

-Bueno, son tiempos modernos-dice.

-Es una cantante y guitarrista bastante buena-dice Voltaire-. Algo mayor que yo.

-¿Y a donde te lleva?-pregunta Anton.

-No puedo decírtelo-dice Voltaire-. No tenemos planes fijos. Pero algún día sabrás de mí. Te lo prometo.

-Eso espero, pequeña-dice él, revolviendo sus cabellos una vez más y atrapándola en un abrazo-. Sabes que siempre puedes volver cuando quieras.

-Lo sé-dice Voltaire.

Es un buen hombre, piensa Voltaire, y yo he estado a punto de matar a su hijo. De repente se siente incapaz de mirarle a los ojos, de seguir hablando con él.

-Tengo que marcharme-le dice.

-Espera un instante-le dice Anton-Mira lo que me he encontrado por ahí.

Saca del bolsillo trasero de sus gastados tejanos una hoja de papel morado, publicidad de algún concierto. Se lo muestra señalando uno de los nombres.

-Los Sonámbulos-dice Anton-. La primera vez que actúan anunciándolo con antelación.

Voltaire toma el papel y lo lee en silencio. Piensa que no sería mala idea ir para despedirse de Anais y de su banda. Entonces lee el nombre de otro de los grupos anunciados y una desagradable sensación culebrea en la boca de su helado estómago.

-Quizá me pase por allí-dice, devolviéndole la hoja a Anton.

-Cuídate-le dice el viejo roquero-. Y feliz Halloween.

Voltaire trata de no pensar en lo que se dispone a hacer, ni en la clase de monstruo que se ha convertido. Abre la puerta lentamente, escuchando atenta el sonido de los sonajeros, sabiendo que va a echar de menos ese simple y alegre sonido. Y por primera vez le asalta el espectro del arrepentimiento.

-Hasta siempre Anton-le dice, casi en un susurro.

Aquel ya no es su lugar. Lo ha mancillado, profanado con su intento de crimen. Es tarde para echarse atrás.

-Y feliz Halloween-musita, antes de desaparecer en la noche, demasiado deprisa como para escuchar las tres últimas notas de los sonajeros al cerrarse la puerta por sí misma. Sonaron como una triste despedida.

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© 2008, Juan Díaz Olmedo

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Diabolus In Musica - Capitulo 6

jueves 4 de septiembre de 2008

La botella de cerveza yace a sus pies, tumbada indolentemente sobre el suelo, balanceándose levemente. Pronto comenzará a clarear y llegará el día. Voltaire ha pasado toda la noche escuchando las palabras de Alex.

-¿Y que ocurrió entonces?-le pregunta, una vez que la voz de su señora se apaga tenuemente, como si ya no le quedasen más fuerzas para hablar.

-Te lo puedes imaginar, pequeña-le dice Alex-. Me convertí en la sirviente de Gareth, las tres nos convertimos. Sus siniestras novias, las consortes de una criatura que caminaba siempre en sombras, provocando la muerte a nuestro alrededor.

-¿Erais sus amantes?-le pregunta Voltaire, sorprendida de encontrar en su interior un leve destello de celos.

-Al principio se diría que sí-dice ella-. A él le gustaba que nos humilláramos ante él, pero siempre de una forma que también fuese placentera para nosotras. A veces nos ordenaba que le besáramos, que nos desnudáramos, y nos empleaba para rituales sadomasoquistas de sangre. Éramos más sus juguetes que sus amantes. Ese era el placer que compartíamos. No sé si era capaz todavía de hacer el amor como un hombre, o si le interesaba.

Voltaire iba a preguntarle como era posible que se hubiesen ofrecido a él tan fácilmente, que hubiesen entregado todo lo que eran a Gareth. Entonces piensa en lo que Alex le hace sentir a ella, y lo comprende. Es la fascinación de la belleza y la decadencia extrema del mal. Es la promesa de una vida eterna. Y es también liberar un pedazo de sus mentes que ha languidecido oculto en las mazmorras de lo inimaginable demasiado tiempo.

-Salimos poco después-continua Alex-. Hicimos unos pocos ensayos más, y Gareth comenzó a componer canciones, al principio conmigo, después por su cuenta. Yo seguía componiendo, y ensayábamos las obras de ambos, pero las suyas eran muy diferentes a las mías. Mis canciones hablaban de un mal romántico y desesperado, las suyas eran puro mal concentrado en versos y en acordes de guitarra, eran de una oscuridad y un terror extremos. Sabíamos que aquella música podía seducir a un determinado tipo de personas, el tipo de personas que nos interesaba, aquellos que se acercarían a un vampiro con fascinación, no con terror. Al principio me costaba cantar sus letras, no conseguía que sonaran reales, que me saliesen del alma. Eso fue hasta que salí una noche con el resto del grupo, en busca de más sangre para Gareth. Su víctima fue una prostituta, una mujer de edad indefinible, destruida por la droga y las enfermedades venéreas. Creo que así le hicimos un favor al sacarla de su miseria. Nosotras la sujetamos mientras Gareth le abría la garganta con sus dientes. Sherri le tapaba la boca con una mano para que no gritara, y no dejaba de mirar a los ojos de la prostituta mientras moría, mientras Gareth iba drenándole la vida de las venas. Fallon, la pobre Fallon perdió el control poco antes de que nuestra víctima muriese. Comenzó a llorar, se separó de nosotros y se acurrucó en una esquina. Cuando la prostituta había muerto, y cayó en nuestros brazos su peso muerto, la dejamos allí y me acerqué a Fallon. Había bilis derramándose de sus labios, mientras se secaba las lágrimas de los ojos. Yo me sentía extraña, sabia como se suponía que debía sentirme, pero no sentía nada de eso. Había ayudado a matar a un ser humano, pero no me importaba. Había sido desagradable, sí, pero no había sido tan terrible como había esperado. No sentía mi alma desgarrarse, ni sentía una culpa corroyéndome por dentro. Aunque me creía malvada, lo cierto es que había estado constreñida por el peso de las convenciones morales tanto como cualquiera, pero ahora me sentía libre de ese peso, había descubierto la mentira detrás de todo lo que me habían enseñado. Por eso abracé a Fallon y la reconforté, mientras le susurraba al oído que pronto sería tan libre como los demás. Y abracé también al mal, comprendí entonces que era realmente. La libertad absoluta, suprema. Ser malvado significa ser libre. Y cuando canté la noche siguiente, dejé que la oscuridad que me había liberado diera fuerzas a mi voz. Gareth me dijo que había cantado de una forma que haría que los mismo ángeles se revelasen de nuevo contra Díos. Y así fue como comenzó nuestra carrera. Éramos los Fata Morgana, el grupo más infame de todos los tiempos, así nos anunciábamos.

La voz de Alex parece morir de nuevo en su garganta.

-Sabrás el resto en otra ocasión, pequeña-dice, con un hilo de voz-. Ahora necesito dormir.

Voltaire vuelve a abrazar la pierna de su señora. Siente su piel suave a través de la tela del pantalón y la besa una vez, después otra, dejando que sus dientes muerdan su carne suavemente. Vuelve a morderla, esta vez con más fuerza. Esta siendo mala a propósito. Quiere que su señora la castigue.

Un largo gemido escapa de la garganta de Alex. Agarra la cabeza de Voltaire y la hace incorporarse de un brusco tirón. La besa con fuerza y con violencia, penetrando sus labios con su lengua enloquecida.

-Duerme conmigo, pequeña-le susurra, la voz deformada por la lujuria.

Voltaire deja que Alex la lleve de la mano hasta su habitación, deja que ella le desnude con brusquedad y se deja dominar por la frenética lengua de su señora, que disfruta de cada centímetro de su piel. Después Alex se quita sus ropas y se tumba junto a ella desnuda, su gélida piel contra la piel inflamada por la pasión de Voltaire. Voltaire se agarra a la cabeza de Alex mientras ella le lame el cuello hasta irritar su piel, mientras sus gélidos dedos acarician la fuente extrema de calor que hay entre sus piernas. Cuando el orgasmo le llega, Voltaire se deja dominar por el completamente, siente como recorre su cuerpo partiendo desde su vientre, como sus vibraciones de placer impactan en el frío cuerpo de su señora. Sin volver a abrir unos ojos que ha cerrado en la embestida de placer, se abraza al cuerpo frío de Alex y deja que un placentero sueño la aparte de su conciencia.

*****

Hay un importante cambio en la rutina del Señor Lars esta mañana. El motivo de dicho cambio está en la mesa, junto al periódico doblado que todavía no se ha preocupado de consultar. El Señor Lars piensa que tal vez no merezca la pena hacerlo. No necesita saber nada más, no necesita más pistas que seguir.

Como todas las mañanas, el Señor Lars fríe su desayuno y lo lleva a la mesa. Lo devora silenciosamente, sin dejar de contemplar la pequeña hoja de papel arrugada que hay frente a él, de color morado, toscamente impresa de negro con un motivo terrorífico demasiado confuso como para ser distinguido. Lo que importa son los nombres que aparecen recortados entre lo negro, una lista de vocablos extraños y palabras que pretendían invocar sentimientos de oscuridad y perdición. Es por esos sentimientos, por ese maldito culto a la oscuridad por el que ha perdido a su hija. No son fórmulas arcanas, aunque para el no iniciado podrían parecerlo. Son nombres de grupos de música oscura. Se trata de una especie de festival, en un local al parecer de cierto prestigio entre la fauna urbana de la ciudad. Todavía faltan unos días para que se celebre. Se va a celebrar en la víspera del Día de Todos los Santos, en esa noche que los anglosajones llaman Halloween y que consagran al culto a la muerte. Y pensar que esa desquiciada costumbre se está extendiendo, que miles de jóvenes se reúnen esa noche en todas partes del mundo para celebrar fiestas en honor a la muerte, a la degradación y la podredumbre. El Señor Lars ha oído hablar de ceremonias que se celebran esa noche, ritos grotescos en cementerios. Nada de eso le importa en este momento. Lo que le importa realmente es uno de los nombres listados en una confusa tipografía.

Fata Morgana.

Al fin sabe donde encontrarles. Al fin ha concluido su búsqueda. El Señor Lars termina su desayuno y limpia sus labios con una rugosa servilleta de papel grisáceo. Después toma el papel y lo despliega todo lo que puede sobre la mesa, ante él. Lo examina tratando de extraer toda la información que puede de él. Ha sido un golpe de suerte el encontrarlo, si el Señor Lars fuese supersticioso lo achacaría al destino, o a alguna intervención divina. Ocurrió la noche anterior, en la que creyó que alguien le estaba siguiendo. Como de costumbre, buscó un callejón oscuro y apartado en el que ocultarse y se giró de repente, sacando su revolver de la funda de su cinturón y apuntando con él a quien viniera siguiéndole. Había sido solo un chico, de largos cabellos castaños y camiseta negra, que se había quedado aterrorizado ante la visión del cañón de arma apuntándole. Demasiado asustado para gritar, había permanecido inmóvil por un instante, para girarse bruscamente y echar a correr desesperado. Algo había caído de su mano, un papel arrugado. El Señor Lars lo había recogido, y al ver el nombre escrito en él había sentido un estremecimiento.

Tiene aún dos semanas para planificar que va a hacer, como va a enfrentarse a ellos esa noche. No quiere adelantarse, quiere examinar antes el lugar. Su nombre está al pié de la hoja, La Cueva de los Bohemios, junto con la dirección. El Señor Lars no conoce la calle, pero sabe donde buscar. No le extrañaría descubrir que está en un lugar apartado, medio oculto. Es lo normal con este tipo de lugares, como si la apariencia de clandestinidad le añadiera encanto. Será mejor para él, piensa el Señor Lars. Quizá incluso tenga la oportunidad de enfrentarse a ellos sin llamar la atención. Es un poco pronto para hacer planes, pero el Señor Lars sabe que al menos puede nombrar dos problemas a los que se enfrentará.

El primero es el desconocer a cuantas de aquellas criaturas infames deberá enfrentarse esa noche. Por lo que sabe lo mismo puede tratarse de uno solo, o de un grupo considerable. Debe asegurarse, idear una estrategia que le permita enfrentarse a ellos contando con ventaja. Y el segundo problema, el más importante quizá, es que no está completamente seguro de como destruirlos cuando llegue el momento. Pese a sus patrullas, pese a haber estudiado cada pedazo de información de dudosa procedencia que pudiera darle pistas sobre los poderes y las flaquezas de su enemigo, lo cierto es que el Señor Lars solo se ha enfrentado a una de esas criaturas. Pero cada ínfimo detalle de ese enfrentamiento lo tiene grabado a fuego en el rincón más oscuro de su mente, ese al que solo se atreve a asomarse de cuando en cuando, en busca de una nueva pieza de sabiduría, tratando de contener las lágrimas o alguna repentina arcada.

Hacia ya más de una semana de la desaparición de Serlina. La Señora Lars estaba en casa, sumida en una nerviosa inmutabilidad, sentada junto al teléfono, esperando una llamada, algo que aliviase la terrible incertidumbre de no saber qué pensar, qué desear, de no atreverse siquiera a tener una mínima esperanza. El Señor Lars no soportaba aquella espera, no soportaba pasear por su casa, repentinamente desprovista de cualquier sonido, no aguantaba la mirada de su hija desde las decenas de fotografías que alegraban los rincones, no soportaba ver a su esposa, encorvada en la mecedora, la mirada perdida, su mente consumiéndose poco a poco por la desesperación. Pasaba poco tiempo en casa y mucho en las calles, buscando cualquier rastro de su hija, al principio siguiendo leves pistas, pero al cabo de los días simplemente vagando, simplemente buscando en cada callejón oscuro, en cada local de mala nota, tratando de recordar todas las historias terroríficas que había leído y escuchado sobre jovencitas desaparecidas, engañándose a si mismo al decirse que todavía estaba a tiempo de encontrarla antes de que las consecuencias fuesen terribles, que todavía era posible volver a como las cosas eran antes. Había cogido la agenda de Serlina y había llamado a sus amigas, tratando de obtener algún indicio, alguna explicación de su ausencia. Poco había sido lo que habían podido decirles. No, no sabían dónde estaba Serlina. Sabían que se veía con nuevas amistades, un grupo de música que había llegado a la ciudad hacía unos meses y que estaba dando varias actuaciones. No, no sabían quienes eran, ni como se llamaban, ni donde vivían, Serlina había ocultado todo lo referente a ellos incluso a sus amigas de toda la vida. Por supuesto había llamado a la policía, que le dijo que no tenía que preocuparse, que ellos se encargaban de todo, que le llamarían en cuanto hubiera noticias. El Señor Lars sabía a que se referían. Le llamarían cuando encontrasen el cuerpo de Serlina flotando en el río, o en un contenedor de basura, o en un sórdido burdel. Así que al Señor Lars no le quedaba más remedio que buscar, buscar desesperadamente para no volverse loco.

Era tarde, ya de madrugada. El Señor Lars sabía que su esposa le esperaría despierta, deseosa de escuchar cualquier nueva que pudiera darle, aunque nunca había sido capaz de decirle nada. Cuando el Señor Lars encontró la puerta de su vivienda abierta sintió como sus tripas se encogían de puro temor. Aquel era uno de los signos que había aprendido a temer, una de las señales que indican sin duda que el caos y la fatalidad han irrumpido en la vida de uno. Empujó la pesada hoja blindada con cuidado, tratando de no hacer ruido, y de no pensar en su esposa, que sin duda estaba allí dentro. Caminó por el largo pasillo que le llevaba al salón con todo el sigilo que le permitieron sus destrozados nervios, tratando de discernir que eran aquellos sollozos apagados que provenían del interior, que significado tenían aquellos roces, aquellos débiles golpes.

Abrió la puerta del salón y entonces su razón se quebró para siempre.

Su esposa estaba allí, sentada en la mecedora, la mirada perdida en el infinito, tal y como la había dejado, pero con una expresión extraña, una sonrisa de alivio toscamente deformada por el dolor, grabada en su rostro por la rigidez de la muerte. Su garganta estaba rajada de un extremo a otro, y la sangre manaba sobre su pecho desde decenas de venas abiertas. Y había algo allí, algo que sollozaba lastimeramente mientras lamía la sangre que manchaba a su esposa, mientras pegaba sus labios a la herida para llenarse la boca de sangre. Una criatura vestida completamente de negro, de aspecto desquiciadamente familiar, que le miró de repente con ojos opacos brillando macabramente por las lágrimas que los inundaban, que abrió sus labios ensangrentados para pronunciar una única palabra:

-Papá-dijo.

El Señor Lars todavía no sabe de donde surgió aquella furia, que fue lo que le hizo agarrar lo primero que tenía a mano y golpear la cabeza de aquello que tenía la forma de su hija desaparecida. No sabía que era, solo que era pesado, y que el cráneo crujió satisfactoriamente cuándo golpeó por décima vez, cuando la criatura cayó al suelo y el río de sangre que manó de su cabeza destrozada se mezcló con el que surgía de la garganta de la que había sido su madre.

Solo entonces se dio cuenta en Señor Lars de que había estado gritando, solo entonces calló y se detuvo, solo entonces miró que era lo que sostenía. Era una pesada figura de arcilla, endurecida por el esmalte, con la forma de un gato sonriente de dibujos animados, pintado de azul y amarillo y con una leyenda en la tripa blanca, en letras rojas.

"Te quiero, Papa".

Entonces el Señor Lars volvió a gritar. El grito murió en un sollozo y el Señor Lars perdió la consciencia, junto a los cadáveres de lo que había sido su familia.

Cuando despertó, supo que una parte de su mente se había ido. Se incorporó, sin dejar de mirar al cadáver de aquella criatura que una vez había sido su hija, sintiendo como aquella especie de embotamiento iba desapareciendo poco a poco, dejando lugar a la razón, una razón tan evidente y brillante que nunca llegó a imaginar que pudiera existir. Desde aquel momento el Señor Lars supo que era lo que debía de hacer. Buscó en su caja de herramientas una sierra y tomándose todo el tiempo que fue necesario, decapitó a aquella criatura. El Señor Lars sabía muy bien a que se estaba enfrentando, y aunque no era un aficionado a esas cosas, sabía bien como se debía matar a un vampiro. Después, con manos ensangrentadas del cadáver de su hija, había serrado la pata de una mesa y había afilado uno de los extremos. Su maza de carpintero le sirvió para clavársela a la criatura en el corazón. En ningún momento el cuerpo de aquella criatura se inmutó, tan solo surgió de su interior, de su garganta seccionada, algo remotamente parecido a un gemido cuando la improvisada estaca quebró las costillas y entró finalmente en el corazón. Lió el cadáver en una manta junto con la cabeza seccionada, y lo sacó del salón. Después procedió a hacer lo mismo con el cuerpo de su esposa. Lo había visto en alguna película, cuando era más joven: Las víctimas de un vampiro podían convertirse a su vez en vampiros.

Lo más difícil fue sacar los cadáveres, solo, en medio de la noche, intentando no ser visto, y llevarlos hasta el coche. El de la criatura lo puso en el maletero, el de su esposa en el asiento de atrás. Después volvió al lugar que hasta ese día había llamado hogar y recogió lo indispensable. No pensaba volver. Había tenido suerte de que ninguno de los vecinos hubiese llamado a la policía, alertado por los gritos y los sonidos de lucha. Quizá lo había tomado como una simple crisis nerviosa de un hombre desesperado, y no les habría faltado razón. Pero no siempre tendría tanta suerte, y tenía mucho que hacer. Sí, una gran tarea que realizar. No podía permitirse el que la policía le detuviera.

Llevó los cadáveres al bosque, al lugar más alejado que pudo, y enterró los cuerpos allí, iluminado por los faros de su coche. Cuando tuvo ante sí los dos montículos de tierra, pensó en decir unas palabras, obrar una especie de funeral para su familia. Pero se dijo que no era el momento. Cuando hubiese terminado su tarea, cuando las malditas criaturas que provocaron todo aquello hubiesen sido exterminadas, entonces sería el momento.

No le costó encontrar un pequeño lugar donde quedarse, con un ínfimo alquiler y lo suficientemente alejado de todo como para no llamar la atención. Comenzó a investigar, a patrullar las calles, como hacía antes de la muerte de su esposa, pero ahora con otro fin, con otro objetivo. Al poco empezó a examinar la prensa cada día en busca de indicios, y a leer libros sobre esas criaturas, no obras de ficción, sino libros de testimonios que pretendían al menos hacerse pasar por reales. El Señor Lars no sabía si fiarse de la mayoría de aquellos volúmenes de títulos llamativos e ilustraciones en color, aunque más de una vez sintió una oleada de reconocimiento dentro de su estómago al leer alguna espeluznante historia mal documentada.

Poco a poco fue frustrándose ante su falta de progresos. Quizá no estaban allí, comenzó a pensar. No era extraño que esas criaturas fuesen nómadas. Había leído algo de eso en algún lugar, una historia sobre un grupo de vampiros motociclistas que se creía que recorrían Italia durante la noche, de ciudad en ciudad. Así que comenzó a investigar las páginas nacionales de sucesos, a confeccionar estadísticas sobre incidencia y tipos de crimen cometidos en cada gran urbe del país. Y era aquí, en esa maldita ciudad a donde apuntaban todo los indicios. Por eso había venido.

El Señor Lars recapacita. Contará solo con sus reflejos y su revolver, no cree que pueda emplear su cuchillo si son varios. Aunque lo necesitará después, claro, para decapitar los restos. Se levanta de la mesa de la cocina y va a su dormitorio, para sacar de debajo de la cama la maleta con sus armas. Es hora de cuidar de ellas, de limpiar y engrasar el revolver, de afilar la hoja del cuchillo. Si trataba bien a sus armas, le gustaba repetirse a sí mismo el Señor Lars, ellas le recompensarían salvándole la vida. Además, así se mantendrá ocupado, evitará pensar que será de él cuando esas criaturas ya no existan.

*****

Los devastadores bajos del más desquiciado Metal Industrial trepidan en los tímpanos de Voltaire mientras se mueve, danzando frenéticamente, tratando a duras penas de cabalgar el endiablado ritmo de la música, sintiendo el calor y el sudor de los cuerpos que la rodean, oliendo su piel, los efluvios de decenas de licores y de drogas selectas. Cuando abre los ojos, una dolorosa lluvia intermitente de fotones modulados en cientos de colores hiere sus pupilas. Un instante después recupera la vista y la ve, al borde de la pista, apoyada en la pared, contemplándola con sus ojos sin brillo, una leve sonrisa en su boca cruel. Voltaire dirige a ella los movimientos de su danza, la llama con sus dedos y le incita a que se una a ella en ese desenfrenado ritual dionisiaco. Pero su Señora niega lentamente con la cabeza, y le hace a su vez un gesto para que se le acerque. Sin pensarlo, Voltaire deja la pista y Alex la toma de la mano y la aleja del ambiente industrial, hasta uno de los pasillos del Refugio, donde los bajos aún hacen retumbar el barato material de las paredes. Casi a tientas, encuentran un viejo sofá allí, en la oscuridad, y se dejan caer sobre él, la una junto a la otra.

-No has querido bailar-susurra Voltaire, sintiendo la lengua de su Señora recorriendo lentamente su cuello.

-No me va ese estilo de música-susurra Alex cerca de su oído-. Ya sabes que soy una carrozona.

Voltaire sonríe. Le cuesta pensar que Alex tiene edad suficiente para ser su madre.

-Me gustaría que cantaras para mi-le dice Voltaire.

-Esa no es forma de dirigirse a tu Señora-le recrimina Alex, aunque Voltaire puede adivinar su sonrisa entre las tinieblas.

Voltaire toma las frías manos de Alex y comienza a besarlas y a lamerlas como si fuesen una reliquia satánica.

-Te imploro que me permitas escucharte cantar, mi Señora-susurra entre dos lametones.

-Eso está mucho mejor-dice Alex, tomando su cabeza entre sus manos y besándola casi con violencia.

La lengua helada de Alex se desliza entre los labios de Voltaire y comienza a acariciar el foco de calidez que es su lengua. Entonces Voltaire se sobresalta cuando siente un cálido aliento en su nuca, escucha un suave roce y siente el tacto de unas suaves manos que le rodean la cintura. Rompe bruscamente el beso para girarse y entonces unos labios cálidos se estampan contra los suyos en un beso juguetón.

-Ya comprendo porqué has estado tan perdida últimamente-le dice una voz familiar.

-¡Zona!-casi Voltaire grita cuando distingue el rostro de gatita en la casi oscuridad del pasillo.

-¿No vas a presentarme?-le dice Zona, señalando con un menudo índice a Alex.

-Soy Alexandra-dice Alex antes de que Voltaire pueda pronunciar palabra.

Casi pasando sobre Voltaire, Alex se acerca a Zona y la besa en los labios, quizá un poco más de lo que corresponde con alguien que acabas de conocer. Zona se queda sorprendida un instante, pero después vuelve a sonreír y se encoge de hombros. Al verlo Voltaire piensa que se la comería a besos.

-Bueno, ya sé que ha sido de ti-dice Zona-. ¿A qué no adivinas lo que me ha ocurrido?

Voltaire niega con la cabeza. Zona sonríe como una niña pequeña ilusionada por su cumpleaños.

-Me he presentado a una prueba para vocalista de un grupo-dice-. Y creo que me han elegido.

-¿Que grupo?-pregunta Alex, con una voz sorprendentemente firme.

-No sé como se llaman-dice Zona-. Leí el anuncio en un pub y me presenté. Era un pequeño garaje, y solo yo había contestado al parecer. Tienen pinta de ser un poco excéntricos, pero tocan de muerte. Y el guitarra solista está para comérselo. Mira, me han dado esto.

Las curvadas formas de Zona están comprimidas sensualmente en un corpiño de cuero negro. Una cadena desciende entre sus dos suaves pechos. Zona tira de ella y libera un pequeño símbolo que brilla de repente iluminado por un súbito destello proveniente de la pista de baile. En ese mismo instante Voltaire siente como los dedos de Alex se le clavan en el hombro con tanta fuerza que le hacen daño. Y Voltaire lo comprende, sin necesidad de preguntar.

-¿Te han dicho algo?-pregunta Alex.

-No me han dicho nada seguro-dice Zona, confusa-. Pero yo diría que sí. Quieren que vuelva hoy a hacer otra prueba, y me lo dirán de forma definitiva. Quieren que debute con ellos en el Festival de Halloween de la Cueva de los Bohemios. ¿Por qué me preguntáis todo esto? ¿Y por qué me miráis así? Me estáis asustando.

-No ocurre nada, cielo-dice Alex, acariciando el rostro de Zona con el dorso de la mano-. Es solo que creo que ese grupo son viejos amigos míos.

-¿Amigos?-pregunta Zona, curiosa.

-Digamos que creo que vas a ser mi sustituta-dice Alex, forzando una sonrisa-. Tenemos que marcharnos, Voltaire.

Voltaire apenas tiene tiempo de despedirse de Zona con un beso en la mejilla antes de salir corriendo tras de Alex, que se ha perdido entre las sombras del pasillo, destino a la salida. Cuando la alcanza, toma su mano, y siente como uno de los fríos dedos de sus Señora se posa sobre sus labios.

-No preguntes-le susurra Alex.

Suben juntas las escaleras, hacia la luz de la recepción. El aburrido encargado de la entrada ni siquiera les dedica una mirada cuando las dos cruzan las puertas dobles que llevan a la fría y oscura calle. Caminan juntas en silencio por un largo rato, Voltaire escrutando el rostro duro de su señora, tratando de adivinar algo de lo que pasa tras esos ojos muertos y esa belleza cruel, sintiendo una voraces mariposas devorando la boca de su estómago con dientes helados, lacerando sus intestinos con alas de acero. Al fin Alex se detiene frente a los peldaños de un portal y se sienta sobre ellos. Voltaire se siente confundida por un instante, después se agacha frente a su Señora y se atreve a mirarla a los ojos.

-¿Que ocurre, Alex?-le pregunta.

Las palabras le salen temblorosas, deformadas por un temblor que surge de lo más profundo de su alma, de un lugar donde hay una niña pequeña que todavía esta aterrada de esa hermosa criatura a la que ha decidido someterse.

-No llores pequeña-le dice Alex, acariciando su rostro como momentos antes ha acariciado el de Zona-. Ahora no. ¿Sabes donde podemos conseguir algo de beber? Me refiero a algo fuerte.

Voltaire asiente gravemente con la cabeza.

-Es hora de que termine de contarte mi historia-dice Alex.

*****

La forma de la Luna se refleja juguetona sobre las sucias y oscuras aguas del río, agitada por una tenue brisa que provoca escalofríos a Voltaire. Esta sentada en el borde de uno de los antiguos muelles de piedra de la parte vieja de la ciudad, un lugar apartado al que suelen ir las parejas cuando quieren estar solas. Alex está junto a ella, bebiendo un profundo trago de una finamente decorada botella de bourbon que han comprado en una pequeña y sórdida tienda, no muy lejos de aquí. Alex termina su trago y le ofrece la botella a Voltaire, que niega con la cabeza. No tiene ánimos para beber esta noche.

-¿Que era ese símbolo que tenia Zona?-pregunta, con una voz ligeramente más fuerte que la brisa que agita sus ensortijados cabellos.

Una amarga sonrisa cruza los sensuales labios de Alex apenas un instante.

-Es nuestro símbolo, el símbolo de Fata Morgana-dice, mirando a las oscuras aguas frente a ella-. O debería decir el de él, la marca de Gareth. Se inventó una especie de historia sobre él, que era la unión de dos símbolos malvados, la belleza surgiendo de dos expresiones del mal, o algo así. Lo cambiaba con frecuencia, como suele ocurrir con toda ese rollo ocultista. En el fondo Gareth y el Doctor eran más parecidos de lo que querían admitir. Por algo nos hizo asistir al grotesco y triste funeral del Doctor, cuando se enteró que había fallecido. Por algo dejó una rosa teñida de negro sobre su tumba cuando se atrevió a acercarse a ella, cuando todos los que podrían haberle reconocido hacía horas que se habían marchado. Cielos, incluso nos hizo besar su lápida. "Sin él no seríamos nada", recuerdo oírle susurrar, mientras miraba aquel falso nombre de rimbombante sonoridad europea que había adoptado el Doctor, con el que había vivido y había acabado muriendo.

Esa misma noche tuvimos un concierto. Nos presentamos en una de las mejores salas de la ciudad y nos ofrecimos para tocar, sin cobrar, esa misma noche. Como es lógico el dueño aceptó encantado. Todo había sido idea de Gareth, que quería homenajear a su maestro con el mejor concierto de nuestra carrera. Cuando comenzó, antes incluso del primer tema, se dirigió al sorprendido público que acababa de reconocernos para decir unas palabras en honor de su maestro. No lo llamó fraude, ni payaso engreído, ni ninguno de los apelativos cariñosos con los que solía referirse al difunto Doctor. Lo llamó amigo, padre, guía. No sé si de verdad sentía algo de todo aquello o si tan solo estaba aprovechando que la muerte del Doctor había hecho que una ciudad que casi lo había olvidado lo recordase por unos días. Lo que sí sé es que Gareth había descubierto hacía poco que el alcohol todavía le producía efecto, y aquella noche se procuró de tener siempre una botella a mano. Tocamos como nunca eso si que es cierto, Gareth a la guitarra, Fallon al bajo y Sherri aporreando la batería con toda la furia de su negro corazón, como le gustaba decir. Y yo forzando mi voz al máximo, casi sintiendo dolor, tratando de remover los cielos con mis palabras incendiariamente paganas. Pero aquella fue la noche de Gareth. Nos asustó mostrando visiblemente su anormalidad, su extrema palidez, su mirada opaca, en vez de permanecer tras de nosotras en las sombras, como solía. Bailaba al ritmo que Sherri le tocaba, y hacía que la música de su guitarra cabalgara sobre las olas embravecidas de aquel rítmico estruendo. Podía sentirlo siempre a mi lado, sentía su fría piel rozándome a veces, iniciando un juego sensual conmigo en las canciones más procaces, posando como un diablo encarnado en las más oscuras. Podía ver las miradas de deseo de los presentes, como en todos los conciertos. Nos miraban a nosotras, como siempre, pero sobre todo a él. Él les tenía a todos embelesados, se estaba alimentando de su fascinación como si se alimentara de su sangre. Eso era lo que Gareth siempre había querido. No tan solo ser poderoso, no tan solo ser inmortal. Quería ser un héroe, un ídolo, un diós.

Tras el concierto nos refugiamos en el camerino, con los gritos del público pidiendo un nuevo bis resonando aún por los pasillos. Gareth se demoró un momento fuera antes de entrar, y cuando lo hizo estaba acompañado por tres chicas delgadas maquilladas de negro.

-Mirad lo que traigo-nos dijo, señalándolas con un ademán teatral.
Las chicas no hicieron más que reír nerviosamente. Creo que estaban algo borrachas.

-Nuestro festín para esta noche-dijo Gareth, compartiendo con ellas una mirada cómplice.

-Nos ha dicho que esta noche vais a invocar a Satán-dijo una de las chicas, la más alta, vestida de llamativos cuadros escoceses-. Queremos ver como lo hacéis.

Gareth nos guiño como un niño travieso, pidiéndonos que le siguiéramos el juego. Aquello no me gustaba, creo que no nos gustaba a ninguna de las tres. Pero aún así hicimos lo que él nos pedía. No éramos sino sus sirvientas.

Esperamos allí hasta que se calmasen las cosas. Gareth y las chicas no hacían más que beber, formando un ruidoso corrillo en una esquina. Nosotras nos desmaquillamos lentamente, sin dejar de mirar sus reflejos en sus espejos. Mientras me iba quitando toda la pintura negra que me había hecho parecer surgida de una vieja película expresionista recuerdo que intenté verlas como si fuesen tan solo pedazos de carne, como si aquellas tres chillonas y medio ebrias chicas no fuesen realmente personas, como si no tuviese sentido sentir compasión o pesar por ellas. Trataba de convencerme a mi misma poco a poco, huyendo de mi propia mirada en el espejo, mientras mi alma se iba endureciendo poco a poco al descubrir que hacía efecto, que realmente no me importaban. Había provocado ya demasiadas muertes como para que me importase. Si piensas en las locuras que hace la gente a causa de las religiones, movidas por la promesa de una vida eterna que no pueden ver, que nadie les puede asegurar, imagínanos a nosotras, que actuábamos movidas por una promesa que veíamos hecha carne cada día, que nos daba placer y dolor en la forma más física posible en cada momento de nuestras vidas. Recuerdo ver reflejada en el espejo a Fallon, tomando una de las botellas medio vacías que Gareth había ya desechado, y dando un profundo trago. A ella siempre le costó más, mucho más que a las otras dos. Pero, por muy duras que fuésemos, nada podría habernos preparado para lo que vino después, lo que llegamos a sentir.

Al final salimos de nuestro camerino y abandonamos el local por la puerta de atrás, sin quedarnos siquiera a escuchar la típica despedida y agradecimiento de los propietarios. Nada de eso nos importaba. La faceta material de nuestra discreta fama nos era indiferente, era más una molestia que otra cosa. Habíamos dejado cerca nuestra furgoneta, y subimos todos allí, el grupo y las tres chicas. Gareth conducía, y nosotros íbamos detrás con las chicas, oliendo sus descarados perfumes, sintiendo el calor de sus cuerpos jóvenes, mucho más jóvenes quizás de lo que decían sus ropas o sus recargados maquillajes, rozándonos con ellas cuando brincaban locamente al ritmo de la música desenfrenada que Gareth sintonizaba en la radio. No entiendo como no se sintieron atemorizadas en ningún momento de nosotras, que no hacíamos sino mirarlas con expresión grave y en silencio. Quizá no nos prestaban atención, no contábamos para ellas. Solo tenían ojos para Gareth, el malvado y seductor Gareth.

Nadie le preguntó a Gareth donde íbamos. Cuando llegamos, nadie se sorprendió. Estábamos en medio de la nada, aparcados en el arcén de una carretera secundaria, en medio de un oscuro bosque de altos y frondosos árboles, las estrellas brillando impúdicamente desnudas sobre nuestra cabeza. Lo primero que hice cuando abrimos la puerta de la furgoneta fue maravillarme con la belleza del cielo, lo siguiente, contener un escalofrío de dolor. Gareth tomó la última botella que le quedaba sin abrir y nos guió al interior del bosque. Con una rama caída y un pedazo de camiseta vieja impregnada de whisky improvisó una antorcha que encendió con su mechero de gasolina, un antiguo regalo del Doctor, de los días en los que aún se consideraba su discípulo. Seguimos la luz de su antorcha entre los silenciosos árboles, sintiendo más que oyendo toda la vida oculta que hormigueaba a nuestro alrededor, que retrocedía aterrada ante esas siniestras y perversas criaturas que perturbaban su paz. Las chicas permanecían en el centro del grupo, conteniendo risitas nerviosas, pero tratando de permanecer en silencio.

Al fin llegamos a un claro en medio del bosque, sus bordes apenas intuidos más allá de la luz de la antorcha que Gareth sostenía sobre su cabeza, como dirigiendo una procesión solemne. Fue al centro del claro con ella y clavó su extremo en el suelo, con la llama peligrosamente cerca de la alta hierba que había bajo nuestros pies.

-Preparaos para el ritual, pequeñas-susurró, con una voz tan fría como la brisa que nos acariciaba.

Las chicas comenzaron a quitarse rápidamente todo lo que llevaban puesto, todo menos la bisutería no tardó en formar un pequeño montón a los pies de Gareth. A la luz de la antorcha, sus cuerpos pálidos y delgados habían adquirido una inquietante cualidad fantasmal, como un presagio de lo que esa noche les esperaba. Gareth abrió la botella de whisky y, sosteniéndola con ambas manos, roció los cuerpos desnudos de las chicas con un chorro del flamígero líquido. Ella reaccionaron con placer al sentir aquel líquido frío y cálido al mismo tiempo golpearlas salvajemente. Comenzaron a gritar como banshees, girando enloquecidas sobre ellas mismas. Una de ellas le arrebató la botella de las manos y dio un profundo trago sin dejar de bailar, y después otra se la arrebató e hizo lo mismo, y al momento estaban las tres luchando por la botella entre bailes y gritos que me hacían salirme de mi piel.

-Y ahora vosotras, mis damas-nos susurro entonces Gareth.

Sacó una hoja de afeitar de uno de sus bolsillos y se subió las mangas de su fina camisa. En una muñeca se hizo un rápido y profundo corte, otros dos en la otra muñeca.

-Vuestra hora ha llegado-nos susurró.

Nos abalanzamos sin pensárnoslo sobre los cortes que comenzaban a sangrar copiosamente. Pegué mis labios a la herida y sentí como la sangre maldita de Gareth los quemaba como si fuese un licor destilado en el infierno, como descendía por mi garganta cortándome la respiración, llenándome de un calor abrasador. Caí de rodillas, incapaz de controlarme a mi misma, presa de una energía que sentía consumiéndome, devorando rápidamente mis entrañas. Comprendí en aquel momento que debía hacer, las tres lo comprendimos al mismo tiempo, como si hubiésemos extraído esa sabiduría de la sangre de Gareth. Nos lanzamos hacia las chicas que todavía danzaban como nínfulas enloquecidas. Agarré la primera que se cruzo en mi camino y la obligué a seguirme hasta el suelo. El tacto de mis manos sobre su piel me produjo un placer que superaba el sexual, y el lamer su piel empapada de whisky me embriagó inmediatamente. Ella gritó de placer al sentir mis frenéticas atenciones, y siguió gritando cuando comencé a morderla, cada vez con más fuerza, hasta hacerla sangrar. Poco después ya no pudo seguir gritando, cuando yo había consumido todo su calor con toda su sangre, cuando el alba comenzó a clarear en el horizonte y la oscuridad dominó mi mente y me llevó a algún otro lugar.

*****

Voltaire abraza el cuerpo frío de Alex, en un irónico gesto reflejo en busca de calor. La vampira la rodea con sus brazos, siendo repentinamente consciente de la realidad que todo ese satanismo de rock duro y esa fachada siniestra esconden. Voltaire no es más que una niña, un alma ingenua en la que la madurez no ha hecho mella.

-Tengo miedo, Alex-le susurró-. Miedo de lo que siento cuando me hablas, cuando me describes esas cosas.

-¿Qué es lo que sientes, pequeña?-pregunta Alex, intrigada, mirándole a sus ojos azules, que reflejan de forma fantasmal la luz de la Luna.

-Siento que quiero ser como tú-dice Voltaire-. Quiero vivir todo eso. Quiero la sangre maldita dentro de mis venas. No, no la quiero. La necesito. He buscado esa magia toda mi vida y ahora la tengo aquí, a mi lado. No hay vuelta atrás, no la hubo desde que te encontré, desde que comprendí qué eras, desde que decidí ayudarte sin importarme las consecuencias. Ha sido desde entonces una huida hacia adelante, una caída libre desde las alturas de mi estúpida inocencia de bohemia.

-Eres una pequeña ingenua-dice Alex, su voz denotando una dureza que no se esfuerza por aplacar-. ¿No me ves? ¿No ves en mí más allá de la maravilla que deslumbra a tus ojos? ¿Que soy más que una maldita enferma? ¿No me ves cuando la sangre me falta de las venas, cuando la vida se me escapa y solo siento frío y un vacío interior tan profundo que podría perder mi alma en él? Soy eterna, sí. Me espera una eternidad de debilidad y muerte. Soy una maldita yonki enganchada a la muerte, ¿es que no lo ves?

En un gesto de ira, Alex arroja la botella de todavía medio vacía al rió. Voltaire la ve golpear las suavemente agitadas aguas creando un caos sobre la superficie que se sofoca al instante. La botella permanece flotando un momento, hasta que las sucias aguas comienzan a entrar dentro, mezclándose con el pardo licor, haciendo que se hunda lentamente. Voltaire piensa entonces que quizá Alex acaba de provocar alguna borrachera a los pocos peces mutantes que existan en el río y se pregunta si la vampira no tendrá razón al tacharla de ingenua.

-Es mi culpa-dice Alex-. Soy yo, maldita sea. No debí haberte seducido con mi anormalidad, no debí haberte convertido en mi sirvienta.

-No-dice Voltaire-. Soy yo. Soy yo desde antes de encontrarte, desde que tengo memoria.

-No lo entiendes-dice Alex, mirándola de nuevo, en sus ojos brillando la ira de una forma tan salvaje que Voltaire retrocede un centímetro por puro instinto-No sabes nada. Después de lo que he visto, de lo que he vivido, lo que te he hecho solo puede ser considerado como un pecado.

*****

Matar es mucho más fácil de lo que se piensa. Sobre todo si la muerte te da placer, y si ese placer es el completo centro de tu vida, de tu existencia. Mis letras dejaron de ser oscuras para tornarse delirantemente terroríficas, un reflejo descarnado de la recién descubierta perversidad de mi alma. Pululábamos en las sombras tras los conciertos, encontrándonos en lugares ocultos con nuestros admiradores y rajándoles el cuello sin ninguna compasión para embriagarnos de la vida que les robábamos. A veces lo hacíamos en grupo, como cuando antaño éramos las ayudantes de Gareth, otras veces en solitario, cuando solo una necesitaba su dosis y podía valerse por sí misma. Por supuesto nuestra conversión trajo sus consecuencias. Necesitábamos matar más, mucho más que antes. No solo porque éramos más, sino porque ya no contábamos con un mortal que cuidase de nosotros si estábamos débiles, alguien que nos consiguiera la sangre, como hacíamos nosotras con Gareth. Supongo que la sangre nos cegó, que nos volvimos descuidados, y comenzamos a ver sospechas a nuestro alrededor, comenzamos a oír comentarios velados, a escuchar rumores sobre investigaciones policiales, teorías sobre las muertes que ocurrían a nuestro alrededor. Se decía que estábamos malditos, que llevábamos la muerte allá donde tocábamos. Eso solo hizo acrecentar nuestra fama.

No hay nada más aterrador que el descubrir que tu víctima te estaba buscando, que desea morir de tu mano.

Ocurrió una noche que ya presagiaba una tragedia. Estaba en el aire, fuertemente cargado, que presagiaba tormenta, en un cielo gris y ominoso que se cernía sobre nuestras cabezas como si ocultase la mirada de un diós vengativo. Al menos eso fue lo que pensé cuando descargamos los instrumentos, tan furtivamente como siempre, por la puerta de atrás del miserable local en el que íbamos a tocar.

Había demasiada energía mal enfocada, demasiado calor y demasiado alcohol aquella noche. El concierto fue un hermoso caos que estuvo a punto de escapársenos de las manos. En los rostros rudos y las miradas encendidas que nos contemplaban brillaba el absurdo y fácilmente reconocible deseo de violencia.

-¿A qué clase de tugurio nos has traído?-recuerdo que susurré al oído de Gareth en una pausa entre canciones, mirando los emblemas paramilitares que colgaban de una de las paredes forradas de madera.

Había una chica especialmente hiperactiva aquella noche. Era pequeñita, algo rechoncha, pero tenía la fuerza de una furia surgida del infierno. Se subió al pequeño escenario y se me abrazó en medio de una canción. La empujé hacia el público sin dejar de cantar, gritándole al rostro un insulto que iba dirigido al dios de los cielos. Ella se mordió los labios de placer al ver mi oído y mi desprecio, al sentir mis frías manos golpeándola. Sentí temor al ver su mirada ciegamente lasciva, pero nada comparado con el que debía de haber sentido.

La promesa del cielo se cumplió poco antes de que el concierto terminara, y cuando salimos por la puerta de atrás estaba diluviando. La lluvia tiene un extraño efecto en nosotros, enfría aún más nuestros cuerpos ya de por sí fríos, nos entumece y nos afecta a los sentidos. Lo ves todo como si estuvieses borracho, lo escuchas todo como si viniera desde muy lejos. No debimos haber salido de caza en esas condiciones, en esa noche tan llena de malos presagios.

No nos habíamos alejado mucho de allí cuando escuchamos aquel grito, un fuerte y desquiciado "No" surgido de la garganta de Fallon. Recuerdo que estaba en un estrechísimo callejón, vigilando de lejos a un joven totalmente cubierto con un impermeable gris que creía haber visto en el concierto. Nada más oír el grito me olvidé de él y busqué a Fallon como una desesperada. Había una urgencia aterradora en ese grito, en los sollozos desbocados que lo siguieron. Me costaba seguir su pista tras el sonido abrumador de los distantes truenos, de los goterones que me golpeaban con violencia, pero al fin di con ella. Fui la ultima en llegar. Gareth y Sherri ya estaban allí, contemplando asombrados a Fallon, en el final de un callejón sin salida, intentando librarse con manos temblorosas de una chica que agonizaba mientras la sangre que surgía de su cuello se mezclaba con el agua de lluvia. La boca de Fallon estaba manchada de sangre, una cambiante mancha roja que se iba desdibujando bajo los embates de la lluvia. Había un murmullo insistente e inquietante que se me metió en los huesos antes de poder descubrir su origen, antes de intuir su significado. Era aquella chica, la chica enloquecida del concierto. Susurraba una y otra vez la misma palabra, mientras sus ojos implorantes miraban a Fallon.

"Mátame", decía.

-¡Quitádmela de encima!-gritó Fallon.

-Acaba con ella de una vez-dijo Gareth-. Fue entonces cuando descubrí que estaba al límite de sus nervios. Una de sus manos arañaba nerviosamente los ladrillos de la pared en la que se apoyaba, mientras que sus ojos no hacían más que moverse entre Fallon y la chica.

-Mátala-insistió.

Fallon intentó una vez más librarse del obsesivo abrazo de la chica, pero fue incapaz. Parecía que toda la fuerza había escapado de sus manos.

-No puedo-dijo, antes de sucumbir a sus propios sollozos y echarse a llorar.

Gareth se echó sobre la chica con un gesto de fastidio, y le hundió la navaja una sola vez en la nuca. En el mismo momento en que la vida abandonaba a la chica suicida, de Fallon surgió un grito de dolor que me rompió el corazón.

Fallon hecho a correr, huyendo de nosotros. Yo miré por un momento a Gareth y a Sherri, que la miraban alejarse con un mal disimulado desprecio en sus ojos, y la seguí.

No estábamos lejos del mar. Seguí a Fallon hasta la playa. Estaba en la orilla, las olas bramaban frente a ella y los últimos restos de su furia iban a morir a sus pies. El mar parecía fundirse con la tormenta frente a nosotras en la distancia.

Permanecí a su espalda, mirando sus largos cabellos rubios, mojados y pegados a su impermeable negro de plástico. Ella sabía que estaba allí, aunque no dijo nada por un largo momento.

-Quiero acabar con esto-dijo al fin.

-No hay vuelta atrás-le dije yo-. Lo sabias cuando aceptaste la sangre.

-No es esto lo que yo quería-repuso ella. Estaba de nuevo al borde de las lágrimas. Parecía la pura desesperación encarnada.

-Es lo que te han enseñado-le dije yo, no sé tratando de convencerla a ella o a mí misma-. Es solo esa estúpida moral sin sentido con la que te han criado, que sigue fastidiándote.

-No puedo librarme de ella-dijo-. No puedo. Lo he intentado, pero no puedo ser como vosotros. No puedo ser tan malvada.

-¿Que vas a hacer?-le pregunté, atreviéndome a acercarme a ella y entrelazar mis dedos con los suyos.

-No lo sé-respondió ella-. Buscaré un descanso, una forma de salir de esto. Quiero acabar con todo. Sí, quiero morir.

No supe que contestar. No quería perderla, pero era su decisión, y si sentía algo por ella debía respetarla. Besé sus labios por un instante, sintiendo el extraño sabor de sus lágrimas, las lágrimas de una difunta. Miré sus ojos anegados en lágrimas, y vi en ellos una piedad que me aterrorizó hasta la médula. Después me di la vuelta y me alejé de ella, de vuelta con los otros. A mitad de camino me di la vuelta, pero su figura al borde del mar había desaparecido.

Nunca la he vuelto a ver. No sé que ha sido de ella.

*****

Tras todo aquello, nuestro grupo no volvió a ser el mismo. Ensayamos cientos de veces para adecuarnos a la ausencia de Fallon. Gareth me dio una de sus viejas guitarras y yo traté de recordar como tocar buena música con las seis cuerdas. Me resultó más fácil de lo que pensaba, quizá porque mis dedos ya no sudaba, porque ya no temblaban cuando comenzaban a cansarse. No hablábamos de Fallon, ni mencionábamos su ausencia. Y claro está, eso hacía que la tuviéramos siempre presente, como un numinoso fantasma, como una diosa de culto prohibido. La que había sido demasiado cobarde como para seguir. O tal vez lo bastante valiente para romper con todo.

Desde ese momento supe que como grupo teníamos los días contados. Lo que le había ocurrido a Fallon podría ocurrirme a mí, o a cualquiera de los otros más tarde o más temprano.

Pero los años pasaron, encadenando recuerdos y vivencias. Poco a poco fuimos superando aquel escollo. No volvió a ser como antes, pero permanecimos juntos, con nuestro peculiar y cruel modo de vida. No teníamos a nadie más en quien confiar.

Hasta hace poco, cuando Gareth nos sorprendió poniendo un anuncio en un local, solicitando una nueva miembro del grupo. Una chica.

Lo hizo a nuestras espaldas, sin decirnos nada. De hecho, nos dejó una tarde con alguna excusa y fue a un local que había alquilado ha hacer algunas audiciones. Por lo visto había estado avivando la voz entre nuestro pequeño culto, en sus escarceos con nuestros fanáticos seguidores. Sherri llegó un día, de negociar una actuación en un local, y dejo sobre la mesa del pequeño y casi vacío apartamento que compartíamos en ese momento una hoja de papel que había sido arrugada en un momento de ira.

-¿Qué demonios es esto?-preguntó, casi en un grito.

Creo recordar que Gareth estaba inmerso en la lectura de un gastado volumen de poesía que no hacía más que hojear una y otra vez. Creo que era de esos torpes y pretenciosos poemas que le daba por escribir a Crowley cuando se sentía literario. Se limitó a mirarla, con esa seductora sonrisa sardónica suya, y a decir al cabo de un momento:

-Nos vendrá bien alguien más. Para volver a ser un auténtico grupo.

-¿Y se lo vas a contar?-le pregunte yo-. No es solo un puesto en el grupo lo que estas ofreciendo.

-¿Quién os dice que no lo he hecho ya?-nos dijo, dejándonos más heladas de lo que ya estábamos.

La elegida se llamaba Serlina, una jovencita inocente que jugaba a ser malvada. Lo que yo misma había sido, años atrás, tantos que me daba vértigo pensarlo. Una noche Gareth la llamó para que se viniera con nosotros a uno de los tugurios que solíamos frecuentar cuando íbamos de copas, esos lugares de reunión de lo que ahora se llaman tribus urbanas, donde nadie se cuestiona que hacen los demás. Siempre han existido esos lugares, pero de un tiempo a esta parte se han vuelto tan estrafalarios y disolutos que incluso me resultan divertidos. La chica se llevó toda la noche charlando con Gareth, mirándonos en ocasiones a nosotras dos con sus grandes ojos, con la admiración de quien contempla estrellas de culto, o quizá criaturas que solo han poblado sus fantasías. Nosotras le fascinábamos, pero nada comparado con lo que le fascinaba nuestro amo. Estaba totalmente enamorada de Gareth, no podría haberlo negado. Y el bastardo no hacía más que aprovecharse de ello, empleando certeramente sus armas de seducción a la menor ocasión, estremeciéndola con susurros, con caricias furtivas, con roces aparentemente accidentales. Sherri y yo acabamos hartas de aquello, y nos excusamos para dejarles solos.

Nunca debimos haberlo hecho.

Poco antes de amanecer escuchamos un golpe sordo en la puerta de nuestro apartamento. Intrigada, abrí para ver de que se trataba y me encontré con Gareth, mirándome con una expresión que nunca había visto en sus azules ojos opacos. Estaba en el suelo, como si hubiera caído y hubiese golpeado la puerta con su cabeza, el cuerpo doblado en un ángulo casi doloroso para poder mirarme.

Había miedo en aquellos ojos.

Alarmada, le ayudé a levantarse y lo metí en el apartamento. Sherri nos descubrió entonces, y se quedó muda del asombro. Hasta que no dejé a Gareth tumbado sobre uno de los colchones que nos hacían las veces de cama no me di cuenta de la sangre que manchaba una de las mangas de su chaqueta negra, del desgarro que atravesaba una de sus muñecas. Todavía no sé como había podido llegar hasta nosotras. Usé una de nuestras navajas para cortarme una muñeca y darle parte de mi sangre, y después Sherri hizo lo mismo. Poco a poco las fuerzas fueron volviéndole. Al poco estábamos formando un círculo en el suelo del apartamento, los tres con la muñeca derecha vendada, los tres somnolientos por la pérdida de sangre. El miedo había desaparecido de los ojos de Gareth, pero parecía rehuir nuestra mirada. Nuestro crápula orgulloso parecía estar avergonzado ante sus sirvientas. Aquella situación me asustó.

-¿Qué ha ocurrido?-me atreví al fin a preguntarle.

Gareth enterró su rostro entre sus manos por un momento. Después comenzó a contárnoslo, sin dejar de mirar a algún punto en el suelo, frente a él.

Había llevado a Serlina a un lugar oscuro, un banco de fría piedra en un parque medio abandonado. La hizo tumbarse allí y entonces le dio su sangre, un pequeño sorbo de un corte en su muñeca. Ella lo sabía, sabía lo que éramos desde hacía semanas, y deseaba ser como nosotros más que nada en el mundo. No sintió miedo, ni dudó en ningún instante, ni se asustó cuando sintió como la maldita sangre infectada comenzó a mutar su cuerpo, a cambiarla, arrancándole poco a poco la consciencia. Gareth había permanecido a su lado todo el tiempo, susurrándole suavemente al oído, guiándola a lo largo de todo un proceso que el mismo había vivido años atrás. La sujetó para que su cabeza no golpeara la dura piedra cuando le sacudieron las convulsiones de la muerte, la abrazó cuando sintió que el frío sepulcral se la llevaba. Y finalmente, cuando había sucumbido a la inconsciencia, la había dejado allí, entre las sombras.

Había encontrado una víctima propiciatoria para el sacrificio que significaría el renacer de Serlina. Un joven de aspecto equívoco, que fumaba melancólicamente bajo la luz de una farola, quien sabe si esperando por inercia una cita que no había llegado a producirse. Gareth tan solo se le había acercado y le había invitado a un momento de intimidad entre los arbustos. El joven no debía de ser muy inteligente, porque accedió.

Instantes después el joven estaba junto al banco, con la garganta cruelmente rajada, su cabeza sujetada por los dedos firmes como el acero de Serlina, que bebía ansiosamente la sangre que de él surgía. Gareth les contemplaba, tratando de ignorar un mal presentimiento. Allí había algo que fallaba, había demasiado ansia, demasiada ferocidad en Serlina, estaba bebiendo demasiado rápido, usando sus dientes para abrir más la herida, para que nunca dejara de sangrar, como si nada pudiese saciarla. Él mismo nunca había bebido tanto, ni nos había visto a nosotras apurar hasta tal nivel a un cadáver, hasta que no es más que un fláccido monigote que cuelga de nuestras manos, apenas una caricatura de ser humano. Pero eso fue lo que Serlina le arrojó a sus pies al cabo de un momento que se le hizo eterno, frustrada de no poder sacar nada más de él. A la pálida luz de las estrellas, la herida de su cuello parecía indescriptiblemente profunda, como el abismo proverbial en el que Gareth se miraba para descubrir el vacío de su propia alma. Estaba ofuscado, por eso no se dio cuenta de que Serlina se le había acercado hasta que le tomó del brazo y mordió con fuerza la herida que el mismo se había hecho momentos antes para bautizarla con su sangre.

Serlina era fuerte, tenía la fuerza de la sangre que acababa de robar, y una fuerza malsana proveniente de su ansia desmesurada. Gareth la golpeó, intentó zafarse de su presa, pero lo cierto es que sin sangre caliente dentro de nuestras venas somos seres débiles. Quizá por aburrimiento, o porque no quedaba casi nada por beber, Serlina acabó por dejarle, tirado en el suelo junto al cadáver que el mismo le había conseguido. Después se había marchado, sin duda en busca de más sangre para saciar un ansia que sabíamos que nada podría aplacar.

Reflexionamos sobre lo que había ocurrido, sobre aquella extraña fuerza que había poseído a Serlina. Nosotros siempre habíamos tenido cuidado, siempre habíamos bebido solo lo necesario, espaciando nuestras víctimas todo lo que podíamos, como un adicto al opio experto dosifica y espacia sus dosis para que su efecto no se desvanezca. Pero Serlina había tomado su primera dosis de la embriagadora sangre y no había sentido ni un ápice de repulsión, de temor al arrancar una vida de un ser humano. Había bebido demasiado, y su cuerpo enfermo había reaccionado a la sobredosis pidiéndole más aún, quizá quemando su cuerpo para conseguir las energías necesarias para aplacar su sed.

No quisimos pensar qué podría ser de ella, o qué sería de nosotros. Sabíamos que tarde o temprano la encontrarían, que quizá en su mente solo había lugar para la sangre, para matar y beber a cualquier precio. No sabíamos si su ansia se disiparía y si continuaría hasta consumirla, si podríamos hacer algo por ella en caso de que la encontrásemos. Estuvimos de acuerdo en que teníamos que dejar la ciudad, teníamos que alejarnos de allí antes de que la descubrieran bebiendo del cuello de una prostituta en algún callejón. Casi en silencio, evitando mirarnos los unos a los otros, amontonamos nuestras escasas pertenencias y subimos a la furgoneta, rumbo a otra ciudad, a otro destino.

Fue entonces cuando vinimos aquí.

Olvidamos lo ocurrido, o más bien fingimos todos haberlo olvidado. Pero Gareth comenzó a robar periódicos de los kioscos nocturnos, como si le avergonzase comprarlos, y a revisarlos en busca de noticias. Un día encontré una página arrugada dentro de la furgoneta, debajo de uno de los amplificadores, mientras sacábamos nuestras cosas para una actuación. Era una página de sucesos. Entre otros sucesos macabros relataba la desaparición de una familia. La hija faltaba del hogar por varios días, y se había denunciado su desaparición. Un día el padre no había aparecido por comisaría, donde solía ir diariamente a preguntar. Extrañados, habían llamado a su casa, sin respuesta. Un agente había ido a averiguar que ocurría y no encontró a nadie allí, pero sí que encontró sangre, un enorme charco de sangre en el centro de salón, sangre salpicando las paredes, sangre en varias herramientas, en el fregadero de la cocina, en la bañera. Todavía no habían podido averiguar que espeluznante suceso había ocurrido en aquel lugar. Nada de eso me hizo reaccionar hasta que vi el nombre de la hija desaparecida.

Serlina. Era ella.

Entré en el camerino hecha una fiera y me lancé sobre Gareth, blandiendo la hoja de periódico como si fuese un arma, tomando las solapas de su chaqueta de cuero y arrojándolo contra la pared. Sherri intentó apartarme de él pero la rechacé con un fuerte bofetón que la tiró al suelo. Miré a los ojos de Gareth y vi miedo en ellos. Le vi entonces como lo que realmente era, lo que siempre había sido, un manipulador, un fraude como su maestro lo había sido antes de él, un temerario al que no le importaba nada más que si mismo.

Y yo le había amado más que nada. Yo había dejado que ese maldito aprendiz de Drácula me transformara con su sangre.

Le grité y le golpeé, descargué en él todo mi odio, odio hacia él, y sobre todo odio hacia mí misma, hacia el monstruo en el que mi ingenuidad y mi estupidez me habían convertido. Él no hizo nada para defenderse de mis ataques, solo me miró con sus hermosos ojos, sin decir palabra, como si sintiera en el fondo que se merecía todo aquello.

Cuando me calmé me alejé corriendo de allí. Creo recordar que me lamenté de no poder venir a la ribera del río a esperar un amanecer que me consumiera y aliviara mis penas, como los vampiros de la ficción. A mí el sol solo me molesta los ojos, no me hace más daño que ese. Cuando mi desesperación se fue diluyendo me convencí a mí misma de que odiarme no tenía sentido. Soy lo que soy, no puedo cambiarlo, es algo con lo que debo vivir, y haré lo que haga falta para sobrevivir. Pero no podía perdonar a Gareth, no podía ignorar su estupidez y su arrogancia, su deseo narcisista de tener siempre a un trío de esclavas vampiras a su servicio como el famoso conde transilvano, aunque fuese a costa de seducir y sacrificar a jovencitas inocentes que no habían cometido más pecado que enamorarse de él.

Al amanecer, decidí que seguiría mi propio camino, que dejaría a Gareth y a Sherri la noche siguiente. Huyendo como pude de la cegadora luz del sol, fui a nuestro oscuro apartamento y me tumbé sobre mi colchón, para que el sueño me venciera.

Cuando desperté, estaba en la tumba donde me encontraste.

*****

-¿Cómo llegaste allí?-pregunta Voltaire tímidamente, aunque ya cree conocer la respuesta.

-Fueron esos dos bastardos-dice Alex-. Gareth y Sherri. No sé si me temían, o me odiaban, o sencillamente habían perdido la razón. Me hallaron allí, dormida, a su merced. Creo que me desangraron de alguna forma, lentamente, para que yo no me apercibiera. Una cosa que no sabes es que tenemos un sueño muy pesado, al menos yo lo tengo desde que soy una muerta viviente. Quizá fueron llenando una jeringuilla tras otra de la poca sangre que en aquel momento me corría por las venas, hasta llevarse hasta la última gota de calor que me animaba. Entonces me cogieron, me cargaron en la furgoneta y me llevaron al cementerio, a ese viejo panteón. Vaciaron un féretro y me metieron dentro. Para que me pudriera allí, enterrada en mi no-vida.

-¿Y que fue lo que falló?-pregunta Voltaire.

-No lo sé-dice Alex, mirando a las oscuras alturas, como si buscara en ellas una respuesta-. Quizá no me quitaron demasiada sangre, o quizá fue un reflejo, algo instintivo que me hizo salir del estupor cuando la sangre de mi cuerpo ya casi no daba para mantener frescos mis órganos internos. Primero sentí miedo, el terror más profundo y frío que jamás he vivido. El frío de mi propio cuerpo se mezclaba con el de la piedra y la tierra putrefacta que me rodeaban, con el de las maderas medio podridas del féretro. Y cuando el miedo me dejó pensar y me di cuenta de lo que había pasado, me dominó la ira, una ira muda e impotente. No sé si fue de esa ira de donde saqué las fuerzas para moverme, al menos espasmódicamente, hasta conseguir derribar el ataúd, que se abrió por la caída y me depositó bruscamente sobre el sucio suelo. Y entonces, lentamente, día a día, luché contra la locura que carcomía mi mente pensando formas de vengarme de esos dos malditos traidores que me habían dejado allí, mientras me arrastraba con lentitud demencial a la entrada, que permanecía ante mí entreabierta, como una broma cruel. Entonces llegaste tú.

-Y te moviste-dice Voltaire, recordando aquel día.

-Sí-dice Alex-. De nuevo esa misteriosa fuerza, una energía que no proviene de la sangre, ni de mi cuerpo, sino quizá solo de mi mente, de mi desesperación. Salté al olor de tu sangre, a la promesa de la suavidad de tu piel, y cuando me rechazaste, cuando me atacaste, aquella fuerza me permitió retroceder, ocultarme de nuevo entre las sombras, deshacer en un instante lo que me había costado días conseguir. En ese momento volví a estar tan incapacitada como antes, si no más, como si hubiese quemado mis últimas reservas. Me quedé allí sentada, esperando que al menos llegase la inconsciencia, o la locura. Pero fuiste tú quien vino a mí, con una ofrenda para tu oscura diosa.

Alex besa tiernamente la frente de Voltaire, que cierra los ojos y siente un estremecimiento al contacto de los fríos labios contra su piel, de la helada lengua que la lame levemente.

-¿Por qué no te has vengado?-pregunta Voltaire de repente-. ¿Por qué no has hecho nada todavía?

-Habrá tiempo para eso-dice Alex, rodeando con brazos hambrientos de calor el suave y sensual cuerpo de Voltaire-. No podía resistirme a la tentación de dominar y disfrutar de esa deliciosa y malvada criatura que había venido a sacarme de mi tormento.

Voltaire sonríe, una sonrisa inocente como la de una niña pequeña, algo incongruente con su retorcida alma. Pero Alex ha visto el interior de esa pequeña y sabe que es mucho más inocente de lo que nunca lo fue ella, que lo es de una forma que la pone más allá del bien y del mal, ajena a ambas ideas, humana de una forma tan pura que la asemeja a un animal salvaje. Y besa esa sonrisa, esos labios que le dan un calor que la llena más aún que la sangre que mana de un cuello cercenado, y deja que Voltaire caliente su no-vida con su cuerpo, con sus besos, con el perverso arte de sus pequeñas manos.

*****

El horizonte comienza a clarear tras las cortinas, pero en la habitación de Voltaire solo llegan las suaves penumbras que lo mantienen todo medio oculto, que excitan la imaginación y las pesadillas. Arrodillada en la cama, Voltaire contempla el hermoso cuerpo desnudo de Alex, su señora, su diosa oscura, la persona que ha cambiado su vida para siempre. Y se pregunta de nuevo si merece la pena provocar la ira de su diosa, cometer contra ella el crimen que se dispone a perpetrar. Pero piensa que ella lo comprenderá, que deberá comprenderlo. Pese a ello siente miedo y tristeza. Miedo a su ira, sí, pero también miedo a su rechazo, a su indiferencia, a romper el vínculo que se ha creado entre ellos. Voltaire siempre se ha creído una persona fuerte, con una férrea voluntad satánica capaz de imponerse al mundo que la rodeaba. Pero aquí está, totalmente sometida a otra voluntad, al poder carismático de una seductora criatura de las tinieblas.

-Haz lo que quieras, que esa sea la ley-susurra lentamente, invocando las fuerzas que necesita para romper el hechizo de Alex, para imponer su voluntad a la de su señora.

Mueve lentamente su elástico y pálido cuerpo desnudo, como una gata que se dispone a cazar. Se aleja de Alex, abandona la cama y sus pies descalzos tocan el frío suelo, que le resulta cálido en comparación con la piel de su diosa oscura. Luchando para no apresurarse, abandona la estancia, deteniéndose un instante cuando la puerta chirría levemente al abrirse, volviendo a respirar cuando no descubre ningún cambio en Alex.

Fuera de la estancia que no hace mucho consideró suya, apresura sus pasos hacia el cuarto de baño. En el pequeño armario de detrás del espejo busca algo que uno de los compañeros de grupo de Anais dejó un fin de semana que se quedó con ellas en el apartamento. Una pequeña caja de hojas de afeitar. Voltaire la abre con cuidado, extrae una de las finas y macabramente hermosas láminas de acero cromado y la contempla por un momento. Es tan fina que atravesaría su piel y rozaría sus huesos mucho antes de que ella sintiera el más ligero indicio de dolor. Es perfecta para lo que se propone.

Deja la hoja solitaria sobre el lavabo y vuelve a poner la caja en su sitio. Cierra la puerta y mira sus propios ojos en el espejo. Necesita invocar fuerzas para hacer lo que se propone. Su mente conocedora de lo oculto decide improvisar una ritual de magia menor sobre la marcha. Abre el grifo del agua caliente y al cabo de un momento un chorro de vapor casi invisible comienza a ascender desde el lavabo, empañando el espejo. Con una dedo Voltaire dibuja lentamente una estrella invertida de cinco puntas en el espejo, y después sigue simplemente dibujando, tratando de convertir todos sus temores en una imagen, de un dibujo, una mística configuración de trazos y ángulos. Y una vez que su espíritu oscuro esta satisfecho, borra el dibujo con un movimiento de su mano, destruyendo sus temores, sus dudas, su vacilación. Toma del lavabo la cuchilla, también cubierta por la condensación, y la sujeta con sus labios para salir de allí lentamente, con movimientos sensuales y exagerados como los de las bailarinas balinesas.

Entra en su habitación, silenciosa como una sombra, y se arrodilla junto a la cama, cerca de una de las manos de Alex. Mira por un momento su rostro, sus ojos cerrados, su expresión de paz, y piensa que la ama todo lo que es capaz de amar a alguien. Pero si hay algo que ame son sus propios sueños.

Un movimiento rápido, sin vacilación, y la atraviesa de parte a parte la muñeca de Alex. La sangre comienza a manar lentamente, como si estuviese apelmazada, no con el ímpetu de la sangre de un cadáver. Voltaire lame lentamente esa sangre fría, deja que impregne su lengua de una sola vez y después cierra los labios y siente como se mezcla con su saliva, contiene un escalofrío ante su desagradable sabor acerado. Está fría, pero hay una devastadora calidez en ella, como un licor de alta graduación. La siente quemar su garganta al deslizarse lentamente en su interior.

Voltaire sabe que pronto comenzará a cambiar. Sabe que ya está infectada ligeramente por su contacto con Alex, y que esa pequeña ofrenda de sangre bastará para completar su transformación. Sintiéndose osada, besa la mejilla de Alex y vuelve a alejarse de ella con su danza sigilosa y delirante.

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© 2008, Juan Díaz Olmedo

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Diabolus In Musica - Capitulo 5

lunes 1 de septiembre de 2008

No creo que sea extraño para ti el motivo que me llevó a emprender la búsqueda por la cual soy lo que actualmente soy. Creo que tú también eres muy consciente de que existen cosas en el mundo que nos rodea más allá de lo que la razón puede revelarnos, o es capaz de revelarnos hoy en día. Me consideraba a mi misma una buscadora del saber oculto, movida por esa curiosidad, pero también por el placer travieso del saber que me movía en las fronteras de lo que la sociedad bienpensante consideraría lógico o aceptable. Al principio eran solo mis lecturas, autores oscuros y materias esotéricas de las que tan solo podía comprender una pequeña parte, siempre con una vocecita impertinente en un rincón de mi cabeza que me decía que si no encontraba una gran verdad tras aquellos obtusos términos y crípticos testimonios no era debido a mi torpeza, sino a que no había ninguna gran verdad tras ello, a que se trataban de un fraude, de una mera superstición. Más de una vez lo dejé todo, traté de olvidarlo, pero fui incapaz. Cuando me estancaba, cuando me sentía desencantada por un determinado enfoque, por una determinada creencia, saltaba a la siguiente deseando encontrar la verdad en ella. No me sentía extraña, ni mi actitud lo era a ojos de los que me rodeaban. Era otra época, más joven y menos cínica, y no era la única que deambulaba de una doctrina espiritual a otra en busca de un sentido a un mundo que se nos revelaba como demasiado mundano como para que pudiésemos tolerarlo.

No creas que yo era una especie de mística loca. Era un joven normal y corriente, quizá solo un poco más excéntrica de lo normal, pero no mucho más. En el campus de la universidad a la que asistía, llena de clubs de estudiantes dedicados a tal guru o a cual doctrina mística procedente de oriente, yo tan solo destacaba por intentar desmarcarme un poco de la búsqueda de la mayoría. No era la armonía ni la paz universal lo que yo buscaba, nada de eso. Era poder. Lisa y llanamente. Poder sobre los demás, sobre la vida y la muerte.

En mi búsqueda se alternaban periodos de actividad febril, en la que devoraba gruesos volúmenes y memorizaba extraños rituales para practicarlos en solitario, con periodos de calma en los que trataba de alejarme de todo aquello, de limpiar mi mente tras la última decepción, tras el último fraude descubierto oculto tras una bonita capa de esotérica poesía. En esos periodos de tiempo tenía la música para refugiarme. No se me daba muy bien tocar la guitarra, aunque lo había intentado durante mucho tiempo, pero a los demás les gustaba oírme cantar, y lo hacia todos los fines de semana, con un pequeño grupo de amigos, en la cafetería de la universidad. No ganábamos casi nada con aquello, poco más que la satisfacción de nuestro propio arte. Yo sentía que cantar no era suficiente, que no había mérito en una habilidad que no había hecho nada por ganar, y comencé a escribir letras de canciones a las que mis amigos ponían música después. Mis conocimientos esotéricos me sirvieron para crear aquellas canciones, las imágenes y los conceptos de los antiguos tratados tenían esa carga de intrigante y sensual misterio que me servía para poner a los neófitos en la palma de mi mano. El resto del grupo recibía mis canciones con entusiasmo. En un tiempo plagado de letras con supuestos significados profundos y que en el fondo hablaban siempre de lo mismo, lo nuestro tenia la facultad de destacar sobre todo ello. Para muchos, nosotros teníamos un verdadero significado, un sentido auténtico, mucho más que todos esos cantautores que pretendían ingenuamente cambiar el mundo con sus canciones de trasfondo político.

Los Iluminados nos llamaban, aunque el grupo no tenía oficialmente nombre en principio, pero al final terminamos por adoptarlo y escribirlo en grandes letras góticas en la batería, como se hacía por aquella época. La prensa universitaria hablaba de nosotros, y pronto también tuvimos tímidas reseñas en la prensa local. No creas que éramos algo grande, no éramos más que un grupo de aficionados que habían conseguido hacer un poco más de ruido del que pretendían. Y, sin pretenderlo, nuestro ruido llegó a oídos de alguien mucho más versado en lo oculto de lo que deseábamos.

Nunca olvidaré aquella tarde de invierno. Llovía desde aquella mañana, los cielos totalmente cubiertos de nubes gris oscuro que nos sumergieron en un atardecer perpetuo. A lo lejos veíamos rayos mudos, demasiado lejanos como para que llegaran a nosotros sus truenos. Toda la atmósfera estaba cargada, de electricidad y de sentimientos primarios de miedo. El miedo primordial del hombre a los elementos, a que el cielo se derrumbe sobre su propia cabeza. Eso sentí cuando agarré el micrófono y contemplé a nuestro apretujado público en la inusualmente oscura cafetería. Podía oler su miedo, podía sentirlo en las yemas de mis dedos si pasaba mi mano frente a mi rostro. Allí había potencia para realizar un poderoso hechizo. Si tan solo supiese un maldito ritual auténtico, recuerdo que pensé, repasando mentalmente símbolos alquímicos y conjuros herméticos, recordando lo vacíos que eran en el fondo, lo inútiles que resultaban para hacer algo que no fuese asustar al supersticioso y fascinar al ignorante.

No le vi al pasar la mirada sobre el público, solo vi los rostros de costumbre, y algunas nuevas presencias. Creo que permaneció en las sombras, detrás de una de las columnas de la cafetería. Normalmente hablaba un poco con el público, pequeñas charlas de un exagerado y casi paródico significado místico, jugando a que éramos poderosos conocedores del saber oculto y que íbamos a realizar un ritual innombrable con nuestra música. Pero aquel día no me sentí con ánimos. Hice el gesto con la cabeza convenido con el batería, cuyas baquetas comenzaron a golpear al instante, en un profundo y penetrante latido. Era una nueva composición, otro de mis poemas musicados, que había surgido de mí casi espontáneamente unos días antes, mientras me emborrachaba con sidra en los jardines de campus. Era una historia del Génesis desde el punto de vista de la Serpiente, explicando porqué había liberado a la humanidad concediéndole la inteligencia. En las primeras estrofas un rayo cayó mucho más cerca de lo que esperábamos, iluminando la sala con su poderosa luz por un instante, un breve instante en el que vi sus ojos, su mirada casi enloquecida y decididamente malvada contemplándome desde las sombras, en las últimas filas del público. Después mis ojos se recuperaron del destello y aquella mirada desapareció, como si hubiese sido solo producto de mis fantasías. Pero yo sabía que estaba allí, en algún lugar de la cafetería, una presencia oscura, maligna en su misma naturaleza, que escuchaba nuestra música y nos sonreía.

Por un momento llegué a pensar que habíamos hecho magia, que habíamos conseguido invocar al mismo diablo.

Continuamos durante más de una hora, llevando al éxtasis a nuestro público, sin dejar de sentir aquella presencia contemplándonos desde algún lugar, todavía sin dejarse ver. Finalmente, nos despedimos del público con una profunda reverencia, como teníamos costumbre de hacer, y el se mostró ante nosotros, saliendo de detrás de la columna tras la que había permanecido escondido.

Era alto, de constitución gruesa, lo que lo hacía parecer más grande aún. Vestía impecablemente de negro, de pies a cabeza, un traje de corte clásico. Su gran cabeza estaba totalmente afeitada, y una perilla adornaba su rostro de malvado de opereta.

Yo sabia quien era, como todos los de aquella sala. Aplaudió nuestra actuación, mientras avanzaba hacia nosotros provocando el silencio a su alrededor, entre aquellos que le reconocían y comenzaban a murmurar. Yo había leído algunos de sus escritos, y sabía todo lo que decían de él, que se había alimentado de carne humana, que era un producto involutivo más cercano al animal que al hombre, que su mirada podía subyugar la voluntad de hombre y bestias.

Era un hechicero, un místico oscuro. Le llamaban simplemente el Doctor.

Con una sonrisa que parecía salida de un comic nos contempló a todos, después se giró a nuestro público y extendió los brazos, como si quisiera abarcarles en el gesto.

-Amigos míos-dijo con su voz grave, de un barítono algo desquiciado, una voz que no hubiera desentonado en una vieja película de terror-Hemos contemplado el poder de La Oscuridad en toda su magnificencia esta noche, gracias a este agraciado y notable grupo de Iluminados. En ellos se cumplen mis teorías, mis creencias acerca de que los que están tocados por la oscuridad están destinados a heredar el mundo, a gobernar por el poder de su presencia, su voluntad y su arte.

Se escucharon algunos tímidos aplausos en el fondo de la sala, pero la mayor parte de los presentes estaba demasiado desconcertada.

-Este oportunista pretende robarnos el público-me susurró el batería.

Yo no le hice caso. Estaba fascinada. Le habíamos traído allí, al mítico Doctor, que había sido uno de los personajes más populares y espeluznantes de la ciudad por varios años, a fuerza de su extrañeza y su excentricidad. El Doctor, que era visitado por artistas de cine y cantantes de éxito, que escribía libros que eran traducidos a cientos de idiomas. O al menos eso era lo que el mismo y los suyos afirmaban.

-Tengo el placer de comunicar aquí, públicamente-continuó, abarcándonos a nosotros en otro gesto teatral-, que invito a los Iluminados a ser parte de mi Aquelarre.

Tras esto se giró, y fijó en mí sus ojos oscuros, una media sonrisa prendida en sus labios, su mano extendida en señal de ofrenda.

-Gracias-musité yo al micrófono.

-Mi tarjeta, señorita-dijo él sacando de uno de sus bolsillos un pequeño rectángulo de cartulina.

La depositó en mi mano y vi que contenía una estrella de cinco puntas y su dirección, que no necesitaba porque yo sabía muy bien donde vivía.

-Espero tener el placer de vuestra visita mañana por la noche-me susurró, lo suficientemente alto como para que el público le escuchara.

-Gracias-musité yo de nuevo, sintiéndome como una idiota.

De una percha cerca de la entrada tomó un sombrero negro y un largo abrigo negro, y tras ponérselos dirigió un saludo a los presentes.

-Salve al Oscuro-dijo, alzando un puño.

La estudiada sonrisa de malvado apareció en su rostro de nuevo, antes de abrir la puerta y desaparecer en la oscuridad de la que había surgido.

*****

Finalmente fui la única del grupo en asistir a la cita del Doctor. El resto no quiso acompañarme, no quisieron verse implicados de ninguna forma con aquel siniestro personaje.

-Es un ladrón de fama-me dijo el batería, intentando convencerme de que no fuera a la cita-. Le he leído declarando haber hecho cosas que nunca hizo, como participar en películas de terror en las que no le ves por ninguna parte.

Yo también conocía esa faceta del Doctor, pero no le di importancia. Estaba fascinada por la malignidad de su persona, por la promesa no formulada de secretos ocultos tras las paredes de su infame y célebre casa. Todos intentaron convencerme de que lo olvidara, pero finalmente acudí.

Desearía haberles hecho caso.

La casa del Doctor era un pequeño edificio antiguo de madera, pintado completamente de negro, incluso los cristales. Tenía esa cualidad atemorizante de las casas antiguas cuando no están bien cuidadas, como si la decrepitud las dotase de alguna extraña forma de conciencia, de vida. Eso era lo que yo sentía cuando me acercaba a sus tablones mal pintados, cuando alzaba la vista a su tejado a dos aguas y a su desvencijada buhardilla, como si el edificio mismo me devolviese la mirada, como si no me quisiera allí.

No había ninguna placa ni inscripción en la puerta. Tiré de un cordón dorado y una campana sonó en el interior.

Me abrió la puerta una mujer de baja estatura, vestida con un largo traje negro y con los cabellos pintados de un blanco purísimo. La reconocí de inmediato, era Barbara, la esposa del Doctor, con la que compartía esa residencia. Me dijo que me estaba esperando, y no mostró ninguna sorpresa al advertir que había acudido sola. Me hizo pasar y de una mesita situada junto al recibidor me dio una hoja de papel roja, escrita a máquina, que apenas podía leer en la tenue luz que venia del pasillo. La seguí al interior, sin dejar de mirar a mi alrededor aquel grotesco y excéntrico lugar.

Había todo tipo de objetos colgando de las paredes, formando un conjunto extrañamente recargado. Todo parecía destinado a llamar la atención, desde bizarras muestras de arte africano hasta cabezas reducidas de los jíbaros o cabezas de alces disecadas. Vi las banderas de los Estados Unidos y la Unión Soviética entrelazadas, vi también desagradables insignias nazis e imaginería fascista. Todo aquello me provocó una incómoda repulsión, pero pensé que era precisamente esa sensación la que pretendía provocar.

Barbara me llevó a una habitación en la que había preparado un atril, y frente a él varias sillas plegables de color negro. Un tapiz con una estrella de cinco puntas invertida en blanco, sobre fondo negro, colgaba tras el atril. Todo aquello me daba mala espina. No era sencillamente malvado, sino que se esforzaba en parecer amenazador, en parecer maligno. Temía no encontrar allí más que simple apariencia.

Había otras personas allí, todas vestidas de negro, como yo. Ninguna me dirigió ni tan siquiera una mirada. Todas eran jóvenes, aunque de aspecto bien distinto. Había tres chicas muy delgadas que se sentaban juntas en una de las esquinas, cogidas de la mano. Un hombre grueso de espeso cabello rojo y barba estaba sentado frente al atril, mirándolo como si ya hubiese allí alguien hablándole. Y en otra de las esquinas vi a alguien que llamó mi atención de inmediato, un joven de larga melena castaña y profundos ojos azules, sin expresión en su hermoso y casi andrógino rostro. Su aspecto me era familiar, pero no podía reconocerle. Colgaba de su cuello una estrella plateada como la que aparecía en el tapiz.

Barbara se dirigió al atril y sacó de algún lugar una vieja campana dorada que tocó tres veces. Los tímidos intentos de conversación de la sala se apagaron de inmediato, y todos fijaron la vista en ella. Yo me senté en la ultima fila, en una de las muchas sillas libres.

-El Doctor les hablará ahora-dijo Bárbara, y tras esto se alejó del atril y abandonó la estancia.

A la luz de aquel salón pude ver al fin que era lo escrito en el papel que me había entregado al entrar. Parecía ser un programa relativo a la conferencia que iba a dar el Doctor. Sabía que el Doctor solía dar conferencias y cursos todas las semanas, algunos gratuitos, otros a cambio de altas sumas de dinero. Me decepcionó un poco que me hubiese invitado a una de sus conferencias. Creía que iba a ser una cita más personal. El tema del día era el mal a lo largo de la historia, seguido por una disertación sobre las interpretaciones místicas del canibalismo.

El Doctor surgió de donde había desaparecido Barbara. Saludó a los presentes con una inclinación de cabeza y se puso tras el atril. Al verme al fondo, me dirigió una sonrisa, y yo me emocioné por un instante. Era una visión ciertamente imponente, su figura alta y fornida embutida en un ajustado traje negro, su cabeza afeitada brillando bajo la brillante luz de las lámparas que colgaban del techo, su sonrisa sardónica y malvada enmarcada por su barba de perilla.

-Salve al Oscuro-dijo con su profunda voz.

-Salve al Oscuro-respondieron los presentes.

El Doctor abrió una carpeta de apuntes que tenía sobre el atril y comenzó su disertación.

Durante más de una hora estuve escuchando embelesada sus palabras, pronunciadas de forma cuidadosa y haciendo énfasis en la profundidad de su voz, más como un actor que declamase un texto que como un conferenciante. Sus cadenas de argumentos eran deliciosamente brillantes, deslumbrantes en su sencillez. Era como si te mostrara algo que has sabido desde siempre, pero que has olvidado que sabias. Verdades ocultas delante de nuestros propios ojos. Y todo con un desarmante sentido del humor que arrancó más de una carcajada a su pequeña concurrencia. A todos, menos al joven de ojos azules de la primera fila, al que yo miraba cada cierto tiempo. Su expresión no cambió en toda la conferencia, si acaso para mostrar algo de aburrimiento. Pensé que se trataba de algún discípulo de confianza, que quizá había escuchado esa misma conferencia cientos de veces. A veces se giraba sin ningún disimulo en su silla y miraba al resto de los presentes. Sus ojos azules se cruzaron con los míos en más de una ocasión, y ninguno de los dos apartó la vista. Una de las veces que lo hizo, le guiñe un ojo y le saqué la lengua, intentando arrancar una sonrisa de sus finos labios, pero me fue imposible. Aquel hermoso ocultista me tenía desconcertada, y ciertamente algo fascinada.

Finalmente el Doctor había hecho que la idea de devorar carne humana me pareciera atractiva. Tocó la campana tres veces y entonó uno de sus repetitivos salves al Oscuro, dando por terminada la conferencia. Las tres chicas delgadas hicieron una reverencia y desaparecieron, como el resto de los presentes, tras intercambiar un breve saludo con el Doctor. El individuo del cabello pelirrojo se detuvo un momento para pedirle al Doctor que le firmara uno de sus libros, y para felicitarle por la conferencia. El joven de los ojos claros había desaparecido como por ensalmo en el instante en el que había salido de mi vista.

-Disculpe-dijo una voz a mi lado. Me giré para encontrarme con Bárbara-. El Doctor quiere verla en su despacho en un momento. Sea tan amable de esperar.

Sin decir más se alejó de mí. Me sorprendió un poco el tono autoritario de sus palabras, pero me agradó que al fin se me diera la atención especial que había esperado desde que llegué. No podía creer que fuese a entrar en el despacho personal del Doctor. Para muchos, era como entrar en el camerino de un grupo de moda, en la rulot de una estrella de cine. Un lugar reservado para una élite, para los elegidos.

Finalmente el orondo pelirrojo dejó al Doctor tras un fuerte apretón de manos, y sus ojos oscuros se fijaron en mí.

-Señorita Alexandra-recuerdo que dijo, arrastrando las vocales del nombre como si las degustara-. Me alegra mucho que haya aceptado mi invitación. Venga, entre sin miedo en mis dominios.

Me hizo un gesto con la mano para que le siguiera, y así lo hice. Me llevó por un corto pasillo hasta una habitación de la que había visto algunas fotos en revistas. El recargado altar al Oscuro estaba en una de las esquinas, frente a otro tapiz con la estrella invertida, con un enorme cráneo de vaca sacado, según decían, del mismísimo Death Valley presidiéndolo, junto a puñales, espadas, campanas y demás parafernalia ocultista. Todo perversamente exagerado, tanto que parecía algo salido de una mala película de terror.

-Tengo una propuesta que hacerle-dijo el Doctor, cerrando la puerta de la habitación. La forma en la que me miró me provocó un mal presentimiento.

El Doctor se acercó con pasos lentos al altar. Levantó el cráneo de vaca y de debajo, sacó una cadena de plata de la que colgaba una estrella de cinco puntas invertida, como la que todos los miembros de su Orden llevaban. Después tomo uno de los puñales ceremoniales.

-Le propongo-dijo, cayendo del pedestal en el que le tenia-que sea usted una de mis sacerdotisas.

-¿Quiere enseñarme los secretos?-le pregunté, creyendo que había entendido mal sus palabras.

-No, querida-dijo, acercándose a mí.

Se puso a mi espalda y me colocó la cadena alrededor del cuello.

-Ya sabes lo suficiente-me dijo.

-Yo no sé nada-le dije-. No tengo ningún poder, no sé como burlar a la muerte, como invocar las fuerzas de las Tinieblas. Es eso lo que he venido a buscar aquí.

-No quiero decir que no te enseñe rituales, querida-me dijo, todavía en mi espalda, tocando mis cabellos con la punta de sus largos dedos-. ¿Has leído mis libros sobre las Sacerdotisas del Oscuro?

No lo había hecho, pero había oído hablar de ellos. Eran algo de lo que ni a sus seguidores más fieles les gustaba hablar. Se decían que reflejaban totalmente su misoginia oculta, que la sacerdotisa aparecía siempre como un juguete para satisfacer los deseos eróticos ocultos del sacerdote, a veces incluso de varios. Yo siempre había creído que se trataban de exageraciones, pero allí, sintiendo su aliento sobre mi nuca y sus dedos rozando mi cuello, aquellos rumores me parecieron terriblemente fundados.

-No tengo nada que aprender aquí-dije, separándome de él.

Me quité la estrella del cuello y la dejé de nuevo sobre el altar.

-No puedes irte-me dijo-. Ahora perteneces a la orden.

-Impídemelo-le dije, mirándole fijamente a los ojos, tratando de no expresar ninguna emoción.

Era un truco que había usado más de una vez. Sorprendentemente incluso con el doctor dio resultado.

-¡En el nombre del Oscuro te maldigo!-me dijo, extendiendo hacia mí su mano en un gesto teatral mientras yo abría la puerta de la habitación.

-No creo que tengas poder para eso-le dije, sin darme la vuelta.

En un instante había pasado a ser para mí poco más que un hombrecillo, insignificante e inofensivo. En aquel momento volví a sentir, esa vez con más fuerza que nunca, que mi búsqueda no tenia sentido, que lo que deseaba conocer no era más que una quimera. Mientras avanzaba por el pasillo, buscando la salida de un lugar que ahora se me antojaba ridículo y de mal gusto, me dije a mi misma que lo dejaba, que estaba perdiendo el tiempo, que estaba arruinando mi vida.

Desgraciadamente cambié de opinión.

-¿Ya te ha nombrado sacerdotisa?-susurró una voz a mi espalda, cuando entré en el salón de conferencias, camino a la salida.

Me giré asustada y encontré allí al joven de largos cabellos castaños que tanto me había fascinado momentos antes. Me dije a mí misma que no merecía la pena perder el tiempo con él, que no era más que uno de los secuaces del Doctor, y que sería como él un completo fraude. Pero había algo en su mirada, en la forma en la que arqueaba sus finos labios en una sonrisa cómplice, que me hizo detenerme y escuchar.

-Lo hace siempre con las jovencitas hermosas que se dejan fascinar por su metafísica de vodevil-dijo él, aumentando su sonrisa, con una voz suave y susurrante-. Un truco ya muy gastado, aunque da resultado en ejemplares especialmente impresionables. Me alegra ver que no ha sido tu caso. No me equivoqué cuando te valoré al verte durante la conferencia.

-¿Quién eres tú?-le pregunté, halagada por sus palabras.

-Me llamo Gareth-dijo, haciendo una ligera reverencia-. Soy, o he sido, uno de los primeros discípulos del Doctor. Ahora me mantiene aquí para darle un poco de prestigio a su maltrecha organización.

-No quiero seguir aquí-dije yo. No me sentía cómoda en aquel lugar. No me fiaba de sus habitantes.

-Yo tampoco-dijo él-No te preocupes.

Me guió cortésmente hacia la salida y abrió la puerta como un caballero salido de una novela victoriana. Yo estaba completamente encantada por su compañía, pero no tanto como para bajar la guardia.

-Si esto es una treta del Doctor-le dije nada más pusimos los pies en la acera-, lo lamentarás mucho.

Él sonrió de nuevo. No le iba mucho la imagen típica del ocultista, el tipo oscuro y siniestro que parece siempre estar maquinando planes secretos. Algo me decía que no necesitaba de esa teatralidad.

-El ya no tiene ninguna autoridad sobre mi-me dijo.

Comenzamos a caminar, el uno junto al otro.

-¿Dónde me llevas?-le pregunté.

-Primero, a una cafetería cercana-me dijo-. Yo invito. Y donde vayamos después depende de ti.

Me encantó aquel lugar nada más ver su interior, pequeño y de decoración sencilla pero efectiva. Se parecía a un café para bohemios de ese París que nunca existió más que en la mente de los que nunca lo visitaron.

-Si tienes del Doctor la misma opinión que yo-le dije cuando llegaron nuestros capuchinos-, ¿por qué sigues con él?

-El Doctor me sirve a mí ahora-dijo él, con una sonrisa maquiavélica-Cuando su organización comenzó a decaer, hace ya años, pensó que su única forma de subsistir era mediante la publicidad. Y así, comenzó a llamar la atención de todas las formas que pudo, organizando rituales públicos, dejándose ver en fiestas y en estrenos cinematográficos, intentando que su nombre se asociara al de actores y músicos famosos..... Antes de todo esto era jefe de pista en un circo, y todavía conserva parte de ese espíritu.

-¿Estas de broma?-le pregunté, sorprendida ante esa revelación.

-Para nada-me dijo él-. No te habrás creído esa biografía fantasiosa que circula por ahí sobre él, ¿verdad? Cielos, incluso se contradice a sí misma. Según ese librito estuvo al mismo tiempo en varios lugares distintos, y conoció a personas años después de que muriesen, y todo eso sin usar ningún poder sobrenatural.

-Supongo que soy una de las víctimas de sus artes circenses-confesé yo, sintiéndome algo avergonzada.

-No te preocupes-me dijo él-. Al menos has sabido reaccionar a tiempo. El Doctor tiende a atraer a gente notable, a veces por su ingenuidad, pero también a veces por su inteligencia. Que se quede con los primeros para su Orden de pacotilla. Es por los otros, por los que ven el engaño al primer aviso, por lo que permanezco a su alrededor.

Yo me limité a sonreír.

-¿Que buscabas en casa del Doctor?-me preguntó él.

-Poder-dije yo, sin dudarlo-. Ser más de lo que soy. Poder sobre la vida y la muerte.

-¿Y si te dijera que yo tengo la llave de ese poder?-me dijo él.

-No te creería-le dije yo-. Me han engañado demasiadas veces.

-Muy sabia-dijo él, sin ofenderse, al menos en apariencia-. ¿Quieres pruebas?

-Sí-le dije yo.

-Las tendrás-me contestó.

*****

-De lo que veas esta noche, deberás guardar completo silencio-me susurró entre las sombras-. Si hablas, me encargaré de que lo lamentes, y hablo muy en serio. Y yo no me limito a declamar maldiciones de opereta.

Yo tan solo asentí, y le seguí hacia lo desconocido.

Estábamos en una casa vieja y desvencijada, uno de los restos de lo que un día fue una de los barrios más prósperos de la ciudad, hacía ya más de un siglo, y que ahora yacía como una víctima colateral de la degradación y la miseria que algún día afectó a sus pobladores. Apenas podía adivinar los informes contornos del edificio en una oscuridad que era casi total. La última farola bajo la cual habíamos pasado había quedado muchos metros atrás. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal, no sé si de miedo o de frío. Ni siquiera sabía que hora era, y estaba demasiado oscuro como para poder consultar mi reloj.

Gareth ascendió los tres arruinados escalones que llevaban a la entrada y golpeó la puerta con los nudillos, tres golpes, una pausa, tres golpes más.

-¿Que lugar es este?-le pregunté.

-Uno que descubrí por pura casualidad-me dijo él.

La puerta crujió súbitamente, asustándome, y los viejos y oxidados goznes comenzaron a chirriar. Cuando se abrió, del interior surgió una luz insolentemente brillante que me deslumbró.

-Soy yo-dijo Gareth.

La luz bajó y entonces vi que provenía de una simple linterna, sostenida por una bonita joven de sencillas ropas negras y largos cabellos rubios. La joven se limitó a mirarme con sus ojos verdes y una expresión grave en su rostro de muñeca. Se echó atrás y entramos a un interior tan arruinado como el exterior. Las baldosas del suelo eran blancas y negras, como las de un ajedrez. No quedaban muebles, y la pintura de las paredes era casi inexistente. Bajo el sonido de nuestros pasos, una miríada de pequeños roces y chasquidos evidenciaban esa vida propia que poseen todos los edificios antiguos. Me encantó la romántica decadencia de aquel lugar, pero nada podría haberme preparado para lo que me esperaba en su interior.

-¿Hay novedad?-preguntó Gareth.

-Nada-dijo la joven, también en voz baja-. Ha permanecido en letargo toda la noche.

Yo me moría de ganas de preguntarles de qué estaban hablando, pero la gravedad de sus rostros me hizo contenerme.

El vestíbulo comunicaba con un pequeño pasillo, y desembocaba en una enorme estancia, de la que partían dos curvadas escaleras, que se perdían en un piso superior totalmente envuelto en la oscuridad. Aquel lugar estaba iluminado por velas, cientos de velas blancas colocadas en el suelo, sobre las losas marmóreas, formando un círculo alrededor de un objeto alargado de siniestro aspecto.

Nunca podré olvidar aquel lugar. No puedo explicar como, pero lo supe nada más entrar. Supe lo que había aunque si me hubiesen preguntado no habría podido decirlo. Lo sabía dentro de mí, una sensación que culebreaba gélidamente dentro de mis tripas.

Había otra chica junto a aquel objeto alargado, igualmente hermosa, igualmente vestida de negro, pero con cortos cabellos del color del ala de cuervo. Sostenía en su mano un viejo candelabro dorado, de seis velas. Miraba a aquella caja de madera alargada con una expresión que solo puedo describir como reverencia. Alzó la vista al escuchar nuestras pisadas, y sus ojos me contemplaron con interés.

Seguí a Gareth y a la chica rubia dentro del círculo de velas. La caja de madera estaba sostenida por dos burdos caballetes con bisagras de metal oxidado. Las tablas que la componían eran bastas y no estaban pulidas, todavía tenían astillas sobresaliendo amenazadoras de sus bordes.

Allí olía a polvo, a degradación y a miedo. Sí, el miedo proveniente de mí misma, pero también de mis anfitriones.

-Se bienvenida a mi círculo-me dijo Gareth, susurrando, como si nos encontráramos en un lugar sagrado.

-¿Que es esto?-pregunté yo, mirando a la caja-. ¿Un ataúd?

Sabía que el Doctor solía hacer uso de ataúdes en sus rituales, una forma de escandalizar y asustar a aquellos que temen todo lo relacionado con la muerte. Gareth debió leer mis pensamientos porque desechó esa idea con un gesto de su mano.

-¿Es ella la que esperábamos?-preguntó la chica de pelo negro, mirándome de una forma que encontré amenazadora.

-Lo será si ella lo desea-dijo Gareth.

-¿Que hay en esta caja?-pregunté, sin poder disimular mi nerviosismo.

-Puedes verlo por ti misma-dijo Gareth.

La tapa de la caja no estaba sujeta por nada más que por su peso, como descubrí cuando Gareth la alzó y la dejó a un lado. Desde donde estaba no podía ver lo que había en el interior. Me acerqué lentamente, temiendo ser decepcionada por su contenido.

Pero lo que vi superó completamente mis expectativas.

-Estaba aquí cuando llegamos el primer día-dijo Gareth-. Oculto en uno de los armarios del piso superior. Al principio nos desconcertó, pero pronto averiguamos de qué se trataba. Lo hemos mantenido en secreto, ni el Doctor ni nadie de su patética Orden sabe lo que hemos encontrado.

El ser que reposaba dentro de la caja parecía estar muerto, pero había una casi imperceptible vibración manando de él que lo negaba, que evidenciaba que había algún tipo de energía capaz de animar su cuerpo. Sus ojos opacos, de un azul oscuro, miraban a la oscuridad sobre él, sin aparentar ver nada. Sus ropas negras estaban raídas y llenas de polvo, igual que sus largos cabellos grises. Tenía un rostro sin edad, quizá el de un joven si no estuviese surcado por tantas suaves arrugas. Y sobre sus labios, como un macabro carmín, aparecía el marrón oscuro de la sangre seca.

-Es un vampiro-susurró Gareth, aunque yo no necesitaba que me lo dijera.

*****

-No puede ser-me dije a mi misma en voz alta.

Estábamos en lo que fue antaño la cocina de aquel edificio, el único lugar que conservaba algunos muebles y algo de habitabilidad. Estaba sentada en una silla desvencijada que otrora fue lujosa. Gareth estaba frente a mí, sirviendo vino tinto en dos finas copas de cristal. Había sacado la botella de una nevera de plástico que había traído una de las chicas. Cuando me ofreció la copa, su color rojo me pareció macabramente apropiado para lo que acababa de presenciar.

Antes de abandonar la estancia central, Gareth se había hecho un corte en la muñeca, con cuidado de no seccionarse una arteria, pero haciéndolo lo suficientemente profundo como para sangrar. Pude ver que había marcas recientes de cortes en su muñeca, formando un delicado y doloroso encaje. El chorro de sangre había caído sobre los labios del vampiro, que de inmediato se habían abierto para dejar pasar el cálido y metálico líquido. El olor a podredumbre que salía de la criatura pareció crecerse al mezclarse con el acre olor de la sangre de Gareth. Esa vibración sutil creció también, haciéndose tan fuerte que casi pude oírla.

Por un instante en el que se me detuvo el corazón, los ojos del vampiro se movieron. Sus pupilas opacas parecieron fijarse en las de Gareth durante un parpadeo, para luego volver a mirar a la nada sobre él. Miré a los demás y me di cuenta de que yo había sido la única en darme cuenta.

Al cabo de un momento Gareth retiró su muñeca y la chica del pelo negro se la vendó con un pequeño lienzo.

-Su aspecto ha mejorado mucho desde que lo encontramos-me había susurrado Gareth cuando había visto la curiosidad en mis ojos-. Al parecer es por la sangre que le proporcionamos.

Quizá fuera porque el olor sanguinolento del vampiro se me había metido hasta el fondo de mis pulmones, pero el vino tuvo un sabor ligeramente metálico aquella noche. Gareth tomó una silla y se sentó frente a mí, dejando su copa en la única mesa de la habitación.

-¿No se ha movido nunca?-le pregunté.

-No desde que lo encontramos-me dijo él-. Creemos que está demasiado débil para hacerlo.

-Y le estáis fortaleciendo con vuestra sangre-dije yo.

-Si-me respondió-. Pero está siendo demasiado lento.

-¿Que es esa cosa?-le pregunté.

Él pareció sorprendido ante mi pregunta.

-Ya te lo he dicho. Tú lo has visto.

-Eso es lo que aparenta ser-le dije yo-. Los vampiros no existen más que en las leyendas. No digo que esa cosa de la caja no tenga alguna relación con ellos, pero debe haber una explicación. Esa cosa debe tener una naturaleza más allá de los que nos dicen las leyendas.

-Así es-dijo una voz suave desde el umbral.

La única luz provenía de una solitaria vela sobre la mesa, demasiado débil como para iluminar a quien me hablaba, pero por su silueta puede adivinar que era la chica rubia.

-Esta es Fallon-dijo Gareth-Ha analizado algunas muestras de sangre de nuestro anfitrión.

Pese a la oscuridad puede ver como Fallon negaba con la cabeza.

-No las he analizado como debería haberse hecho-dijo ella-. Solo soy estudiante de medicina, y todavía no es mucho lo que sé. Tan solo un día me atreví a clavarle una aguja a eso y a hacerle algunas pruebas superficiales. Tiene pulso, eso es seguro, o al menos algo que parece un pulso muy profundo. Y por sus venas corre algo que parece sangre, pero no puedo precisar exactamente qué es.

-¿Ni siquiera tienes una idea?-le pregunté.

Fallon se nos acercó y se sentó en el suelo, junto a Gareth.

-Tengo una teoría-dijo, mirándome fijamente a los ojos-. Pero no sé si tiene sentido.

-Cuéntamela-le dije-. Seguro que tiene más sentido que viejas leyendas medievales.

-Verás-dijo Fallon-. Eso que hay en el salón parece ser... la forma más sencilla de explicarlo es que es una enfermedad. No un cuerpo atacado por una enfermedad, sino una enfermedad en sí. Su sangre, y todos sus tejidos tienen una naturaleza que no puedo precisar, pero que no pertenece al reino animal.

-¿Entonces?-le pregunté, intrigada. Había leído lo suficiente como para seguir superficialmente su explicación.

-Lo que creo es que todo en ese ser tiene una naturaleza vírica-dijo Fallon-. Ya sabes que un virus ataca una célula y la cambia transformándola a su vez en un virus. Y que un virus no está realmente vivo, sino que se encuentra a medio camino entre lo vivo y lo muerto. Bueno, pues imagina un virus que pudiera cambiar otras moléculas para que siguieran funcionando como antes, pero al mismo tiempo adquiriendo naturaleza vírica. Esa criatura es como una especie de organismo vírico, una colonia de virus con forma humana que se alimenta de las proteínas de la sangre. La sangre humana. He visto como reaccionan las moléculas de su sangre ante la sangre humana y la de animales, y solo la sangre humana parece nutrirlo. Sin sangre, su cuerpo permanece en letargo, pero sin llegar a estar nunca completamente muerto.

-No puede morir-dijo Gareth-. Al menos por lo que sabemos.

-Un organismo complejo inmortal-dijo Fallon-. Algo que la biología nos dice que es imposible. Y lo tenemos aquí mismo, en esa habitación.

Yo estaba demasiado fascinada, y demasiado nerviosa como para andarme con sutilezas.

-¿Que pretendéis hacer con él?-le espeté.

Pude ver como la luz de la vela bailaba sobre la sonrisa de lobo de Gareth.

-Le alimentamos con nuestra sangre-dijo-. Esperamos que así se cree un vínculo entre nosotros y él, o al menos que muestre agradecimiento cuando recupere su fuerza. Y cuando ocurra eso, le pediremos que comparta con nosotros su poder.

-¿Y si se niega?-le pregunté.

-Entonces se lo robaremos-dijo Gareth.

-Eso es una locura-les dije-. ¿Y si simplemente os mata? Estáis fortaleciendo a un monstruo.

-No esperaremos tanto para pedírselo-dijo Gareth-. Lo alimentamos poco a poco, como has visto.

Me callé lo que había visto, o había creído ver. Tenia el temor de que aquella criatura estaba más despierta de lo que ellos creían, que mientras ellos maquinaban sus planes, aquella mente extraña e inhumana también rumiaba los suyos desde dentro de la caja de madera. Lo que les pregunté era la otra duda que corroía mi mente.

-¿Por qué me contáis todo esto?-les pregunté-. ¿Por qué me habéis mostrado esa cosa?

-Es lo que buscabas-me digo Gareth, inclinándose hacia mí-Poder sobre la vida y la muerte. La vida eterna.

-¿Y tú me la ofreces?-le dije-. ¿Sin pedir nada a cambio?

Gareth sonrió y desvió por un instante la vista, como un niño travieso. No me había dado cuenta de que Fallon nos había dejado, tan silenciosamente como cuando se unió a nosotros.

-Hay algo que quería pedirte, claro está-me dijo Gareth-. Todo tiene un precio.

-¿Y cual es?-le pregunté, temiendo su respuesta.

-Que seas parte de nuestro grupo-me dijo él-. Eso es lo que quiero de ti.

-¿Tu grupo?-le pregunté, confundida-. ¿Tienes una especie de Orden, como la del Doctor?

-Nada de eso-me dijo él, conteniendo una risa-. Fallon, Sherri y yo tenemos algo en común además de ser miembros descontentos de la Orden Oscura. No entramos aquí buscando solo un lugar apropiado para un ritual, sino para usarlo como local de ensayo.

-Música-dije cuando lo comprendí.

-Imagina un grupo que fascine a todos los que lo escuchen-me dijo él-. No muy famoso, pero célebre, como el tuyo. Moviéndose de un sitio a otro, atrayendo a personas que nos ofrecerían cualquier cosa por nuestra compañía, por nuestro favor.

-Incluso su sangre-susurré.

-¿Crees que el Doctor estaba en tu concierto por casualidad?-me confesó él-. Fui yo quien le envié, sabiendo que tú vendrías si él te llamaba.

Creo que me sonrojé.

-Si, era a ti a quien buscaba-me dijo-. Necesito tu voz, tu talento y tu belleza para completar mi grupo.

Lo absurdo e irresistiblemente hermoso de aquella idea me provocó una carcajada. No sabía ya que esperar, porque sabía que podía esperar cualquier cosa.

Miré sus cautivadores ojos azules y tomé un nuevo trago de vino. El calor de alcohol ascendió por mis venas hasta mi cabeza, mezclándose con mi sangre. Aquello era un hermoso sueño, pero temía dar el primer paso, temía que la realidad hiciera añicos mis ambiciones, los deseos de fama y poder que impulsaban mi espíritu.

-Acepto-susurré.

*****

Llegué a conocer muy bien aquella vieja casa los días que siguieron. Aquel lugar encantado se convirtió en el centro de mi vida.

Al día siguiente llamé al guitarra solista de mi grupo y le dije que tenia que tomarme un descanso. Intenté que no sonara definitivo, pero él intuyó que le estaba diciendo de una forma suave que los Iluminados habían llegado a su fin. No se enfadó, como me temía, sino que simplemente su voz adquirió un tono triste que me fue más doloroso que el sentir su enfado.

-¿No te habrán comido la sesera en esa casa maléfica?-recuerdo que me preguntó.

-No, nada de eso-le contesté, sin mentirle-. Ese Doctor es un fraude. Ahora me doy cuenta de que teníais razón.

-Nos veremos por la facultad-me dijo como despedida.

-Nos veremos-le dije yo.

Lo cierto es que fui poco a la facultad aquellos días, y al cabo de un tiempo dejé de aparecer por allí. Pasaba el tiempo sola, paseando por las calles de aquella antigua y pequeña ciudad universitaria, por la ribera del río que la atravesaba de parte a parte y por sus extensos y mal cuidados jardines. Ante mis ojos, el mundo había adquirido una cualidad especial, una magia a la que ya había renunciado. Ahora veía misterios en cada sombra, secretos en cada vieja estatua, en cada edificio ruinoso. Había creído que al fin lo sabía todo sobre la realidad, pero aquella criatura de la caja me había enseñado con su mera existencia que en realidad no sabía nada. Y yo volví a ser como una niña asustada y fascinada al mismo tiempo por la oscuridad.

Pero donde más tiempo pasaba era en aquella vieja casa, la cripta, como la llamábamos entre nosotros. Gareth se había encargado de acondicionar uno de los dormitorios del primer piso para mí, incluso llevó un saco de dormir. Me tumbé allí a descansar algunas veces, pero nunca pude dormir. Era incapaz de dormir sabiendo lo que había allí abajo.

Nos turnábamos para hacer guardia, y para alimentarle con nuestra sangre. Pero, aunque no tuviésemos nada que hacer, solíamos permanecer cerca, a la espera, hablando en susurros en las viejas habitaciones, viendo extraños patrones y sombras imaginarias en los oscuros pasillos y las manchas de humedad, sobresaltándonos a veces con el sonido de los insectos y las ratas moviéndose dentro de las paredes.

Lo recuerdo y me sorprendo de lo ingenuos que éramos todos, incluso Gareth. Nos creíamos sabios y poderosos, creíamos estar dominando un poder inconmensurable. Pero no éramos más que niños jugando con fuego.

No volví a ver ningún movimiento en el vampiro, ni siquiera cuando derramaba sobre sus labios mi propia sangre. Al principio me sentía fascinada por hacerlo, pero al cabo de unas semanas aquello perdió parte de su poesía. Comencé a sentir que era como si vigilara el lecho de un enfermo. Quizá por eso un día comencé a leer en voz alta el libro que había llevado para distraerme, susurrando las palabras suavemente cerca de la caja. Es curioso, pero aquel simple gesto me hizo perder gran parte del miedo que sentía ante aquella criatura.

Te he dicho que solíamos conversar, pero lo cierto es que nuestras conversaciones solían girar siempre alrededor del mismo tema. Aquel ser era nuestra obsesión, el centro de nuestros pensamientos y nuestros anhelos. De mis compañeros en la vigilia, como les llamaba, Fallon era con quién más hablaba. Era extrañamente reservada en lo que concernía su vida anterior a todo aquello, pero hablaba sin reparos de cualquier otra cosa. Siempre sospeché que arrastraba un pasado triste, quizá lleno de dolor y de rechazo. Sherri no solía hablar mucho, era una persona más de acciones que de palabras. Solía pasear como un león enjaulado por la estancia cuando era su turno de vigilar a la criatura. Era una persona honesta, quizá demasiado, y por eso no llegaba a tolerar del todo mi presencia allí. Creo que estaba enamorada de Gareth, y que me veía como una posible rival.

A mí Gareth me fascinaba, es cierto, pero no le veía como un posible novio. Es difícil de explicar lo que sentía por él. Había veces que sentía la urgente necesidad de besarle, de entregarme a él por completo, pero entonces había algo en él, algún gesto, alguna palabra que hacía que ese fuego se enfriara. Era una sospecha, o quizá simplemente la desconfianza que crea a su alrededor un conspirador confeso. Conmigo era un caballero, alguien salido de las fantasías más salvajes de cualquier mujer. Aprovechaba cualquier excusa para pedirme que cantara para él, y cuando le complacía la fascinación que veía en sus ojos azules me hacia perder la razón.

Un día dejé de leerle al vampiro y comencé a hablar con él directamente. Le hablaba de mí, de mi pasado, de lo que sentía. No me pidas que te explique como, pero sabía que me escuchaba.

Los días pasaron y Gareth fue poco a poco perdiendo la paciencia. Un día lo descubrí gritándole al féretro, acusándole de no despertar aunque podía hacerlo, de negarse a compartir sus secretos, desafiándole a salir de aquella caja y desangrarle si era capaz. Se sintió avergonzado cuando me descubrió en el umbral, y se alejó sin decirme nada.

Entonces todo se precipitó sobre nosotros.

*****

Aquella noche llovía, lo recuerdo muy bien. Camino a la cripta el agua helada había atravesado mis ropas y me estaba haciendo tiritar. Golpeé la puerta dos veces, como teníamos de consigna. Nada ocurrió. Con un mal presentimiento volví a golpear y esperé. Nada. Empujé un poco la puerta y esta cedió, chirriante y pesada.

Nunca la dejábamos abierta.

Entré lentamente, ensordecida por el sonido de la lluvia que caía en el exterior, intentando vanamente aguzar el oído. Pero no escuché nada. Mis propios pasos retumbaron en el interior del decrépito edificio en cuanto cerré la puerta. El rudimentario y oxidado cerrojo había sido dejado abierto. Lo cerré lentamente, intentando hacer el menor ruido posible. Después me aventuré al interior.

Nada más entrar en la estancia lo vi, junto a la caja, dentro del círculo de velas que renovábamos cada noche. Era Gareth, tumbado en el suelo, mirando sin ver la caja que había sobre él, reposando en los caballetes. Sus brazos estaban doblados en ángulos imposibles y dolorosos y sus piernas parecían las de una muñeca rota. Me arrojé sobre él, rompiendo el círculo de velas, y cuando lo toqué su cuerpo sufrió un violento espasmo. Su cabeza golpeó el duro y frío suelo con un sonido sordo que me heló la sangre. Lo abracé con fuerza hasta que cesaron sus convulsiones, protegiendo su cabeza con mis manos. Después pareció calmarse, sus músculos se suavizaron y sencillamente de deslizó entre mis brazos para descansar sobre el suelo.

Yo estaba frenética, aterrorizada. Miré dentro la caja, intentando contener mi endiablada respiración, pero no vi ningún cambio en la criatura. Me volví de nuevo hacia Gareth y entonces vi un objeto extraño junto a él, que brillaba levemente a la luz de las velas. Me agaché a recogerlo, aunque ya sabia lo que era. Una jeringuilla de cristal, todavía manchada de sangre. Sangre de vampiro.

Gareth había perdido la paciencia y había decidido arriesgarse.

No podía dejarlo allí. No sabía si volvería a sufrir convulsiones, si el frío podía hacerle daño. Intenté levantarlo, pero pesaba demasiado para mis brazos poco acostumbrados al ejercicio. Finalmente lo agarré desde atrás por las axilas y lo fui arrastrando lentamente lejos de allí, hasta el primer piso, donde lo dejé metido como pude dentro de un saco de dormir. Su corazón todavía latía, y su respiración era lenta, pero respiraba.

Yo no sabia que hacer. Quería ir a pedir ayuda, pero no quería dejarle allí solo. Fallon y Sherri todavía tardarían horas en llegar. Además, ¿qué ayuda podrían ofrecerme? ¿Sabía alguien que consecuencias tendría lo que Gareth acababa de hacer?

Sí, alguien sí que lo sabía.

Rápidamente, sin darme tiempo a mi misma para cambiar de opinión, bajé a la cocina, donde guardábamos las cuchillas desechables que empleábamos para hacernos sangrar. Mis muñecas por aquel entonces estaban tan cruzadas por el macabro dibujo de los cortes como las de una suicida recalcitrante. Tomé una de las pequeñas cuchillas y fui con ella al salón. Corté una de mis muñecas, y después la otra. Uní las manos, como formando una siniestra oración, sobre los labios del vampiro, y apreté las muñecas la una contra la otra para que sangraran. Me temblaba tanto el pulso que no sé como no me corté una arteria en el proceso. El chorro de sangre cayó sobre sus labios ya rojos, mucho más de lo que solíamos sacrificarle. Tenía que ser más, mucho más. La sangre cayó durante minutos dentro de su boca, y cuando mis heridas se cerraron me las abrí de nuevo, y después otra vez, y otra, hasta que comencé a sentir que perdía el equilibrio. Entonces separé las muñecas y le grité.

-¡Háblame!-le dije-. ¡Sé que me estas escuchando!

Entonces, lentamente, el vampiro se incorporó en el tosco ataúd, y sus ojos sin vida se fijaron en los míos.

Sus manos de largas uñas, surcadas por cientos de casi imperceptibles arrugas, apartaron sus largos cabellos grises de su rostro, todo con una lentitud tan delirante que me sacaba de quicio. Yo no sabia si retroceder, dejándome llevar por mi temor, o ir hacia él cediendo a mi fascinación. Sus labios se separaron, y un hilo de mi preciada sangre se deslizó de su comisura y recorrió su rostro hasta su barbilla, intricándose en los surcos de su arrugada piel y revelándolos incluso a la luz de las velas. Algo parecido a una suave tos surgió de su garganta, y después en susurro ronco que todavía no era una voz. Era el esfuerzo de una garganta que no había pronunciado una sola palabra en años.

-¿Que deseas?-dijo al fin, con una voz tan ronca y débil que era casi imperceptible.

-Gareth-le dije tras un largo momento en el que no me atreví a pronunciar palabra, demasiado atemorizada como para pensar en lo que quería decir-. El que te encontró se ha inyectado tu sangre.

Los ojos del vampiro dejaron de mirar los míos para mirar a algún punto en la oscuridad sobre nuestras cabezas. De su garganta surgió un sonido rítmico y chirriante que me costó identificar como su risa.

-Loco insensato-dijo al fin, o al menos creo que eso fue lo que dijo.

-¿Que le ocurrirá?-le pregunté, con voz implorante.

Sus ojos volvieron a mirarme. Su expresión cambió de repente, revelando una inusitada astucia.

-Te lo revelaré-me dijo-. Si tú haces algo a cambio.

-. ¿Que quieres?-le dije sin pensar.

-Que me quemes-me dijo él.

Su voz se iba haciendo más clara por momentos, pero aún así creía que no le había entendido bien.

-¿Cómo has dicho?-le dije, sorprendida.

-Quiero que me quemes, que quemes este cuerpo maldito-me dijo él.

-¿Quieres morir?-le dije cuando lo comprendí al fin.

-¿Porque creíais que reposaba aquí, niñatos ignorantes?- me dijo él, dejando que su ira se reflejase en su voz-. Creía que si mi cuerpo se desecaba moriría, pero solo dormí, hasta que vosotros me habéis despertado con vuestros absurdos ritos.

Yo no entendía como alguien con ese poder podría desear morir, pero recordé a Gareth e hice lo único que podía hacer.

-De acuerdo-le dije.

-Si no lo haces-me dijo, señalándome con uno de sus largos dedos-, te mataré.

-Lo haré-le dije yo-. Pero dime lo que quiero saber.

Una sonrisa amarga apareció en el rostro del vampiro.

-Conseguirá lo que pretendía-me dijo-. Se convertirá en uno como yo, en un maldito. No te preocupes por lo que le pase ahora. Su cuerpo esta cambiando, esta maldita enfermedad le está devorando sin remedio. Si le aprecias, quédate junto a él hasta que termine de cambiar, pero ten cuidado cuando su cambio se haya completado.

-¿Hay algo más que deba saber?-le pregunté.

-Que estáis locos-me dijo él-. Que no sabéis con lo que estáis jugando. Pero eso a mí no me importa. Y ahora déjame tranquilo o acaba con mi miseria de una vez.

El vampiro se inclino sobre el borde del ataúd y vomitó violentamente en el suelo un copioso chorro de sangre. Después volvió penosamente a tumbarse dentro del tosco féretro y cerró sus muertos ojos.

Entonces mis rodillas fallaron y caí al suelo, junto al charco de sangre que el vampiro acababa de vomitar. El olor de la sangre putrefacta inundó mis pulmones y yo me sentí a punto de desfallecer. Pero me forcé a mi misma a ponerme en pié y hacer lo que había prometido.

Subí con pasos tambaleantes al piso de arriba, a la oscura habitación en la que Gareth reposaba. No parecía haberse movido de donde le había dejado. Tirando del saco, fui sacándolo de allí poco a poco, hasta llevarlo al borde de las escaleras. Entonces escuché pasos en el piso de abajo.

-¿Alex?-dijo la voz de Sherri.

-¡Estoy aquí!-dije en lo que se pareció demasiado a un grito de puro terror.

Sherri subió corriendo las escaleras, alarmada ante mi grito. Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que estaba apunto de darme un ataque de histeria. Respiré hondo y me esforcé en explicarle a Sherri lo que había ocurrido. Ella se lo tomó mucho mejor que yo. Parecía que había estado esperando que aquello ocurriese en cualquier momento. Ahora que recuerdo todo aquello, creo que yo también debería habérmelo imaginado.

Entre las dos bajamos a Gareth y le sacamos de allí. Por suerte Sherri tenia coche, y le metimos como pudimos en la parte de atrás. Le pedí que llevara a Gareth a su casa, que yo me reuniría con ellos poco después. Cuando Sherri me preguntó porque tenía que quedarme, no se lo dije, tan solo insistí en que se fuese, y le advertí que tuviese cuidado con Gareth. Ella me miró en silencio por un momento, pero sin preguntarme nada más se marchó.

Con las prisas de la salida habíamos dejado abierta la puerta de la cripta. No sabía muy bien como iba a cumplir mi promesa, pero al menos tenía que intentarlo. Volví al salón, junto al féretro, y tomé del suelo una de las velas. Me asomé al interior del féretro y contemplé de nuevo aquel rostro extraño y arrugado, un rostro que un momento antes había estado animado por emociones tan desatadas que parecían cercanas a la locura. Con una mano temblorosa, comencé a derramar cera hirviente sobre aquel rostro, que no se inmutó cuando el líquido quemó su piel. Arrojé la vela dentro del féretro, para que la llama prendiera en sus raidas ropas. Hice lo mismo con el resto de las velas, una a una, encendiendo de nuevo las que estaban apagadas. Algunas no prendieron, pero si lo hicieron la mayoría, prendiendo a su vez la madera del féretro. Me alejé unos pasos de la tosca caja y me senté en el suelo, junto a la pared, contemplando como las llamas iban extendiéndose por la madera, como iban oscureciéndola y consumiendo sus fibras, escuchando como crujía y saltaban sus nudos. Desde donde estaba no podía ver el cuerpo del vampiro, no quería verlo consumirse. Recuerdo que se me pasó por la cabeza si aquello era un asesinato, si se podría culpar a alguien por matar algo que supuestamente ya estaba muerto. Y me di cuenta de todo lo que el vampiro se llevaba consigo, toda la historia de su vida, todos los secretos de su existencia, el recuerdo de una existencia mortal y de la transformación en el ser que ahora se consumía ante mis ojos, todos sus sueños, sus anhelos, su dolor y su amargura, todos los crímenes que aquel ser habría cometido por su ansia de sangre. Y, mientras derramaba lágrimas por aquella criatura, traté de imaginar como sería estar realmente cansado de vivir, que tu vida estuviese tan inundada de vivencias, de placeres y de dolores que tu alma, creada para una vida finita, terminara por ahogarse ante esa avalancha de pura vida. Y me juré a mi misma que haría cualquier cosa por llegar a experimentar aquello algún día.

Cielo santo, que ingenua fui.

*****

Sabía donde vivía Gareth, pero nunca había estado en su casa. Cuando llamé a la puerta, fue Fallon la que me abrió.

-¿Cómo está Gareth?-le pregunté a modo de saludo.

-Olvídate de él-me dijo, tomándome de los hombros y tirando suavemente de mí, obligándome a entrar.-. ¿Cómo estas tú?

-Yo estoy bien-le dije-. No me pasa nada.

-Estas fatal-me dijo ella-. No me mientas.

Me tomó de la mano con firmeza, pero sin hacerme daño, y me hizo seguirla hasta un pequeño salón. Me sentó de un empujón en un amplio sillón de cuero negro y después palpo mi rostro con sus manos, como si lo examinara con su tacto. Tomó después mis manos y su rostro normalmente frío se torció en una mueca al ver las nuevas heridas de mis muñecas.

-¿Que has hecho?-me preguntó, horrorizada.

-Lo único que se me ocurría-le contesté.

No me había detenido en ningún momento desde que encontré a Gareth, y al estar allí sentada todo el agotamiento que almacenaba mi cuerpo por la falta de sangre pareció asaltarme de golpe. Me sentí extrañamente protegida en manos de Fallon. Con su aspecto de rockera y lo reservada que era en lo referente a su vida, normalmente olvidaba que estudiaba medicina.

-Podrías haberte quedado allí-me dijo-. Desangrarte en el suelo de la cripta.

-Lo sabia cuando lo hice-le dije, ya casi en un susurro.

Me sentía caer plácidamente en un sopor tan pesado como el plomo. Traté de resistirme, hasta que me di cuenta de que realmente necesitaba caer en él. Fallon me dejó por un momento y al poco volvió con un tazón de sopa. Lo bebí en largos sorbos, descubriendo en el proceso lo hambrienta que estaba, y al sentir su calor en mi interior dejé de resistirme al fin al sopor que me atenazaba, y me dormí.

Cuando desperté, descubrí que Gareth se me había adelantado.

*****

Fue el tacto de su mano lo que me despertó, algo frío contra mi rostro, algo que se movía serpenteante, palpitando con fuerza. Abrí los ojos y frente a mí vi dos pozos azules, sin vida, son la chispa de un alma que los animase.

-Gareth-susurré.

Él sonrió, una sonrisa tan torcida y perversa que me dio miedo. Se agachó frente a mí, poniendo su mirada a la altura de la mía. Fallon y Sherri también estaban allí, una a cada lado, como si le custodiaran.

-Lo has logrado-le dije, tomando su rostro entre mis manos. Su rostro estaba frío, y podía sentir como mi calor fluía hacia su piel.

-Es muy extraño-me dijo él-. No sé si puedo explicar lo que siento, como me siento.

Recordé entonces las palabras del vampiro, su advertencia para cuando Gareth despertara.

-¿Tienes hambre?-le susurré.

-¿Te estas ofreciendo como mi sustento, preciosa?-dijo él, con la misma voz burlona de siempre. No, no la misma. Su voz tenía ahora un leve matiz desquiciado.

De repente giró el rostro y me chupó sensualmente un dedo. Cuando sentí sus dientes rozando mi piel un escalofrío recorrió mi espalda.

-Nada de eso, pequeña-me dijo él-. No debes temer eso de mí. No tengo hambre. No siento casi nada.

Sus fríos labios besaron mi mejilla, y sus dedos acariciaron suavemente mi nuca, provocándome un nuevo escalofrío, esta vez de placer. Tras esto se separó de mí y se puso en pié. Yo me levanté también del sofá. Me sentía mucho mejor, pero tenía los músculos de la espalda doloridos.

-Pronto vosotras haréis lo mismo que he hecho yo-nos dijo Gareth-. Yo soy quien ha abierto el camino, pero vosotras me seguiréis.

-No podemos hacerlo-le dije a Gareth.

-¿Cómo?-me dijo él, sorprendido-. ¿Por qué dices eso?

-El vampiro-le confesé-Ya no está en la cripta.

Incluso los ojos muertos de Gareth podían reflejar horror.

-¿Que ha ocurrido?-me preguntó Sherri-. ¿Te lo has llevado de allí?

Al parecer, ahora que habíamos logrado lo que buscábamos, la animosidad que Sherri se había hecho más fuerte. Quizá fuese porque yo era quién había encontrado a Gareth, quien le había ayudado en primer lugar, a quien había besado y acariciado. Mientras me acusaba, los dedos de la mano de Sherri se habían entrelazado con los de Gareth.

-No me lo he llevado-les dije, temiendo por primera vez su reacción-. Conseguí... hablar con él.

-Por eso estuviste al punto de desangrarte-me dijo Fallon-. Le diste tu sangre hasta que habló.

-Eso es imposible-dijo Gareth, sentándose en el sillón que yo acababa de abandonar y llevando una mano a su cabeza en un teatral gesto de asombro.

-¿Imposible?-le dije yo, inclinándome hacia él-. ¿Me lo dices tú, que te has convertido esta noche en algo que no puede existir?

Gareth me concedió la razón asintiendo con la cabeza.

-¿Que te dijo?-me preguntó.

-Que te ibas a convertir en uno como él-les dije a los tres-. Que a sus ojos somos poco más que unos niños traviesos que no saben con que fuerzas están jugando. Y me hizo prometer que quemaría su cuerpo.

-¿Quemarle?-casi gritó Gareth, asombrado.

-Si-dije yo-. Y eso es lo que hice.

No le estaba mirando en ese momento, por eso no le vi. No creas que su movimiento fue algo portentoso, una demostración de poder sobrehumano. Fue algo mundano y desagradable. Se puso en pié de golpe y me abofeteó. Su golpe me hizo girar la cabeza, y comencé a sentir un débil escozor en mi piel. Pero aquel había sido un ataque débil, casi sin fuerza.

-¡Maldita zorra!-me gritó-. ¿Cómo te has atrevido?

Yo no le contesté. Me limité a mirarle con todo el odio con el que fui capaz. Cuando perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer, no hice nada para impedirlo. Hubiese caído al suelo de no haberle sostenido Sherri.

-¿Que te ocurre?-le preguntó ella, en lo que pretendía que fuese un susurro íntimo.

-Nada-le contestó él con rudeza, apartándola de su lado, mirándome solo a mi-. Maldita ingrata. Yo he sido el único de este grupo con el valor suficiente como para arriesgar la vida por mi sueño. Y así me lo pagas. No te mereces lo que tengo. No.

Miró entonces a Sherri y a Fallon, que le contemplaban algo asustadas por el arranque violento.

-Ni vosotras-les dijo-. Tampoco sois dignas. Ahora solo yo puedo daros este poder. Y tendréis que ganároslo.

Entonces una convulsión le golpeó, haciéndole doblarse sobre sí mismo. Cayó sobre el sofá, presa de un dolor que le deformaba el rostro como si fuese una máscara griega. Cuando pasó, apenas un instante después, dejó un rastro de miedo en su rostro.

-Podemos quitártelo, como tú se lo quitaste a ese vampiro-le dije-. Mírate, estas débil. Eres tú quien nos necesita a nosotras.

Gareth se puso de nuevo en pié. Permaneció quieto un instante, como si comprobase que podía mantener el equilibrio.

-Sabéis lo que necesito-les dijo a Sherri y a Fallon-. Vamos a buscarlo.

Sherri pasó su brazo alrededor de la cintura de Gareth, y salieron juntos del salón.

-¿Estas bien?-me preguntó Fallon en un susurro.

Yo tan solo asentí. Ella se marchó tras de los otros.

En un último gesto de desprecio, Gareth apagó la luz antes de marcharse, y me dejó allí, a oscuras.

*****

Cuando volvieron yo seguía allí, sentada en el sillón del pequeño salón, a solas con mis pensamientos. No parecieron reparar en mí. No los veía, tan solo podía escucharles abrir la puerta y entrar, sus pasos lentos, pero al mismo tiempo agitados, los susurros con los que se dirigían los unos a los otros. Entonces creí escuchar una nota de amargura en la voz de Fallon, y un profundo sollozo.

Me puse en pié y salí del salón. La puerta del pequeño cuarto de baño estaba abierta, y a la mortecina luz de la única bombilla que lo iluminaba vi a Fallon, inclinada sobre el retrete, vomitando entre toses, su largo cabello rubio empapado en sudor, pegado a su espalda. Cuando terminó, se secó la boca con una toalla y se miró un momento al espejo. Entonces me descubrió, mirándola desde el umbral. Me sorprendieron sus ojos, inyectados en sangre y humedecidos por las lágrimas. Entré en el cuarto de baño y la abracé, al principio tímidamente, después con más fuerza cuando ella comenzó a llorar con suaves sollozos.

-Ahora es lo que siempre quiso ser-me susurró-. Ya es un vampiro.

Me abrazó un poco más, y después me sorprendió sentir sus labios sobre mi mejilla, un beso quizá un poco más largo y más apasionado que el que correspondería a una amiga. Acaricié sus cabellos y la besé yo también, y conseguí arrancarle una leve sonrisa.

-No te preocupes-me dijo ella-. Es solo la impresión. He visto cadáveres en la facultad, he practicado disecciones, me he manchado las manos de sangre. Pero nunca había visto morir a alguien.

-¿De verdad estás bien?-insistí yo, mirando sus ojos enrojecidos.

-Si-dijo ella, asintiendo y obligándose a contestar.

Nunca volví a hablar con ella de lo que había ocurrido aquella noche, ni con ninguno de los otros. Todavía no sé que ocurrió.

Dejé a Fallón y salí al pasillo. Vi a Sherri saliendo de una habitación que supuse que sería el dormitorio. Tan solo me miró un momento a modo de saludo, pero no vi ninguna animosidad en sus ojos. Por el momento parecía que había tregua entre nosotras. Sin decirme nada, pasó a mi lado y entró en el salón.

Me acerqué con cuidado a la puerta del dormitorio de Gareth, que estaba entornada. Del interior solo surgía oscuridad. No, no solo eso. También una leve palpitación, algo que solo podía sentir vagamente en los pelos de mi nuca. O quizá fuese tan solo miedo.

Cuando entré no pude ver nada por un momento. Cuando mis ojos se acostumbraron a la tenue luz que llegaba desde el corredor le vi, sentado en una sencilla silla de madera, junto a la cama, con el respaldo frente a él, la cabeza apoyada en los nudillos de sus manos. Me senté en la cama, frente a él. Seguía aparentando la misma debilidad que antes de marcharse, pero ahora no estaba presente en sus gestos, ni en su mirada. Por primera vez desde que se había transformado, vi en el una amenaza. Pero sentía también una trágica y morbosa atracción ante esa especie de decrepitud eterna en la que se había sumido su cuerpo.

-No vuelvas pegarme-le dije, en un susurro-. Nunca más.

Se limito a mirarme con sus ojos azules. Acarició mi rostro con los nudillos de la misma mano con la que me había abofeteado, pero lo hizo con una ternura de la que no le creía capaz. Podía sentir ahora un leve calor surgiendo de mi piel.

-¿Que es lo que sientes ahora?-le pregunté.

Él me miró por un momento en silencio, como si ordenase sus pensamientos.

-Me siento lleno, saturado de energía, de vida-dijo él, moviendo expresivamente sus manos al hablar-. Pero siento como se me escapa a cada instante, como la voy quemando poco a poco. Es maravilloso, pero al mismo tiempo es terrible, porque está siempre presente el conocimiento de que tendré que volver a matar.

-¿Te importa eso?-le pregunté.

-Creía que me importaría más-me dijo él-. Pero estoy más allá de todo eso. Debo estarlo si quiero sobrevivir.

-¿Que hay de nosotras?-pregunte yo.

-Os necesito-me dijo él-. En eso tienes razón. Os daré mi sangre, pero todavía no. Seréis mis siervas.

Cuando Gareth dijo aquello me sentí repentinamente excitada, tanto que creo que me mordí un labio. Aquellas palabras, su mera presencia, su malignidad y la forma en la que me miraba habían conmovido la parte más perversa de mi alma.

-Ordéname algo, mi señor-le susurré, dejando que en mi voz se revelara toda la sensualidad que sentía crecer dentro de mí.

Gareth se puso en pié frente a mí y una malvada sonrisa se dibujó en sus labios.

-Bésame los pies-me ordenó.

Y, sonriéndole de forma perversa, me agaché frente a él para estampar mis labios en sus botas.

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© 2008, Juan Díaz Olmedo

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Diabolus In Musica - Capitulo 4

jueves 21 de agosto de 2008

El Señor Lars se sabe incongruente haciendo cola junto a chicos que tienen la edad suficiente como para ser hijos suyos, incluso alguno para ser su nieto. Como casi siempre siente las miradas de desconfianza clavadas en él, puede escuchar retazos de conversaciones susurradas que se refieren a él, a su extraña y atemorizadora presencia, a conjeturas sobre su identidad, sobre sus intenciones. Ha escuchado a un chico que pensaba que era una especie de pervertido, a otros que creían que era un periodista de esos que se dicen conocedores de la escena nocturna, de los que se limitan a visitar un par de locales y después escriben un artículo lleno de estereotipos y falsedades en algún periódico de gran tirada.

La cola avanza lentamente. El Señor Lars ha pensado a veces en saltarse estas colas, en preguntar directamente al vigilante de la puerta por quien esté al cargo de contratar las actuaciones. Pero ha notado que su aspecto y su edad crean sospechas en los vigilantes, le hacen aparentar ser un policía o algo peor, alguien que puede traer problemas. Mejor seguir la disciplina de la entrada para no levantar más resquemores. Ya ha visitado cuatro locales, y en ninguno de ellos ha encontrado nada.

El Señor Lars es un hombre disciplinado, pero la cola lleva ya totalmente detenida un buen rato. El aforo del local debe estar completo, y los vigilantes no dejarán entrar a nadie a menos que alguien salga. No entiende por qué estos chicos no se marchan sencillamente en busca de otro local. Esa predilección de un lugar por otro es algo que escapa a su comprensión, como muchas otras cosas de este mundo nocturno en cuyos límites se ve obligado a moverse. Decidido a no perder más tiempo, saca de su bolsillo el folio pulcramente doblado con el símbolo, lentamente dibujado con un bolígrafo sobre la mesa de la cocina. Hay dos chicas frente a él en la cola, charlando de temas demasiado esotéricos para la comprensión del Señor Lars y dirigiéndole cada cierto tiempo miradas de extrañeza. El Señor Lars se aclara la garganta y las mira directamente, consiguiendo captar su atención.

-Disculpad-les dice-. ¿Habéis visto esto antes?

Las chicas le miran sorprendidas por un momento antes de bajar la vista y descubrir el dibujo de temblorosos trazos negros. Una de ellas toma el papel de sus manos demasiado rápido para que el Señor Lars pueda evitarlo y se lo acerca a los ojos, tanto que el Señor Lars se pregunta si acaso no necesitará gafas pero se abstiene de llevarlas por una absurda coquetería. La chica es un poco gruesa, y su rostro vulgar está completamente cubierto de maquillaje blanco, con los ojos remarcados en negro y los labios en rojo. Su cabello rubio ceniza cae sobre su frente en un largo flequillo.

-¿Que se supone que es esto?-le pregunta al fin.

La otra chica es más delgada, de largos cabellos negros, demasiado extraña para ser hermosa, al menos para el criterio clásico del Señor Lars. Se limita a mirar alternativamente al símbolo y al Señor Lars.

-Es el símbolo de un grupo-dice al fin el Señor Lars-. Se llaman Fata Morgana. Me preguntaba si lo conocíais, si sabéis donde tocan.

-¿Que clase de música hacen?-pregunta la chica rolliza.

El Señor Lars no sabe que contestar. La terminología de la música moderna es un misterioso mar de conocimientos arcanos para él. Desesperadamente trata de recordar retazos de conversaciones telefónicas de su hija con sus amigos, haciendo planes para conciertos o fiestas.

-Siniestra-dice al fin-. Muy siniestra-añade, pensando nada más decirlo que está cometiendo un error.

-¿Y te gusta este tipo de música?-le dice la chica rubia, sin disimular un ápice su sorpresa, su perplejidad ante el hecho de poder compartir sus gustos con alguien tan mayor.

-No lo creo-dice de repente la otra chica, con voz sorprendentemente grave-. Creo que aquí el señor es de alguna discográfica.

Si, piensa el Señor Lars. Es una excusa excelente. No se le había ocurrido.

-Eres muy lista-dice el Señor Lars, permitiéndose una sonrisa.

-He oído hablar de ellos-dice la chica-. No he visto este símbolo, pero he oído su nombre. Creo que me lo ha dicho algún amigo. Pero no puedo ayudarle, no sé dónde tocan, ni nada de ellos. Pero me han comentado que son muy buenos.

-Eso me han dicho-dice Lars-. Gracias de todas formas.

Un grupo algo ruidoso de jóvenes surge del interior, presagiando la nueva ola de entradas controladas. Poco a poco la cola se va acortando, hasta que el Señor Lars se encuentra ante los ojos duros y sorprendidos de uno de los vigilantes de la entrada. En vez de repetir mecánicamente el precio de la entrada, el vigilante le contempla un momento, como si no supiera como reaccionar.

-¿Que desea?-dice al fin, con tono que intenta ser neutro pero que no puede ocultar su hostilidad.

-Deseo hablar con el encargado de las contrataciones de actuaciones.

-Hay un horario para eso-dice el vigilante.

-Me lo imagino-dice el Señor Lars-. No deseo ofrecer los servicios de ningún artista. Digamos que necesito su ayuda para localizar a uno.

-Ya le he dicho que hay un horario para eso-insiste el vigilante.

-Vamos-insiste el Señor Lars-. Mire, esto será lo que haremos. Yo le pago la entrada y espero en el interior hasta que el encargado esté libre.

El vigilante le vuelve a mirar, esta vez de arriba a abajo, como si estuviese evaluando sus posibilidades de reducirle sin problemas. Pero afortunadamente parece pensar que es mejor ceder un poco para no montar una escena desagradable frente al resto del público. Toma el walkie-talkie que cuelga de la parte trasera de su cinturón y se lo lleva a los labios, mientras aprieta con dedos de obrero especializado el botón rojo de la transmisión.

-Will-dice a través del walkie-, aquí a un tipo que quiere hablar contigo. Algo de localizar una banda.

El vigilante suelta el botón de la transmisión provocando un fuerte estallido de estática. Al poco tiempo suena en el receptor una voz tan distorsionada que apenas tiene rastro de humanidad.

-Que pase-dice la voz, antes de desvanecerse en un nuevo estallido de estática.

*****

Poco después el Señor Lars sale del local por una disimulada puerta de servicio que da a un callejón. El tal Will ha resultado ser un tipo bastante amable, incluso agradecido de que alguien le sacara de la monotonía de sus noches, ocupadas la mayor parte del tiempo únicamente en estar presente por si algo sale mal. Sí, conocía al grupo, pero no sabia como contactar con ellos. Normalmente eran ellos los que se ponían en contacto con él, al menos las dos veces que habían actuado en el local. Y sí, aquellos tipos eran raros, le habían dado malas vibraciones, había dicho Will. Parecía que estaban demasiado metidos dentro de ese rollo siniestro, que se lo creían demasiado. Eran tan serios que le habían dado escalofríos la primera vez que había tratado con ellos. Pero después habían actuado, y habían resultado ser la mejor banda de la temporada. Sí, sabia que había jóvenes que los idolatraban, incluso se decía que había un pequeño culto de groupies que les seguían.

El Señor Lars sabe que esta al fin sobre la pista que le llevaría a su objetivo. Desgraciadamente el tal Will no le había podido dar ninguna información sobre sus próximas actuaciones.

-Se rumorea que han tenido problemas internos-había dicho Will, que se había tragado totalmente el cuento de que el Señor Lars era un cazatalentos de una discográfica-. Creo que uno de los cantantes lo ha dejado o algo así. Ya sabe, la cantinela de siempre. El éxito llega pero no tan rápido como muchos quieren, y se terminan cansando de tocar en locales de mala muerte. Habrá conocido muchos grandes grupos cuya historia ha terminado antes que empezar, ¿no amigo?

Un escalofrío recorrió la espalda del Señor Lars al escuchar estas palabras. Si no había más actuaciones, no sabía de qué forma podría encontrarles. Tendría que limitarse a patear las calles cada noche, como ahora, esperando encontrarse con alguna de esas bestias cara a cara, estudiando su ambiente, sus costumbres, leyendo entre líneas tras las noticias. No tenía nada sólido a lo que aferrarse, como esa insistente vocecita interior llamada duda le susurraba en las noches más oscuras y solitarias. Ahora al menos sabia que estaba en buen camino, sabia que había acertado al venir a esta ciudad, había sabido leer la información oculta entre las noticias de sucesos. El Señor Lars camina rápidamente para salir del callejón, y se detiene bajo el haz de luz de la primera farola que encuentra. Saca el plano que guarda en el bolsillo de su gabardina y lo despliega con cuidado, apoyándolo en una pared gris. Sin dejar de sostenerlo busca dentro del mismo bolsillo la lista que Will le ha ayudado a confeccionar, la de los locales donde suelen actuar los Fata Morgana. Apoya la lista escrita en una servilleta de papel con su frenética escritura apretada junto al mapa y uno a uno comienza a buscar los lugares de esa lista. Invariablemente los encuentra, siempre rodeados de una nube de puntos rojos, de notas de desapariciones y de muertes. Sí, esas bestias pueden pasar desapercibidas para los demás, pero no para él. Dejan su rastro, y él sabe leerlo. Le llevará hasta ellos y entonces les destruirá. O morirá intentándolo.

*****

A Voltaire le ponen nerviosa las manos de Alex. Unas manos de largos dedos que no paran de moverse, que no hacen más que entrelazarse y separarse en un contenido histerismo que atrapa su atención casi obsesivamente.

-No ocurre nada-le ha dicho Alex cuando se ha dado cuenta-. Es solo que no ha sido suficiente con ese tipo que me has traído.

Ahora suben las dos juntas las escaleras que conducen al piso de Voltaire. Alex le ha dicho que la lleve con ella, porque no puede quedarse allí. No, Alex no vivía en el cementerio, ni acostumbra a dormir en un ataúd.

-Pronto te contaré que estaba haciendo allí, cuando me encontraste-Le había prometido en un susurro antes de mordisquearle juguetonamente el lóbulo de la oreja. A Voltaire le aterrorizó lo mucho que le gustaba sentir los fríos dientes apretando cruelmente su carne por un instante.

Han conseguido llegar a casa antes de que salga el sol, y no han llamado mucho la atención de aquellos con los que se han cruzado. Alex le ha dicho que no hay nada de lo que preocuparse, pero Voltaire sabe un buen motivo por el que hacerlo. Espera que nadie la haya visto ir al cementerio con Dani, que nadie la haya visto salir de allí después, que nadie pueda relacionarla con él si algún día encuentran el cadáver donde lo han dejado, metido en el ataúd que había ocupado Alex, que han tenido que alzar entre las dos para volver a ponerlo en su nicho. No, al parecer los vampiros no tienen la fuerza de veinte hombres.

Voltaire está tan nerviosa que no consigue introducir la llave en la cerradura hasta el duodécimo intento. Al fin abre la puerta y entra en su hogar.

Da tres pasos hasta darse cuenta de que no escucha el sonido de los pies descalzos de Alex contra el suelo, siguiéndola. Se da la vuelta y se la encuentra en el umbral, mirándola con una sonrisa enigmática en los labios.

-¿No tienes que hacer algo?-le dice con un tono burlón en su grave y cautivadora voz.

Voltaire duda por un momento, hasta que recuerda a que se refiere Alex. La mira extrañada, confundida de que en medio de tanta desmitificación aparezca algo que incluso aquellos que aman las leyendas han descartado hace mucho.

-Te invito a entrar-dice al fin.

Alex da un paso lentamente, atravesando el umbral como si pudiera sentir una barrera invisible que se hace ligeramente intangible para permitirle la entrada. Cuando ha posado sus dos pies dentro de la vivienda, estalla en una risa.

-Eso es solo una leyenda, pequeña-dice al fin.

Voltaire no sabe que pensar de su cruel y fascinante nueva ama. Siente por ella una repulsión que solo se ve superada por la fascinación que también le provoca. Decididamente no es lo que había imaginado, no es ese ser con el que siempre ha soñado encontrarse, pero Alex tiene una facultad de desconcertarla y de horrorizarla que la tiene atrapada.

Alex se pasea por el piso mirando curiosa a su alrededor. Todas las pequeñas muestras de artesanía compradas en mercadillos de segunda mano que decoran los pasillos y el pequeño salón capturan su atención por algún instante.

-Así que vives aquí con una amiga, ¿no?-dice al fin, al llegar a la entrada del dormitorio de Voltaire.

-Si-contesta Voltaire-. Ella no está.

-¿Dónde está?-pregunta Alex.

Hay algo implícito en su pregunta, en la forma en que los labios de Alex han sonreído justo el instante antes de pronunciarla, en como sus ojos han brillado de forma febril por un instante pese a su cadavérica opacidad, que le provoca un profundo y gélido temor a Voltaire.

-Está de gira con su grupo-dice al fin.

-¿Es cantante?-pregunta Alex.

-Si-dice Voltaire.

Alex mira al infinito sobre ella por un momento. Una sonrisa con un ápice de amargura se dibuja en sus sensuales labios.

-Yo también era cantante, ¿sabes?-dice al fin, volviendo a clavar en los ojos de Voltaire su inquietante mirada de cadáver.

-Tienes una voz muy bonita-dice Voltaire, de una forma tan tímida que casi suena ridícula.

-Gracias-contesta Alex, apoyándose en el marco de la puerta-. Y pensar que hubo una época en la que odiaba mi voz. Me parecía demasiado grave como para ser de una chica.

Voltaire sonríe pese a su temor. Alex mira inquieta el interior de la habitación de Voltaire, y descubre algo que llama su atención. Entra rápidamente y se acerca a un grupo de fotografías clavadas con chinchetas en una de las paredes.

-¿Es esta tu amiga?-le pregunta, señalando la chica que aparece abrazada a Voltaire en una de las fotografías.

-Si, es esa-responde Voltaire, preguntándose si no estará cometiendo un error-. Se llama Anais.

Alex mira la fotografía por un momento, con una mirada que Voltaire no puede descifrar. Después se gira de nuevo para mirar a Voltaire.

-¿Estáis liadas?-pregunta.

Voltaire necesita un momento para comprender la pregunta.

-¿Anais y yo?-pregunta a su vez.

Alex responde con la cabeza.

-No-responde Voltaire-. Ella sale con el guitarrista de su grupo. O al menos eso creo.

Alex sonríe con expresión traviesa.

-Me alegra escuchar eso-dice.

-Alex-dice Voltaire, intentando que su voz suene firme-, Anais es mi amiga. No le hagas daño.

El rostro de Alex se vuelve serio en un instante. Mira a Voltaire con perplejidad.

-Claro que no-dice al fin-. ¿Me crees capaz de hacerte eso? Me has sacado de ese agujero, al menos te debo eso.

Voltaire se tranquiliza un poco.

-Lo siento-dice.

-No pasa nada-dice Alex sonriendo de nuevo-. Me hago una idea de lo raro que debe ser todo esto para ti.

-Me cuesta creer que esté ocurriendo-confiesa Voltaire-. Me cuesta creer que no estoy soñando, que esto no es una fantasía. Creo que si fuese realmente consciente de todo esto como real no hubiera hecho lo que he hecho.

-Te entiendo-dice Alex-. Hubo un día en el que también me ocurrió a mí, como te habrás imaginado.

Voltaire se sienta en su cama. Alex la mira un momento en silencio y se sienta a su lado.

-¿Me lo contaras?-pregunta Voltaire-. Quiero saber tu historia.

-Habrá tiempo para eso-dice Alex.

*****

El timbre del teléfono despierta a Voltaire. Los rayos de luz del sol hieren sus ojos cuando los abre esperando la habitual oscuridad. Ve como la luz se derrama sobre ella atravesando las tenues cortinas y recuerda entonces que no ha dormido en su habitación. El sofá se queja chirriante bajo ella cuando se mueve para acercarse a la mesita del teléfono. La tenue sábana que cubre su cuerpo resbala revelando a la luz solar su pálida piel desnuda. Agarra el auricular y tira de él casi al máximo de la extensión del cable al volver a la posición inicial.

-Aquí Voltaire-dice con voz ronca.

-¿Estas bien?-pregunta la voz de Anton desde el otro lado-. ¿Te ha ocurrido algo?

Es curioso como las cosas mundanas como los empleos y la necesidad de tener un sueldo se desvanecen de la mente cuando entra en tu vida algún elemento sobrenatural.

-Sí, no ocurre nada-dice Voltaire.

De repente es consciente de la incongruencia de lo que acaba de decir con su comportamiento. A regañadientes se da cuenta de que debe volver a mentir.

-Ayer me encontré algo enferma, y no he pasado muy buena noche-dice tras pensar un momento una buena excusa-. Creo que esta mañana he apagado el despertador y he vuelto a caer dormida.

-No trates de engañarme-le dice Anton, provocando que la piel de su frente se perle levemente de sudor frío-. No tienes voz de sentirte muy bien.

Voltaire nunca le da mucha importancia a sus enfermedades, las pocas que ha tenido. Sabe que no seria muy convincente si empezara a quejarse de lo mal que está.

-No pasa nada, Anton. Estoy un poco mal últimamente, pero creo que se me pasará.

-¿Quieres que vaya alguien a verte?-le pregunta Anton.

Seguro que tras esto amenazaba con enviarle a su mujer, para la que Voltaire es una suerte de hija adoptiva.

-No, no pasa nada-le dice-. No te preocupes, no estoy sola.

-¿Ha vuelto Anais?-pregunta Anton, la extrañeza asomando en su voz.

-No-contesta escuetamente Voltaire.

Casi puede ver la sonrisa lobuna de Anton al otro lado de la línea.

-Creo que ya sé porque no has dormido esta noche-le dice al fin, con tono juguetón.

-No es eso, tonto-contesta Voltaire-. Es cierto que he estado mal.

-Mira, haremos una cosa-le dice Anton-. Cogete unos días libres. Los que quieras, pero no te pases. Vuelve cuando te encuentres bien y tengas tiempo.

Es mejor de lo que Voltaire se hubiese atrevido a pedir.

-Gracias-dice.

-No hay porque darlas-le dice Anton-. Disfruta de la vida, pequeña, que todavía eres joven. Ya te llamaré.

-Adiós, Anton-susurra Voltaire antes de colgar.

La sabana ha resbalado totalmente y ahora yace en un confuso montón a los pies del sofá. Voltaire se alegra de que al menos el salón tenga cortinas, para que los vecinos de mentes estrechas no se sientan escandalizados ante su impúdica exhibición. Se levanta y camina lentamente fuera del salón, hacia el pasillo que la llevará al cuarto de baño. Se da cuenta de que no tiene ni idea de que hora es. No hay muchos relojes en esta vivienda de bohemios.

La puerta de su habitación está cerrada. Es ella quién duerme sobre la cama de Voltaire, si es que es capaz de dormir. Al menos es capaz de respirar, como bien comprobó ayer Voltaire. Tiene su lógica, piensa, el respirar es un reflejo tan profundamente grabado en nosotros que ni la muerte puede destruirlo. Además, sin respirar es imposible hablar. Voltaire se detiene un momento frente a la puerta, dudando si abrirla un momento para atisbar al interior. Teme encontrarla vacía, que Alex se haya marchado en medio de la noche, de las pocas horas de noche que ha pasado dormida. O peor aún, que no haya ningún rastro de su presencia, ningún indicio, ninguna huella, porque nunca haya existido. Que todo haya sido el producto de un sueño que el duermevela del despertar todavía hace ver como real. Voltaire se apoya levemente en la delgada plancha de cartón y madera que hace de puerta de su dormitorio y deja de respirar por un momento, esforzándose en no producir ningún sonido para poder oír claramente cualquier cosa que venga del interior. Pero nada le llega, solo un silencio frío. Espera a alejarse unos pasos de la puerta antes de volver a respirar, y se mete dentro del cuarto de baño.

Tiene ojeras. Es lo primero que salta a la vista cuando se mira al espejo. Pero se encuentra mejor, mejor que ayer, al menos. Alex tiene razón, no está infectada. No sabe si alegrarse o entristecerse. Todavía tiene mucho que aprender, quiere mantener a la duda alejada de su pensamiento hasta que termine de aprenderlo todo. Sin dudas, sin remordimientos, sin vacilación, se dice a sí misma en silencio mientras mira sus propios ojos levemente inyectados en sangre. Baja la vista al lavabo, a sus manos apoyadas sobre su borde, y descubre las pequeñas líneas rojas bajo sus uñas.

Abre rápidamente los grifos y pone el tapón del lavabo. Sangre, la sangre de Dani, aferrándose a ella como una memoria culpable, un pedazo de él que todavía puede ejecutar una suerte de venganza relacionándola con su muerte a los ojos de los demás. Lanza la gastada pastilla de jabón dentro del lavabo y mete los dedos. Deja que la sangre se ablande un momento por el agua y después intenta frotársela como puede, sin escatimar el jabón. No se detiene hasta que las manchas han desaparecido, y después se lo piensa mejor y sigue un poco más. Sabe que ahora pueden encontrar pistas en cualquier sitio, por cualquier cosa. Abre el grifo de la ducha y se mete dentro, dejando que el agua fría se deslice por su piel por un largo rato, la cabeza introducida en la campana de silencio provocada por el cono de agua. Por eso no la escucha llegar.

Voltaire tiene los ojos cerrados, por eso no ve como se descorre la cortina de la ducha y un pálido cuerpo desnudo entra tras ella. Lo primero que siente es el tacto de unos dedos fríos sobre la piel de su vientre. Abre los ojos asustada, y entonces son unos labios, fríos y húmedos como un témpano de hielo los que se depositan sobre su cuello.

-Buenos días, mi sierva-susurra la grave y terriblemente hermosa voz de Alex junto a su oído.

Voltaire se sorprende a sí misma sonriendo, estremeciéndose de placer bajo el tacto de su piel muerta. Se gira y lo primero que ve son los ojos sin brillo de Alex frente a los suyos, su cabello negro mojado y pegado a su cabeza. Con un movimiento encantadoramente furtivo deposita un beso en la mejilla de la vampira, y después besa levemente sus carnosos labios.

Alex solo sonríe.

-Estoy sucia-dice al fin-. Frótame.

Alex se gira y le muestra a Voltaire el lienzo de palidez casi blanca de su espalda, decorado por un inmenso tatuaje, una especie de silueta alada que cubre desde su nuca hasta sus hombros y que parece estar formado por pétalos de rosas negras y rojas. Voltaire deja caer un chorro de verdoso gel de baño sobre el hueco de sus manos y después comienza a frotar con ellas la fría espalda de Alex. Una fina película de polvo gris parece desprenderse de la piel de Alex, mezclándose con el agua y tiñendo de oscuro el riachuelo que se desliza entre sus pies y muere en el desagüe. Cuando termina con su espalda, Voltaire mueve tímidamente las manos hacia abajo, pero Alex las coge por las muñecas y las deposita directamente sobre su trasero.

-No temas tocarme-le dice.

Voltaire se siente repentinamente excitada, y la excitación da alas a su atrevimiento. Frota sensualmente el redondeado trasero de Alex y después rodea su cintura con las manos, para subirla hacia los duros y fríos pechos de la vampira. Alex gira la cabeza un momento y su sonrisa de malvada le demuestra a Voltaire su aprobación. Los dedos de Voltaire rozan juguetones los pezones de Alex, consiguiendo provocarle un escalofrío.

-Eres una buena sierva-susurra la vampira.

Alex se gira y abraza a Voltaire, entrando junto a ella bajo el cono de agua de la ducha, besando apasionadamente a su asustada sierva mientras el agua termina de arrancar la mugre que cubre su piel, quizá cenizas y podredumbre de la tumba, quizá restos de su propia y antinatural putrefacción. Una lengua fría se desliza entre los dedos de Voltaire, palpitando con una fuerza inquietante, el latido de un corazón no muerto. Voltaire agarra esa lengua con sus dientes, lo justo para causar un leve dolor, y después la acaricia con la suya, mientras siente el cuerpo de Alex palpitando contra su piel, robándole su calor para hacerlo suyo.

Entonces el beso termina, y Alex se separa de ella y sale de la ducha. Voltaire descubre entonces que está temblando. Sus rodillas fallan por un instante y se acurruca en el suelo de la ducha para no caer.

*****

Las horas se han deslizado rápidamente frente a Voltaire, que ha asistido a todo sin poder librarse del vértigo de sentirse en un sueño, de que su sentido de la realidad ha quedado anulado de alguna forma.

Había encontrado su habitación vacía, y se había vestido con las mismas ropas que la noche anterior. Entonces Alex se había presentado en el umbral, aún totalmente desnuda, el color oscuro de sus pezones y su vello púbico haciendo resaltar más aún la palidez de su piel.

-Necesito ropa-le había dicho-. La mía esta para tirarla.

Nada de lo que Voltaire tenia en su armario le valía a Alex, así que habían tenido que entrar en la desordenada habitación de Anais para saquear furtivamente su mejor surtido armario. Voltaire había sacado prendas del armario y las había depositado sobre la desecha cama de Anais mientras Alex contemplaba curiosa los carteles de Los Sonámbulos que decoraban las paredes, todos dibujados por un desquiciado miembro del grupo, asemejando los dibujos de un enfermo mental o de un niño especialmente perturbado.

-Si ella llega y nosotras seguimos aquí-había dicho Alex de repente-, no debe saber que soy lo que tú sabes que soy.

Voltaire se limitó a asentir.

Finalmente Alex había elegido una camisa gris oscuro y unos ajustados pantalones de falso cuero. Unas viejas y ya descartadas botas de Anais que guardaba por algún motivo se ajustaron a sus pies.

Ahora recorrían las dos juntas las calles, manteniéndose de momento en las zonas más oscuras, huyendo de las luces de los rótulos de los locales y del mortecino brillo de las farolas. Alex parece estar nerviosa, mirando a su alrededor con una inquietud que atemoriza a Voltaire.

-¿Que te ocurre?-susurra Voltaire.

-Necesito más-dice ella, sin necesidad de aclarar a que se refiere-. Para eso estamos aquí.

Caminan en silencio durante un momento, moviéndose en el borde la zona de la movida nocturna, siguiendo una pauta de depredación que Voltaire todavía no comprende.

-Así es todo esto-le dice Alex de repente, en un grave susurro-. Esto es mi vida, el buscar más sangre, el buscar otra maldita dosis de sangre caliente para que no tiemblen mis manos, para que el frío no me consuma, para no quedarme más rígida que un cadáver.

Alex se detiene de repente, poniendo una mano de largos dedos sobre el pecho de Voltaire para forzarla a detenerse. Un joven de largos cabellos y cazadora de cuero fuma con expresión aburrida unos metros frente a ellas, sentado en los escalones que llevan a un portal.

-Ese-dice Alex, una sonrisa traviesa aparece de repente en su rostro-. Sígueme, me servirás de ayuda.

La vampira comienza a acercarse a su víctima. El joven levanta la vista cuando escucha los pasos de Alex, su rostro muestra su sorpresa cuando descubre la siniestra belleza que se le acerca con pasos contoneantes, mirándole con una expresión que solo se había atrevido a imaginar en sus sueños más perversos. Tras ella va otra chica, también hermosa, pero al parecer algo más tímida.

-Buenas noches, guapo-le dice Alex con voz de terciopelo al llegar a su lado.

-¿Puedo ofrecerte algo?-dice el joven-. Tengo de todo.

-Quizá si haya algo que puedas ofrecerme, guapo-dice Alex, sentándose a su lado, comenzando a juguetear con los largos cabellos de su víctima.

El joven rebusca en sus bolsillos y extrae una pequeña pastilla de color marrón.

-Esto es hachis de la mejor calidad-dice, sin poder apartar la vista de la mirada ambarina de Alex.

-No es eso lo que busco, encanto-le dice Alex, atreviéndose a deslizar un dedo por la mal afeitada barbilla del joven-. Digamos que mi amiga y yo estábamos un tanto aburridas y al ver al un tipo tan guapo como tú pensamos que quizá podríamos divertirnos juntos un rato.

El joven consigue desviar su mirada de los cautivadores ojos de Alex para mirar furtivamente a Voltaire, que les contempla apoyada en la pared junto a ellos, intentando, sin mucho éxito, que el miedo y la excitación que la dominan no se reflejen en su rostro, traicionándose a si misma al permitir que sus uñas arañen nerviosamente los ladrillos sobre los que se apoya.

-¿Queréis ir a algún sitio?-dice el joven balbuceante, volviendo a someterse voluntariamente al hechizo de la mirada de ámbar de Alex.

-A algún rincón más apartado-dice Alex-. Aquí cualquiera podría vernos.

Alex toma el brazo del joven y le hace levantarse con ella. Apoya la cabeza en su hombro y comienza a guiarle hacia un oscuro callejón cercano. Voltaire les sigue a pocos pasos, sin saber que hacer para ayudar a la maligna seducción de Alex, decidiendo al fin no hacer nada, limitarse a mirar.

Al llegar al callejón Alex empuja con fuerza al joven contra la pared. La victima sonríe ante lo que cree que es un simple juego y no opone resistencia cuando Alex se abalanza sobre él y pega su boca a su cuello. Una mano de Alex cubre de repente con fuerza la boca del joven y los labios de la vampira se separan, revelando unos dientes ávidos de sangre, con la fuerza que da él más puro ansia de supervivencia.

Por algún motivo Voltaire recuerda haber leído en algún lugar que los músculos de la mandíbula son los más fuertes del cuerpo humano mientras ve como los dientes de Alex desgarran la piel de su víctima y un chorro de sangre comienza a manar de su cuello. El joven intenta liberarse, intenta gritar pero la fuerte mano de Alex se lo impide, y tan solo un gemido ahogado escapa de sus labios. Trata de empujar a Alex pero la vampira reacciona brutalmente y golpea su cabeza contra la pared. Tras esto su resistencia parece volverse más manejable para Alex, que no deja de beber del manantial de cálida sangre que sus dientes han abierto, que ahora se desliza sobre sus labios y mancha la sucia camiseta negra que viste el joven.

De repente Alex se dobla por el dolor. La víctima ha vuelto a rebelarse y la ha golpeado en el estómago con su rodilla. Voltaire contempla horrorizada como la victima se libera de Alex, que escupe un chorro de preciada sangre antes de gritar.

-¡No le dejes marchar!-le ordena la vampira.

Voltaire ve el rostro horrorizado del joven al encontrarla en la entrada del callejón, en el umbral de su proverbial huida hacia la luz. Se lanza contra él y rodea su cintura con sus brazos, haciéndole caer al suelo y cayendo ella misma sobre él. Está débil, pero se debate con la fuerza que da la desesperación. Al instante Alex está sobre ellos dos, agarrando cruelmente los cabellos del joven y ahogando su grito de dolor y terror al clavarle la navaja de Voltaire en la garganta. Voltaire se separa de ellos, mientras Alex comienza a beber de la nueva herida con un ansia animal, hasta que no queda vida en el cuerpo de la víctima, y la sangre deja de manar.

Alex gruñe eufórica cuando se incorpora sobre el cadáver, mirando a Voltaire con ojos de brillan por un instante como si pertenecieran a un ser vivo. Es la vida que ha robado, el calor que ha arrebatado de su presa.

Voltaire se siente insensibilizada, incapaz de sentir horror ante lo que acaba de presenciar, ante el acto que acaba de ayudar a realizar. Es ya la segunda vez que ayuda a matar a alguien, pero ahora no lo siente con la misma fuerza que la primera vez. Quizá sea este el aprendizaje al que se refiere Alex, el aprender a matar sin remordimientos.

Alex termina de ponerse en pié y se acerca a ella.

-Límpiame la sangre-le dice.

Voltaire levanta una mano para limpiar la sangre que mancha los labios de Alex, pero la vampira la atrapa a medio camino.

-Con la lengua-ordena.

Obediente, sintiéndose infinitamente perversa, Voltaire comienza a lamer la sangre que mancha los labios de su señora.

*****

Poco después vuelven a estar en el apartamento de Voltaire, en el desordenado salón, Alex sentada en el sofá que ha servido de cama a Voltaire, y ella sentada en el suelo, a sus pies. Se pasan una botella de cerveza mejicana mezclada con tequila, no lo suficiente como para embriagarlas pero si para aligerar sus mentes y sus corazones. Voltaire se abraza a la torneada pierna de su señora y se pregunta si alguna vez llegó a imaginar que era tan desesperadamente retorcida.

-No hay secreto, ni magia, ni poder en nada de esto-dice Alex tras dar un profundo trago a la botella, ya medio vacía.

Un antiguo disco de algún grupo gótico medio olvidado de los años 80 suena de fondo, desde el dormitorio de Voltaire, en su pequeño equipo estereo. Desde aquí, la música parece surgir tenuemente de las paredes. La tristeza de las letras y la oscuridad de la música le suenan extrañamente adecuadas a Voltaire. Son lo único que se siente capaz de escuchar en este momento.

Hace una semana no se habría pensado capaz de matar. Y ya lo ha hecho, aunque sea indirectamente, dos veces. No hay ningún hechizo al que culpar, ninguna seducción mágica en la que descargar sus responsabilidades. Ha matado, y no le gusta, pero no se siente mal por ello. Ha leído lo suficiente como para saber que pronto dejará de importarle, que la parte de su mente que se preocupa por la subsistencia del resto de su especie se irá marchitando lentamente con cada nuevo chorro de sangre que manche sus manos y sus labios, hasta terminar por apagarse. Y que nunca podrá recuperar esa parte de si misma después.

No le importa si a cambio consigue ser como ella.

-Ahora debo tener cuidado-dice Alex, pasando la botella a Voltaire-. Dos muertes en poco tiempo. Puedo llamar la atención. Porque cada vez quieres más, ¿sabes? Es como la maldita heroína, eso me han dicho. Quieres más y coges más, y al hacerlo lo único que consigues es querer más aún. Hasta que llegas a convertirte en una bestia, en algo que solo piensa, vive y siente para la sangre, para matar y beber, matar y beber. Y entonces es cuando te encuentran y te destrozan, y te dejan por muerta.

-¿Es eso lo que te pasó a ti?-pregunta Voltaire, antes de derramar el dorado líquido por su garganta.

-No seas tonta-dice Alex-. Si me hubiese ocurrido estarías muerta. El secreto es el mismo que el de los heroinómanos intelectuales de antaño, o el de los adictos al opio del diecinueve. Tomar solo lo justo, solo lo necesario para seguir subsistiendo, nada más, no dejar que esta maldita adicción, esta necesidad te domine, que no suplante tu mente y tu voluntad. Es difícil moverse en el filo entre el control y el vicio, pero puede conseguirse. Si lo haces, subsistes para siempre.

-¿Subsistes?-pregunta Voltaire, desconcertada por el uso de esa palabra.

-Soy una maldita enferma, pequeña-dice Alex-. Desengáñate, no soy una criatura de las tinieblas, solo una maldita enferma terminal cuya enfermedad le impide morir, y cuyos síntomas se alivian al beber sangre humana. No soy otra maldita cosa que eso, una criatura patética que siempre se arrastrará entre las sombras.

Hay tristeza en el rostro de Alex, sus bonitas y malignas facciones deformadas por un dolor que ha asomado repentinamente a sus ojos. Voltaire la contempla entristecida, sin saber que pensar.

-Hubo un tiempo en que yo era como tú-dice Alex, de repente-. Ingenua y malvada al mismo tiempo, deseosa de conocer los secretos de las tinieblas, de dominar el misterio que me permitiera ser siempre joven y poderosa. Lo busqué por años, y al final encontré esto, esta maldita maldición que arrastro.

-¿Hace mucho de eso?-pregunta Voltaire, deseosa de desvelar los misterios de su señora.

-No mucho, relativamente-dice Alex-. Pero supongo que tú no habías nacido entonces. Era otro mundo, más joven y menos cínico, en el que incluso el mal tenia un aura de inocencia que lo hacia muy distinto de todo hoy en día, en el que la oscuridad parece haberlo manchado todo con su toque degenerado. ¿Quieres dormir?

Voltaire niega con la cabeza. No podría aunque lo intentara. Además, teme lo que los sueños pueden traerle, los rostros de Dani y el vendedor de drogas suplicándoles una piedad que ella fue incapaz de darles.

-Tengo mucho que contarte, pequeña-dice Alex.

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© 2008, Juan Díaz Olmedo

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Diabolus In Musica - Capitulo 3

lunes 18 de agosto de 2008

-Estás extraña hoy-dice Anton-. ¿De verdad te encuentras bien?

Voltaire tarda un momento en darse cuenta de que Anton le está hablando. Todavía lleva puestas las gafas de sol, y solo se da cuenta cuando intenta enfocar a Anton, que la mira desde el rincón más oscuro de la tienda. Se las quita torpemente con dedos que no hacen más que temblar.

-No lo sé, Anton-dice al fin, hablando casi en un susurro-. Creía que estaba mejor, pero no estoy bien del todo.

-Pequeña, ¿me lo estas contando todo?-insiste Anton, acercándose a ella, tratando de mirar dentro de sus ojos.

Pero ella rehuye su mirada como nunca lo ha hecho. Se siente fatal por haberle mentido, por tener que seguir mintiendo para poder mantener la primera mentira. También se siente extraña por sus deseos, por sus pensamientos, por unos ojos ambarinos y ansiosos que no puede sacar de su cabeza, por el temblor que domina sus manos y su cabeza desde que despertó esta mañana, que apenas se ha mitigado un poco a lo largo del día. Ha vomitado los pocos cereales que ha conseguido comer, su estómago se ha concentrado en una bola de nervios tirantes como cables de acero y se ha negado a digerirlos.

-¿Cómo te has hecho eso?-le pregunta Anton, tomando su mano, cubierta por un improvisado vendaje de telas blancas.

Voltaire mira su propia mano y siente un escalofrío recorrer su espalda al recordar la lengua de la vampira acariciando su herida, el sonido de la succión de su sangre dentro de aquella boca cruel y hermosa.

-Me corté haciendo la cena-miente de nuevo-. Estaba débil y torpe.

-Pudiste haberte cortado un dedo-dice Anton-. ¿No estaba Anais para ayudarte?

-No-dice Voltaire, contenta de tener que dejar de mentir-. Sigue de gira.

-¿Cuándo volverá?-pregunta Anton.

-No lo sé-le dice Voltaire-. Ya sabes como es, ni ella misma sabe cuando van a terminar su gira. No creo que sepan cada día donde van a tocar la siguiente vez.

Anton se permite una sonrisa. Los Sonámbulos eran el grupo de Anais, una pequeña panda de bohemios enamorados del rock que se plantaban en locales a lo largo de todo el país pidiendo hablar con el encargado para actuar allí esa misma noche. Muchas veces actuaban como teloneros improvisados de la auténtica actuación programada, otras eran el sorprendente número principal de la noche. Aquella forma de comportarse era su marca de fábrica, como les gustaba llamarla, y habían conseguido convocar a un pequeño grupo de seguidores que siempre hacían conjeturas y averiguaciones para poder adelantarse a ellos y escuchar su próximo concierto.

-Estamos hablando de ti, pequeña-dice Anton-. Te conozco desde hace lo suficiente como para darme cuenta que hay algo que te tiene intranquila. No has dibujado nada en todo el día, y eso es algo que nunca había visto.

Voltaire mira al cuaderno abierto sobre el mostrador, frente a ella. La misma página en blanco que esta mañana, cuando entró. Antón tiene razón. Hoy no es ella misma, y el no ha sido el único en darse cuenta. Los clientes la han notado distante, sorprendentemente fría. Ha visto miradas de extrañeza, también de tristeza, pero por suerte ha sentido comprensión tras esas miradas.

-¿Quieres hablar de algo?-dice Anton.

-No lo sé-dice Voltaire, sin mentir.

Rehuye de nuevo la mirada de Anton, temiendo que el viejo rockero pueda leer en sus ojos las perversiones que atormentan su alma.

-Siempre ayuda-dice Anton con voz suave.

Voltaire se limita a asentir. Antón gira el cartel que indica que el local esta abierto para que nadie les moleste por un momento. Tras eso se inclina sobre el mostrador, frente a ella.

-Anton-dice Voltaire atreviéndose de nuevo a mirarle a los ojos-, ¿qué harías por conseguir aquello con lo que siempre has soñado?

Anton sonríe, como casi siempre que su mente le trae un recuerdo de la persona que fue hace mucho tiempo.

-Si me lo hubieses preguntado hace veinte años, te diría que cualquier cosa-dice-. Ahora ya no estoy seguro. Tengo a mi esposa, a mi hijo, esta tienda, te tengo a ti. Mucho depende de mí. La libertad de la juventud hace tiempo que desapareció de mi vida.

-¿Y si estuvieses en mi caso?-le pregunta Voltaire.

-Si tuviese tu edad, y tu ausencia de ataduras, me lanzaría a cualquier cosa por conseguir lo que siempre he querido. ¿Quieres saber un secreto?

Voltaire atesora los pequeños secretos de Anton, pequeñas perlas de sabiduría adquiridas a lo largo de su vida.

-Es algo que un amigo medio borracho me susurró una noche-dice Anton, su mirada perdida por un momento en algún lugar del infinito-. Que los sueños los fabricamos con pedazos de nuestra alma. Son como apuestas que hacemos contra el destino. Si ganamos, si nuestro sueño se cumple, nuestra alma se hace más fuerte y poderosa. Pero si perdemos, nos quedamos sin un pedazo de nuestra alma, de lo que somos. ¿Has oído hablar del mito de Fausto?

-Claro-contesta Voltaire.

-Es una mierda-dice Anton-. Es una de esas historias que los poderosos inventaron para que la gente se conformase con sus vidas. ¿Sabes lo que haría yo? Si el diablo se me apareciese y me ofreciera mis sueños a cambio de mi alma, se la daría envuelta en un lazo rojo.

Una tímida sonrisa aparece en los labios de Voltaire.

-¿Porque estamos hablando de esto?-pregunta Anton, contento ante la aparición de esa sonrisa.

-Por nada-dice Voltaire, apartando la vista como una niña traviesa.

-¿No estarás enamorada o algo así, no?-le pregunta.

-Tal vez-dice Voltaire.

Anton se siente un poco más tranquilo, incluso se permite sonreír. Pero algo en la mirada de Voltaire le dice que no queda mucho tiempo antes de que abandone su lado para vivir su propia vida. Y no puede evitar entristecerse por ello.

*****

A Voltaire no le cuesta mucho encontrarle. Lo que más le cuesta es no pensar en lo que va a hacer.

Se repite a sí misma que el imbecil se lo tiene merecido, que es algo que ocurriría de una forma u otra aunque ella no hiciese nada. También se esfuerza en recordar todas las cosas que sabe que ese bastardo le ha hecho a otras chicas, la forma en las que las ha tratado, las infidelidades que ha cometido, las palizas que ha dado a sus novias.

Voltaire teme que no sea suficiente como para no vacilar en el último momento.

El Refugio es un lugar extraño, un enorme pub construido en el interior de una vieja casa, una laberíntica sucesión de oscuras habitaciones, cada una con su ambiente, cada una con una música distinta, creando una cacofonía de sonidos discordantes en los mal insonorizados pasillos, que permanecen siempre a oscuras, iluminados apenas por la tenue luz que proviene de las estancias. Es en estos rincones donde parejas, y ocasionalmente tríos se refugian para deleitarse con el tacto de sus cuerpos, con el sabor de su piel y de su sudor. Voltaire suele acudir mucho a este lugar los fines de semana, en los que toda la casa se llena del ajetreo de decenas de personas de aspecto estrafalario que se mueven de un ambiente a otro según su estado de ánimo o siguiendo rituales privados. Nunca había estado en los días del medio de la semana, cuando apenas pequeños grupos deambulan por sus salas o vegetan en los muchos sofás viejos que decoran las habitaciones y los pasillos.

Una chica corpulenta le pone la mano en el hombro con una violencia que Voltaire no se esperaba. Apenas ve su rostro en la oscuridad, pero nota que la mira con expresión hosca.

-¿Tienes un cigarrillo?-le pregunta con la misma brusquedad que su forma de abordarla.

-No-responde Voltaire lacónicamente, manteniendo la mirada desafiante de sus ojos verdes.

Aunque lo hubiera tenido, no se lo habría dado. Hay gente que sencillamente no sabe comportarse, sin importar el ambiente en el que te muevas.

Finalmente la chica maleducada suelta su hombro y continua su camino. Voltaire sigue avanzando, buscando por las estancias del Refugio, examinando las formas que se esconden en las tinieblas, deseando encontrarle y temiendo el momento en el que tenga que mirarle a los ojos.

Pero aunque es ella quien busca, es él quien la encuentra.

-¡Eh!-grita la inconfundible voz de Dani, para hacerse oír por encima de la música-. ¿Qué haces aquí sola?

Dani la mira desde uno de los sofás, con expresión sinceramente sorprendida. Nunca le guarda rencor por haberle rechazado, es demasiado patético como para tener un poco de dignidad y saber donde no es bienvenido. Por suerte esta noche eso le da ventaja a Voltaire en el delicado y artístico juego del embaucamiento.

Voltaire piensa en Satán, imagina lo que le gustaría que la Gran Serpiente existiese realmente, que fuese algo más que un concepto de rebelión. Y se dice a ella misma que va a hacer que el Señor de las Tinieblas esté orgullosa de ella. Va a usar todo lo que ha aprendido de él, de los escritos de sus discípulos a lo largo de la historia. El arte del engaño, de la ilusión, lo que llaman magia menor.

Lentamente, toma asiento en el sofá, junto a Dani, no demasiado cerca. Sabe que Dani es idiota, pero no quiere subestimarlo. Podría sospechar.

-Esto es lo que me faltaba-dice, como para ella misma pero lo suficientemente alto como para que Dani lo escuche.

Dani parece ir vestido con las mismas ropas de la otra noche. A veces Voltaire ha pensado que Dani tiene la misma costumbre que Einstein, que se ha comprado un montón de camisas, pantalones y chaquetas iguales para no tener que preocuparse de que ponerse cada día. Seria irónico que un idiota y un genio tuviesen algo en común. El patético Casanova se inclina para acercarse a ella. Voltaire toma su cabeza entre sus manos, como si se sintiese abatida. Le cuesta horrores no levantar la vista furtivamente para mirar la reacción en el rostro de Dani.

-¿Que es lo que te ocurre?-le pregunta, el presunto tono comprensivo arruinado por la necesidad de gritar.

Al fin se permite alzar la vista. Dani ha intentado poner cara de preocupado mediante una capacidad actoral digna de un actor porno. Le importa una mierda lo que le pase con tal de poder llevársela a la cama, y ahora va a intentar aprovecharse de su aparente vulnerabilidad.

-Nada, solo quería estar sola, perderme un rato-dice al fin-Eras el último que quería encontrarme.

Dani piensa en sus palabras por un instante, sin duda tratando de encontrar una forma de llevar la conversación a su terreno.

-Quizá sea el destino-dice al fin-. Quizá necesitabas encontrarme.
-Tonterías-responde ella, haciendo un gesto de desprecio.

Le rechaza pero todavía no se ha alejado de él. Sabe que eso está desconcertando a Dani, y que ahí está la brecha en la que debe ahondar.

-Oye-dice Dani-, si te sientes mal tal vez te haga bien un poco de compañía, algo de conversación.

-Quien sabe-le concede Voltaire por primera vez en su vida.

-¿Que es lo que te ha pasado?

Voltaire permanece en silencio un momento. Después alza de nuevo la vista y mira a Dani con expresión seria.

-¿Que harías por mí, Dani?-le pregunta.

Las palabras de Voltaire desconciertan a Dani. Por un instante reflexiona rápidamente en qué decir, como dar la respuesta perfecta.

-Ya sabes que lo que fuera-le dice Dani.

Voltaire nunca ha escuchado de Dani nada que le haga suponer eso, pero no le extraña su respuesta. Va a intentar mantener una ilusión, de embaucarla sin saber que es él el embaucado. Va a ser mucho más sencillo de lo que imagina.

-Hay un lugar, no muy lejos, al que me encanta ir-dice Voltaire-. ¿Me acompañarías?

-Por supuesto-dice Dani, visiblemente aliviado de que sea esa la proposición.

-Necesito algo de intimidad-dice Voltaire, sus palabras escogidas cuidadosamente para que Dani imagine dobles sentidos.

-¿A donde vamos?-pregunta Dani.

-Espero que no te dé miedo-dice Voltaire, permitiendo que una sonrisa asome a sus labios-. Vamos al cementerio.

-¿Porque iba a tener miedo?-dice Dani, con voz vacilante.

Le atemoriza la idea de visitar el cementerio, pero nunca lo confesará ante ella. Hará la proeza de acompañarla, ignorando sus temores. Todo por conseguirla.

Voltaire ya le tiene en su poder.

*****

Antes de abandonar el refugio Voltaire ha tenido que visitar el baño para vomitar de nuevo sobre una sucia taza. Se sigue sintiendo mareada, débil, pero también algo mejor que esta mañana. Sea lo que sea lo que le está pasando, esta suavizándose. Se está curando, aunque no sabe de que enfermedad. O quizá solo sea su mente, su nerviosismo, su miedo, que al fin está consiguiendo domar.

El cementerio está rodeado de una alta verja cuyas puertas antaño se cerraban durante la noche. Pero ahora, afortunadamente, nadie se encarga de cerrarlas. Chirrían sobre sus goznes cuando Voltaire las empuja, y el ruido sobresalta a Dani. El patético conquistador permanece desde hace tiempo unos pasos detrás de Voltaire, preguntándole insistentemente si de verdad necesita ir a este lugar, si no estarían mejor en otro de los muchos sitios que Dani conoce. Voltaire teme que se acobarde en el último momento, pero algo le dice que no será así.

Esta noche el aire roza las ramas de los árboles provocando gemidos helados que son un desgarrado presagio de muerte. La luna les contempla desde la bóveda de la noche, iluminándolos con su resplandor plateado, dando aspecto cadavérico a sus semblantes. Todo en la noche conspira para que Voltaire consiga sus fines.

-Vamos-susurra, haciendo un gesto a Dani.

Se adentra sin pensarlo en el cementerio, la vista fija en su destino, aunque aún no lo puede ver. Escucha los pasos vacilantes de Dani sobre la gravilla, tras ella, sin verlo sabe que está mirando nerviosamente a su alrededor, temeroso de cada lápida, de cada estatua suntuaria, de cada sombra, de cada gemido del viento entre las ramas. Hace frío, pero no el suficiente como para temblar. Sin embargo los dos tiemblan, los dos de miedo, cada uno por distinto motivo.

Demasiado pronto, casi asustando a Voltaire, llegan al círculo de panteones.

-Es aquí-le dice a Dani.

El patético rockero mira a su alrededor, los brazos cruzados sobre el pecho para reprimir sus temblores.

-Te van cosas muy raras-susurra.

-No tendrás miedo, ¿no?-dice Voltaire, sonriéndole con crueldad.

-No digas tonterías-dice Dani con voz temblorosa-. Solo tengo frío.

-Vamos ven-dice Voltaire-. Estas cosas me ponen a cien.

Voltaire entra sin pensárselo en el panteón. La vampira sigue allí, acurrucada en una de las esquinas. Alza la vista cuando ella entra, y sus miradas se cruzan. Voltaire siente la comprensión de esa mirada como si le estuviese golpeando el pecho. Ella sabe lo que Voltaire se dispone a hacer. Lo ha estado esperando. Sin dejar de mirar aquellos ojos ambarinos, Voltaire se oculta tras la puerta entreabierta del panteón.

-¿Que hay aquí dentro?-dice Dani al entrar lentamente en el edificio mortuorio. Se sorprende al ver a la vampira, que deja de mirar a Voltaire por un momento, para evitar que su mirada traicione su escondite.

Voltaire siente algo deslizándose sobre sus botas. Baja la vista y en la oscuridad vislumbra la blanquecina figura de una serpiente deslizándose entre ellas. Dani no escucha el chasquido de la navaja de Voltaire al abrirse, ensordecido por el sonido de sus propios pasos.

-¿Quién eres tú?-pregunta Dani, acercándose a la vampira, demasiado mundano como para darse cuenta de que no es a un ser vivo a lo que se está dirigiendo.

Sin atreverse a pensar, Voltaire sale de su escondite y agarra el pelo de Dani violentamente. De un solo gesto desliza el filo de su navaja sobre la garganta del rockero, sintiendo como la piel y la carne ceden bajo el frío metal. Después empuja a Dani contra la vampira, que agarra su cabeza y pega sus labios a la enorme herida de la que mana a borbotones la sangre. La lengua de la vampira se desliza serpenteante de un extremo al otro del corte, mientras la sangre rebosa sus labios y se desliza por su barbilla y su cuello. Dani tan solo acierta a temblar, atenazado por los helados dedos de la vampira, mientras su vida es lentamente consumida.

Los dedos de Voltaire pierden fuerza y la ensangrentada navaja cae ruidosamente sobre el polvoriento suelo del panteón. Tras sus dedos van sus rodillas, y tras ellas sus ojos, que dejan libre un torrente de frías lágrimas de puro horror. Voltaire cubre sus ojos con sus manos y se da la vuelta para salir del panteón, sin poder presenciar la consecuencia de sus propias acciones, de sus propios y oscuros deseos. Vuelve a la fría noche y se sienta junto a la entrada del panteón, sin dejar de escuchar los sonidos de succión de la vampira y sus gemidos de ansia, que retumban dentro de la pequeña bóveda. La bilis se agolpa en su garganta y vomita breve y amargamente entre sus piernas.

Sabe que acaba de vender su alma.

*****

Las manos de Voltaire están tan frías que casi le duele mover los dedos. Entra tímidamente en el panteón, rozando con sus dedos helados el aún más frío metal de la oxidada puerta. Tiene miedo de entrar, miedo de lo que pueda encontrarse dentro, de la reacción de su misteriosa habitante. Pero sobre todo teme el volver a ver la prueba de su crimen, el cadáver desangrado a la que ella arrancó la vida.

La vampira esta sentada en el pequeño hueco que deja el ataúd de uno de los nichos. Levanta la vista del suelo y la mira con sus ojos ambarinos, la oscura penumbra ocultando el extraño efecto de sus ojos sin brillo. A sus pies, en un confuso montón, yace lo que queda de Dani. La vampira ha debido de usar alguna de las prendas de Dani para limpiarse la sangre del rostro y de las manos. Con uno de sus pies descalzos, juguetea indolentemente con la cabeza de Dani, que reacciona moviéndose levemente en respuesta a sus suaves golpes, con el inquietante movimiento de un títere con las cuerdas cortadas. El cuello de Dani está doblado en un ángulo extraño. Al parecer la vampira ha forzado el corte de Voltaire para hacerlo más grande, para que manase más sangre de él. Por fortuna Voltaire no puede ver su rostro, ni el corte de su cuello.

Voltaire se queda junto a la puerta, dándose cuenta de que nunca ha pensado en este momento, en lo que podría ocurrir, en lo que podría sentir entre la realización del crimen y la formulación de su deseo. La vampira inclina la cabeza graciosamente, y una tenue sonrisa aparece en sus sensuales labios.

-No me tengas miedo-dice, con una voz grave y suave como la seda, la voz del mal más seductor.

La vampira hace un gesto a Voltaire para que se le acerque. La joven se mueve lentamente, como si se acercase a un animal salvaje que pudiese sobresaltarse al más mínimo movimiento en falso. Se detiene un instante para recoger del suelo su navaja, posada sobre las macabras rosas oscuras que la sangre salpicada ha dibujado sobre el polvoriento suelo. La vampira señala un espacio junto a ella, en el nicho, lo palmea con su mano para indicarle a Voltaire que se siente a su lado. Voltaire lo hace con cuidado, sin atreverse a rozar la fría piel de la vampira, que no deja de mirarla a los ojos en ningún momento.

-¿Cómo te encuentras?-le susurra la vampira.

A Voltaire le desconcierta la pregunta.

-No muy bien-admite al fin, con voz temblorosa-. Nunca había matado.

-No le has matado-dice la vampira-. He sido yo. Tu solo me has ayudado. No me refería a eso. ¿Te has sentido débil desde lo de ayer?

-Un poco-dice Voltaire, intrigada.

-Pero ahora estas mejor, ¿no?-pregunta la vampira.

-Sí-dice Voltaire-. Ya no estoy tan débil.

Pero sin embargo mi sistema nervioso parece haberse rebelado, piensa, horrorizado quizá por los crímenes que el resto del cuerpo ha cometido. Por eso quizá le temblaban las rodillas, y el labio inferior, como si fuese una niña llorona.

-No temas-susurra la vampira, alzando rápidamente una mano para acariciar una de las coletas de Voltaire.

El primer impulso de Voltaire es el de evitar el roce, pero consigue sobreponerse y siente como los fríos dedos rozan levemente la piel de su rostro mientras tocan sus trenzados cabellos, produciéndole un escalofrío no del todo desagradable.

-Sé que estoy fría-dice la vampira-. Siempre lo estoy. No importa cuanta sangre beba.

-¿Porqué me has preguntado como me sentía?-se atreve a preguntar Voltaire.
-Ayer fui algo imprudente contigo-dice la vampira-. Temía haberte infectado al lamer tu herida.

-¿Infectado?-pregunta Voltaire, aunque cree saber a que se refiere la vampira.

-Sí-dice ella-. No soy más que una enferma, y temía haberte contagiado mi enfermedad.

-No tienes porque temer eso-dice Voltaire-. ¿Por qué no quieres infectarme?

-No quiero infectar a nadie-dice la vampira.

Voltaire está perpleja. La sorpresa le corta la respiración por un instante. Nunca pensó en que esto pudiese ocurrir.

-No, por favor-dice, a sabiendas de lo patética que resulta su súplica-. Quiero ser como tu. Quiero tener tu poder, tu fuerza.

La vampira suelta de repente una risa tan amarga que casi aterroriza a Voltaire.

-¿Estas loca?-le espeta de repente-. No sabes de lo que estas hablando.

El rostro de la vampira parece haberse transformado en una terrorífica máscara de comedia.

-¿Es por eso por lo que me has traído aquí a este chico?-le pregunta-. ¿Como pago por ser contagiada, por sufrir la misma enfermedad que yo sufro? ¿Tienes idea de lo que soy?

-Eres una vampira-dice Voltaire-. Una criatura de la noche.

-Noche, día, que más da-dice la vampira-. Esto no es una poesía romántica, pequeña. Esto es la realidad. Y no tienes ni idea de lo que me estás pidiendo.

Voltaire no sabe que contestar. Su mente está a punto de saturarse de emociones. Siente lágrimas de nuevo agolpándose en sus ojos, pero no quiere llorar, no ahora, no frente a ella.

-He matado por ti-dice-. He matado por conseguir ser lo que eres.

-No eres más que una niña-dice la vampira, con tono de decepción.

Voltaire aparta la vista de los ojos de la vampira, cruzando su mirada sobre el cadáver de Dani, apartándola también de él para mirar al exterior, al pequeño fragmento del cielo nocturno que puede ver tras la puerta entreabierta.

-Te agradezco lo que has hecho-dice la vampira-. De verdad.

-Demuéstralo-dice Voltaire, asustándose de su propia osadía.

La vampira permanece en silencio por un momento. Después le susurra suavemente al oído.

-No eres la primera persona que me hace esa petición-le dice-. Había prometido no hacerlo más, pero en deferencia a tu gesto te daré una oportunidad.

Voltaire vuelve a mirar a los ojos de la vampira, que la contempla con expresión grave.

-Necesito alguien que me sirva, alguien que cuide de mí-le dice-. Tú serás mi sierva, mi esclava, si quieres llamarlo así. Puedes dejarme cuando quieras, pero mientras permanezcas a mi lado me obedecerás en todo. Y si eres digna, pasado un tiempo, te daré la oscura bendición de la enfermedad que recorre mis venas.

Voltaire asiente con al cabeza.

-Lo haré-le dice.

La vampira se pone en pie, sin dejar de mirar a Voltaire.

-Besa mis pies-le dice, con un extraño tono de crueldad en su voz.

Voltaire se sorprende de su petición, pero piensa que tal vez sea un ritual de sumisión, una forma de simbolizar su vínculo con la que a partir de ahora será su ama. Lentamente se arrodilla en el suelo frente a la vampira. Los pies de la vampira están algo sucios, pero no mucho. Y son hermosos, sensuales, y casi blancos en su palidez. Voltaire se inclina sobre ellos hasta que el olor del viejo polvo que cubre el suelo del panteón inunda su respiración. Agarra suavemente los fríos pies de la vampira con las manos y los besa lentamente, primero uno, después el otro, sintiendo la helada piel contra sus labios, sintiendo como ese frío antinatural despierta un calor abrasador dentro de ella, en su pecho y en su bajo vientre. Furtivamente desliza su lengua entre sus labios para lamer suavemente la fría piel, mientras sus dedos la acarician con cuidado.

-Ahora dame tu navaja-le dice la vampira.

Sin atreverse a pensar para qué puede necesitarla, Voltaire saca la navaja de su bolsillo y la deposita sobre las manos extendidas de la vampira.

-Quédate ahí-dice la vampira, mientras se agacha junto al cadáver de Dani-. Y mira, no apartes la vista.

Voltaire permanece arrodillada, apoyada contra el borde del nicho con la punta de sus dedos, contemplando como la vampira empuja sin ningún reparo el cadáver para darle la vuelta. Entonces aparece ante sus ojos el ancho y sanguinolento hueco de la herida, los ojos sin vida de Dani, mirando a la nada por encima de sus cabezas, su boca congelada en una expresión de absurdo temor. Voltaire aparta la vista instintivamente, asqueada.

-No apartes la vista-dice la vampira de nuevo con ese mismo tono cruel-. Esto es algo que debes aprender.

Voltaire vuelve a mirar justo cuando la vampira acciona el resorte de la navaja para liberar la hoja, todavía manchada de sangre. La vampira hace girar el arma en su mano con un movimiento de experto y sin pensárselo un instante la clava en el cadáver, a la altura del corazón. Un borbotón de sangre surge inmediatamente de la herida.

-Todavía está caliente-dice la vampira-. No ha empezado a coagularse la sangre.

-¿Porque haces eso?-se atreve a preguntar Voltaire.

-Quiero asegurarme de que está muerto-dice la vampira-. Si no lo estuviese, podría llegar convertirse en uno como yo.

La vampira saca la navaja de un tirón, provocando la erupción de un nuevo chorro de sangre, de un color hipnóticamente oscuro en la profunda penumbra del panteón. Después vuelve a clavarla una y otra vez en el cuerpo, sin dejar de mirar a Voltaire tras cada puñalada, como si disfrutara del horror que ve reflejado en el rostro de su nueva sierva. Después lame la hoja de la navaja antes de cerrarla, y se chupa la sangre que ha mojado sus dedos.

-Ya comienza a enfriarse-dice-. Se pone aún más asquerosa.

-¿Asquerosa?-pregunta Voltaire sorprendida-. Creía que os gustaba beberla.

-Has leído demasiadas novelas románticas, pequeña-dice la vampira-. Es repugnante llenarse la boca de sangre. No importa si estas vivo o eres un muerto viviente.

La vampira introduce un dedo en la herida de la primera puñalada, la que se clavó directamente en el corazón justo entre dos costillas. Lo saca empapado en sangre que se resbala viscosamente por la mano.

-Acércate-le dice la vampira.

Voltaire se fuerza a sí misma a obedecer. Gatea tres pasos hacia la vampira, inundándose del olor a sangre que mana del cadáver. Se alegra de no haber podido comer nada en todo el día. No querría haber vomitado en su presencia.

-Chupa-le ordena la vampira, acercando su dedo empapado de sangre a su boca.

Voltaire mira los ojos ambarinos de la vampira, que la contemplan con una mezcla de crueldad e interés. Se siente sucia, se desprecia por lo que está haciendo, por los sentimientos que se están despertando en su interior. Y se dice que debe librarse de todos esos absurdos bloqueos morales si quiere lograr su sueño.

Sensual y delicadamente, toma la mano de la vampira y chupa su dedo con toda la intención erótica de la que es capaz, consiguiendo que el rostro de la vampira se dibuje una expresión de placentera sorpresa. La sangre tiene un sabor metálico y repugnante, pero en estos momentos puede ignorarlo. Lo único que le importa es lo que puede leer en esos crueles ojos ambarinos.

-Me gustas-confiesa la vampira cuando Voltaire termina de chuparle el dedo-. ¿Cómo te llamas, pequeña?

-Voltaire.

-¿Que clase de nombre es ese?-pregunta la vampira, sorprendida.

-Es el que uso-responde Voltaire.

-Yo soy Alex-dice la vampira.

Voltaire toma de nuevo la fría mano de la vampira y besa su dorso, sin dejar de mirarla a los ojos.

-Encantada de conocerte, mi ama-le dice.

La vampira vuelve sonreír.

-Igualmente, mi sierva-le contesta.

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© 2008, Juan Díaz Olmedo

Publicado por Juan Díaz Olmedo en 14:48 0 comentarios  

Etiquetas: Novela Blog

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