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Blog de relatos y artículos escritos por Juan Díaz Olmedo

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Blog Literario de Juan Díaz Olmedo

Diabolus In Musica - Capítulo 1

jueves, 31 de julio de 2008

A Voltaire le gusta actuar como una criatura de la noche.

Por eso las persianas de su habitación están completamente bajadas, sin dejar entrar apenas la luz del sol que comienza a surgir tras la silueta de los edificios de la gran ciudad, hasta que las farolas siguen la orden automática que las conmina a apagarse al unísono. Es entonces cuando suena su despertador, y a regañadientes sale del caótico mundo de los sueños donde muchos días le gustaría haber permanecido y detiene de un manotazo la chillona y penetrante alarma. Voltaire ha probado a usar despertadores de sonidos más agradables, incluso con melodías, pero no servían para nada. Sentía las melodías sonando dentro del mundo de sus sueños, las cambiaba y alteraba haciendo arreglos oníricos que las mejoraban de una forma distinta cada día, y hacían que su ensoñación fuese más placentera. Así que allí permanecía, hasta que la misma fatiga de soñar la despertaba para que su mente pudiese descansar. En el arte de soñar, Voltaire podría darle lecciones al mismísimo Morfeo.

Voltaire se incorpora y se despereza lentamente, en la suave penumbra de su habitación. Tan solo leves hilos de luz consiguen iluminar la pequeña y desordenada estancia, colándose entre los leves defectos de los bordes de las persianas. Las suaves sábanas de Voltaire son negras, lo que aumenta más aún la oscuridad. Siempre duerme desnuda, y cuando la sábana resbala sobre su pecho y deja su piel al descubierto, esta parece brillar con un tono lechoso a causa de su palidez.

La pequeña lámpara que enciende Voltaire hace brillar sus bonitos ojos azules. De un salto se incorpora y sale de su habitación, sin molestarse en cubrirse. Voltaire no vive sola, pero su compañera de piso, Anais, casi siempre está en algún otro lugar, con el grupo del que es vocalista. Además, ella también tiene las mismas costumbres nudistas de Voltaire, así que no le habría importado cruzarsela desnuda por los pasillos del oscuro apartamento.

El cuerpo de Voltaire es pequeño y delgado, como el de una hadita, como suele decir Anais. Como todas las mañanas, lo contempla un momento en el espejo del cuarto de baño antes de saltar al interior de la ducha y dejar que un chorro de agua helada recorra su piel y la despierte. Sus largos cabellos están recogidos en decenas de pequeñas trenzas, teñidas de rubio y con las puntas pintadas de morado. Voltaire cierra los ojos mientras el agua helada golpea su rostro, pega sus trenzas a su larga y tatuada espalda y la sensación de frío eriza los pezones de sus pequeños pechos. Abre los labios de una boca quizá demasiado grande para su rostro para beber un poco de agua helada, y luego baja la cabeza y comienza a cantar, apenas oyéndose a si misma, ensordecida por el agua que golpea su cabeza. Tras un momento cierra el grifo y sale de la ducha, secándose rápidamente con una vieja y deshilachada toalla antes de que el agua fría le haga tiritar.

Es difícil precisar la edad de Voltaire por su aspecto. Podría tener quince años, podría tener veinticinco. Es bonita, pero de una forma extraña, un rostro como de hada malvada que no todos encontrarían atractivo. Pero eso a ella poco le importa. Una serpiente azul, verde y roja recorre su espalda. A Voltaire le gusta decir que es una imagen de la Serpiente en el Jardín del Edén, antes de ofrecerle la manzana a Eva y darle a la humanidad el Satánico Don de la Inteligencia.

Sin preocuparse siquiera de ponerse unas zapatillas, Voltaire recorre un corto pasillo y llega hasta la cocina de su apartamento. Aquí las persianas están un poco abiertas, dejando entrar suficiente luz para iluminar la blanca y sucia estancia. De un armario desordenado saca una caja de cereales para niños, y de un frigorífico que parece salido de una película en blanco y negro saca una botella de leche ya abierta. Llena un tazón hasta el borde del contenido de la caja y después lo inunda del blanco líquido, contemplando ensimismada como los copos de cereal se hunden poco a poco, cambiando de textura en el proceso. Bebe un trago de leche directamente de la botella antes de coger una cuchara de un cajón y comenzar a comer lentamente los cereales.

Voltaire tiene una sensación extraña. Tal vez sea un residuo dejado en su mente por sus sueños, unos sueños que ha olvidado en el preciso momento de despertar pero que ahora se afana inútilmente en recordar. Sabe que ha soñado con algo importante, uno de esos sueños en los que todos sus sentidos están agitados, en que todo, cada sonido, cada imagen, cada sensación, parece golpearla más que alcanzarla. Voltaire no conoce a nadie que tenga esos sueños, al menos nadie que no haya abusado de ciertas drogas de las que dejan secuelas graves. A veces, como hoy, piensa que sus sueños pueden ser premoniciones, mensajes enviados por ella misma desde el futuro, empleando alguna extraña propiedad del espacio-tiempo relativista, esas cosas de las que le gusta discutir con Anais hasta que su compañera, más pragmática y menos dada al pensamiento abstracto, siente un dolor surgiendo en el centro mismo de su cabeza.

Voltaire tiene una idea que arquea sus finas cejas. Salta de la pequeña banqueta roja en al que ha estado sentada y vuelve corriendo a su habitación. Enciende de nuevo la lamparita y busca afanosamente en el primer cajón de la cómoda que le hace las veces de mesa de noche. Al fin encuentra la pequeña caja de madera decorada con bajorrelieves celtas esmaltados en azul. Con ella vuelve a la cocina. Se sienta de nuevo en la banqueta, pone su tazón a un lado y limpia con las manos la gastada superficie de madera. Después se limpia las manos en un trapo deshilachado. Voltaire se dispone a hacer una de las pocas cosas que considera realmente sagradas, un pequeño resto de religión en alguien que no cree en Dios, pero que de creer se alinearía sin pensárselo con Satán.

Abre la caja y saca la cuidada baraja de Tarot del interior. Es una baraja especial, ilustrada por un artista especialmente talentoso en reflejar la oscuridad y la sensualidad de los motivos. Voltaire se enamoró de ella nada más verla, y no le importó pagar un alto precio por ella. Separa los arcanos mayores de los menores, que nunca emplea, y los baraja lenta y cuidadosamente, para evitar que los bordes de las cartas se doblen. Voltaire mataría a quien rompiera estas cartas.

La forma de hacer lecturas de Tarot de Voltaire es sencilla e intuitiva. No le gustan elaborados y teatrales rituales, ni encender velas, ni mirar a espejos, ni pronunciar preguntas en voz alta. Sabe que el Tarot no le ofrecerá ninguna respuesta concreta, tan solo una guía, un indicio surgido de algún lugar del interior de su mente, donde habita una inteligencia adormecida que es capaz de leer en el presente atisbos de un futuro que ya se está comenzando a construir. Y el Tarot para Voltaire es poco más que una hermosa forma de hablar con ese otro yo sobrenatural que todos los seres humanos tienen, pero algunos de forma más desarrollada que otros.

Lentamente, sabiendo de una forma inconsciente la importancia de la revelación que va a recibir, Voltaire va girando una a una las cartas de la cima de la baraja y depositándolas ante ella.

La Emperatriz.
La Luna.
Los Enamorados.
El Loco.
La Rueda de la Fortuna.

Voltaire deja el resto de la baraja y contempla las cartas en silencio, esperando que sus símbolos y sus nombres inspiren su imaginación, creando un significado oculto allí donde no hay nada. Es una tirada ambigua. La Emperatriz representa una influencia, una figura femenina de poder. ¿Ella misma? No, no cree que sea ese el caso. Ella suele identificarse más con la Suma Sacerdotisa, la mujer que conoce secretos y que usa su poder con sutileza. Y la Emperatriz representa a otro tipo de mujer, una cuyo poder puede vislumbrarse en su mirada, en sus gestos, en su voz. Una mujer temible. Voltaire sonrió. Le gustaría conocer a una mujer así. La segunda carta es la favorita de Voltaire. La Luna. Representa la noche, y todas las emociones asociadas a ella. La poesía, la pasión, la melancolía. La Luna era la diosa de los antiguos, o al menos eso había leído Voltaire hacia ya mucho en un oscuro tratado de un extraño académico inglés. La tercera carta también le hizo sonreír. No tenia que representar forzosamente una relación sentimental, pero sí algún tipo de vínculo con alguna persona. Hace mucho que Voltaire no se encuentra en una situación parecida, y piensa que ya le va apeteciendo. Pero la siguiente carta le desconcierta. El Loco. Representa la entrada del caos y la demencia en su existencia, tal vez una amenaza externa, o quizá interna. ¿Significa que va a perder la razón? No, su intuición le dice que no es ese su significado. ¿Entonces? Quizá sea otra influencia externa, misteriosa e imprevisible, de la que debe cuidarse.

La última carta es sin embargo la que más preocupa a Voltaire. Debería representar la conclusión, el objetivo del drama que van a representar los personajes presentados en las otras cartas. Pero es la Rueda de la Fortuna. No hay nada decidido, el destino todavía no ha sido trazado. Cualquier cosa es posible. Es una situación inquietante, porque lo desconocido siempre causa miedo.

Finalmente Voltaire se encoge de hombros y recoge cuidadosamente sus cartas. Sea lo que sea lo que el destino tiene reservado para ella, al menos sabe que tiene la posibilidad de influir en ello, de evitar la desgracia y buscar el beneficio. Voltaire es joven, pero sabe bien que el beneficio propio es lo único que mueve a los seres humanos, y no se siente culpable por buscar el suyo propio, dentro de unas normas.


***

Poco después las calles comienzan a llenarse de gente, seres que a regañadientes comienzan sus jornadas, partiendo de sus hogares hacia lugares poco hospitalarios en los que ejecutarán tareas repetitivas para conseguir su sustento. Voltaire se siente ajena a todo eso, distinta al resto de los mortales que la rodean por atreverse a llevar otro tipo de existencia, esa que los mortales temerosos llaman bohemia y que ella gusta de llamar libre.

Las pesadas botas negras de Voltaire suenan de forma metálica al golpear los adoquines de la calle en cada paso. Todo en ella es negro y metal, salvo la nota de color en sus cabellos. Lleva sus trenzas recogidas en dos coletas con lazos negros, como casi siempre, y un sombrero de vaquero negro protege su rostro de la nefasta influencia bronceadora del sol. Sus ojos van ocultos tras unas gafas oscuras de cristales octagonales. Sus piernas están enfundadas en unos ajustados tejanos negros, y un top negro cubre su torso, con una leyenda escrita en caracteres góticos blancos.

"Do what thou wilt". Haz lo que quieras. La única norma que Voltaire sigue y respeta, formulada hace más de un siglo por un loco ocultista inglés.

Una tendera barre la acera frente a su tienda y levanta por un momento la vista, intrigada por el golpeteo metálico de las botas de Voltaire sobre los adoquines. Cuando ve la siniestra aparición, su rostro arrugado se deforma expresando su censura, condenando sin conocer algo que se sale de su concepción del mundo. Voltaire está acostumbrada a esas miradas. La saluda con una mano enfundada en un guante negro sin dedos y sigue su camino. A Voltaire le encanta ser educada y tener modales refinados, principalmente porque hace las cosas más sencillas, pero sobre todo porque a muchos les desconcierta que una chica tatuada y con aspecto de cantante de rock tenga mejores modales que ellos. Y Voltaire sabe desde hace mucho que hay un gran poder en la capacidad de provocar el desconcierto. Por ese mismo motivo se tatuó el esqueleto de un dragón chino en el índice de la mano derecha.

Tres sonajeros anuncian la entrada de Voltaire en la Mazmorra, la tienda en la que trabaja como dependienta.

-Vaya, pero si es la pequeña Voltaire, que al fin asoma la cabeza-dice Anton, el propietario de la tienda.

Anton es un viejo rockero que hace mucho dejó la música para montar el pequeño negocio de una tienda para rockeros, góticos y siniestros. Su larga y descuidada melena negra está salpicada de gris, y hay profundas arrugas alrededor de sus ojos. Para Voltaire, y para todos los clientes, él es alguien extraño, una persona de más de cuarenta años que habla su mismo lenguaje, que comprende sus problemas y sus aspiraciones. Por eso muchos acuden a su tienda, para charlar un momento con alguien sabio pero que no les culpa por ser jóvenes. Alguien que les admira precisamente por eso.

En ese momento Anton estaba hablando con un chico de larga y espesa melena, vestido con una vieja camiseta de un grupo heavy y unos pantalones tejanos raidos. Parece que el chico ha elegido comprar una gargantilla de cuero negro y tachuelas. Se la pone y Anton hace un gesto de aprobación.

-Te queda de maravilla-le dice, guiñándole un ojo-Ya sabes, tiene garantía. Si no ligas con eso, puedes venir y te devuelvo el dinero.

El chico no sabe si sonreír o dar las gracias, como si le costara identificar lo que Anton ha dicho como una broma. Siempre hay alguien sorprendentemente lento entre estos chicos. Voltaire sospecha que se debe a las drogas que algunos fuman. El chico descubre a Voltaire a su lado, sus nerviosos ojos marrones se cruzan con la mirada de hielo de la joven.

-. ¿Te lo llevas?-le pregunta Voltaire con una sonrisa y su suave y susurrante voz de soprano de Doom Metal.

El chico sonríe a su vez, nervioso e intimidado por la belleza de Voltaire. Asiente lentamente y saca una gastada cartera con una calavera bordada del bolsillo trasero de sus tejanos. Tras pagar abandona la angosta tienda, sin dejar de mirar hacia atrás.

-Por eso te tengo aquí, pequeña-le dice Anton, revolviendo cariñosamente las coletas de Voltaire cuando esta se quita su sombrero y lo deja en el perchero-Todos los chicos acaban enamorados de ti y vuelven una y otra vez. Y claro está siempre compran algo para quedar bien.

-¿Y que hay de las chicas?-dice Voltaire cuando termina de reír.

-A la mitad de esas también les rompes el corazón-replica Anton-. ¿O crees que no me doy cuenta? El resto vienen por mis seductores labios.

Anton adopta por un momento su mejor pose de rockero de los años setenta, marcando lo más posible los labios como si fuese un imitador de Jagger y tratando de contener a duras penas una sonrisa. Voltaire sabe que Anton debía tener a las chicas enamoradas hacia tiempo, cuando era joven. Ha visto fotos de aquellos tiempos, ha visto a Anton empapado en sudor, arrancando sonidos de su guitarra, con su rostro medio cubierto por sus revueltos cabellos y amuletos esotéricos colgando de su cuello. Todo un Dios del Rock. Pero aquellos tiempos se fueron hacia mucho, y ahora Antón es un hombre casado, y con un hijo que no le comprende. Pero, pese a las canas, las arrugas y a la barriga cervecera que apenas consigue disimular su camisa negra, conserva algo de su atractivo. Voltaire le sonríe y le guiña un ojo. Entonces el tintinear de los cascabeles de la puerta les avisa de la llegada de nuevos clientes.

La Mazmorra es un lugar extraño y ecléctico, el típico en el que muchos sueñan con quedarse encerrados. En la pequeña tienda se vende música, ropa, bisutería, libros de poesía, estatuillas de dioses orientales... Más de una vez Voltaire se ha visto en la desagradable obligación de vender algo que no sabia que era. Todo el lugar está lleno de espejos, para dar la sensación de que es más grande, y decorado con carteles de grupos de rock y de conciertos históricos. Voltaire sabe que algunos de aquellos carteles podrían valer una fortuna, y también sabe que Anton moriría antes de deshacerse de ellos.

Entre cliente y cliente, Voltaire abre una pequeña libreta sobre el mostrador de cristal y dibuja con una pluma negra. Dibuja lo primero que se le pasa por la cabeza, desde extrañas criaturas a motivos geométricos. Lo hace siempre de un solo trazo, con un estilo inquietante parecido a los dibujos de un niño irreversiblemente traumatizado. Muchos de aquellos motivos acaban en el expositor de una tienda de tatuajes cercana. Ese es el segundo empleo de Voltaire. Fue Anton quien se lo consiguió, cuando le llevó, sin ella saberlo, algunos de sus dibujos al dueño de la tienda de tatuajes.

Anton la deja a media mañana, y en ese momento ella aprovecha para cambiar los CDs del equipo de música. Quita todo el rock de los 70 que tanto ama Anton y pone música gótica y siniestra. Sabe que hay clientes que vienen precisamente en ese momento, cuando ella se queda sola y cambia como puede el ambiente del local. No le gusta ser una simple dependiente. Sabe que eso le sería algo insufrible. Le gusta ser una especie de anfitriona. Por eso la música, y por eso las varillas de incienso que quema sobre el mostrador.

Poco a poco van entrando chicos silenciosos, vestidos siempre de negro, algunos con los ojos pintados, labios rojos, negros o morados. Chicas con bisutería plateada y sombreros de hace cien años, que se mueven como malvadas de opereta y transforman sus rostros en hermosas mascaras de porcelana. Le hacen preguntas a veces directas, a veces vagas. Hay quien pide directamente el ultimo disco del grupo de moda de Death Metal, pero también hay quien le pide consejo, quien le cuenta como se siente y necesita saber que música escuchar, que ropa llevar, que joyas lucir. Y a Voltaire le encanta atenderles. Este es su mundo, estos son sus habitantes. El resto de la existencia solo es una distracción para lo que realmente importa, para sentir y para soñar, para el dolor, la muerte y el amor. Una sabiduría sencilla pero demasiado oscura como para que todos la acepten de buen grado, incluso en los demás.

***

El Señor Lars siempre deja que su despertador suene tres veces antes de apagarlo. Esos tres fuertes y penetrantes pitidos electrónicos lo arrancan a golpes de la nada en la que se encuentra sumido mientras duerme. Hace mucho tiempo que el Señor Lars no sueña, o al menos no recuerda lo que ha soñado. Teniendo en cuenta el tipo de sueños que la mente del Señor Lars podría producir, está bastante agradecido a este hecho.

El dormitorio del Señor Lars es espartano hasta el extremo de resultar monástico. Solo una pequeña mesa de noche con el viejo despertador gris, un catre que hace las veces de cama, un armario angosto donde guarda sus pocas ropas. El Señor Lars no quiere recordar cuando su dormitorio era muy distinto, en otro edificio, en otra ciudad, casi en otra vida. Los recuerdos de aquella época le duelen más que reconfortarle. Le distraen de su misión, de su cruzada, de su motivo para vivir. Del único que le queda, el único en el que puede pensar.

El Señor Lars dejó atrás hace mucho sus cuarenta años, y hay quien diría que también los cincuenta. Su cabello es gris oscuro, como su barba descuidadamente recortada, como el abundante pelo de su pecho, como los fríos ojos. Tan solo lleva unos pantalones cortos para dormir. Nada más levantarse, se inclina junto a la cama y comienza a hacer flexiones, sin apresurarse pero a buen ritmo. No es musculatura lo que busca el Señor Lars en sus ejercicios matinales, aunque está bastante en forma para un hombre de su edad. Es la seguridad de que su cuerpo no fallará cuando lo necesite. Cuando tenga que cumplir su misión en esta vida.

Por un largo rato tan solo la modulada aunque exhausta respiración del Señor Lars se escucha en la habitación, mientras ejecuta una especialmente severa tabla de gimnasia sueca, una que ha copiado de un viejo manual del ejército. El Señor Lars nunca ha sido militar, ni tenia especiales simpatías por el mundo castrense hasta que las circunstancias le obligaron a convertirse en un guerrero. Su filosofía es que, puestos a aprender, es siempre mejor aprender de profesionales que de teóricos. Prefiere seguir el consejo de personas devotas al antiguo y refinado arte de matar que leer cientos de tratados sobre métodos de combate y asesinato. No en vano, el Señor Lars estudió ingeniería, y al comenzar su vida profesional descubrió que apenas le servia aquello aprendido en los libros y las clases de la facultad.

Tras el ejercicio, una ducha en un cuarto de baño igualmente espartano, tan solo un lavabo, un retrete y una placa en el suelo para recoger el agua de la ducha. El Señor Lars no se molesta en calentar el agua. Prefiere que esté fría, lo más fría posible, para curtir su piel y hacerla más resistente. Es tan solo una pequeña protección, pero el más mínimo factor puede salvar su vida cuando le sea necesario. Después, en una amplia y casi vacía cocina, el Señor Lars pone dos huevos y dos salchichas en una sartén sobre el fogón encendido, y abre un momento la puerta de su apartamento para recoger el periódico que hace horas dejó el repartidor. El Señor Lars nunca se levanta temprano. Es, por obligación, un noctámbulo. Vuelve a la cocina con el arrugado periódico y pone los huevos y las salchichas en un plato de cristal. Pone algo de leche en un vaso y armado con un tenedor se dispone a tomar el desayuno sobre una mesa gris, mientras hojea el periódico, buscando directamente la sección de sucesos, pasando desdeñosamente el resto de las páginas, preguntándose si el resto de los semejantes seguirían preocupándose de esas estupideces si supieran la mitad de las cosas que ocurren a su alrededor, frente a sus propias narices, sin que se den cuenta. El Señor Lars conoce esa verdad, pero ha pagado un precio demasiado alto por conocerla.

Cuando llega a la sección de sucesos, el Señor Lars deja por un momento su desayuno y comienza a leer con detenimiento. Con un rotulador rojo, marca determinados titulares, determinadas líneas en los artículos. Sabe bien que esa es información sesgada, pero también sabe que está solo en su lucha, y que toda la información de la que pueda disponer, aunque sea parcial, es vital. Se toma una pequeña pausa para terminar las salchichas y después continua examinando detenidamente la inquietantemente larga sección del periódico. Lo único que se escucha en su cocina, durante un largo tiempo, es el roce del rotulador sobre el rugoso papel impreso.

Finalmente, el Señor Lars se pone en pié y vuelve a su dormitorio. Allí busca en el único cajón de su mesa de noche un arrugado y viejo mapa de la ciudad. Con él vuelve a la cocina. Al desplegarlo sobre la mesa el Señor Lars vuelve a ver todas las marcas rojas, todas las anotaciones que ha ido haciendo en el mapa desde que llegó a esta maldita ciudad. Cruces en lugares específicos de la ciudad, junto con anotaciones en una caligrafía pequeña y apretada que tan solo el Señor Lars puede descifrar, y con esfuerzo. Cada vez son más, cada semana crecen los indicios de que es aquí donde se encuentra su objetivo. Vuelve a repasar la sección de sucesos del periódico y comienza a hacer nuevas marcas en el ya abarrotado mapa. Una cruz roja, y junto a ella escribe: "Desaparición, mujer de 19". Otra cruz roja: "Asesinato, hombre de 47, sin robo". Todos crímenes absurdos, sin explicación. Desaparecidos por los que nadie pide rescate, agresiones motivadas solo por el puro deseo de la violencia, asesinatos sin motivo ni provocación. Cada día son más. El Señor Lars recuerda un tiempo en el que aquellos sucesos eran raros y casi nunca ocurrían. Pero cada día ocurren con más frecuencia. El mundo se vuelve poco a poco más violento, menos seguro. Y el Señor Lars sabe porqué, sabe que es por esas malditas bestias, son ellas las que están detrás de todo. Puede ver su patrón de comportamiento, ha aprendido a reconocerlo durante todo el tiempo que lleva siguiéndolos. Quizá alguno de esos crímenes se deba a motivos más humanos, pero el Señor Lars sabe que ellos están detrás de la mayoría. Y acabará con todos los que pueda, aunque busca solo a uno.

Una vez terminadas las anotaciones, el Señor Lars dobla de nuevo el mapa con cuidado, con los movimientos precisos y ensayados con los que un soldado doblaría un paracaídas. Después vuelve a llevárselo al dormitorio, y abre su armario. Saca unos pantalones y una camisa sacada de un saldo de suministros militares, al igual que las recias botas que se pone al terminar de vestirse. Una larga gabardina negra cubre el verde del resto de su indumentaria. Después saca una maleta de aluminio de debajo del catre y se arrodilla junto a ella. El contenido de la maleta también procede del ejército, pero por cauces mucho menos legales. Abre la maleta y saca del acolchado interior un revolver de aspecto amenazador y una caja de municiones, un largo cuchillo de caza en una funda de cuero y un cinturón especial con una pistolera. Lentamente, se pone el cinturón, comprueba que el revolver esté cargado antes de meterlo en la pistolera y después ajusta la funda del puñal al lado opuesto. Cierra la gabardina y se mira por un momento en el espejo de la cara interna de la puerta del armario para comprobar que nada de su arsenal pueda adivinarse bajo la gabardina. No quiere ser detenido por la policía, que obstaculicen su búsqueda. Aunque posiblemente podría alegar eximientes psicológicos por su triste historia, sabe que seria un considerable retraso, que su presa podría escabullírse de nuevo.

Lo último que hace el Señor Lars para completar sus rituales diarios es guardar el mapa en uno de los profundos bolsillos de la gabardina. Aquel mapa es su guía, el rastro de su presa en la traicionera selva que es esta maldita ciudad. Armado con acero, saber y determinación, el Señor Lars abandona su apartamento, como cada atardecer.

***

El atardecer sorprende a Voltaire en el cementerio, sentada sobre una de las tumbas y leyendo un pequeño libro de poesía romántica encuadernado en cuero. A su alrededor, el viento agita las doradas hojas de los árboles, y gime suavemente al pasar por entre las ramas. Este evocador ambiente es para Voltaire lo más parecido a un paraíso. A su alrededor, decenas de tumbas forman filas silenciosas, todas de distintas formas y tamaños, decoradas por las caricias del tiempo que han suavizado sus contornos y sus ángulos y por el verde profundo del musgo que avanza lentamente sobre su fría piedra, cada una el resto que ha dejado una vida acabada hace ya tiempo. Voltaire conoce este lugar tan bien como la casa en la que nació. Es su refugio favorito, un frondoso jardín en medio de la ciudad, casi siempre solitario, salvo por algún ocasional paseante con el que Voltaire no tiene inconveniente en compartirlo. Cada día dedica su atención a una tumba distinta, y en su imaginación ha dado rostro y voz a cada uno de sus habitantes, ha imaginado sus vidas a partir de lo que las inscripciones y las decoraciones de cada tumba le sugieren. Hace ya mucho que no entierran a nadie aquí. Para la mayoría de los mortales este lugar no es más que una especie de monumento. Voltaire ha leído artículos en la prensa en los que se sugería que no merece la pena conservarlo. Con gusto habría matado a quien formuló aquella idea. Aquel era su lugar, y el lugar de muchos siniestros. Más de una noche había acabado en aquel lugar con un pequeño grupo de amigos, bebiendo cerveza mejicana y crema irlandesa y tratando de invocar a los difuntos con sus limitados e ingenuos conocimientos de magia negra y la valentía que da el alcohol.

Pronto el cielo se oscurecerá demasiado y Voltaire no podrá seguir leyendo las malignas disquisiciones de Baudelaire. Ha leído la biografía de aquel poeta maldito y sabe que no había sido una persona muy admirable, pero su arte, las escasas poesías que ha dejado, tienen la capacidad de conmoverla.

-Salve a ti Satán, Señor de la Humanidad-susurra Voltaire leyendo las palabras del poeta antes de cerrar de golpe el pequeño volumen.

Antes de volver a ponerse el sombrero, se inclina sobre la tumba en la que está sentada y deposita un lento y cálido beso sobre la fría piedra. Es la tumba de Henrich, una de sus favoritas. Vivió hace mucho, más de cien años, y por muy poco tiempo, menos de veintidós. Voltaire lo imagina como un joven bohemio, un poeta maldito arrancado de este mundo por el azote de la tuberculosis, esa enfermedad de románticos que había privado al mundo de tantas almas hermosas. O quizá fuese en el acto de morir jóvenes en donde radicara esa belleza.

Voltaire camina lentamente por el cementerio antes de marcharse, despidiéndose en silencio del lugar. Pronto volverá Anais a la ciudad, quizá puedan venir juntas un día. Anais siempre fanfarronea con traer un tablero de ouija a medianoche y usarlo para invocar a los muertos. Voltaire sabe que ese supuesto juego sobrenatural no es más que un fraude, que es la imaginación de los que lo juegan la que crea todo lo que sienten, pero piensa que puede ser una experiencia interesante, divertida. Y quien sabe, tal vez espeluznante.

Las botas de Voltaire se detienen de golpe sobre el suelo de gravilla blanca. Su mirada azul ha descubierto algo extraño, algo que nunca ha estado allí. Extrañada, se acerca lentamente a uno de los viejísimos panteones que forman un círculo en el centro mismo del cementerio. Es una pequeña edificación de estilo neoclásico, rematada por una gran cruz y con una pesada puerta de metal tomada por el óxido. Una puerta que siempre ha estado cerrada, pero que hoy está entreabierta. Y hay algo allí, algo justo tras el umbral, apenas iluminado por la débil luz del atardecer.

No seria la primera vez que alguien entra en el cementerio para hacer pintadas, para destrozar tumbas o profanar los panteones. Por suerte para ellos nunca se han cruzado con Voltaire ni ninguno de sus amigos, que no tendrían problemas en quitarles las ganas de destrozar cementerios para siempre. Pero esto parece algo distinto. Una sensación que no puede comprender eriza los pelos de la nuca de Voltaire cuando descubre que es eso que asoma levemente a través del umbral del panteón: Los delicados y mortalmente pálidos dedos de una mano.

¿Un cadáver? Imposible, los que hay tienen más de cien años, no son más que polvo y acaso algunos huesos. Aunque quizá sea un cadáver más reciente, uno que no ha sido enterrado aquí.

Ahora Voltaire está frente al panteón, puede adivinar el resto del cuerpo que yace patéticamente tras la puerta entreabierta. Ha pasado antes por aquí, y no ha visto que el panteón estuviese abierto. Lentamente se acerca, agachándose al llegar junto al umbral, sintiendo que sus botas hacen demasiado ruido sobre la gravilla.

Es una mujer, vestida de negro, pelo corto, con el color del ala del cuervo, al igual que sus ropas manchadas de polvo gris. Sus ojos color ámbar están abiertos, pero no brillan, como si repeliesen la poca luz que les llega. Ojos sin vida que provocan un escalofrío a Voltaire.

Voltaire cae de rodillas frente al panteón. No se ha dado cuenta de que sus rodillas estaban flaqueando. Pese a su literaria necrofilia, nunca ha visto la muerte tan de cerca. Y hay algo en todo esto que Voltaire no comprende, una sensación que le grita al oído que huya, que se aleje de ese extraño y hermoso cadáver.

Un espasmo mueve la mano del cadáver. Voltaire pierde el aliento mientras siente como si se le parase el corazón dentro del pecho.

No está muerta. No está muerta.

Voltaire agarra la mano de la misteriosa aparecida y no se sorprende al sentirla fría como la piedra de la tumba que acaba de besar. Pero hay un corazón allí, bombeando la sangre por esos dedos, aunque se diría que con más fuerza de lo que seria normal. La cabeza de la aparecida se mueve, y Voltaire diría que esos extraños ojos la están mirando. Las pupilas ambarinas se agitan como si estuviesen estudiándola.

De repente los dedos de la aparecida se cierran sobre su mano con fuerza, con demasiada fuerza. Voltaire intenta librarse de la presa, pero es incapaz. La aparecida está tirando de ella, está acercando sus labios a la muñeca de Voltaire, separándolos para mostrar unos blancos y amenazadores dientes. El miedo da alas a una idea absurda dentro de la cabeza de Voltaire. Se revuelve frenéticamente y golpea a la aparecida con una de sus botas, enviándola de vuelta al interior del panteón. Intenta ponerse de pié, pero sus manos no le obedecen, y cae de nuevo sobre la gravilla. Al segundo intento puede incorporarse y correr lejos de aquel lugar, de aquella criatura que nunca pensó que pudiese existir.

No se detiene hasta que no está fuera del círculo de panteones. Se gira para mirar de nuevo a la puerta entreabierta del panteón. Ya no puede ver a la criatura. No le ha seguido. Quizá sea porque teme a la luz del sol. En ese caso no tiene mucho tiempo para salir del cementerio, para alejarse de allí. Por primera vez, Voltaire siente miedo dentro de su amado cementerio, y huye de allí.

Voltaire sabe que acaba de librarse del ataque de un vampiro.

http://diabolusinmusica-novella.blogspot.com

© 2008, Juan Díaz Olmedo

Publicado por Juan Díaz Olmedo en 14:47 0 comentarios  

Etiquetas: Novela Blog

Loreena McKennitt: Foro Iberoamericano de la Rábida, 18 de Julio de 2008

miércoles, 23 de julio de 2008

Al fin, tras una década siguiendo su carrera y disfrutando de su música, pude al fin ver en directo a una de las intérpretes mas interesantes de la música. Una creadora e intérprete que se ha caracterizado siempre por no dormirse en los laureles y llevar a cabo una continua investigación de nuevos ritmos, nuevos instrumentos y nuevas tradiciones musicales que combinar con la base céltica de su música para crear nuevas composiciones siempre llenas de belleza y energía.

Loreena apareció en el escenario con puntualidad, acompañada por nueve músicos y un murciélago que no hacía mas que revolotear sobre el escenario y le aportó una adecuada nota siniestra a la noche. Nada mas encenderse las luces atacaron los primeros compases de "Tango de Evora" demostrándonos lo que iban a ser las siguientes dos horas: Un espectáculo preciosista protagonizado por músicos de una profesionalidad y virtuosismo fuera de serie, acompañado por un entusiasmo y una forma de disfrutar de la música que no tardó en contagiar al público, haciéndonos olvidar el calor y los mosquitos que llevaban ya un buen rato atormentándonos. El repertorio combinó temas de toda su carrera junto con nuevos temas de su último disco "An Ancient Muse", con el que Loreena ha abandonado un retiro demasiado largo. Un retiro motivado por trágicas circunstancias y por una depresión que, afortunadamente, la intérprete y compositora canadiense parece haber dejado atrás, al menos a juzgar por su actitud en el escenario y por la bromas con las que salpicó sus diálogos con la audiencia.

En directo los temas de Loreena suenan de forma ligeramente distinta, con mucha más energía, con más protagonismo de la guitarra eléctrica y de la percusión. Además de encargarse de la parte vocal, a lo largo del concierto Loreena se encargó de tocar el arpa, el órgano, el piano y el acordeón. Una versatilidad que compartían todos los músicos que la acompañaban, y que demostraron a lo largo de la noche en las ocasiones en la que los arreglos de los temas les dejaban lucirse. Ellos eran los primeros que estaban disfrutando de la ocasión, y como siempre ocurre eso se dejó ver en su música y en su actitud en el escenario.

Después de abandonar el escenario, Loreena y el resto de la banda volvieron a salir dos veces más, finalizando el concierto con "Dark Night of The Soul". Loreena tocó esta última canción al piano, disculpándose por necesitar la letra de la canción (un poema de San Juan de la Cruz) debido al tiempo que llevaba sin cantarla. Al poco de empezar a tocar un golpe de viento tiró del atril una de las dos hojas con la letra. Casi sin hacer ninguna pausa, Loreena siguió tocando mientras se aguantaba un ataque de risa mientras uno de sus compañeros se encargaba de corregir el pequeño desastre. Una demostración de la profesionalidad y el buen humor que todos los intérpretes demostraron a lo largo de la noche.

Tan encantadora y elegante como siempre, Loreena acabó la noche despidiéndose de la audiencia y deseando tener la ocasión de volver a tocar para nosotros muy pronto. Al menos en mi caso, el deseo es mutuo.

© 2008, Juan Díaz Olmedo

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Gladiator, de Philip Wylie

domingo, 20 de julio de 2008

A finales del siglo XIX, el investifgador científico independiente y profesor universitario Abednego Danner descubre un fluido capaz de modificar la estructura biológica de un feto y convertirla en otra cosa, dotando a la carne de una estructura, dureza y potencia similar a la del acero. Tras varios experimentos con animales Danner decide correr el riesgo e inyectar la fórmula en el feto aún no nacido de su propio hijo. Desde su nacimiento, Hugo Danner demuestra una fuerza y resistencia más que sobrehumanas.

"Puedo saltar tan alto como una casa, correr mas rápido que una locomotora, consigo arrancar grandes árboles y apartarlos...", le confiesa el joven Hugo Danner a su padre. La importancia de esta novela para el imaginario colectivo queda en evidencia en dicha frase. "Gladiator" está considerada como una de las principales fuentes de inspiración empleadas por Siegel y Shuster en la creación de Superman. Hay quien duda de dicha influencia (Siegel y Shuster no llegaron nunca a admitirla) pero tras haber leido la novela de Wylie creo que es más que evidente que, al menos, "Gladiator" fué el punto de partida para crear el famoso comic. Incluso uno de los planes que le son sugeridos a Hugo Danner a lo largo de la novela es muy parecido al plan de dominación mundial que tenía el protagonista de "Reign of the Supermen", la primera versión de la historia de Superman que escribieron Siegel y Shuster antes de crear la forma definitiva del comic.

En lo que se diferencia "Gladiator" de la historia del primera superheroe es, principalmente, en el tono de la historia. En ningún momento Hugo Danner se plantea ocultar su identidad para lugar contra el crimen con la ayuda de sus poderes. En la novela la única ambición del superhombre es llevar una vida normal. Sus increibles poderes no son mostrados casi como una maldición, como una enfermedad que se convierte una y otra vez en un obstáculo para las sencillas ambiciones de nuestro héroe. Cuando, finalmente, Hugo Danner se rinde y decide emplear sus poderes para cambiar el mundo, sus intentos se estrellan con el muro de la incomprensión humana, y con la imposibilidad de que un solo hombre, por muy fuerte y poderoso que sea, pueda cambiar el mundo solo con sus actos. Antes de que existiera siquiera el género de superheroes, Wylie ya habia planteado su deconstrucción y su representación realista.

No nos engañemos, la novela de Wylie dista de ser perfecta. La misoginia de la que Wylie hizo gala a lo largo de toda su vida dicta la representación de todos los personajes femeninos de la novela, y de tan exagerada llegaría a ser cómica de no hacerse tan tediosa. Cuando sus planes fracasan, Hugo Danner siempre se dá por vencido a la primera, sin volver a intentarlo en ningún momento. Pese a que la intención de Wylie no sea esa, la conclusión que uno saca es que el fracaso de Danner se debe a su casi inexistente espiritu luchador, y no a la imposibilidad de que dichos planes llegen a buen puerto.

Sin embargo, merece la pena acercarse a "Gladiator" como curiosidad antropológica, como exploración de una de las fuentes empleadas para crear a Superman y como muestra de la literatura popular de la primera mitad del siglo XX.

Gladiator ha sido publicada en español por la editorial Jaguar.


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Stanislav Petrov, el Hombre que Salvó al Mundo

martes, 15 de julio de 2008

Uno de los sucesos menos conocidos y más sorprendentes del periodo histórico conocido como la "Guerra Fría" tiene como protagonista a Stanislav Yevgrafovich Petrov, un antiguo teniente coronel de la fuerza de misiles estratégicos del ejército soviético. El 26 de Septiembre de 1983, este hombre se desvió del procedimiento estándar de respuesta del ejército soviético basándose únicamente en su capacidad de análisis y en su sentido común. Y, haciendo esto, evitó una guerra que habría causado posiblemente la destrucción del planeta y la muerte de la mayor parte de sus habitantes.

En 1983 el gobierno de Reagan había intensificado la oposición a la Unión Soviética en un cambio de política respecto a la moderación de sus antecesores en el cargo. No en vano el periodo de las dos legislaturas de Reagan empieza a ser conocido en algunos círculos como la "Segunda Guerra Fría", ya que su política de rearme frente a lo que se entendía como la amenaza latente del comunismo hizo que la tensión entre las dos superpotencias alcanzara un nuevo auge. En este escenario, el derribo por parte de la fuerza área soviética de un avión de pasajeros coreano que había entrado por error en el espacio aéreo de la Unión Soviética solo sirvió para acrecentar las tensiones. Entre los 269 pasajeros del avión que murieron en aquel incidente había varios ciudadanos americanos, y muchas voces clamaban por una acción de represalia. Una acción que, de haber sido llevada a cabo, habría tenido como consecuencia una guerra nuclear global.

Recordemos que en aquellos tiempos la tensión entre las superpotencias era contenida por lo que se conocía como "Doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada", es decir, la certeza de que un ataque iniciado por uno de los bandos sería respondido por el otro con el despliegue de todo el arsenal nuclear, provocando así la completa destrucción de los bandos en el holocausto termonuclear resultante. En la película "Juegos de Guerra" se representaba de forma bastante gráfica el resultado de dicha doctrina, con la escalofriante imagen de un diagrama en el que las ondas expansivas de las explosiones nucleares acababan tragándose la extensión de todos los continentes. No estamos hablando de una victoria pírrica, ni de los desastres que siempre ha tenido asociada una situación de post-guerra. No, estábamos hablando de un resultado que supondría probablemente la completa extinción de la vida en nuestro planeta. Y, con total seguridad, del fin del mundo tal y como lo conocíamos.

En esta situación, el teniente coronel Petrov estaba al mando del bunker Serpukhov-15, cerca de Moscú. Su responsabilidad era el sistema de alerta temprana, basado en información de satélite, que permitiría identificar un ataque estadounidense en el momento en el que los misiles fueran disparados. Además de este sistema, el ejército soviético solo disponía del sistema de radar, que detectaría el ataque cuando los misiles estuviera a punto de impactar en territorio soviético, sin tiempo para una posible respuesta.

Poco después de la medianoche del 26 de Septiembre de 1983, el sistema de satélites de defensa hizo saltar la alarma. Había detectado el disparo de un misil nuclear desde territorio estadounidense. Poco después, nuevas alarmas comenzaban a sonar alertando de cuatro nuevos misiles disparados contra territorio soviético. Si Petrov hubiera seguido el procedimiento requerido, habría tenido que alertar a sus superiores inmediatamente, para que iniciaran una respuesta. Con una llamada telefónica, el teniente coronel Petrov habría puesto en marcha el mecanismo de la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, no lo hizo. El sistema de satélites había fallado más de una vez en el pasado, y Petrov no se fiaba de él. Pero este no fue el auténtico motivo de su decisión. Lo que hizo que Petrov descartara el ataque americano como una falsa alarma fue el hecho de que solo cinco misiles hubieran sido disparados. En caso de un ataque a territorio soviético, razonó Petrov, los americanos hubieran empleado la totalidad de su arsenal en un ataque masivo, no un simple ataque testimonial que solo destruiría algunas ciudades.

Si, es una razonamiento muy sencillo desde nuestra situación, en frío. Pero tratemos de ponernos en su posición, cuando las alarmas le estaban diciendo que la destrucción nuclear cruzaba los cielos en dirección a su país.

No es necesario decir que el teniente coronel Petrov estaba en lo cierto. El sistema de radar terminó confirmando su razonamiento: El ataque había sido una falsa alarma, un error de análisis de una formación nubosa inusual que se interpretó como estelas de misiles intercontinentales. Por su comportamiento, Petrov fue represaliado, destinado a funciones de menor responsabilidad. Acabó retirándose anticipadamente a causa de la presión psicológica a la que fue sometido.

La hazaña de Stanislav Petrov no salió a la luz pública hasta la desclasificación de documentos militares que trajo consigo la caída de la Unión Soviética. En 2004 fue honrado con el premio "World Citizen". Más tarde, en 2006, fue recibido como un héroe por la asamblea general de las Naciones Unidas. Pese a todo esto, Petrov siempre le ha quitado importancia a lo que sucedió aquella noche. Según él, se limitó a hacer su trabajo lo mejor que podía.

Petrov está ahora retirado, y vive en Fryazino, cerca de Moscú. Actualmente se está produciendo un documental sobre su vida, con un título más que apropiado: "El Hombre que Salvó al Mundo".

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Marionetas de Sangre, en Sedice.com

lunes, 30 de junio de 2008


Mi novela "Marionetas de Sangre" acaba de ser editada en formato de libro electrónico (Licencia Creative Commons) por Sedice.com. Espero que todos los que se perdieron la (desafortunada) edición en papel puedan acceder a ella ahora.


El enlace: http://www.leelibros.com/biblioteca/?q=node/68652

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Anónimo 3

miércoles, 25 de junio de 2008


© 2008, Juan Díaz Olmedo

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Etiquetas: Relatos

El Señor de las Ratas

miércoles, 18 de junio de 2008

Publicado en Artifex nº 4.

Que asco de noche.

La lluvia cae con crueldad sobre el asfalto arrastrando la suciedad, amontonándola junto a los bordillos de las aceras. Bajo la vista y veo una procesión de colillas que se desliza en el interior de una alcantarilla una tras otra, como repugnantes barquitos que navegan hasta el fin del mundo siguiendo un riachuelo de aguas negras como la pez. Estoy terriblemente aburrida. El frío se me está metiendo en las entrañas.

Me abro el chaquetón intentando que mi escote llame la atención de un individuo que cruza la calle apresuradamente, tratando de guarecerse de la lluvia bajo las delgadas cornisas. Es un gusano medio calvo, con cabellos grises y un repugnante jersey color verde botella. Un paleto, no hay mas que verlo. Me da un asco tremendo tenerlos de clientes, pero esta noche de mierda aceptaría cualquier cosa con tal de poder irme a casa pronto.

-¿Estás solo, encanto?-le dijo cuando se detiene frente a mí, justo en la acera de enfrente, bajo el toldo medio plegado de un estanco.

El gusano tan solo me dirige una rápida mirada antes de proseguir su camino. Nada, ni con ese maldito paleto puedo contar. ¿Que mierda me pasa últimamente? Nunca me ha gustado esa vida, es verdad, pero últimamente las cosas parecen estar yendo de mal el peor. Ya ni siquiera soy capaz de llamar la atención de un paleto rechoncho que no seduciría a una mujer si aunque la drogase. La clase de tipos que me dan más pena y al mismo tiempo más asco. Al menos suelen conformarse con un servicio rápido.

Bajo la vista para examinar mi escote. Maldita sea. No puedo resistir el impulso de cerrar mi viejo chubasquero negro cuando una gruesa gota se desliza justo entre mis delgados pechos. Un escalofrío recorre mi piel. Comienzo a sentir el frío llegando hasta mis huesos. Si sigo aquí voy a acabar cogiendo una pulmonía de narices como poco. Lo que me faltaba ya, ponerme enferma. Como si no estuviese ya bastante echa polvo.

Odio admitirlo, pero es cierto. No es de extrañar que nadie quiera mis servicios. Estoy delgadísima. Me estoy quedando en los huesos. Mis costillas comienzan a asomar bajo mi piel, sobre unos pechos que han tenido días mucho mejores. Recuerdo cuando comencé a hacer la calle, como mis pechos atraían la atención del más casto de los gusanos que pasaban cerca de mí. ¿Cuánto hace de aquello? Cielos, solo dos años. Si no me metiese tanta mierda en las venas.

Si no me metiese mierda en las venas no habría tenido que ponerme a hacer la calle. No sé por qué puñetas tengo que ponerme a pensar en esto justo ahora. Como si la puñetera lluvia y el frío que hace no bastasen para conseguir que me sienta como una basura.

Me pego un poco mas a la pared, con tan mala fortuna que mis baratos zapatos de tacón se meten en un maloliente charco lleno de algo mas que agua de lluvia. El aceitoso líquido se pega a la piel sintética y comienza al instante a comerse su chillón color rojo. No me importa. Poco me importa esta noche. Saco un espejito de mi bolso para retocarme el maquillaje. Cuando veo mi rostro en el pequeño cuadradito de cristal me sorprendo de lo que veo. Estoy que doy pena. Mis ojos están hundidos en el rostro, rodeados por unas ojeras que mi habilidad maquillándome no pueden ocultar. Los pómulos se me marcan en las mejillas haciendo que mi cara se parezca un poco a una calavera. Incluso mis labios están demasiado delgados, apenas cubriendo mis dientes amarillentos. ¿Cómo va a querer alguien que le haga un servicio con esta boca? Me quito el carmín de los labios con el dorso de la mano, haciéndome daño a propósito. Me lo merezco. Con lo bonita que yo era. Era preciosa. Ahora solo doy asco.

Mierda. Es este tiempo, el maldito frío que se te mete en los huesos. La lluvia resbala del cuello de mi chubasquero y se desliza por mi espalda provocándome escalofríos. No, no es solo por la lluvia por lo que tiemblo. Si voy a ser sincera conmigo misma voy a serlo del todo. Es porque mis venas me están pidiendo a gritos más mierda blanca. Si, es eso, eso explica porqué me siento tan mal, porqué siento que todo se está yendo al infierno a pasos agigantados. Entrelazo los dedos con fuerza, intentando parar los temblores. Necesito una dosis. Si, la necesito de veras. No me había dado cuenta de lo mucho que la necesitaba hasta que he pensado en ella.

No tardaré mucho. Iré a casa y me picaré. Después estaré mucho mejor, con fuerzas como para tirarme a un regimiento. Espera, no tengo mucho que picarme en casa. Solo esa dosis que guardo para emergencias. Siempre previsora, como mi madre me enseñó. Pero esto es una emergencia. Si, si que lo es. El pensar en el alivio que esa dosis me provocaría me hace desearla mas aún. Me cierro el chubasquero y me alejo de aquel sucio rincón, rumbo a ese agujero desordenado donde vivo.

La lluvia no es tan fuerte como para acallar el ruido de mis tacones contra el asfalto. No me gusta llevar tacones, pero a los clientes suele encantarles verme con ellos. Es una lata llevarlos sobre todo en esta maldita ciudad que siempre parece estar en obras. Tengo que bajarme y subirme de la acera una y otra vez esquivando andamios y vallas pintadas de amarillo, espacios cercados por cintas de plástico e incluso socavones abiertos en el suelo, que comienzan a llenarse de una mezcla de lluvia y barro muy parecida a las arenas movedizas de las películas.

Un tipo me asusta surgiendo tras un murete de metal que cubre un andamio. En el primer momento no veo más que una inmensa masa negra frente a mí. Retrocedo por puro instinto, agarrando mi bolso con ambas manos. Después descubro que es una tipo excepcionalmente alto, con un largo chubasquero gris con capucha que le da aspecto de monje. Su rostro permanece en las sombras de su capucha.

-Vaya susto me has dado, guapo.-le digo, mintiendo como la zorra desesperada que soy. En lo de guapo, por supuesto. No en lo del susto.

Me dispongo a seguir mi camino cuando el tipo extiende una mano para detenerme. Hay algo raro en esa mano, algo en sus uñas que me da mala espina. Pero la retira demasiado deprisa como para que me dé cuenta de lo que es.

-¿Cuanto?-me pregunta, con una voz ronca y rasposa, en tipo de voz mas adecuado para surgir del interior de una capucha oscura.

-Eso depende de lo que quieras, cielo.-le digo, tratando de ignorar a mis tripas, que se encogen de aprensión.

-Que vengas conmigo.-dice el tipo.-A un hotel. Que pases la noche conmigo.

-No hago servicios de toda la noche.-le digo, ensayando una sonrisa que intento que sea seductora.-Pero podemos pasar un buen rato si te apetece.

-¿Cuanto por eso?-le dice él, llevando una de sus manos al interior de su gabardina.

Me pongo a la defensiva hasta que veo salir de nuevo a la mano cargada de un rollo de billetes. Hay mucho bastardo suelto por ahí, y nunca se sabe.

-Cien.-le digo. Mi tarifa máxima.

-Hecho.-dice él, contando billetes hasta completar la cantidad.

Me acerco a él para coger el dinero que me ofrece y entonces noto su olor. El tipo huele a frutas podridas. Me cuesta no torcer el rostro en un gesto de asco. Este tipo es un maldito vagabundo. No me gusta nada. A saber de donde ha sacado el dinero. Alzo la vista y entreveo la forma de unas gafas oscuras que cubren sus ojos. ¿Que clase de chalado lleva gafas de sol durante la noche? No, voy a pasar de él. Voy a ir a casa a darme el pico y después a buscar a un paleto al que divertir por cinco minutos. No merece la pena.

Entonces el tipo se baja ligeramente las gafas, y algo brilla en el lugar donde deberían estar sus ojos. No, no es tan mala idea. Son cien contantes y sonantes. Me vendrán de perlas. Es un tipo con dinero, no creo que vaya a hacerme nada. Vamos, no será el primer cerdo que se disfraza para irse con una furcia, para que no le reconozcan. No ocurre nada. Ignoro la tortura que me están infringiendo mis hambrientas venas y cojo los crujientes billetes de su blanquecina mano de largos dedos.

-Conozco un buen hotel por aquí.-le digo.

-No.-dice él, cortante.-Yo conozco uno mejor. Ven conmigo.

Se da la vuelta y comienza a caminar, sin girarse para ver si le estoy siguiendo. No es muy amable, pero lo prefiero a los típicos tipos que te cogen del brazo como si fueses su novia. Me envuelvo lo más que puedo en mi chubasquero y comienzo a seguirle.

Un chirrido a mi espalda me hace detenerme. No, eso no lo han hecho mis tacones al rozar la acera. Giro la cabeza y por un instante creo ver cientos de parejas de pequeños puntitos brillantes de color rojo, como diminutos pares de ojos que me mirasen desde las sombras. Parpadeo y ya no están. No es la primera vez que veo lucecitas donde no hay nada. Será cosa de la retina, o que sé yo.

Lo que me faltaba, encima quedándome ciega.

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Pues no, no conozco este maldito hotel. Aunque no sé que tiene de diferente con el resto de los hoteles baratos que suelo frecuentar cuento ofrezco mis servicios. Un recibidor más oscuro de lo normal, quizá. O tal vez sea el silencio. Se diría que somos los únicos huéspedes de este agujero. Y no me extraña, la verdad. Este sitio da asco. La lluvia se está colando por canales abiertos en la barata imitación de mármol de recibidor y esta empapando la infecta moqueta color vómito que cubre toda la planta baja. Las luces están atenuadas con pantallas rojas. Luces rojas, el símbolo universal de la prostitución. Al menos son lo suficientemente honestos como para admitir que clase de agujero es este.

El recepcionista es uno de esos tipos que no se resignan al hecho de estar quedándose calvos y se dejan el poco pelo que les queda lo mas largo que pueden, como si quisieran compensar. En este caso, como suele ocurrir, el resultado es desastroso. Sus cabellos grisáceos forman una especie de aureola alrededor de su cabeza en forma de huevo. Ya es bastante feo de por sí, con una cara arrugada como una pasa que le hace parecerse a un mono. Con esa pelambrera resulta patético. Por un instante sus ojos me miran, pero no tarda en desviar la vista. No soy yo quien le interesa, sino quien tiene el dinero. Y ese es el tipo misterioso que me acompaña. El recepcionista se limpia los dedos en la camisa, que ya luce una notable colección de lamparones, y acepta el montón de billetes que le ofrece mi cliente. Vaya, no sabía que pretendía quedarse tanto tiempo. Lo que es por mí, en cuanto termine con este tipo me largo a casa.

Aprieto los puños y me alejo del gastado mostrador. Estoy volviendo a temblar, maldita sea. Mis tacones se están clavando más de la cuenta en la moqueta, y casi me caigo redonda al suelo al dar un mal paso. Mierda de sitio y mierda de vida esta. Porqué no se me ocurriría otra forma de ganarme la vida.

Porque nadie contrataría a una inútil drogadicta como tu, pedazo de idiota, me dice con la mirada la zorra famélica que está al otro lado del espejo del fondo de la sala. Una mujer de edad indefinida, con solo el recuerdo de la belleza que un día tuvo, que está temblando de frío y del mono al mismo tiempo, con sus mojados cabellos perdiendo su tinto rojo furioso en las raíces, que comienzan a revelar su auténtico color oscuro. Tengo que teñirme de nuevo. Y tengo que comenzar a cuidarme un poco. Si no solo tendré como clientes a pervertidos como este tipo. Miro su alta espalda, como la lluvia sigue resbalando por la tela de su gabán, formando un charco a sus pies, entre sus recias botas de motorista. Quizá sea eso, un motero de paso por la ciudad que quiere divertirse sin tener que preocuparse antes de conquistar a una mujer. Eso explicaría su mal olor, pero no que siga encapuchado y con las gafas de sol puestas. Finalmente termina de hacer lo que fuera que estaba haciendo con el conserje y este le da una llave que cuelga de un llavero de madera lleno de muescas. Sin dirigirme ni tan siquiera un gesto, mi cliente se dirige hacia las escaleras. No me queda más remedio que seguirle.

No hay ascensor. Por supuesto, estos sitios nunca tienen ascensor. Me pregunto si estas malditas casas antiguas que parece que van a desmoronarse en cualquier momento fueron bonitas alguna vez, cuando las construyeron, o si el lumbrera que las construyó lo hizo pensando en lo fácil que iba a ser que el polvo se acumulara en las esquinas, en lo bien que la humedad iba a extenderse por dentro de las paredes. Por suerte solo vamos al primer piso.

Mi cliente abre la puerta de nuestra habitación, la 101. Seguimos rodeados por el silencio. Ni siquiera la moqueta, que también cubre este piso, puede amortiguar mis pasos. Cuando llego a la puerta mi cliente ya ha entrado.

-No enciendas la luz.-me dice en cuanto cruzo el umbral, con un tono lo suficientemente firme como para que entienda que es importante.

De acuerdo. Lo haremos a oscuras. Así solo tendré que olerle. Pero hay algo de luz aquí, un tenue destello morado e intermitente que entra a través de las livianas cortinas de una de las ventanas. Es el luminoso con el nombre del hotel. Cierro la puerta a mis espaldas. Antes de que mis ojos se acostumbren a la penumbra, nos quedamos en la más completa oscuridad. Mi cliente ha cerrado las persianas.

-No te asustes.-me dice.

Lo cierto es que no puedo evitar apretujarme contra la puerta, mientras miro a mi alrededor sin ver nada mas que la negrura más absoluta. Que idiota soy. No tendría que haber venido con este chalado. Sabía que esto iba a acabar mal.

El destello de la llama de una cerilla brilla de repente ante mí. Es mi cliente, sosteniéndola con cuidado con dos de sus extraños dedos. Mientras prende una vela que no sé de donde demonios ha sacado puedo ver al fin sus uñas con claridad. Soy muy largas, amarillentas, con los bordes destrozados. Más que uñas parecen astillas de madera vieja clavadas en sus dedos. Casi me entra una arcada pensando que esas uñas van a rozarse con mi piel.

La luz de la vela ilumina tenuemente la habitación. Miro a mi alrededor y no veo nada que llame mi atención. Una cama cubierta por una colcha color vino, decorada con manchas ocres y quemaduras de cigarrillos, ocupa casi todo el espacio. Dos pequeñas mesitas de noche la escoltan. Todos estos sitios son iguales. No intentan asemejarse a un hogar, porque la gente no viene aquí a encontrar un hogar provisional. La gente viene a pecar, a satisfacer sus instintos de forma rápida y sucia y salir huyendo antes de que su conciencia les encuentre. Me acerco a mi cliente, que ha puesto la vela sobre un charco de su propia cera derretida, en una de las mesillas. Le echo una buena mirada mientras me siento en la cama. Todavía lleva las gafas puestas, y la llama de la vela se refleja en sus cristales oscuros. Es increíblemente pálido, como si estuviese pintado de blanco. Incluso me parece ver algunas venas destacándose oscuras bajo su piel. Mierda, este tipo está enfermo. Tiene que tener la lepra o alguna de esas enfermedades que te dejan hecho una basura humana. O eso es un drogadicto que lleva en el hábito demasiado tiempo. No voy a acostarme con este tipo, no voy a dejar que me pegue lo que sea que le ha dejado con esa pinta.

Mi cliente se baja de nuevo las gafas, y por un instante veo sus ojos, brillando con una suave luz rojiza.

-¿Que quieres que hagamos, encanto?-le pregunto, tratando de sonar melosa.

Estoy tan mordida por el maldito mono que hasta me tiembla la voz. Por un instante se me pasa por la cabeza preguntarle si tiene algo de heroína encima. Cada día soy más idiota. Mejor terminar con esto lo antes posible y salir de aquí corriendo.

Mi cliente se aleja de la luz de la vela y se sienta lentamente en un pequeño sillón, en la esquina mas alejada de la cama. Se baja la capucha del gabán, y entonces descubro que no tiene ni un solo pelo en la cabeza. Demonios, ni siquiera tiene cejas. Con el mismo cuidado se quita al fin las gafas. Desde aquí no veo sus ojos con claridad, pero juraría que son rojos. Un albino. Si, un maldito albino, doblemente avergonzado, por su rareza y por tener que pagar a una zorra para disfrutar del calor de una mujer.

-Desnúdate.-me dice.-Quiero ver como lo haces.

Rebusco en mi bolso. Lo primero es lo primero.

-Sin esto no lo hago.-le digo, enseñándole el preservativo que he sacado de su interior.

-Por supuesto.-dice él.-Pero antes quiero verte.

Trato de que no se me note el fastidio mientras dejo el bolso y el condón sobre la mesilla. Encima tiene gustos raros el muy cerdo. Aunque quizá haya suerte y se limite a masturbarse mientras me mira. No sería la primera vez que me ocurre.

Me quito los zapatos de tacón y los dejo junto a la cama. El chubasquero está empapado, y el agua resbala sobre la colcha mientras me lo quito, intentando que mis movimientos sean lo más sensuales posibles. Que idiota soy, tendría que habérmelo quitado antes de tumbarme en la cama. Lo dejo a un lado y deshago el nudo que mantiene cerrado mi corpiño.

Mi cliente no parece muy excitado. Casi diría que no me está mirando. Me da igual, que haga lo que quiera. Yo también prefiero no mirarme a él mientras me desnudo. Cuando al fin me quito el corpiño y dejo al descubierto mis pechos, el muy cerdo ni se inmuta. Que demonios, todavía me queda algo de orgullo. La minúscula falda y el tanga acaban en sobre la moqueta, junto a mis mojados zapatos.

-Túmbate.-me dice mi cliente, con un susurro que me pone los pelos de punta.

Me tiendo sobre la colcha. Puedo sentir las quemaduras de tabaco raspándome la espalda. Con una mano, la agarro con todas mis fuerzas, intentando contener mis temblores. No queda mucho. No, solo lo que este cerdo tarde en quedarse satisfecho. Se ha levantado del sillón y se está acercando con pasos lentos, como si quisiera continuar el burdo ritual de sensualidad fingida que yo he iniciado desnudándome. Sigo sin mirarle, mis ojos perdidos en las manchas de humedad que la luz de la vela me dejan ver en el techo.

Está junto a la cama, inclinándose lentamente sobre mí. Su olor a frutas podridas se hace de repente tan fuerte que no puedo evitar gemir de puro asco mientras las tripas se me revuelven. Es su aliento, su maldita boca. Giro la cabeza para mirarle y lo que veo me hiela la sangre.

Es mucho más pálido que lo que creía. No, no es pálido, es algo más. Su piel parece translúcida, y a través de ella puedo ver las venas que recorren su rostro, cargadas de una sangre demasiado oscura. Sus ojos son completamente rojos, pupilas rojo oscuro sobre un fondo algo mas claro. Es horrible, asqueroso, repugnante. Pero lo pero es cuando abre la boca y veo su saliva, un líquido aceitoso de color verde azulado que hiede a putrefacción tanto que me corta el aliento. Tengo que irme de aquí, no puedo dejar que esta monstruosidad me toque. Pero no me muevo, no hago nada por alejarme de él. La mirada de sus ojos sangrientos me tiene completamente dominada.

Siento sus dedos fríos como un pescado muerto agarrando mi brazo. Se inclina sobre mi muñeca, su aliento helado provocándome un escalofrío al rozar mi piel. ¿Que demonios le pasa a este cerdo? ¿Y que me pasa a mí? ¿Por qué no hago nada? Demonios, casi deseo que haga de una vez lo que sea que quiere hacer.

Cuando cierra su boca alrededor de mi muñeca siento frío, pero cuando sus dientes se clavan en mi piel algo entra a través de la herida recién abierta que me abrasa. Siento el calor antes incluso de comenzar a sentir el dolor de mi carne desgarrada. Es como una quemadura química extendiéndose rápidamente por debajo de mi piel, provocándome un cosquilleo al su paso. Intento gritar de dolor, pero mis pulmones no son capaces de reunir bastante aire. Solo puedo gemir mientras mi sangre fluye en su boca mezclándose con esa asquerosidad que tiene por saliva.

No es tan malo. No, no es para nada malo. ¿Que es eso que siento? ¿Son caricias? Pero vienen de dentro de mí, del interior de mi carne. Oh, cielos, es mi sangre, que acaricia el interior de mis venas. Si, es eso. Me siento ligera, como si la cama se estuviese elevando del suelo llevándonos con ella y empezase a girar lentamente alrededor de la habitación. Me doy cuenta de que tengo los ojos cerrados cuando los abro y descubro que no nos estamos moviendo. Los cierro de nuevo y me dejo llevar. Es como un orgasmo, pero mucho mejor. Es como si el mejor amante me estuviese haciendo el trabajo de su vida después de haberme dado un pico celestial. Mis manos ya no tiemblan de abstinencia, tiemblan de placer. Me llevo la mano libre entre las piernas y no me sorprende encontrarme húmeda. El contacto de mis dedos sobre mi sexo provoca una reacción que parece eléctrica, una descarga de placer tan fuerte que la confundo con dolor. Con mas cuidado, me masturbo suavemente, mientras mi cliente sigue chupándome la sangre, sin dejar de mirarme en ningún momento con esos ojos que me tienen completamente embelesada. Me estoy quedando dormida. Si, va a ser un sueño dulce, muy dulce.

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Mierda.

El sabor que siento en mi boca es tan repugnante que las tripas se me rebelan. Abro los ojos y aunque estoy en penumbras los ojos me duele como si me hubiesen clavado dos agujas ardiendo justo en las pupilas. Las cierro de nuevo, mientras me agarro la cabeza intentando como una idiota calmar el mareo que siento. Cielos, creo que voy a vomitar. ¿Donde demonios estoy?. Abro los ojos lentamente, cubriéndome la cara con una mano, mirando a través de mis dedos. Esto no es mi casa. Solo hay una luz tenue y grisácea que viene de algún sitio, pero no me cuesta reconocer el sitio. Sigo en la habitación del hotel donde vine con aquel cerdo tan raro.

¿Por qué sigo aquí? ¿Qué es lo que me ha hecho?

Me intento incorporar, pero todo da un vuelco a mi alrededor y caigo de nuevo sobre la repugnante colcha. Algo asciende desde mi estómago hasta llenar mi boca, un líquido amargo y pastoso. Ese cerdo me ha dejado hecha una mierda. ¿Qué me hizo en el brazo? Me miro la muñeca y descubro una fea herida negruzca abierta sobre mi piel. Maldita sea, esto tiene mala pinta, muy mala pinta.

Miro a mi alrededor, pero no veo a ese cerdo por ninguna parte. Se largaría en cuanto se cansó de mí. Espero que no se largara con mi dinero, el muy capullo. Al menos mi bolso sigue aquí, y mi ropa, echa un montón sobre la moqueta.

Me cuesta tres intentos el incorporarme. Cuando muevo la cabeza siento como si me la estuviesen machacando con un martillo. No he estado tan mal ni tras la peor de las resacas. Tardo un buen rato en convencer a mis pies de que me sostengan. ¿Dónde está el cuarto de baño? Si, debe estar allí, detrás de esa puerta entreabierta, de donde viene la luz. Camino hacia allí con pasos lentos y torpes, sosteniéndome en la cama y en las paredes para no caer. En un rectángulo de plástico amarillento están los interruptores de la luz. Los pulso uno a uno, pero no ocurre nada. La habrán cortado, o se habrán fundido todas las bombillas, yo que sé. A estas alturas soy capaz de creerme cualquier cosa.

El servicio es un poco más grande que una cabina de teléfonos. Hay una ducha con una cortina tomada por el moho, un inodoro medio cascado y una lavabo con un espejo. La luz viene de la calle, a través de una ventanita cubierta por un cristal translúcido. Debe de ser ya de día. A saber el tiempo que habré perdido aquí atontada. Espero que ese cabrón haya pagado lo bastante al conserje. No gustaría tener que escabullirme sin pagar, ni creo que sea capaz de hacerlo estando como estoy.

Cuando me veo en el espejo me asustó del aspecto que tengo. Cielos, ayer parecía una basura, pero lo de hoy es sencillamente horrible. Estoy blanca como el papel, y las ojeras se destacan mas en mi cara, como dos pozos negros. Mierda, casi parezco una muerta. Incluso mis pezones han perdido algo de color. Mucho me temo que ese cabrón me ha pegado alguna enfermedad. Lo que faltaba. No, lo que me merezco por no haber salido huyendo en cuanto lo vi. Hay una lámpara metálica sobre el espejo, con un interruptor gris en la pared. Lo pulso, pero la luz no se enciende. No me sorprende. A la luz que viene del exterior me miro la herida de mi muñeca. Tiene peor pinta de lo que me había parecido, si era posible. El muy cabrón me mordió justo en la parte que se rajan los suicidas. Menos mal que no me he ido al otro barrio por su culpa. Está cubierta de una costra negra y dura, y manchada de un líquido aceitoso.

La saliva de ese cerdo deforme.

Abro el grifo haciendo que las tuberías giman antes de soltar un chorro de agua helada sobre el lavabo. Pongo la mano sobre el grifo para lavar la herida, pero algo me muerde los nudillos y la quitó de golpe. Cristales, el lavabo está lleno de cristales, trozos finos y pequeños. Estoy tan atontada que ni los había visto. Con cuidado, toco el interior de la lámpara. Si, son trozos de la bombilla. Ese cabrón se entretuvo rompiendo todas las bombillas de la habitación mientras yo dormía. ¿Con qué clase de chalado vine anoche? ¿Que se me pasó por la cabeza? Debo estar volviéndome loca. Demasiada mierda blanca.

De repente me doy cuenta de que no tiemblo. El mono parece haberse desvanecido, al menos de momento. Mejor así, ya estoy lo bastante destrozada como para encima tener que aguantar la abstinencia y el sudor frío. No puedo evitar mirar mi brazo. El maquillaje con el que cubro las marcas de los pinchazos para no asustar a los clientes ha desaparecido, y mi piel está tan blanca que cada una destaca como una pequeña boca negra rodeada de una aureola morada. Siempre he sido igual de loca, igual de idiota. Trato de recordar que fue lo que me hizo picarme la primera vez. Una estupidez, como siempre. Hace tanto que no pienso en aquello que casi lo había olvidado.

Voy a darme una ducha y a largarme de aquí.

Me meto en el pequeño hueco debajo de la ducha, sosteniéndome con fuerza a las paredes para no caerme y desnucarme. Esa si que sería una muerte patética y ridícula, romperme el cráneo contra el borde de una ducha mohosa en un hotel barato. Cuando giro la llave despierto a las tuberías que gimen como si traerme el agua les fuese algo terriblemente doloroso. La oxidada alcachofa tose dos veces, escupiendo sobre mi rostro agua mezclada con trocitos marrones de a saber que clase de porquería. Finalmente un chorro de agua helada cae sobre mí. Está casi congelada, tan fría que me hace temblar, pero me esfuerzo por no apartarme del chorro. Me está despertando poco a poco. Sostengo mi peso contra las baldosas de la pared mientras mi dolor de cabeza y mi mareo se van deslizando por el desagüe junto con el gélido líquido marrón que hace las veces por agua en este hotelucho del demonio.

Con los ojos cerrados y el chorro dando directamente contra mi cabeza, estoy totalmente aislada de todo. Aquí solo estoy yo, con mis propios pensamientos. Siempre me ha gustado hacer esto, desde que era pequeña. El frío me está atontando la piel poco a poco, como si me estuviese congelando. No hay nada aquí que pueda hacerme daño. Nada.

Algo se clava contra uno de mis pies. Sin dolor, siento como algo pequeño y afilado atraviesa mi carne hasta llegar al hueso y comienza a roer. Abro los ojos y veo como mi sangre se está mezclando con el agua. Me giro y la enorme rata que está devorando mi carne me devuelve la mirada con sus crueles ojos rojos.

Creo que estoy gritando, pero no puedo escuchar nada, ni siquiera a mi misma. Solo sé que me duele la garganta, así que debo de estar desgañitándome de puro terror. Es la rata más grande que he visto jamás, una bola de pelo negro mojado con una expresión de maldad petrificada en su boca de pequeños dientes, que ahora están teñidos de rojo con mi sangre. Mierda, tiene un pedacito de mi piel colgando de su mandíbula. Un pedazo de mi carne. Me apartado de ella nada mas verla, pero ahora el bicho asqueroso está avanzando hacia mi sobre sus diminutas patitas. ¿De donde mierda ha salido este bicho? Cuando se pone debajo del chorro de la ducha, se asusta tanto que retrocede, siseando enfadada.

Y el siseo es contestado desde el otro lado de la cortina.

La abro de un manotazo y lo que veo que me deja petrificada. Ratas. Ratas por todas partes, cubriendo totalmente el suelo, escalando por las paredes embaldosadas, trepando por los bordes de la cortina. Todas emitiendo esos escalofriantes chirridos que me sacan de quicio, todas mirándome con sus ojitos rojizos.

Esto no es normal, esto no es normal. Tiene que ser el mono, o algo así. Tengo que está alucinando. Me tengo que haber caído dentro de la ducha y estoy en una pesadilla o algo así. Pero la herida que los dientes de la maldita rata de mierda me ha hecho en el pié me está doliendo demasiado como para ser solo un sueño. Me acurruco debajo del chorro de la ducha, cubriendo mi piel desnuda como puedo con mis brazos, y sigo gritando. Alguien tiene que escucharme, alguien tiene que sacarme de aquí. Intento gritar alguna palabra, pero no puedo. Estoy demasiado asustada para eso. Solo puedo dejarme la poca fuerza que me queda en esta basura de cuerpo en reventarme la garganta soltando alaridos. Pero nadie me responde.

Las ratas cubren la ventana y se hace la oscuridad. Solo puedo escuchar ahora sus chirridos y el castañeteo de mis propios dientes. Las escucho cada vez mas cerca, como si llenasen toda la negrura a mi alrededor con sus pequeños cuerpos llenos de enfermedad y miseria. Sus chirridos se están metiendo dentro de mi cabeza, me están volviendo loca. Ni siquiera el sonido del agua contra mi cráneo puede acallarlas. Casi puedo sentir sus dientes amarillentos e infectos horadando mi carne desde dentro de mi cabeza, terminando el trabajo que yo empecé el primer día que me chuté heroína.

De repente se hace la luz. Una luz tenue y tilitante que viene de la habitación. Las ratas se han alejado de mí, y está frente al umbral, mirando al origen de esa luz. Sin que sus pasos hagan ningún ruido, ese maldito cabrón deforme entra en el cuarto de baño, sosteniendo la vela encendida con sus manos frías y blancas. Apenas si me dirige una mirada con esos ojos rojizos que me hielan la sangre. Pone la vela sobre el borde del lavabo, con tanto cuidado que sus movimientos resultan casi obscenos en medio de tanta porquería. Por un instante, se detiene en contemplar su horrenda cara en el espejo. Abre la boca y veo de nuevo esos dientes que ayer atravesaron mi piel, teñidos de la misma saliva verde azulada que mancha sus labios.

Cuando descubro que echo de menos la sensación de esa boca chupando mi sangre, siento asco de mi misma. Un chorro de bilis pastosa llena de mi boca y lo escupo entre mis piernas, donde se mezcla con el agua y con mi sangre.

El cabrón está rodeado por las ratas, que le miran como si él fuese un dios, formando un corro a su alrededor. Todas menos las que están todavía cubriendo la ventana con sus cuerpos, manteniéndonos en la penumbra dorada de luz de la vela. Con una de sus astilladas uñas, el cabrón se abre las venas de la muñeca derecha, y un líquido demasiado oscuro para ser sangre comienza a manar de la herida. Se agacha en el centro del corro de ratas, dejando que su sangre caiga al suelo goteando, y todas las repugnantes criaturas saltan sobre el charco de sangre negra, lamiéndola con sus sucias lenguas. Una de ellas se atreve a pegar la boca a la herida de su muñeca, a agrandarla con sus dientes, y después la sigue otra, y otra más. Las menos osadas se contentan con beber las migajas que caen sobre las frías baldosas del suelo.

Este cabrón no es un simple chalado, es mucho más que eso.

Cuando se incorpora y vuelve a mirarme, yo soy incapaz de moverme. Se acerca a mí y cierra la llave del agua. Supongo que no debe gustarle mucho, igual que a esas ratas a las que tiene tanto cariño. Sus dedos acarician mi cuello, mas fríos que agua que hace un momento caía desde la ducha. No puedo dejar de mirar sus ojos. Lentamente, se inclina sobre mí y deposita un húmedo beso sobre la piel de mi cuello. Puedo sentir esa saliva repugnante corriendo por mi piel. Debería sentir asco, pero me muerdo un labio anticipando lo que va a ocurrir. Deseando que ocurra. Cuando sus dientes se clavan en mi carne y la rasgan, suelto un gemido de placer al notar como su saliva ponzoñosa penetra en mi interior. La quemazón se extiende por debajo de mi piel hasta llegar a mi rostro. La vista se me nubla, pero yo me limito a cerrar los ojos. Cielos, si, ya siento esas caricias sublimes, ya siento como me derramo dentro de su boca. No me importa sentirme sucia, no me importa que su olor a podrido llene mis pulmones. Temblores de placer agitan mi cuerpo.

Su lengua se desliza sobre mi nueva herida, como si apurase hasta la última gota. Me estoy desvaneciendo dulcemente. Lo último que siento son sus manos agarrando mi cabeza.

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Dolor.

Me duelen los ojos cuando los abro, el mismo roce de los párpados me es insoportable. Y ayer creía que estaba hecha una mierda. Siempre puedes estar peor.

Una arcada me hace doblarme sobre mi misma. Mi cuerpo quiere vomitar, pero mi estómago está vacío. Sobre mi lengua pastosa hay pegada alguna porquería amarga que no soy capaz de escupir. Por lo que huelo adivino que he vomitado mientras estaba inconsciente. Como si esta habitación no estuviese ya lo bastante asquerosa sin mis vómitos sobre su repugnante moqueta. Me palpo la cara y la noto manchada. Estoy muerta de frío. ¿Estoy en la cama?. Si, esto es la colcha. De un tirón saco uno de los bordes de debajo del colchón y me envuelvo con ella. Me limpio la cara del vómito grumoso que tengo pegado con uno de los almohadones y después lo tiro lejos de mí. Acabo de despertar pero me siento terriblemente cansada. Me gustaría poder cerrar los ojos y dormir. Si, simplemente dormir.

No, no vas a dormir. Vas a salir de aquí, porque si no lo haces ese cabrón va a volver y a saber lo que te va a hacer esta vez. Y ya sabes que no eres capaz de rechazarle.

Con dedos temblorosos busco la herida de mi cuello, y encuentro los bordes ásperos de la costra aceitosa que la cubre. No necesito verla para saber que aspecto tiene. Mis dedos se manchan del resto de saliva que todavía mancha mi piel, y me los limpio nerviosamente en la colcha. No creo que una mancha mas importe. Rápidamente, abro los ojos. Es como si me arrancasen dos pedazos de cera pegados a mis párpados. Ni me atrevo a parpadear. La habitación está en penumbras de nuevo. No veo a ese cabrón. Quizá se haya marchado, tal vez se haya aburrido de mí. No, no cuentes con eso, zorra estúpida.

Me pongo en pié, arrastrando conmigo la colcha, envolviéndome en ella para protegerme del frío que se ha adueñado de la habitación mientras dormía. No es lógico que un sitio tan cerrado se vuelva mas frío. Pero nada de lo que me está ocurriendo tiene la más mínima lógica. Solo consigo dar dos pasos, al tercero mis rodillas me fallan y caigo de frente contra la dura y sucia muñeca. Mierda. Creo que me he roto un labio. Siento el escozor, y el sabor de la sangre cuando me paso la lengua sobre el corte. Mis piernas se han quedado trabadas en la colcha, que de repente pesa tanto que parece estar hecha de plomo. Me arrastro fuera de ella lentamente, como una polilla escapando del interior de su capullo. Pero yo no voy a extender unas bonitas alas y a volar hacia la luz. Solo soy un fantasma, una zorra cadavérica de edad indefinida y de una piel tan pálida que casi reluce. Al fin llego al marco de la puerta que lleva al servicio, y me apoyo en él para ponerme en pié. Si, parece que puedo sostenerme sobre mis rodillas.

Evito ver mi propia imagen en el espejo. Lo poco que he visto me ha helado la sangre. Mis ojeras parecen pintadas con carboncillo sobre el papel de mi piel. Cuando lleno el hueco de mis manos de agua helada del lavabo, me asusta ver las venas de mis palmas, dibujadas en negro bajo el papel cebolla que cubre mi carne. ¿Que mierda de enfermedad me está pegando ese cabrón?. Solo me atrevo a devolverle la vista a la zorra del otro lado del espejo cuando me echo el agua al rostro, aliviando un poco el escozor de mis ojos. Nunca he tenido los ojos tan irritados. Mis pupilas son dos manchas marrón claro sobre un fondo rojo. Vuelvo a echarme agua a la cara, con tanta fuerza que chorrea por mi espalda, como dedos helados que despertasen mi adormecido cuerpo a su paso. Cuando me paso las manos mojadas por el pelo cientos de cabellos se quedan prendidos entre mis dedos. Lo que me faltaba.

Voy a salir de aquí ahora mismo.

Vuelvo a la habitación y me dirijo a la puerta con pasos temblorosos, sin dejar de apoyarme en la pared. Cuando intento girar el pomo de la puerta, mi mano se cierra sobre el vacío.

No hay pomo. Ese bastardo lo ha quitado. Estoy encerrada aquí dentro.

Estoy demasiado débil para gritar, pero no puedo evitar gemir. Casi vuelvo a caer sobre la alfombra. Apenas si puedo agarrarme a la pared con mis uñas, que trazan ocho surcos sobre el feísimo papel pintado. Tiene que haber una salida. Tiene que haber alguna salida.

Las ventanas están soldadas, no están hechas para ser abiertas. Y las cuerdas que levantan las persianas han desaparecido, igual que el pomo. Seguramente se haya largado, dejándome aquí encerrada, a su disposición para cuando le venga en gana.

No, sigue aquí. Está aquí dentro, conmigo. Todavía puedo olerle. Puedo sentir su olor a podrido incluso por debajo del de mis vómitos.

Solo una completa idiota como yo podría haberlo pasado por alto. Hay un solo lugar en el que podría estar escondido. Me odio a mi misma y odio mas aún al cabrón que me está haciendo esto. De ese odio saco las fuerzas para acercarme a la cama y empujar el colchón hasta tirarlo al suelo.

Está allí, bajo la reja del somier, acurrucado sobre sí mismo, medio cubierto por sus repugnantes ratas. Sus ojos rojizos se abren y su rostro se convierte en una máscara de ira. Su saliva emponzoñada salpica mi cara cuando grita, no sé si de dolor o de furia. Apenas si veo como el somier se alza del suelo y golpea violentamente mi barbilla. Mi cabeza golpea el suelo antes de que comience a sentir dolor. Por suerte he caído inconsciente de nuevo.

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Mi rostro está hinchado. Lo siento distinto, más pesado. Casi no puedo abrir mi ojo izquierdo. Intento tocarme la parte hinchada, pero el mero roce de mis dedos duele tanto que casi me desmayo otra vez.

Sigo en el suelo, en la misma posición en la que caí. Intento levantarme, pero mi cabeza cae de nuevo sobre la moqueta en cuanto me incorporo un poco.

Me estoy muriendo. Ya no tiene sentido negarlo. Siento como mi cuerpo muere poco a poco. Palpo mis brazos y no soy capaz de encontrar mis huesos. Tan solo hay algo que me recuerda a las espinas de los pescados. Un espasmo tan doloroso como la más cruel tortura me hace doblarme sobre mi misma y toser con violencia. Por costumbre me cubre la boca con las manos, que se manchan de un líquido aceitoso que huele a frutas podridas.

No, no voy a llorar. Vamos, no es momento para eso ahora. Al menos voy a intentar llevarme a ese cabrón por delante. Y si no lo consigo al menos voy a hacer que se acuerde de mí el resto de su vida.

La penumbra se ha hecho tan tenue que le falta poco para convertirse en la oscuridad mas completa. Creo que el colchón ha vuelto a su sitio junto con la colcha. Ese cerdo ha vuelto a rehacerse su refugio.

Me cuesta una eternidad ponerme de rodillas. El tocar de nuevo la colcha me da escalofríos. Puedo sentirse allí debajo, rodeado de sus repugnantes criaturas, esperando el momento en el que volverá a chuparme la sangre. Casi puedo oír los chirridos de las ratas, ansiosas por devorar mi carne otra vez con sus pequeños y afilados dientes. No, no lo estoy oyendo. Sencillamente me estoy volviendo loca.

Tiene que haber algo por aquí, algo que clavarle a ese cabrón en un ojo, algo con lo que marcarle la cara para siempre. Me arrastro sobre la cama, sintiendo como las quemaduras de cigarrillos de la colcha me arañan los pechos y el vientre. ¿Es su respiración eso que siento agitando el colchón?. No, es la mía. Me parece que ese cabrón ni siquiera respira. Los cajones de las mesitas de noche. Quizá haya algo en uno de ellos. Un bolígrafo que clavarle en el oído. O un abrecartas con el que arrancarle el corazón. Al fin llego junto a una de las mesitas y abro el cajón. Palpo el oscuro interior y mis dedos encuentran un pequeño libro forrado en piel falsa. Cuando lo saco descubro que es una de esas biblias que una panda de hipócritas deja en los hoteles. No sabía que también venían a esta clase de sitios. Dejo que esa basura de libro se escurra entre mis dedos y caiga al suelo. Nunca me ha servido de nada y no creo que vaya a empezar a servirme ahora.

Me agarro a la colcha para arrastrar mi cuerpo hacia el otro lado de la cama, hacia la otra mesita. Cuando abro el cajón casi me dejo las uñas en el pequeño pomo de madera. Meto los dedos dentro y encuentro algo frió y liso. Al sacarlo veo que es una pequeña y alargada bombilla.

Luz. Ese cabrón le tiene miedo a la luz.

Hay dos lamparitas en la pared, sobre la cabecera de la cama. Palpo la bombilla de la más cercana y siento como los pedazos de cristal roto muerden las yemas de mis dedos. Agarro como puedo el casquillo de la bombilla y comienzo a girarlo. Cristales rotos atraviesan mi carne y llegan a eso en lo que se están convirtiendo mis huesos, pero yo ignoro el dolor y sigo girando el pedazo de metal hasta sacarlo de la lamparita. Me pongo tan nerviosa al meter la nueva bombilla que casi la dejo caer. La encajo hasta el fondo y solo entonces me atrevo a pulsar el botón que la enciende. Apenas un segundo, en el que una luz tan brillante que me ciega llena la estancia. La apago de inmediato. No quiero que ese cabrón se dé cuenta.

Ahora solo me queda esperar a que salga de debajo de la cama.

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No me he quedado dormida. Mi trabajo me ha costado. Por suerte he contado con la ayuda del casquillo de la bombilla rota. Lo he ido deslizando por mi piel poco a poco, abriendo pequeños surcos, sin que el dolor fuese nunca tan constante como para que me acostumbrase a él. Que demonios, incluso he llegado a cogerle el gusto. Si, es curioso lo que puede llegar a suponer el dolor cuando eres tú quién lo controla. Para mí ha sido una forma de demostrarme a mi misma que sigo viva, y que quiero seguir estándolo haga lo que haga ese cabrón que duerme bajo la cama.

Mis cabellos están desperdigados por la colcha, alrededor de mi cabeza. Han ido cayendo poco a poco, acariciando mis hombros al deslizarse silenciosamente sobre ellos. Como si fuesen pétalos de una flor que se marchita. Me horroriza pensar que aspecto debo tener ahora. Creo que todavía queda algo de pelo pegado a mi cráneo, en medio de un mar de calvas. El olor de mi propio aliento da nauseas. Es como si algo se estuviese pudriendo dentro de mí. Un hilo de saliva aceitosa resbala por el borde de mis labios. Lentamente, cierro y vuelvo a abrir los dedos de la mano derecha, la que mantengo cerca del interruptor de la luz. No quiero que me falle cuando la necesite. La siento como algo lejano, algo ajeno a mi cuerpo, igual que mis piernas de las rodillas para abajo.

Lo estoy sintiendo moverse. Las ratas chillan inquietas. El cabrón casi no hace ningún ruido, solo un levísimo roce. Estoy en la más absoluta oscuridad, pero aún así me parece ver brillar los ojitos crueles de las ratas que surgen de debajo de la cama y se reparten por toda la estancia, como si fuesen las repugnantes estrellas de un universo diminuto y degenerado. Escucho los pequeños pies moviéndose sobre la moqueta, sus sucias garras rasgando el papel de las paredes al trepar por ellas. Están por todas partes, incluso dentro de mi cabeza.

Si, allí está ese cabrón, una mancha oscura de forma humana en medio de las miradas de las ratas, sus ojos encendidos de rojo como una versión gigantesca de los de sus fieles y asquerosos animales. Se me acerca lentamente, se diría que disfrutando del momento. No sé si puede verme entre las sombras.

Muevo el dedo y el interruptor suelta un chasquido. La bombilla manchada de sangre se enciende y la luz golpea al cabrón como si fuese una locomotora. Deslumbrada por el repentino brillo, apenas si le veo cubrir su rostro con los brazos y caer hacia atrás. Moviéndose con nerviosismo se acurruca junto al pequeño sillón desde el que me vio desnudarme para él. Maldito gusano pervertido. Las ratas también han huido ante la luz, asustadas ante un brillo que no pertenece a su mundo de inmundicia y cloacas. Se han vuelto a refugiar bajo la cama, a salvo. Pero su amo y señor no puedo sino escudarse patéticamente tras el sillón, mientras su piel comienza a cambiar de color. No me había equivocado.

Intento gritar, insultarle, soltar todo lo que llevo dentro, pero ninguna palabra sale de mi garganta.

La piel de cabrón se está volviendo gris. En sus manos, que sostienen el sillón frente a él como si fuese un escudo, veo aparecer quemaduras negras, como las del papel. El cabrón sisea de dolor, golpeando histéricamente la cabeza contra la pared. Yo estoy sonriendo, sintiéndome completamente feliz, disfrutando de su dolor.

Finalmente, el cerdo deja de dar cabezazos y se encoge tras su ridículo refugio. Creo que puedo oír su piel chamuscándose, como carne sobre una parrilla.

Entonces todas las ratas comienzan a chillar a la vez, un chirrido insoportable que se mete dentro de mi cabeza. Es como si esos dientecitos que ahora rozan los unos con los otros se clavaran en mis sesos y los despedazasen lentamente. Cierro los ojos me sujeto la cabeza con las manos. No, cabrón, no vas a conseguir que apague la luz. Envíame si quieres a tus bichos que los mataré uno a uno. No sabes con que clase de zorra te has metido, maldito cerdo bastardo.

Cuando me doy cuenta, una rata ya me ha arrancado un pedazo del muslo con sus dientes. Intento apartarla de un manotazo, pero solo consigo distraerla. Los dientes de otra rata se me han clavado en un dedo atravesando la uña. Cuando lo retiro asustada mi sangre salpica sobre la colcha. Se me están acercando, cada vez son más. Ellas no temen a la luz como su amo. Veo como comienzan a abrir heridas en mis pies con sus diminutas fauces, pero no puedo sentirlas.

No es esto lo que quiero. No quiero acabar así. Quiero un poco de paz.

Casi siento alivio cuando apago la luz. Cientos de pequeñas heridas palpitan de dolor en mi piel. Pero todas desaparecen cuando veo su mirada frente a la mía, brillando en la oscuridad como si estuviese hecha de fuego. Su aliento fétido y frío como el hielo acaricia la piel de mi rostro y desciende lentamente por mi pecho y vientre hasta llegar a mi pubis. El cabrón es un pervertido hasta el final. Cuando muerde la cara interna de mi muslo, gimo de placer. Siento como mi sexo arde al recibir la saliva del maldito cerdo, como la quemazón se extiende por su interior, dejándolo en carne viva, haciendo que la oleada de placer que viene a continuación sea devastadora.

Entonces ya nada importa, ya nada existe. Mi carne palpitando de placer y mi sangre deslizándose en la boca del Señor de las Ratas.

Cuando llega el orgasmo, me siento morir.

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No siento dolor.

¿Es esto la muerte? No, no lo creo. Pero me siento flotar. Es como si me hubiesen vaciado por dentro. Abro los ojos y descubro que toda la habitación está iluminada por una intensa luz roja que no viene de ninguna parte. Sigo aquí, en esta repugnante habitación de hotel. Inspiro lentamente y el aroma de mis propios vómitos, que siguen pudriéndose sobre la moqueta, entra en mis pulmones y se queda pegado dentro. No siento ni la más mínima repugnancia. Una sensación cosquilleante debajo de la piel de mi nuca me dice que estoy mas allá de la putrefacción, mas allá de la enfermedad. No tengo nada que temer en la inmundicia, así que no tengo porqué tenerle asco.

Mi cuerpo reluce bajo la cálida luz rojiza. Lo acaricio con cuidado, disfrutando del tacto de mis propias manos sobre mis senos, y al recorrer los surcos de mis costillas bajo la piel. Mis huesos se han vuelto todavía más flexibles. Me aprieto las costillas con fuerza y ceden, dejando que mis dedos penetren en mi pecho mucho más de lo que nunca lo habían hecho antes. Siento mi corazón, agitado por la presión, latiendo frenético dentro de mi pecho, cada latido transmitido por mi carne hasta llegar a las yemas de mis dedos.

Mis heridas. Busco las marcas que los dientes del Señor de las Ratas y sus servidoras hicieron en mi piel, pero no encuentro ninguna. ¿Cuánto tiempo llevo inconsciente? Quizá hayan sido varios días.

Me pongo en pié tan rápidamente que me asusto a mi misma. Hay mucha fuerza dentro de mi delgado cuerpo. Y me gusta sentirla. Me paso las manos por la cabeza y no encuentro ni un solo cabello. Mis cejas también han desaparecido. Debo tener un aspecto rarísimo. Sonriendo como una niña traviesa, correteo descalza hasta llegar al cuarto de baño.

Cuando estoy al fin frente al espejo, sonrió ante la hermosa criatura que me contempla con sus ojos rojizos desde el otro lado. Si, soy hermosa, increíblemente hermosa. Me toco el rostro, el cuello, los pechos. Me pellizco los pezones rosados que destacan con fuerza sobre la piel, mortalmente pálida y translúcida. Si presto atención, puedo ver como cada latido de mi corazón impulsa mi negra sangre a través de las venas de debajo de la piel. Es maravilloso.

Abro mi boca en una sonrisa perversa, y no me sorprende descubrir que mis labios y mis dientes están teñidos de un verde azulado. El color de mi espesa y aceitosa saliva.

Estoy más allá de la carne. Estoy más allá de la enfermedad.

Ahora yo soy la enfermedad. Y me encanta.

© 2008, Juan Díaz Olmedo

Publicado por Juan Díaz Olmedo en 12:39 0 comentarios  

Etiquetas: Relatos

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