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Blog de relatos y artículos escritos por Juan Díaz Olmedo

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Blog Literario de Juan Díaz Olmedo

Diabolus In Musica - Capitulo 3

lunes, 18 de agosto de 2008

-Estás extraña hoy-dice Anton-. ¿De verdad te encuentras bien?

Voltaire tarda un momento en darse cuenta de que Anton le está hablando. Todavía lleva puestas las gafas de sol, y solo se da cuenta cuando intenta enfocar a Anton, que la mira desde el rincón más oscuro de la tienda. Se las quita torpemente con dedos que no hacen más que temblar.

-No lo sé, Anton-dice al fin, hablando casi en un susurro-. Creía que estaba mejor, pero no estoy bien del todo.

-Pequeña, ¿me lo estas contando todo?-insiste Anton, acercándose a ella, tratando de mirar dentro de sus ojos.

Pero ella rehuye su mirada como nunca lo ha hecho. Se siente fatal por haberle mentido, por tener que seguir mintiendo para poder mantener la primera mentira. También se siente extraña por sus deseos, por sus pensamientos, por unos ojos ambarinos y ansiosos que no puede sacar de su cabeza, por el temblor que domina sus manos y su cabeza desde que despertó esta mañana, que apenas se ha mitigado un poco a lo largo del día. Ha vomitado los pocos cereales que ha conseguido comer, su estómago se ha concentrado en una bola de nervios tirantes como cables de acero y se ha negado a digerirlos.

-¿Cómo te has hecho eso?-le pregunta Anton, tomando su mano, cubierta por un improvisado vendaje de telas blancas.

Voltaire mira su propia mano y siente un escalofrío recorrer su espalda al recordar la lengua de la vampira acariciando su herida, el sonido de la succión de su sangre dentro de aquella boca cruel y hermosa.

-Me corté haciendo la cena-miente de nuevo-. Estaba débil y torpe.

-Pudiste haberte cortado un dedo-dice Anton-. ¿No estaba Anais para ayudarte?

-No-dice Voltaire, contenta de tener que dejar de mentir-. Sigue de gira.

-¿Cuándo volverá?-pregunta Anton.

-No lo sé-le dice Voltaire-. Ya sabes como es, ni ella misma sabe cuando van a terminar su gira. No creo que sepan cada día donde van a tocar la siguiente vez.

Anton se permite una sonrisa. Los Sonámbulos eran el grupo de Anais, una pequeña panda de bohemios enamorados del rock que se plantaban en locales a lo largo de todo el país pidiendo hablar con el encargado para actuar allí esa misma noche. Muchas veces actuaban como teloneros improvisados de la auténtica actuación programada, otras eran el sorprendente número principal de la noche. Aquella forma de comportarse era su marca de fábrica, como les gustaba llamarla, y habían conseguido convocar a un pequeño grupo de seguidores que siempre hacían conjeturas y averiguaciones para poder adelantarse a ellos y escuchar su próximo concierto.

-Estamos hablando de ti, pequeña-dice Anton-. Te conozco desde hace lo suficiente como para darme cuenta que hay algo que te tiene intranquila. No has dibujado nada en todo el día, y eso es algo que nunca había visto.

Voltaire mira al cuaderno abierto sobre el mostrador, frente a ella. La misma página en blanco que esta mañana, cuando entró. Antón tiene razón. Hoy no es ella misma, y el no ha sido el único en darse cuenta. Los clientes la han notado distante, sorprendentemente fría. Ha visto miradas de extrañeza, también de tristeza, pero por suerte ha sentido comprensión tras esas miradas.

-¿Quieres hablar de algo?-dice Anton.

-No lo sé-dice Voltaire, sin mentir.

Rehuye de nuevo la mirada de Anton, temiendo que el viejo rockero pueda leer en sus ojos las perversiones que atormentan su alma.

-Siempre ayuda-dice Anton con voz suave.

Voltaire se limita a asentir. Antón gira el cartel que indica que el local esta abierto para que nadie les moleste por un momento. Tras eso se inclina sobre el mostrador, frente a ella.

-Anton-dice Voltaire atreviéndose de nuevo a mirarle a los ojos-, ¿qué harías por conseguir aquello con lo que siempre has soñado?

Anton sonríe, como casi siempre que su mente le trae un recuerdo de la persona que fue hace mucho tiempo.

-Si me lo hubieses preguntado hace veinte años, te diría que cualquier cosa-dice-. Ahora ya no estoy seguro. Tengo a mi esposa, a mi hijo, esta tienda, te tengo a ti. Mucho depende de mí. La libertad de la juventud hace tiempo que desapareció de mi vida.

-¿Y si estuvieses en mi caso?-le pregunta Voltaire.

-Si tuviese tu edad, y tu ausencia de ataduras, me lanzaría a cualquier cosa por conseguir lo que siempre he querido. ¿Quieres saber un secreto?

Voltaire atesora los pequeños secretos de Anton, pequeñas perlas de sabiduría adquiridas a lo largo de su vida.

-Es algo que un amigo medio borracho me susurró una noche-dice Anton, su mirada perdida por un momento en algún lugar del infinito-. Que los sueños los fabricamos con pedazos de nuestra alma. Son como apuestas que hacemos contra el destino. Si ganamos, si nuestro sueño se cumple, nuestra alma se hace más fuerte y poderosa. Pero si perdemos, nos quedamos sin un pedazo de nuestra alma, de lo que somos. ¿Has oído hablar del mito de Fausto?

-Claro-contesta Voltaire.

-Es una mierda-dice Anton-. Es una de esas historias que los poderosos inventaron para que la gente se conformase con sus vidas. ¿Sabes lo que haría yo? Si el diablo se me apareciese y me ofreciera mis sueños a cambio de mi alma, se la daría envuelta en un lazo rojo.

Una tímida sonrisa aparece en los labios de Voltaire.

-¿Porque estamos hablando de esto?-pregunta Anton, contento ante la aparición de esa sonrisa.

-Por nada-dice Voltaire, apartando la vista como una niña traviesa.

-¿No estarás enamorada o algo así, no?-le pregunta.

-Tal vez-dice Voltaire.

Anton se siente un poco más tranquilo, incluso se permite sonreír. Pero algo en la mirada de Voltaire le dice que no queda mucho tiempo antes de que abandone su lado para vivir su propia vida. Y no puede evitar entristecerse por ello.

*****

A Voltaire no le cuesta mucho encontrarle. Lo que más le cuesta es no pensar en lo que va a hacer.

Se repite a sí misma que el imbecil se lo tiene merecido, que es algo que ocurriría de una forma u otra aunque ella no hiciese nada. También se esfuerza en recordar todas las cosas que sabe que ese bastardo le ha hecho a otras chicas, la forma en las que las ha tratado, las infidelidades que ha cometido, las palizas que ha dado a sus novias.

Voltaire teme que no sea suficiente como para no vacilar en el último momento.

El Refugio es un lugar extraño, un enorme pub construido en el interior de una vieja casa, una laberíntica sucesión de oscuras habitaciones, cada una con su ambiente, cada una con una música distinta, creando una cacofonía de sonidos discordantes en los mal insonorizados pasillos, que permanecen siempre a oscuras, iluminados apenas por la tenue luz que proviene de las estancias. Es en estos rincones donde parejas, y ocasionalmente tríos se refugian para deleitarse con el tacto de sus cuerpos, con el sabor de su piel y de su sudor. Voltaire suele acudir mucho a este lugar los fines de semana, en los que toda la casa se llena del ajetreo de decenas de personas de aspecto estrafalario que se mueven de un ambiente a otro según su estado de ánimo o siguiendo rituales privados. Nunca había estado en los días del medio de la semana, cuando apenas pequeños grupos deambulan por sus salas o vegetan en los muchos sofás viejos que decoran las habitaciones y los pasillos.

Una chica corpulenta le pone la mano en el hombro con una violencia que Voltaire no se esperaba. Apenas ve su rostro en la oscuridad, pero nota que la mira con expresión hosca.

-¿Tienes un cigarrillo?-le pregunta con la misma brusquedad que su forma de abordarla.

-No-responde Voltaire lacónicamente, manteniendo la mirada desafiante de sus ojos verdes.

Aunque lo hubiera tenido, no se lo habría dado. Hay gente que sencillamente no sabe comportarse, sin importar el ambiente en el que te muevas.

Finalmente la chica maleducada suelta su hombro y continua su camino. Voltaire sigue avanzando, buscando por las estancias del Refugio, examinando las formas que se esconden en las tinieblas, deseando encontrarle y temiendo el momento en el que tenga que mirarle a los ojos.

Pero aunque es ella quien busca, es él quien la encuentra.

-¡Eh!-grita la inconfundible voz de Dani, para hacerse oír por encima de la música-. ¿Qué haces aquí sola?

Dani la mira desde uno de los sofás, con expresión sinceramente sorprendida. Nunca le guarda rencor por haberle rechazado, es demasiado patético como para tener un poco de dignidad y saber donde no es bienvenido. Por suerte esta noche eso le da ventaja a Voltaire en el delicado y artístico juego del embaucamiento.

Voltaire piensa en Satán, imagina lo que le gustaría que la Gran Serpiente existiese realmente, que fuese algo más que un concepto de rebelión. Y se dice a ella misma que va a hacer que el Señor de las Tinieblas esté orgullosa de ella. Va a usar todo lo que ha aprendido de él, de los escritos de sus discípulos a lo largo de la historia. El arte del engaño, de la ilusión, lo que llaman magia menor.

Lentamente, toma asiento en el sofá, junto a Dani, no demasiado cerca. Sabe que Dani es idiota, pero no quiere subestimarlo. Podría sospechar.

-Esto es lo que me faltaba-dice, como para ella misma pero lo suficientemente alto como para que Dani lo escuche.

Dani parece ir vestido con las mismas ropas de la otra noche. A veces Voltaire ha pensado que Dani tiene la misma costumbre que Einstein, que se ha comprado un montón de camisas, pantalones y chaquetas iguales para no tener que preocuparse de que ponerse cada día. Seria irónico que un idiota y un genio tuviesen algo en común. El patético Casanova se inclina para acercarse a ella. Voltaire toma su cabeza entre sus manos, como si se sintiese abatida. Le cuesta horrores no levantar la vista furtivamente para mirar la reacción en el rostro de Dani.

-¿Que es lo que te ocurre?-le pregunta, el presunto tono comprensivo arruinado por la necesidad de gritar.

Al fin se permite alzar la vista. Dani ha intentado poner cara de preocupado mediante una capacidad actoral digna de un actor porno. Le importa una mierda lo que le pase con tal de poder llevársela a la cama, y ahora va a intentar aprovecharse de su aparente vulnerabilidad.

-Nada, solo quería estar sola, perderme un rato-dice al fin-Eras el último que quería encontrarme.

Dani piensa en sus palabras por un instante, sin duda tratando de encontrar una forma de llevar la conversación a su terreno.

-Quizá sea el destino-dice al fin-. Quizá necesitabas encontrarme.
-Tonterías-responde ella, haciendo un gesto de desprecio.

Le rechaza pero todavía no se ha alejado de él. Sabe que eso está desconcertando a Dani, y que ahí está la brecha en la que debe ahondar.

-Oye-dice Dani-, si te sientes mal tal vez te haga bien un poco de compañía, algo de conversación.

-Quien sabe-le concede Voltaire por primera vez en su vida.

-¿Que es lo que te ha pasado?

Voltaire permanece en silencio un momento. Después alza de nuevo la vista y mira a Dani con expresión seria.

-¿Que harías por mí, Dani?-le pregunta.

Las palabras de Voltaire desconciertan a Dani. Por un instante reflexiona rápidamente en qué decir, como dar la respuesta perfecta.

-Ya sabes que lo que fuera-le dice Dani.

Voltaire nunca ha escuchado de Dani nada que le haga suponer eso, pero no le extraña su respuesta. Va a intentar mantener una ilusión, de embaucarla sin saber que es él el embaucado. Va a ser mucho más sencillo de lo que imagina.

-Hay un lugar, no muy lejos, al que me encanta ir-dice Voltaire-. ¿Me acompañarías?

-Por supuesto-dice Dani, visiblemente aliviado de que sea esa la proposición.

-Necesito algo de intimidad-dice Voltaire, sus palabras escogidas cuidadosamente para que Dani imagine dobles sentidos.

-¿A donde vamos?-pregunta Dani.

-Espero que no te dé miedo-dice Voltaire, permitiendo que una sonrisa asome a sus labios-. Vamos al cementerio.

-¿Porque iba a tener miedo?-dice Dani, con voz vacilante.

Le atemoriza la idea de visitar el cementerio, pero nunca lo confesará ante ella. Hará la proeza de acompañarla, ignorando sus temores. Todo por conseguirla.

Voltaire ya le tiene en su poder.

*****

Antes de abandonar el refugio Voltaire ha tenido que visitar el baño para vomitar de nuevo sobre una sucia taza. Se sigue sintiendo mareada, débil, pero también algo mejor que esta mañana. Sea lo que sea lo que le está pasando, esta suavizándose. Se está curando, aunque no sabe de que enfermedad. O quizá solo sea su mente, su nerviosismo, su miedo, que al fin está consiguiendo domar.

El cementerio está rodeado de una alta verja cuyas puertas antaño se cerraban durante la noche. Pero ahora, afortunadamente, nadie se encarga de cerrarlas. Chirrían sobre sus goznes cuando Voltaire las empuja, y el ruido sobresalta a Dani. El patético conquistador permanece desde hace tiempo unos pasos detrás de Voltaire, preguntándole insistentemente si de verdad necesita ir a este lugar, si no estarían mejor en otro de los muchos sitios que Dani conoce. Voltaire teme que se acobarde en el último momento, pero algo le dice que no será así.

Esta noche el aire roza las ramas de los árboles provocando gemidos helados que son un desgarrado presagio de muerte. La luna les contempla desde la bóveda de la noche, iluminándolos con su resplandor plateado, dando aspecto cadavérico a sus semblantes. Todo en la noche conspira para que Voltaire consiga sus fines.

-Vamos-susurra, haciendo un gesto a Dani.

Se adentra sin pensarlo en el cementerio, la vista fija en su destino, aunque aún no lo puede ver. Escucha los pasos vacilantes de Dani sobre la gravilla, tras ella, sin verlo sabe que está mirando nerviosamente a su alrededor, temeroso de cada lápida, de cada estatua suntuaria, de cada sombra, de cada gemido del viento entre las ramas. Hace frío, pero no el suficiente como para temblar. Sin embargo los dos tiemblan, los dos de miedo, cada uno por distinto motivo.

Demasiado pronto, casi asustando a Voltaire, llegan al círculo de panteones.

-Es aquí-le dice a Dani.

El patético rockero mira a su alrededor, los brazos cruzados sobre el pecho para reprimir sus temblores.

-Te van cosas muy raras-susurra.

-No tendrás miedo, ¿no?-dice Voltaire, sonriéndole con crueldad.

-No digas tonterías-dice Dani con voz temblorosa-. Solo tengo frío.

-Vamos ven-dice Voltaire-. Estas cosas me ponen a cien.

Voltaire entra sin pensárselo en el panteón. La vampira sigue allí, acurrucada en una de las esquinas. Alza la vista cuando ella entra, y sus miradas se cruzan. Voltaire siente la comprensión de esa mirada como si le estuviese golpeando el pecho. Ella sabe lo que Voltaire se dispone a hacer. Lo ha estado esperando. Sin dejar de mirar aquellos ojos ambarinos, Voltaire se oculta tras la puerta entreabierta del panteón.

-¿Que hay aquí dentro?-dice Dani al entrar lentamente en el edificio mortuorio. Se sorprende al ver a la vampira, que deja de mirar a Voltaire por un momento, para evitar que su mirada traicione su escondite.

Voltaire siente algo deslizándose sobre sus botas. Baja la vista y en la oscuridad vislumbra la blanquecina figura de una serpiente deslizándose entre ellas. Dani no escucha el chasquido de la navaja de Voltaire al abrirse, ensordecido por el sonido de sus propios pasos.

-¿Quién eres tú?-pregunta Dani, acercándose a la vampira, demasiado mundano como para darse cuenta de que no es a un ser vivo a lo que se está dirigiendo.

Sin atreverse a pensar, Voltaire sale de su escondite y agarra el pelo de Dani violentamente. De un solo gesto desliza el filo de su navaja sobre la garganta del rockero, sintiendo como la piel y la carne ceden bajo el frío metal. Después empuja a Dani contra la vampira, que agarra su cabeza y pega sus labios a la enorme herida de la que mana a borbotones la sangre. La lengua de la vampira se desliza serpenteante de un extremo al otro del corte, mientras la sangre rebosa sus labios y se desliza por su barbilla y su cuello. Dani tan solo acierta a temblar, atenazado por los helados dedos de la vampira, mientras su vida es lentamente consumida.

Los dedos de Voltaire pierden fuerza y la ensangrentada navaja cae ruidosamente sobre el polvoriento suelo del panteón. Tras sus dedos van sus rodillas, y tras ellas sus ojos, que dejan libre un torrente de frías lágrimas de puro horror. Voltaire cubre sus ojos con sus manos y se da la vuelta para salir del panteón, sin poder presenciar la consecuencia de sus propias acciones, de sus propios y oscuros deseos. Vuelve a la fría noche y se sienta junto a la entrada del panteón, sin dejar de escuchar los sonidos de succión de la vampira y sus gemidos de ansia, que retumban dentro de la pequeña bóveda. La bilis se agolpa en su garganta y vomita breve y amargamente entre sus piernas.

Sabe que acaba de vender su alma.

*****

Las manos de Voltaire están tan frías que casi le duele mover los dedos. Entra tímidamente en el panteón, rozando con sus dedos helados el aún más frío metal de la oxidada puerta. Tiene miedo de entrar, miedo de lo que pueda encontrarse dentro, de la reacción de su misteriosa habitante. Pero sobre todo teme el volver a ver la prueba de su crimen, el cadáver desangrado a la que ella arrancó la vida.

La vampira esta sentada en el pequeño hueco que deja el ataúd de uno de los nichos. Levanta la vista del suelo y la mira con sus ojos ambarinos, la oscura penumbra ocultando el extraño efecto de sus ojos sin brillo. A sus pies, en un confuso montón, yace lo que queda de Dani. La vampira ha debido de usar alguna de las prendas de Dani para limpiarse la sangre del rostro y de las manos. Con uno de sus pies descalzos, juguetea indolentemente con la cabeza de Dani, que reacciona moviéndose levemente en respuesta a sus suaves golpes, con el inquietante movimiento de un títere con las cuerdas cortadas. El cuello de Dani está doblado en un ángulo extraño. Al parecer la vampira ha forzado el corte de Voltaire para hacerlo más grande, para que manase más sangre de él. Por fortuna Voltaire no puede ver su rostro, ni el corte de su cuello.

Voltaire se queda junto a la puerta, dándose cuenta de que nunca ha pensado en este momento, en lo que podría ocurrir, en lo que podría sentir entre la realización del crimen y la formulación de su deseo. La vampira inclina la cabeza graciosamente, y una tenue sonrisa aparece en sus sensuales labios.

-No me tengas miedo-dice, con una voz grave y suave como la seda, la voz del mal más seductor.

La vampira hace un gesto a Voltaire para que se le acerque. La joven se mueve lentamente, como si se acercase a un animal salvaje que pudiese sobresaltarse al más mínimo movimiento en falso. Se detiene un instante para recoger del suelo su navaja, posada sobre las macabras rosas oscuras que la sangre salpicada ha dibujado sobre el polvoriento suelo. La vampira señala un espacio junto a ella, en el nicho, lo palmea con su mano para indicarle a Voltaire que se siente a su lado. Voltaire lo hace con cuidado, sin atreverse a rozar la fría piel de la vampira, que no deja de mirarla a los ojos en ningún momento.

-¿Cómo te encuentras?-le susurra la vampira.

A Voltaire le desconcierta la pregunta.

-No muy bien-admite al fin, con voz temblorosa-. Nunca había matado.

-No le has matado-dice la vampira-. He sido yo. Tu solo me has ayudado. No me refería a eso. ¿Te has sentido débil desde lo de ayer?

-Un poco-dice Voltaire, intrigada.

-Pero ahora estas mejor, ¿no?-pregunta la vampira.

-Sí-dice Voltaire-. Ya no estoy tan débil.

Pero sin embargo mi sistema nervioso parece haberse rebelado, piensa, horrorizado quizá por los crímenes que el resto del cuerpo ha cometido. Por eso quizá le temblaban las rodillas, y el labio inferior, como si fuese una niña llorona.

-No temas-susurra la vampira, alzando rápidamente una mano para acariciar una de las coletas de Voltaire.

El primer impulso de Voltaire es el de evitar el roce, pero consigue sobreponerse y siente como los fríos dedos rozan levemente la piel de su rostro mientras tocan sus trenzados cabellos, produciéndole un escalofrío no del todo desagradable.

-Sé que estoy fría-dice la vampira-. Siempre lo estoy. No importa cuanta sangre beba.

-¿Porqué me has preguntado como me sentía?-se atreve a preguntar Voltaire.
-Ayer fui algo imprudente contigo-dice la vampira-. Temía haberte infectado al lamer tu herida.

-¿Infectado?-pregunta Voltaire, aunque cree saber a que se refiere la vampira.

-Sí-dice ella-. No soy más que una enferma, y temía haberte contagiado mi enfermedad.

-No tienes porque temer eso-dice Voltaire-. ¿Por qué no quieres infectarme?

-No quiero infectar a nadie-dice la vampira.

Voltaire está perpleja. La sorpresa le corta la respiración por un instante. Nunca pensó en que esto pudiese ocurrir.

-No, por favor-dice, a sabiendas de lo patética que resulta su súplica-. Quiero ser como tu. Quiero tener tu poder, tu fuerza.

La vampira suelta de repente una risa tan amarga que casi aterroriza a Voltaire.

-¿Estas loca?-le espeta de repente-. No sabes de lo que estas hablando.

El rostro de la vampira parece haberse transformado en una terrorífica máscara de comedia.

-¿Es por eso por lo que me has traído aquí a este chico?-le pregunta-. ¿Como pago por ser contagiada, por sufrir la misma enfermedad que yo sufro? ¿Tienes idea de lo que soy?

-Eres una vampira-dice Voltaire-. Una criatura de la noche.

-Noche, día, que más da-dice la vampira-. Esto no es una poesía romántica, pequeña. Esto es la realidad. Y no tienes ni idea de lo que me estás pidiendo.

Voltaire no sabe que contestar. Su mente está a punto de saturarse de emociones. Siente lágrimas de nuevo agolpándose en sus ojos, pero no quiere llorar, no ahora, no frente a ella.

-He matado por ti-dice-. He matado por conseguir ser lo que eres.

-No eres más que una niña-dice la vampira, con tono de decepción.

Voltaire aparta la vista de los ojos de la vampira, cruzando su mirada sobre el cadáver de Dani, apartándola también de él para mirar al exterior, al pequeño fragmento del cielo nocturno que puede ver tras la puerta entreabierta.

-Te agradezco lo que has hecho-dice la vampira-. De verdad.

-Demuéstralo-dice Voltaire, asustándose de su propia osadía.

La vampira permanece en silencio por un momento. Después le susurra suavemente al oído.

-No eres la primera persona que me hace esa petición-le dice-. Había prometido no hacerlo más, pero en deferencia a tu gesto te daré una oportunidad.

Voltaire vuelve a mirar a los ojos de la vampira, que la contempla con expresión grave.

-Necesito alguien que me sirva, alguien que cuide de mí-le dice-. Tú serás mi sierva, mi esclava, si quieres llamarlo así. Puedes dejarme cuando quieras, pero mientras permanezcas a mi lado me obedecerás en todo. Y si eres digna, pasado un tiempo, te daré la oscura bendición de la enfermedad que recorre mis venas.

Voltaire asiente con al cabeza.

-Lo haré-le dice.

La vampira se pone en pie, sin dejar de mirar a Voltaire.

-Besa mis pies-le dice, con un extraño tono de crueldad en su voz.

Voltaire se sorprende de su petición, pero piensa que tal vez sea un ritual de sumisión, una forma de simbolizar su vínculo con la que a partir de ahora será su ama. Lentamente se arrodilla en el suelo frente a la vampira. Los pies de la vampira están algo sucios, pero no mucho. Y son hermosos, sensuales, y casi blancos en su palidez. Voltaire se inclina sobre ellos hasta que el olor del viejo polvo que cubre el suelo del panteón inunda su respiración. Agarra suavemente los fríos pies de la vampira con las manos y los besa lentamente, primero uno, después el otro, sintiendo la helada piel contra sus labios, sintiendo como ese frío antinatural despierta un calor abrasador dentro de ella, en su pecho y en su bajo vientre. Furtivamente desliza su lengua entre sus labios para lamer suavemente la fría piel, mientras sus dedos la acarician con cuidado.

-Ahora dame tu navaja-le dice la vampira.

Sin atreverse a pensar para qué puede necesitarla, Voltaire saca la navaja de su bolsillo y la deposita sobre las manos extendidas de la vampira.

-Quédate ahí-dice la vampira, mientras se agacha junto al cadáver de Dani-. Y mira, no apartes la vista.

Voltaire permanece arrodillada, apoyada contra el borde del nicho con la punta de sus dedos, contemplando como la vampira empuja sin ningún reparo el cadáver para darle la vuelta. Entonces aparece ante sus ojos el ancho y sanguinolento hueco de la herida, los ojos sin vida de Dani, mirando a la nada por encima de sus cabezas, su boca congelada en una expresión de absurdo temor. Voltaire aparta la vista instintivamente, asqueada.

-No apartes la vista-dice la vampira de nuevo con ese mismo tono cruel-. Esto es algo que debes aprender.

Voltaire vuelve a mirar justo cuando la vampira acciona el resorte de la navaja para liberar la hoja, todavía manchada de sangre. La vampira hace girar el arma en su mano con un movimiento de experto y sin pensárselo un instante la clava en el cadáver, a la altura del corazón. Un borbotón de sangre surge inmediatamente de la herida.

-Todavía está caliente-dice la vampira-. No ha empezado a coagularse la sangre.

-¿Porque haces eso?-se atreve a preguntar Voltaire.

-Quiero asegurarme de que está muerto-dice la vampira-. Si no lo estuviese, podría llegar convertirse en uno como yo.

La vampira saca la navaja de un tirón, provocando la erupción de un nuevo chorro de sangre, de un color hipnóticamente oscuro en la profunda penumbra del panteón. Después vuelve a clavarla una y otra vez en el cuerpo, sin dejar de mirar a Voltaire tras cada puñalada, como si disfrutara del horror que ve reflejado en el rostro de su nueva sierva. Después lame la hoja de la navaja antes de cerrarla, y se chupa la sangre que ha mojado sus dedos.

-Ya comienza a enfriarse-dice-. Se pone aún más asquerosa.

-¿Asquerosa?-pregunta Voltaire sorprendida-. Creía que os gustaba beberla.

-Has leído demasiadas novelas románticas, pequeña-dice la vampira-. Es repugnante llenarse la boca de sangre. No importa si estas vivo o eres un muerto viviente.

La vampira introduce un dedo en la herida de la primera puñalada, la que se clavó directamente en el corazón justo entre dos costillas. Lo saca empapado en sangre que se resbala viscosamente por la mano.

-Acércate-le dice la vampira.

Voltaire se fuerza a sí misma a obedecer. Gatea tres pasos hacia la vampira, inundándose del olor a sangre que mana del cadáver. Se alegra de no haber podido comer nada en todo el día. No querría haber vomitado en su presencia.

-Chupa-le ordena la vampira, acercando su dedo empapado de sangre a su boca.

Voltaire mira los ojos ambarinos de la vampira, que la contemplan con una mezcla de crueldad e interés. Se siente sucia, se desprecia por lo que está haciendo, por los sentimientos que se están despertando en su interior. Y se dice que debe librarse de todos esos absurdos bloqueos morales si quiere lograr su sueño.

Sensual y delicadamente, toma la mano de la vampira y chupa su dedo con toda la intención erótica de la que es capaz, consiguiendo que el rostro de la vampira se dibuje una expresión de placentera sorpresa. La sangre tiene un sabor metálico y repugnante, pero en estos momentos puede ignorarlo. Lo único que le importa es lo que puede leer en esos crueles ojos ambarinos.

-Me gustas-confiesa la vampira cuando Voltaire termina de chuparle el dedo-. ¿Cómo te llamas, pequeña?

-Voltaire.

-¿Que clase de nombre es ese?-pregunta la vampira, sorprendida.

-Es el que uso-responde Voltaire.

-Yo soy Alex-dice la vampira.

Voltaire toma de nuevo la fría mano de la vampira y besa su dorso, sin dejar de mirarla a los ojos.

-Encantada de conocerte, mi ama-le dice.

La vampira vuelve sonreír.

-Igualmente, mi sierva-le contesta.

http://diabolusinmusica-novella.blogspot.com/

© 2008, Juan Díaz Olmedo

Publicado por Juan Díaz Olmedo en 14:48 0 comentarios  

Etiquetas: Novela Blog

Diabolus In Musica - Capítulo 2

jueves, 7 de agosto de 2008

Voltaire escucha sin oír todo lo que sucede a su alrededor. Está ajena, sumida en unos pensamientos demasiado profundos, demasiado perturbadores. No todos los días sientes como la estructura de la realidad con la que cuentas se resquebraja y cae y es sustituida por las neblinas de lo desconocido, por la amenazadora presencia de lo imposible. Apenas presta atención a la música que le llega de la pequeña e improvisada pista de baile, a sus espaldas. Incluso la cerveza que bebe en cortos sorbos parece tener menos sabor esta noche.

Tiene que volver. Voltaire sabe que tiene que volver, que averiguar si es cierto que hay una vampira en el cementerio.

Dos golpes en el hombro sacan a Voltaire de su ensoñación. Es Zona, que la mira con una expresión de preocupación en su curioso rostro de gatita, maquillado de blanco y con sus labios negros. El pequeño cuerpo de adolescente de Zona está cubierto por un precioso vestido de encaje negro, como el de casi todas las chicas del local. Voltaire ni siquiera se ha cambiado de ropa desde esta tarde.

-¿Que te ocurre esta noche?-le pregunta Zona, forzando la voz para que se escuche sobre la música.

Voltaire mira por un momento a Zona. Sus ojos azules se fijan por un momento en los iris marrones de Zona, unos ojos que brillan a la luz de las velas que hay sobre la barra, demostrando la vida que los anima. No como los tenebrosos ojos de aquella cosa del cementerio.

-Lo siento-dice Voltaire-. Me ha ocurrido algo. No estoy de humor.

-¿Quieres hablar?-le pregunta Zona, agarrando su hombro, acercándose a ella más aún.

La pequeña Zona es una de esas personas cuya principal virtud es la de preocuparse realmente por las demás. Se sabe el centro de las vidas de mucho, el paño donde muchos secan sus lágrimas, la confidente de sus secretos más íntimos. Voltaire ha necesitado su presencia más de una vez.

-Hoy no, de verdad-le dice esta noche-. Gracias, cielo.

-Me tienes preocupada, ¿sabes?-insiste Zona.

-Has esperado para esta fiesta durante meses, no dejes que te la estropee-dice Voltaire.

-Tú también la has esperado-dice Zona.

-Diviértete, por favor-dice Voltaire, acariciando por un momento la carita de gatita de Zona.

Un precioso mohín de preocupación se dibuja sobre el rostro de Zona. Después se da la vuelta y vuelve al interior de la pista de baile.

¿Y si todo fue un sueño?, se pregunta Voltaire, aunque sabe que lo que le ocurrió fue totalmente real. Quizá es el deseo de que todo hubiese sido un sueño lo que le hace formular ese pensamiento. Lo más sencillo seria suponer que todo tiene una explicación. Voltaire sabe de gente que se creen vampiros, que viven como tales, que llegan incluso a beber sangre. Pero también sabe que esa gente se mueve en círculos cerrados, y que un ataque como el que ha sufrido esta tarde está en contra de todas sus convicciones. Quizá fuese una demente, o alguien con un sentido del humor especialmente morboso, gastando una broma. Pero Voltaire no puede sacar de su mente esos ojos sin vida, contemplándola. Ha tenido la desgracia de ver ojos vidriosos por el efecto de la adicción de las drogas, en una ocasión incluso en el rostro de alguien a quien amaba, y no lo olvidará nunca. Y los ojos de la vampira no se parecían nada a eso.

-¿Quieres algo más?-pregunta la camarera, una chica delgada con el pelo pintado de rosa.

-No, gracias-dice Voltaire, mirando por un momento la vacía botella de cerveza mejicana que sostiene entre sus manos.

No se había dado cuenta de que se había terminado la cerveza. Y cae en la cuenta de que no recuerda cuantas ha bebido esta noche. Recuerda el clásico chiste del vampiro que muerde a un borracho y se emborracha con la sangre saturada de alcohol, y pasa por su cabeza que seria divertido volver ahora al cementerio y dejarse atrapar por la vampira. Hay algo profundamente tétrico en la sonrisa que se dibuja en su rostro, algo que inquieta a la camarera.

-He bebido ya demasiado esta noche-insiste Voltaire.

Voltaire se levanta de la banqueta que ha estado ocupando toda la noche y cruza el pequeño arco que la lleva a la pista de baile. Todo el local ha sido precariamente transformado para esta noche, de una cafetería de lo más normal a un local siniestro. Hay posters de películas de terror y de grupos de los años 80 cubriendo las normalmente anodinas paredes y, en una esquina, un equipo de sonido portátil llena de música el ambiente bajo el control de un orondo discjockey. Zona y las demás están formando un corrillo cerca del centro, bailando lentamente una oscura balada romántica y deleitándose de la malignidad del aspecto de las otras, viendo cada una su propia belleza reflejada en la expresión de sus amigas. Voltaire bromea a veces con que este círculo de amistades es como los Clubs de Fuego Infernal de hace doscientos años, una sociedad de adoración mutua para cretinos decadentes. En cuanto Zona la ve, una sonrisa dubitativa aparece en su carita. Se separa del corro y Voltaire se acerca a su encuentro y la agarra del talle nada más llegar a su lado. Con una mano enguantada en cuero agarra la mano cubierta de encaje de Zona y comienza a bailar con ella con improvisados pasos de vals. La risa de Zona consigue hacerla reír. Las tinieblas se alejan de su mente por un momento.

El discjockey decide cambiar totalmente el ambiente y casi sin transición convierte la balada en el último éxito del grupo de moda de rock satánico. Zona y Voltaire se separan, saltando al ritmo de la enloquecida canción mientras alzan al aire las manos izquierdas con los dedos extendidos como si fuesen los cuernos de Satán. Voltaire baila y baila hasta que el alcohol comienza a rezumar por sus poros en forma de sudor. Entonces se aleja de aquello y se refugia en un pequeño y sucio cuarto de baño. Contempla su mirada reflejada mientras se arregla el maquillaje negro de sus labios. No puede creer lo que está pensando, las ideas oscuras y perversas que su mente está originando. Se guarda el lápiz de labios de nuevo en el bolsillo y sonríe a su reflejo, una sonrisa malvada, una sonrisa demoníaca.

Haz lo que quieras, piensa. Que esa sea la ley.

*****

El improvisado club gótico está situado en una decadente y oscura galería comercial. Tan solo la luz del interior del local la ilumina, pero eso no parece importar a los pequeños grupos de siniestros que se reúnen en pequeños corrillos cerca de la puerta, charlando en voz baja, fumando y descansando un poco del cargado ambiente del interior. Voltaire está sentada frente a un abandonado local, cerrado por una verja oxidada y casi completamente cubierta de graffitis, casi un patético monumento a las perdidas esperanzas de lucro que llevaron a construir esta galería pese a que es una zona sin tránsito, alejada del centro. La música del interior llega levemente a los oídos de Voltaire, uno de los primeros éxitos de un grupo italiano de rock sinfónico. Da un nuevo sorbo a su cerveza con tequila y mira hacia el fondo de la galería, donde está la verja que la separa del resto de la ciudad. Hay poco más que oscuridad apenas rota por el brillo amarillento de las farolas tras esa verja. Ese es su mundo, el mundo de la vampira. Aquí dentro se siente segura. Aunque se siente como una cobarde, esperará a sus amigas para ir con ellas a casa. Esta noche está demasiado alterada como para caminar sola por la calle. Sabe lo que su imaginación convocará en cada ruido, en cada eco, en cada sombra misteriosa, en cada figura furtiva que parezca acechar entre las sombras. Pero pronto, muy pronto, se hará de día y las tornas cambiarán.

-Hey, preciosa-dice una voz desagradablemente familiar cerca de ella.

Voltaire alza la vista y no hace nada para impedir que el fastidio se refleje en su rostro al ver que es quien temía que era. Dani, el maldito Dani, el tipo que lleva encaprichado de ella desde que la vio por primera vez, ese cretino que no se da cuenta de que sencillamente no le soporta.

-¿Que haces aquí solita?-dice con su voz exageradamente artificial.

Voltaire se pregunta si ensaya esa voz en casa antes de salir. Pretende ser una profunda e interesante voz de seductor, pero suena como la de un envejecido galán de opereta.

-Nada que te importe, Dani-le dice sin contemplaciones.

Normalmente, Voltaire intenta tener un mínimo de tacto al rechazar a alguien, pero Dani ha sobrepasado más de una vez la línea.

-Quizá quieras algo de compañía-dice Dani, sentándose a su lado en el estrecho bordillo, demasiado cerca para el gusto de Voltaire. El imbécil intenta pasar su brazo sobre los hombros de Voltaire, pero ella se levanta a tiempo.

-Te lo he dicho más de una vez, idiota-le grita a la cara, mientras esgrime su cerveza con tequila contra el rostro del patético intento de seductor-. Déjame tranquila. No me gustas, no me gustan los cretinos que se creen que las mujeres son de su propiedad.

-Vamos, gatita-dice Dani poniéndose en pié, con una sonrisa socarrona en su anguloso rostro.

Dani es el típico tipo que parece pasar bastante tiempo frente al espejo antes de salir a la calle, estudiando su indumentaria, ensayando poses, muecas y sonrisas. Viste de negro, con prendas que parecen sacadas del vestuario de una estrella del Death Metal. Su largo pelo negro está recogido en una coleta con un aro plateado, al igual que el del cantante de su grupo favorito. Y su rostro lobuno y no carente de atractivo está maquillado exactamente de la misma forma que el de su ídolo. Todo en él proclama a gritos su falta de personalidad propia. A Voltaire le haría reír si no fuese por sus modales de proxeneta.

-Sé que te mueres por mi cuerpo, gatita-dice señalando con prepotencia su poco agraciada fisonomía-. ¿Cuando vas a darte una oportunidad para disfrutarme?

Voltaire se limita a mostrarle el dedo medio de su mano izquierda y a darse la vuelta. Se queda helada cuando siente como Dani le palmea desvergonzadamente el trasero.

Dejando salir toda la ira y la repugnancia que Dani le ha originado en la boca del estómago, Voltaire se gira y estampa un bofetón en el rostro del cretino, arrojándolo violentamente contra la verja del arruinado local. El estrépito de la verja detiene todas las conversaciones de la galería.

-¿Ocurre algo aquí?-pregunta el portero del local gótico, un tipo gigantesco con la cabeza rapada y las cejas pintadas a lápiz.

-Nada que no pueda manejar-dice Voltaire, sin dejar de mirar a Dani fijamente con una mirada que podría detener el corazón de cualquiera.

-¿Te está molestando este tipo?-insiste el portero. Conoce bien a Voltaire y sabe que ella nunca comenzaría una pelea.

Voltaire se lo piensa un momento.

-No-dice finalmente.

Zona y las demás la miran desde la entrada del local, un poco asustadas. Voltaire se acerca a ellas, sin mirar atrás para ver como Dani se incorpora tocándose con cuidado su dolorido rostro.

-Vamonos, por favor-le susurra a Zona al llegar a su lado.

-Vamos a salir-le grita Zona al portero, mientras acaricia por un momento el rostro de Voltaire.

El portero las acompaña el corto tramo hacia la verja y la abre para que puedan salir. Una vez en el exterior, Voltaire siente un escalofrío al darse cuenta de que ya no está segura. No sabría decir si es un estremecimiento de miedo lo que ha recorrido su espalda, o de un oscuro y maligno placer.

*****

Voltaire ha llamado esta mañana a Anton, para avisarle de que no puede ir a trabajar. Le ha dicho que se encontraba mal, que no podía salir de casa. No le ha gustado tener que mentirle, pero no cree que Anton hubiera atendido a razones si le hubiese contado la verdad.

Nada más cruzar la antigua verja que rodea el cementerio, Voltaire saca la navaja del bolsillo de sus pantalones y la oculta como puede dentro de su mano. Se siente incómoda llevándola, pero necesita tener algo para protegerse, aunque no sepa si servirá de algo, o si sencillamente se atreverá a emplearla cuando se vea en la situación de tener que hacerlo. La navaja es un antiguo regalo de Anais, a la que le preocupaba la afición de Voltaire de recorrer durante la noche las calles de la ciudad. Voltaire la había aceptado y la había guardado en un cajón de su cómoda, hasta esta mañana.

Voltaire cae en la cuenta de que nunca ha estado en el cementerio a esta hora de la mañana. El sol hace mucho que surgió por el horizonte, pero no lo suficiente como para calentar la gravilla que pisan sus botas, o las hojas doradas que cuelgan precariamente de las ramas de los árboles sobre su cabeza, tenuemente acariciadas por el viento, listas para caer a la primera llamada del otoño para cubrirlo todo de una crujiente alfombra dorada. Voltaire no se cruza con nadie en su camino, tal y como esperaba. A estas horas, la mayoría de las personas comienzan sus tareas diarias, imbuidas en el ritmo de sus vidas, sin tiempo ni ánimos para recordar a los muertos.

Llega al centro del cementerio antes de lo que se esperaba. Hoy no ha tenido ánimos para pasear, para contemplar las tumbas, para saludar silenciosamente a sus habitantes. Voltaire espera no haberlos ofendido, que entiendan lo que siente en estos momentos, que comprendan porqué quiere hacer lo que se dispone a hacer. Y les suplica en silencio, al ver al fin la puerta entreabierta del panteón, que le ayuden si es que pueden hacerlo, aunque sea inspirándola para no vacilar en el momento clave. No en vano la vampira es una intrusa en su mundo, como lo es en el de Voltaire. Quizá los muertos estén dentro de sus tumbas tan asustados y fascinados como Voltaire sobre ellas.

Voltaire agarra con fuerza la navaja, como si deseara de forma inconsciente asegurarse de que está ahí, de que no es ninguna ilusión, de que le brindará la letal ayuda de su afilada hoja cuando la requiera. Avanza lentamente, el interior del panteón demasiado oscuro como para poder vislumbrar lo que en él acecha. Se detiene en el umbral, todavía deslumbrada por la luz del sol, y lentamente se desliza en su interior.

La vampira está dentro de la pequeña estancia, frente a ella, con la espalda apoyada en la pared, los brazos rodeando sus piernas, los largos dedos entrelazados. Voltaire retrocede sin pensarlo, intimidada por la mirada muerta de la criatura, y una de sus botas golpea ruidosamente la puerta de metal.

El corazón de Voltaire se ha saltado un latido, pero la vampira no se ha inmutado. Continúa mirándola, en silencio. Hay muy poca luz aquí, apenas una suave penumbra, pero Voltaire puede distinguirla con claridad. Es ahora cuando se da cuenta de lo gastadas y sucias que están sus ropas, unos pantalones vaqueros negros y una camiseta ajustada a su delgado torso. Sus pies están descalzos, con las plantas ennegrecidas por el polvo que llena el suelo del panteón. Y su rostro es duro y hermoso, un rostro de malvada, pero que ahora no refleja ninguna expresión. Tan solo mira a Voltaire con ojos sin brillo.

Al fin, Voltaire se atreve a desviar su vista por un instante de la vampira para contemplar lo que le rodea. Hay cuatro nichos transversales en las paredes, dos en cada lado del panteón. Tres de ellos contienen viejos y polvorientos féretros, el cuarto está vacío. El ataúd que contenía está en el suelo, bajo él, caído en una postura extraña y con la tapa abierta. A Voltaire no le costaría imaginarse a la vampira surgiendo del oscuro interior de ese ataúd.

Comienza a acercarse a la vampira lentamente, atenta a cualquier leve movimiento de su cuerpo, cualquier ligero cambio en su expresión. Pero la vampira se limita a seguirla con la mirada, con esos ojos que Voltaire ha descubierto que tienen la capacidad de obsesionarla, de capturar completa y despiadadamente su atención hasta el punto de que es un desafío para su voluntad separar la vista de ellos. Se pregunta si es el legendario poder hipnótico que describen las novelas o es sencillamente el miedo, ese mismo miedo que ha desbocado los latidos de su corazón y agitado su aliento.

Está muy cerca de la vampira. Ya puede casi olerla, un olor a polvo y a podredumbre que no le resulta del todo desagradable. Se agacha junto a ella, sin dejar de mirar a sus ojos en ningún momento, y acciona el resorte de la navaja para liberar su hoja, que brilla tenuemente en la penumbra. Desliza la hoja sobre la palma de su mano izquierda y siente como el filo penetra suave e implacable dentro de su carne, lo siente abrir sus venas con un dolor agudo que no tarda en crispar sus dedos y rozar levemente sus huesos, provocándole un escalofrío. El calor de la sangre llena la palma de su mano.

Las manos de la vampira se han separado nada más ver la sangre surgir de la carne de Voltaire, y ahora se acercan temblorosas a su mano, agarrándola como si tomase un cuenco, acercándola a sus pálidos y generosos labios. Voltaire deja que beba la sangre, que lama la herida, siente como la lengua seca de la vampira lacera levemente el corte, provocándole un placentero cosquilleo en medio del dolor, siente como los fríos dedos la agarran con fuerza. La sangre se derrama en dos hileras por las comisuras de los labios de la vampira, que continua bebiendo ansiosamente, succionando la herida para que no se cierre, para que siga surgiendo la sangre. Voltaire siente miedo, siente dolor, pero todo eso lo siente de una forma lejana, como si se hallara sumergida en un sueño. Es todo tan irreal, tan perversamente absurdo, que hay partes de su ser que rechazan aceptarlo.

No sabe si ha pasado una hora o solo unos minutos. La vampira separa su ensangrentada boca de la herida de Voltaire y vuelve a contemplarla con sus inquietantes ojos ambarinos. La sangre ya casi no mana de la herida. La vampira apoya delicadamente su cabeza contra la pared de piedra y la mira, una súplica silenciosa en su expresión, en su mirada.

Quiere más, necesita más.

Voltaire acaricia por un momento el frío rostro de la vampira, y la criatura entrecierra los ojos, como si la dominara el placer de la caricia. Después se pone en pié y abandona el panteón, sin atreverse a mirar atrás.

*****

El Señor Lars camina apresudaramente por la atestada calle, envuelto en su gabardina, su rostro medio oculto por sus solapas levantadas. Mira a su alrededor con expresión furtiva, examinando rápidamente los rostros de todos los que pasan a su lado, buscando gestos, signos, pistas que le ayuden en su búsqueda. Todavía no ha perfeccionado un método de identificación de sus presas, pero piensa que se encuentra en buen camino. Hay veces que se culpa a si mismo por no haber inspeccionado con detenimiento el único ejemplar de esas criaturas que estuvo en su poder el tiempo necesario para ello, pero se recuerda las circunstancias y piensa que fueron lo suficientemente terribles como para disculpar aquella imprudencia.

Calles estrechas abarrotadas de jóvenes, todos vestidos de negro, blanco, rojo y morado, de forma decadente y sensual. Ojos perfilados en negro le contemplan al pasar, labios pintados de negro susurran sobre su presencia. Es un intruso en este mundo, en estas calles que durante las horas de la noche son su reino, el reino de los góticos, de los siniestros, de esos insensatos que idolatran a las malditas criaturas que el Señor Lars persigue, que se comportan y se maquillan como patéticas imitaciones de ellas. El Señor Lars les despreciaría de no ser porque le recuerdan a alguien, a alguien a quien amaba y que fue el motivo de que comenzara su lucha contra esas criaturas.

Pronto será la hora en la que abran los clubs, en la que estos jóvenes entraran en locales oscuros para escuchar música que el resto del mundo considera pasada de moda, para beber y bailar hasta caer en un sensual y placentero trance que el Señor Lars no puede comprender. Hubo alguien que intentó explicárselo, hace mucho, pero no quiso escucharle.

Los recuerdos están atormentando al Señor Lars esta noche con especial violencia. Le gustaría pensar que se trata de un signo, de una señal de que se haya cerca de su presa, de la bestia entre las bestias que le arrebató lo único que le importaba. Pero esos recuerdos no hacen más que distraerle, hacen que no preste atención a aquellos con los que se cruza, a las siluetas apenas dibujadas que ve en los callejones oscuros, a las bellezas malignas que se apoyan en los oscuros umbrales de los locales. El Señor Lars toma una de esas oscuras bocacalles, totalmente vacía, y sigue adelante, mirando solo las punteras de sus botas.

De repente se da cuenta de que ha llegado a un lugar más iluminado. Levanta la vista para descubrir que está en una pequeña plaza, completamente desierta. El Señor Lars inspira con fuerza, después deja que el aire salga de sus pulmones lentamente, no sintiendo ningún alivio en la opresión de la boca de su estómago. Los malditos sentimientos se están adueñando otra vez de él, le están torturando implacablemente, impidiéndole cumplir su cometido. Se sienta en un frío banco de metal y mira al oscuro firmamento sobre su cabeza, mientras busca en el bolsillo de su gabardina su estropeada cartera.

El Señor Lars siente el rugoso tacto del cuero ajado contra sus dedos, busca con ellos el pequeño cierre metálico y lo abre, sin bajar la vista del cielo. Debe hacerlo, debe honrar su recuerdo para aplacar su destrozada alma por un instante, para poder continuar, para seguir buscando su venganza.

Finalmente baja la vista y la fija en los ojos que la contemplan desde la descolorida fotografía que decora su cartera. Cielos, era tan hermosa, tan parecida a su madre. No, Serlina era aún más hermosa, mucho más. Fue su orgullo durante mucho tiempo, una niña pequeña e inteligente en cuya sonrisa refugiarse tras un día interminable de trabajo sin sentido. Cuando el Señor Lars pensaba que no había nada que mereciese la pena en su vida, pensaba en Serlina, y cambiaba de idea.

Pero el tiempo fue pasando poco a poco, aunque mucho más deprisa de lo que el Señor Lars podría haberse imaginado. Y una sombra apareció en aquellos hermosos ojos, y sus risas mutaron en un misterioso silencio. Al principio no dio importancia a aquellos pequeños síntomas de que algo estaba cambiando en su hija, de que la pequeña y alegra jovencita se estaba alejando rápidamente de su lado. Vio sus labios pintados de negro, las calaveras de escayola con las que decoraba su cuarto, la maldita música que escuchaba a cada hora del día, y no le dio importancia. Es la edad, pensó, es una fase. Le tocaba ser rebelde, odiar al mundo. El Señor Lars también había sido joven y rebelde una vez, lo recordaba todavía, y recordaba haberse hecho prometer a si mismo que seria comprensivo con su hija tras una de las duras discusiones que había tenido con su propio padre. Si no toleraba a su hija, había pensado, solo conseguiré que se vuelva más rebelde, como le había ocurrido a él mismo años antes. Por eso trató de calmar a su esposa cuando Serlina comenzó a llegar cada vez más tarde cada noche, cuando encontraron botellas de cerveza vacías bajo su cama, cuando empezó a ser vista en compañía de chicos de aspecto sospechoso.

Hasta que, una noche, su hija no volvió a casa.

El Señor Lars cierra su cartera y entierra su rostro entre sus manos, sintiendo que las malditas lágrimas se agolpan en sus ojos. Necesita llorar, desahogar su dolor, su rabia. Al menos por un momento.

Un grito le sobresalta, le hace alzar la cabeza y escrutar la oscuridad frente a él con ojos borrosos por las lágrimas. Ha venido de un callejón frente a él, donde dos tenues siluetas parecen enzarzadas en una violenta danza. El Señor Lars se pone en pié y corre hacia ellas, implorando en silencio que sus peores temores se hagan realidad mientras abre su gabardina y busca la culata de su revolver.

Cuando está lo suficientemente cerca como para ver claramente lo que ocurre, lo que ve no le sorprende, pero inflama la sangre que recorre sus venas. Una chica está contra la sucia pared del callejón, forcejeando contra un tipo vestido de negro que entierra su rostro en su cuello. Sin detenerse, el Señor Lars saca el revolver de su funda y golpea con la culata el cráneo del agresor, de la maldita bestia que ha jurado exterminar. Su largo cabello negro cubre su rostro cuando cae al suelo frente a él, sobre un pequeño montón de basuras entre dos malolientes bidones de plástico. La chica grita con toda la fuerza de la que son capaces sus jóvenes pulmones, pero el Señor Lars la ignora. Apunta el cañón de su revolver contra la cabeza de la bestia, luchando contra el impulso de disparar.

Una mirada perdida contempla la nada tras una espesa cortina de cabellos negros, hasta que consigue enfocarse para distinguir el amenazador vacío del cañón del arma que le apunta. La criatura suelta un patético y desafinado grito de terror mientras retrocede espasmódicamente, golpeando uno de los bidones con su cabeza y derribándolo, derramando una cascada de malolientes desechos sobre el sucio asfalto del callejón.

Entonces es cuando el Señor Lars se da cuenta de que ha cometido un error.

-Por favor, señor, no le mate, por favor-susurra la chica entre sollozos-No le mate, por favor. No me estaba haciendo daño, por favor.

El rostro del joven es una auténtica mascara de puro horror. Sus labios tiemblan y sus ojos se llenan de lágrimas ante la visión del arma.

Esas criaturas no temen a las armas.

El Señor Lars aparta su arma del rostro del joven, que se pone en pié sin dejar de mirarle horrorizado. Contempla a la chica con ojos aterrados y de nuevo al Señor Lars, y solo entonces se da la vuelta para echar a correr.

Ha dejado a esta chica sola junto a un maniaco, piensa el Señor Lars.

Con cuidado, libera el percutor que había amartillado por instinto nada más desenfundar su arma, y la devuelve a su funda, bajo la gabardina. Después apoya la espalda en la pared del callejón, sintiendo como las fuerzas le abandonan.

Tarda un momento en darse cuenta de que la chica está todavía a su lado, sollozando. Levanta la vista de la lata vacía que ha descubierto entre sus botas y la mira, encuentra su mirada color turquesa que brilla con lágrimas de terror. Es muy joven, y muy bonita. Como ella, como Serlina.
-No tengas miedo-le dice.

Su voz suena ronca y torpe, la voz de alguien que ha perdido la costumbre de hablar.

-Lo siento-se esfuerza en decir-. Creía que ese tipo te estaba haciendo daño.

La chica se está secando las lágrimas con un pañuelo de encaje. Poco a poco, parece estar recuperando la calma.

-Es mi novio-susurra-. Es un poco bestia, solo eso.

El maquillaje de los ojos de la chica está arruinado por las lágrimas, cae dibujando surcos grises por su pálido rostro. Lentamente se incorpora, se separa de la pared y mira a la oscuridad hacia la que ha huido su aterrorizado novio.

-Y un maldito cobarde-añade.

La opresión en la boca del estómago del Señor Lars se ha hecho mucho más fuerte, tanto que casi no le deja respirar. Se lleva las manos instintivamente a la fuente de su dolor y se esfuerza en calmarse, en respirar con más calma, para que los latidos de su maltrecho corazón se calmen en consonancia.

-¿Se encuentra usted bien?-le pregunta la chica, acercándosele tímidamente.

El Señor Lars no entiende como estos jóvenes pueden ser tan amables, tan confiados, tan ignorantes de los peligros que acechan en cada rincón de este condenado mundo.

-He estado a punto de matar a tu novio-le dice, cuando consigue calmarse lo bastante como para ser capaz de hablar-. ¿No deberías tenerme miedo y huir?

-Lo ha hecho porque creía que estaba en peligro-dice la chica, sonriendo levemente-. Para salvarme.

La ingenua lógica de la chica está a punto de provocar una sonrisa en el Señor Lars. Entonces ve el símbolo rojo que decora la camiseta de la chica, medio oculto bajo su chaqueta. Su expresión cambia tanto que la chica vuelve a sentir miedo.

-¿Que es eso?-pregunta el Señor Lars, señalando al símbolo con un dedo tembloroso, como profeta iracundo.

La chica se abre la chaqueta y contempla el símbolo como si lo estuviese viendo por primera vez.

-Es el símbolo de un grupo al que vi tocar una vez-susurra temerosa.

-¿Cómo se llama ese grupo?-pregunta el Señor Lars.

-Fata Morgana-dice ella, sorprendida de su interés-. Son un grupo local.

El Señor Lars contempla de nuevo el símbolo, para asegurarse de que no está equivocado. Sí, es el mismo símbolo, la misma combinación de cruces malditas que vio colgando del cuello de Serlina poco antes de verla desaparecer.

-¿Dónde tocan?-pregunta, sin dejar de mirar el símbolo.

-No lo sé-dice la chica, que se está poniendo nerviosa-. Aquí y allá. No tocan mucho.

El Señor Lars aparta a fin la vista del símbolo rojo, y fija una mirada grave en los claros ojos de la chica.

-Apártate de ellos-le dice-. No te mezcles con ellos, no te fíes de ellos. Hazme caso.

La chica está desconcertada. Parece que sus peores temores sobre este tipo se han hecho realidad. Es un demente, le falta un tornillo. Y tiene un arma.

-Tengo que marcharme-musita-. Buenas noches.

Sin esperar respuesta, se da la vuelta y se marcha con pasos apresurados, mirando hacia atrás para comprobar que el Señor Lars no le sigue.

El Señor Lars está demasiado ocupado rebuscando entre sus recuerdos como para prestarle atención. Todavía recuerda aquel día, cuando se cruzó con Serlina en el pasillo de su antigua casa, de aquel lugar de paz que ahora solo existe en un pasado doloroso.

*****

Serlina acababa de llegar de la calle, vestida de negro como una criatura de la noche, los ojos sumergidos en pozos de negritud por obra y gracia de su exagerado maquillaje, el pelo revuelto y pintado de un rojo chillón. El Señor Lars saludó en silencio a su hija, y entonces vio el símbolo que colgaba de la cadena plateada que rodeaba su cuello.

-. ¿Que es eso?-le pregunta, señalando el amenazador símbolo.

Serlina pareció sorprenderse de que le dirigiese la palabra. En aquellos tiempos casi nunca hablaban, nada más allá de lo necesario.

-Nada-dijo ella, tomándolo con sus dedos de largas uñas y contemplándolo por un momento-. Solo un colgante que me han regalado.

Sin decir nada más, entró en su cuarto. El Señor Lars pensó en dejarlo correr, en dejarla seguir con su vida, que tomara sus propias decisiones. Pero aquel símbolo podría implicar cosas que no iba a tolerar en su casa. Entró en el cuarto de su hija antes de que ella hubiese cerrado la puerta. La mirada de Serlina se le clavó por un instante, formulando un duro y silencioso reproche por no respetar su intimidad, una intimidad que parecía haberse vuelto lo más importante para Serlina cuando estaba en casa. Después desvió la vista y se quitó la chaqueta, comportándose como si estuviese sola, ignorándole completamente.

El Señor Lars terminó de cerrar la puerta. Serlina había puesto en marcha su pequeño equipo de música nada más entrar, aunque aquel día la música era sorprendentemente tranquila, incluso con una cierta belleza.

-Quiero hablar contigo-dijo al fin.

Serlina le miró con una expresión que no supo descifrar. Después se sentó en su cama, y palmeó el espacio a su lado, invitándole a sentarse junto a ella. Y el Señor Lars se sorprendió descubriendo en aquella jovencita siniestra y rebelde la misma jovencita dulce y educada que había sido siempre, mirándole con expectación. Algo confundido, se sentó a su lado, mirándola tímidamente mientras intentaba no ser excesivamente sincero, no sonar como un histérico.
-¿No te estarás metiendo en cosas peligrosas, no?-le dijo al fin.

Serlina sonrió, una sonrisa franca pero con una cierta carga de cinismo.

-Es por la maldita televisión-dijo al fin, en medio de la risa-. Sí, debe ser por eso. En cuanto un joven se comporta de forma un poco rara, ya pensáis que es porque toma drogas.

-No, no es eso-dijo el Señor Lars-. Sé que no eres tan idiota como para eso.

-Gracias-dijo Serlina.

-No sé si sabes que ese símbolo se parece mucho a los que llevan los neo-nazis-dijo el Señor Lars, señalando al plateado colgante que colgaba del cuello de su hija.

Serlina lo miró como si lo viese por primera vez. Era tan evidente que no entendía como alguien no podía darse cuenta. Una cruz celta, negra con borde blanco, inscrita dentro de una cruz de hierro, la antigua condecoración de guerra.

-Lo sé-dijo ella-. Lo diseñó un amigo mío, el mismo que me lo regaló. Son dos símbolos de odio unidos para crear algo nuevo.

-No entiendo eso-confesó el Señor Lars.

-Es sencillo-dijo Serlina, con una voz suave y modulada que el Señor Lars nunca le había oído-. Son solo símbolos, pero están asociados con sentimientos, con ideas. Aquí están unidos, odio más odio, neutralizándose el uno al otro, creando algo nuevo, algo bello pero que conserva el poder de los símbolos anteriores.

-¿Poder?-preguntó extrañado el Señor Lars.

-El poder del miedo-dijo Serlina-. Este símbolo no representa nada, pero provoca miedo, una repulsión y al mismo tiempo una fascinación de la que nadie puede escapar. Y el poder de provocar miedo puede ser muy útil.

-¿Para qué puede servir?-preguntó el Señor Lars.

-Para que te fijes en mí lo suficiente como para preocuparte-dijo Serlina-. Para que estés aquí, hablando conmigo ahora.

En aquel momento el Señor Lars se sintió terriblemente vacío. Miró la sonrisa de su hija, pero solo pudo ver su propia culpabilidad. La abrazó levemente y la dejó sola en su cuarto, como siempre.

No sabía que era una de las últimas veces que vería a su hija con vida.

*****

El Señor Lars nunca podría haber imaginado que aquel maldito símbolo iba a ser la señal que estaba esperando, la pista que lo conduciría a su objetivo, a su venganza.

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© 2008, Juan Díaz Olmedo

Publicado por Juan Díaz Olmedo en 15:27 0 comentarios  

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Diabolus In Musica - Capítulo 1

jueves, 31 de julio de 2008

A Voltaire le gusta actuar como una criatura de la noche.

Por eso las persianas de su habitación están completamente bajadas, sin dejar entrar apenas la luz del sol que comienza a surgir tras la silueta de los edificios de la gran ciudad, hasta que las farolas siguen la orden automática que las conmina a apagarse al unísono. Es entonces cuando suena su despertador, y a regañadientes sale del caótico mundo de los sueños donde muchos días le gustaría haber permanecido y detiene de un manotazo la chillona y penetrante alarma. Voltaire ha probado a usar despertadores de sonidos más agradables, incluso con melodías, pero no servían para nada. Sentía las melodías sonando dentro del mundo de sus sueños, las cambiaba y alteraba haciendo arreglos oníricos que las mejoraban de una forma distinta cada día, y hacían que su ensoñación fuese más placentera. Así que allí permanecía, hasta que la misma fatiga de soñar la despertaba para que su mente pudiese descansar. En el arte de soñar, Voltaire podría darle lecciones al mismísimo Morfeo.

Voltaire se incorpora y se despereza lentamente, en la suave penumbra de su habitación. Tan solo leves hilos de luz consiguen iluminar la pequeña y desordenada estancia, colándose entre los leves defectos de los bordes de las persianas. Las suaves sábanas de Voltaire son negras, lo que aumenta más aún la oscuridad. Siempre duerme desnuda, y cuando la sábana resbala sobre su pecho y deja su piel al descubierto, esta parece brillar con un tono lechoso a causa de su palidez.

La pequeña lámpara que enciende Voltaire hace brillar sus bonitos ojos azules. De un salto se incorpora y sale de su habitación, sin molestarse en cubrirse. Voltaire no vive sola, pero su compañera de piso, Anais, casi siempre está en algún otro lugar, con el grupo del que es vocalista. Además, ella también tiene las mismas costumbres nudistas de Voltaire, así que no le habría importado cruzarsela desnuda por los pasillos del oscuro apartamento.

El cuerpo de Voltaire es pequeño y delgado, como el de una hadita, como suele decir Anais. Como todas las mañanas, lo contempla un momento en el espejo del cuarto de baño antes de saltar al interior de la ducha y dejar que un chorro de agua helada recorra su piel y la despierte. Sus largos cabellos están recogidos en decenas de pequeñas trenzas, teñidas de rubio y con las puntas pintadas de morado. Voltaire cierra los ojos mientras el agua helada golpea su rostro, pega sus trenzas a su larga y tatuada espalda y la sensación de frío eriza los pezones de sus pequeños pechos. Abre los labios de una boca quizá demasiado grande para su rostro para beber un poco de agua helada, y luego baja la cabeza y comienza a cantar, apenas oyéndose a si misma, ensordecida por el agua que golpea su cabeza. Tras un momento cierra el grifo y sale de la ducha, secándose rápidamente con una vieja y deshilachada toalla antes de que el agua fría le haga tiritar.

Es difícil precisar la edad de Voltaire por su aspecto. Podría tener quince años, podría tener veinticinco. Es bonita, pero de una forma extraña, un rostro como de hada malvada que no todos encontrarían atractivo. Pero eso a ella poco le importa. Una serpiente azul, verde y roja recorre su espalda. A Voltaire le gusta decir que es una imagen de la Serpiente en el Jardín del Edén, antes de ofrecerle la manzana a Eva y darle a la humanidad el Satánico Don de la Inteligencia.

Sin preocuparse siquiera de ponerse unas zapatillas, Voltaire recorre un corto pasillo y llega hasta la cocina de su apartamento. Aquí las persianas están un poco abiertas, dejando entrar suficiente luz para iluminar la blanca y sucia estancia. De un armario desordenado saca una caja de cereales para niños, y de un frigorífico que parece salido de una película en blanco y negro saca una botella de leche ya abierta. Llena un tazón hasta el borde del contenido de la caja y después lo inunda del blanco líquido, contemplando ensimismada como los copos de cereal se hunden poco a poco, cambiando de textura en el proceso. Bebe un trago de leche directamente de la botella antes de coger una cuchara de un cajón y comenzar a comer lentamente los cereales.

Voltaire tiene una sensación extraña. Tal vez sea un residuo dejado en su mente por sus sueños, unos sueños que ha olvidado en el preciso momento de despertar pero que ahora se afana inútilmente en recordar. Sabe que ha soñado con algo importante, uno de esos sueños en los que todos sus sentidos están agitados, en que todo, cada sonido, cada imagen, cada sensación, parece golpearla más que alcanzarla. Voltaire no conoce a nadie que tenga esos sueños, al menos nadie que no haya abusado de ciertas drogas de las que dejan secuelas graves. A veces, como hoy, piensa que sus sueños pueden ser premoniciones, mensajes enviados por ella misma desde el futuro, empleando alguna extraña propiedad del espacio-tiempo relativista, esas cosas de las que le gusta discutir con Anais hasta que su compañera, más pragmática y menos dada al pensamiento abstracto, siente un dolor surgiendo en el centro mismo de su cabeza.

Voltaire tiene una idea que arquea sus finas cejas. Salta de la pequeña banqueta roja en al que ha estado sentada y vuelve corriendo a su habitación. Enciende de nuevo la lamparita y busca afanosamente en el primer cajón de la cómoda que le hace las veces de mesa de noche. Al fin encuentra la pequeña caja de madera decorada con bajorrelieves celtas esmaltados en azul. Con ella vuelve a la cocina. Se sienta de nuevo en la banqueta, pone su tazón a un lado y limpia con las manos la gastada superficie de madera. Después se limpia las manos en un trapo deshilachado. Voltaire se dispone a hacer una de las pocas cosas que considera realmente sagradas, un pequeño resto de religión en alguien que no cree en Dios, pero que de creer se alinearía sin pensárselo con Satán.

Abre la caja y saca la cuidada baraja de Tarot del interior. Es una baraja especial, ilustrada por un artista especialmente talentoso en reflejar la oscuridad y la sensualidad de los motivos. Voltaire se enamoró de ella nada más verla, y no le importó pagar un alto precio por ella. Separa los arcanos mayores de los menores, que nunca emplea, y los baraja lenta y cuidadosamente, para evitar que los bordes de las cartas se doblen. Voltaire mataría a quien rompiera estas cartas.

La forma de hacer lecturas de Tarot de Voltaire es sencilla e intuitiva. No le gustan elaborados y teatrales rituales, ni encender velas, ni mirar a espejos, ni pronunciar preguntas en voz alta. Sabe que el Tarot no le ofrecerá ninguna respuesta concreta, tan solo una guía, un indicio surgido de algún lugar del interior de su mente, donde habita una inteligencia adormecida que es capaz de leer en el presente atisbos de un futuro que ya se está comenzando a construir. Y el Tarot para Voltaire es poco más que una hermosa forma de hablar con ese otro yo sobrenatural que todos los seres humanos tienen, pero algunos de forma más desarrollada que otros.

Lentamente, sabiendo de una forma inconsciente la importancia de la revelación que va a recibir, Voltaire va girando una a una las cartas de la cima de la baraja y depositándolas ante ella.

La Emperatriz.
La Luna.
Los Enamorados.
El Loco.
La Rueda de la Fortuna.

Voltaire deja el resto de la baraja y contempla las cartas en silencio, esperando que sus símbolos y sus nombres inspiren su imaginación, creando un significado oculto allí donde no hay nada. Es una tirada ambigua. La Emperatriz representa una influencia, una figura femenina de poder. ¿Ella misma? No, no cree que sea ese el caso. Ella suele identificarse más con la Suma Sacerdotisa, la mujer que conoce secretos y que usa su poder con sutileza. Y la Emperatriz representa a otro tipo de mujer, una cuyo poder puede vislumbrarse en su mirada, en sus gestos, en su voz. Una mujer temible. Voltaire sonrió. Le gustaría conocer a una mujer así. La segunda carta es la favorita de Voltaire. La Luna. Representa la noche, y todas las emociones asociadas a ella. La poesía, la pasión, la melancolía. La Luna era la diosa de los antiguos, o al menos eso había leído Voltaire hacia ya mucho en un oscuro tratado de un extraño académico inglés. La tercera carta también le hizo sonreír. No tenia que representar forzosamente una relación sentimental, pero sí algún tipo de vínculo con alguna persona. Hace mucho que Voltaire no se encuentra en una situación parecida, y piensa que ya le va apeteciendo. Pero la siguiente carta le desconcierta. El Loco. Representa la entrada del caos y la demencia en su existencia, tal vez una amenaza externa, o quizá interna. ¿Significa que va a perder la razón? No, su intuición le dice que no es ese su significado. ¿Entonces? Quizá sea otra influencia externa, misteriosa e imprevisible, de la que debe cuidarse.

La última carta es sin embargo la que más preocupa a Voltaire. Debería representar la conclusión, el objetivo del drama que van a representar los personajes presentados en las otras cartas. Pero es la Rueda de la Fortuna. No hay nada decidido, el destino todavía no ha sido trazado. Cualquier cosa es posible. Es una situación inquietante, porque lo desconocido siempre causa miedo.

Finalmente Voltaire se encoge de hombros y recoge cuidadosamente sus cartas. Sea lo que sea lo que el destino tiene reservado para ella, al menos sabe que tiene la posibilidad de influir en ello, de evitar la desgracia y buscar el beneficio. Voltaire es joven, pero sabe bien que el beneficio propio es lo único que mueve a los seres humanos, y no se siente culpable por buscar el suyo propio, dentro de unas normas.


***

Poco después las calles comienzan a llenarse de gente, seres que a regañadientes comienzan sus jornadas, partiendo de sus hogares hacia lugares poco hospitalarios en los que ejecutarán tareas repetitivas para conseguir su sustento. Voltaire se siente ajena a todo eso, distinta al resto de los mortales que la rodean por atreverse a llevar otro tipo de existencia, esa que los mortales temerosos llaman bohemia y que ella gusta de llamar libre.

Las pesadas botas negras de Voltaire suenan de forma metálica al golpear los adoquines de la calle en cada paso. Todo en ella es negro y metal, salvo la nota de color en sus cabellos. Lleva sus trenzas recogidas en dos coletas con lazos negros, como casi siempre, y un sombrero de vaquero negro protege su rostro de la nefasta influencia bronceadora del sol. Sus ojos van ocultos tras unas gafas oscuras de cristales octagonales. Sus piernas están enfundadas en unos ajustados tejanos negros, y un top negro cubre su torso, con una leyenda escrita en caracteres góticos blancos.

"Do what thou wilt". Haz lo que quieras. La única norma que Voltaire sigue y respeta, formulada hace más de un siglo por un loco ocultista inglés.

Una tendera barre la acera frente a su tienda y levanta por un momento la vista, intrigada por el golpeteo metálico de las botas de Voltaire sobre los adoquines. Cuando ve la siniestra aparición, su rostro arrugado se deforma expresando su censura, condenando sin conocer algo que se sale de su concepción del mundo. Voltaire está acostumbrada a esas miradas. La saluda con una mano enfundada en un guante negro sin dedos y sigue su camino. A Voltaire le encanta ser educada y tener modales refinados, principalmente porque hace las cosas más sencillas, pero sobre todo porque a muchos les desconcierta que una chica tatuada y con aspecto de cantante de rock tenga mejores modales que ellos. Y Voltaire sabe desde hace mucho que hay un gran poder en la capacidad de provocar el desconcierto. Por ese mismo motivo se tatuó el esqueleto de un dragón chino en el índice de la mano derecha.

Tres sonajeros anuncian la entrada de Voltaire en la Mazmorra, la tienda en la que trabaja como dependienta.

-Vaya, pero si es la pequeña Voltaire, que al fin asoma la cabeza-dice Anton, el propietario de la tienda.

Anton es un viejo rockero que hace mucho dejó la música para montar el pequeño negocio de una tienda para rockeros, góticos y siniestros. Su larga y descuidada melena negra está salpicada de gris, y hay profundas arrugas alrededor de sus ojos. Para Voltaire, y para todos los clientes, él es alguien extraño, una persona de más de cuarenta años que habla su mismo lenguaje, que comprende sus problemas y sus aspiraciones. Por eso muchos acuden a su tienda, para charlar un momento con alguien sabio pero que no les culpa por ser jóvenes. Alguien que les admira precisamente por eso.

En ese momento Anton estaba hablando con un chico de larga y espesa melena, vestido con una vieja camiseta de un grupo heavy y unos pantalones tejanos raidos. Parece que el chico ha elegido comprar una gargantilla de cuero negro y tachuelas. Se la pone y Anton hace un gesto de aprobación.

-Te queda de maravilla-le dice, guiñándole un ojo-Ya sabes, tiene garantía. Si no ligas con eso, puedes venir y te devuelvo el dinero.

El chico no sabe si sonreír o dar las gracias, como si le costara identificar lo que Anton ha dicho como una broma. Siempre hay alguien sorprendentemente lento entre estos chicos. Voltaire sospecha que se debe a las drogas que algunos fuman. El chico descubre a Voltaire a su lado, sus nerviosos ojos marrones se cruzan con la mirada de hielo de la joven.

-. ¿Te lo llevas?-le pregunta Voltaire con una sonrisa y su suave y susurrante voz de soprano de Doom Metal.

El chico sonríe a su vez, nervioso e intimidado por la belleza de Voltaire. Asiente lentamente y saca una gastada cartera con una calavera bordada del bolsillo trasero de sus tejanos. Tras pagar abandona la angosta tienda, sin dejar de mirar hacia atrás.

-Por eso te tengo aquí, pequeña-le dice Anton, revolviendo cariñosamente las coletas de Voltaire cuando esta se quita su sombrero y lo deja en el perchero-Todos los chicos acaban enamorados de ti y vuelven una y otra vez. Y claro está siempre compran algo para quedar bien.

-¿Y que hay de las chicas?-dice Voltaire cuando termina de reír.

-A la mitad de esas también les rompes el corazón-replica Anton-. ¿O crees que no me doy cuenta? El resto vienen por mis seductores labios.

Anton adopta por un momento su mejor pose de rockero de los años setenta, marcando lo más posible los labios como si fuese un imitador de Jagger y tratando de contener a duras penas una sonrisa. Voltaire sabe que Anton debía tener a las chicas enamoradas hacia tiempo, cuando era joven. Ha visto fotos de aquellos tiempos, ha visto a Anton empapado en sudor, arrancando sonidos de su guitarra, con su rostro medio cubierto por sus revueltos cabellos y amuletos esotéricos colgando de su cuello. Todo un Dios del Rock. Pero aquellos tiempos se fueron hacia mucho, y ahora Antón es un hombre casado, y con un hijo que no le comprende. Pero, pese a las canas, las arrugas y a la barriga cervecera que apenas consigue disimular su camisa negra, conserva algo de su atractivo. Voltaire le sonríe y le guiña un ojo. Entonces el tintinear de los cascabeles de la puerta les avisa de la llegada de nuevos clientes.

La Mazmorra es un lugar extraño y ecléctico, el típico en el que muchos sueñan con quedarse encerrados. En la pequeña tienda se vende música, ropa, bisutería, libros de poesía, estatuillas de dioses orientales... Más de una vez Voltaire se ha visto en la desagradable obligación de vender algo que no sabia que era. Todo el lugar está lleno de espejos, para dar la sensación de que es más grande, y decorado con carteles de grupos de rock y de conciertos históricos. Voltaire sabe que algunos de aquellos carteles podrían valer una fortuna, y también sabe que Anton moriría antes de deshacerse de ellos.

Entre cliente y cliente, Voltaire abre una pequeña libreta sobre el mostrador de cristal y dibuja con una pluma negra. Dibuja lo primero que se le pasa por la cabeza, desde extrañas criaturas a motivos geométricos. Lo hace siempre de un solo trazo, con un estilo inquietante parecido a los dibujos de un niño irreversiblemente traumatizado. Muchos de aquellos motivos acaban en el expositor de una tienda de tatuajes cercana. Ese es el segundo empleo de Voltaire. Fue Anton quien se lo consiguió, cuando le llevó, sin ella saberlo, algunos de sus dibujos al dueño de la tienda de tatuajes.

Anton la deja a media mañana, y en ese momento ella aprovecha para cambiar los CDs del equipo de música. Quita todo el rock de los 70 que tanto ama Anton y pone música gótica y siniestra. Sabe que hay clientes que vienen precisamente en ese momento, cuando ella se queda sola y cambia como puede el ambiente del local. No le gusta ser una simple dependiente. Sabe que eso le sería algo insufrible. Le gusta ser una especie de anfitriona. Por eso la música, y por eso las varillas de incienso que quema sobre el mostrador.

Poco a poco van entrando chicos silenciosos, vestidos siempre de negro, algunos con los ojos pintados, labios rojos, negros o morados. Chicas con bisutería plateada y sombreros de hace cien años, que se mueven como malvadas de opereta y transforman sus rostros en hermosas mascaras de porcelana. Le hacen preguntas a veces directas, a veces vagas. Hay quien pide directamente el ultimo disco del grupo de moda de Death Metal, pero también hay quien le pide consejo, quien le cuenta como se siente y necesita saber que música escuchar, que ropa llevar, que joyas lucir. Y a Voltaire le encanta atenderles. Este es su mundo, estos son sus habitantes. El resto de la existencia solo es una distracción para lo que realmente importa, para sentir y para soñar, para el dolor, la muerte y el amor. Una sabiduría sencilla pero demasiado oscura como para que todos la acepten de buen grado, incluso en los demás.

***

El Señor Lars siempre deja que su despertador suene tres veces antes de apagarlo. Esos tres fuertes y penetrantes pitidos electrónicos lo arrancan a golpes de la nada en la que se encuentra sumido mientras duerme. Hace mucho tiempo que el Señor Lars no sueña, o al menos no recuerda lo que ha soñado. Teniendo en cuenta el tipo de sueños que la mente del Señor Lars podría producir, está bastante agradecido a este hecho.

El dormitorio del Señor Lars es espartano hasta el extremo de resultar monástico. Solo una pequeña mesa de noche con el viejo despertador gris, un catre que hace las veces de cama, un armario angosto donde guarda sus pocas ropas. El Señor Lars no quiere recordar cuando su dormitorio era muy distinto, en otro edificio, en otra ciudad, casi en otra vida. Los recuerdos de aquella época le duelen más que reconfortarle. Le distraen de su misión, de su cruzada, de su motivo para vivir. Del único que le queda, el único en el que puede pensar.

El Señor Lars dejó atrás hace mucho sus cuarenta años, y hay quien diría que también los cincuenta. Su cabello es gris oscuro, como su barba descuidadamente recortada, como el abundante pelo de su pecho, como los fríos ojos. Tan solo lleva unos pantalones cortos para dormir. Nada más levantarse, se inclina junto a la cama y comienza a hacer flexiones, sin apresurarse pero a buen ritmo. No es musculatura lo que busca el Señor Lars en sus ejercicios matinales, aunque está bastante en forma para un hombre de su edad. Es la seguridad de que su cuerpo no fallará cuando lo necesite. Cuando tenga que cumplir su misión en esta vida.

Por un largo rato tan solo la modulada aunque exhausta respiración del Señor Lars se escucha en la habitación, mientras ejecuta una especialmente severa tabla de gimnasia sueca, una que ha copiado de un viejo manual del ejército. El Señor Lars nunca ha sido militar, ni tenia especiales simpatías por el mundo castrense hasta que las circunstancias le obligaron a convertirse en un guerrero. Su filosofía es que, puestos a aprender, es siempre mejor aprender de profesionales que de teóricos. Prefiere seguir el consejo de personas devotas al antiguo y refinado arte de matar que leer cientos de tratados sobre métodos de combate y asesinato. No en vano, el Señor Lars estudió ingeniería, y al comenzar su vida profesional descubrió que apenas le servia aquello aprendido en los libros y las clases de la facultad.

Tras el ejercicio, una ducha en un cuarto de baño igualmente espartano, tan solo un lavabo, un retrete y una placa en el suelo para recoger el agua de la ducha. El Señor Lars no se molesta en calentar el agua. Prefiere que esté fría, lo más fría posible, para curtir su piel y hacerla más resistente. Es tan solo una pequeña protección, pero el más mínimo factor puede salvar su vida cuando le sea necesario. Después, en una amplia y casi vacía cocina, el Señor Lars pone dos huevos y dos salchichas en una sartén sobre el fogón encendido, y abre un momento la puerta de su apartamento para recoger el periódico que hace horas dejó el repartidor. El Señor Lars nunca se levanta temprano. Es, por obligación, un noctámbulo. Vuelve a la cocina con el arrugado periódico y pone los huevos y las salchichas en un plato de cristal. Pone algo de leche en un vaso y armado con un tenedor se dispone a tomar el desayuno sobre una mesa gris, mientras hojea el periódico, buscando directamente la sección de sucesos, pasando desdeñosamente el resto de las páginas, preguntándose si el resto de los semejantes seguirían preocupándose de esas estupideces si supieran la mitad de las cosas que ocurren a su alrededor, frente a sus propias narices, sin que se den cuenta. El Señor Lars conoce esa verdad, pero ha pagado un precio demasiado alto por conocerla.

Cuando llega a la sección de sucesos, el Señor Lars deja por un momento su desayuno y comienza a leer con detenimiento. Con un rotulador rojo, marca determinados titulares, determinadas líneas en los artículos. Sabe bien que esa es información sesgada, pero también sabe que está solo en su lucha, y que toda la información de la que pueda disponer, aunque sea parcial, es vital. Se toma una pequeña pausa para terminar las salchichas y después continua examinando detenidamente la inquietantemente larga sección del periódico. Lo único que se escucha en su cocina, durante un largo tiempo, es el roce del rotulador sobre el rugoso papel impreso.

Finalmente, el Señor Lars se pone en pié y vuelve a su dormitorio. Allí busca en el único cajón de su mesa de noche un arrugado y viejo mapa de la ciudad. Con él vuelve a la cocina. Al desplegarlo sobre la mesa el Señor Lars vuelve a ver todas las marcas rojas, todas las anotaciones que ha ido haciendo en el mapa desde que llegó a esta maldita ciudad. Cruces en lugares específicos de la ciudad, junto con anotaciones en una caligrafía pequeña y apretada que tan solo el Señor Lars puede descifrar, y con esfuerzo. Cada vez son más, cada semana crecen los indicios de que es aquí donde se encuentra su objetivo. Vuelve a repasar la sección de sucesos del periódico y comienza a hacer nuevas marcas en el ya abarrotado mapa. Una cruz roja, y junto a ella escribe: "Desaparición, mujer de 19". Otra cruz roja: "Asesinato, hombre de 47, sin robo". Todos crímenes absurdos, sin explicación. Desaparecidos por los que nadie pide rescate, agresiones motivadas solo por el puro deseo de la violencia, asesinatos sin motivo ni provocación. Cada día son más. El Señor Lars recuerda un tiempo en el que aquellos sucesos eran raros y casi nunca ocurrían. Pero cada día ocurren con más frecuencia. El mundo se vuelve poco a poco más violento, menos seguro. Y el Señor Lars sabe porqué, sabe que es por esas malditas bestias, son ellas las que están detrás de todo. Puede ver su patrón de comportamiento, ha aprendido a reconocerlo durante todo el tiempo que lleva siguiéndolos. Quizá alguno de esos crímenes se deba a motivos más humanos, pero el Señor Lars sabe que ellos están detrás de la mayoría. Y acabará con todos los que pueda, aunque busca solo a uno.

Una vez terminadas las anotaciones, el Señor Lars dobla de nuevo el mapa con cuidado, con los movimientos precisos y ensayados con los que un soldado doblaría un paracaídas. Después vuelve a llevárselo al dormitorio, y abre su armario. Saca unos pantalones y una camisa sacada de un saldo de suministros militares, al igual que las recias botas que se pone al terminar de vestirse. Una larga gabardina negra cubre el verde del resto de su indumentaria. Después saca una maleta de aluminio de debajo del catre y se arrodilla junto a ella. El contenido de la maleta también procede del ejército, pero por cauces mucho menos legales. Abre la maleta y saca del acolchado interior un revolver de aspecto amenazador y una caja de municiones, un largo cuchillo de caza en una funda de cuero y un cinturón especial con una pistolera. Lentamente, se pone el cinturón, comprueba que el revolver esté cargado antes de meterlo en la pistolera y después ajusta la funda del puñal al lado opuesto. Cierra la gabardina y se mira por un momento en el espejo de la cara interna de la puerta del armario para comprobar que nada de su arsenal pueda adivinarse bajo la gabardina. No quiere ser detenido por la policía, que obstaculicen su búsqueda. Aunque posiblemente podría alegar eximientes psicológicos por su triste historia, sabe que seria un considerable retraso, que su presa podría escabullírse de nuevo.

Lo último que hace el Señor Lars para completar sus rituales diarios es guardar el mapa en uno de los profundos bolsillos de la gabardina. Aquel mapa es su guía, el rastro de su presa en la traicionera selva que es esta maldita ciudad. Armado con acero, saber y determinación, el Señor Lars abandona su apartamento, como cada atardecer.

***

El atardecer sorprende a Voltaire en el cementerio, sentada sobre una de las tumbas y leyendo un pequeño libro de poesía romántica encuadernado en cuero. A su alrededor, el viento agita las doradas hojas de los árboles, y gime suavemente al pasar por entre las ramas. Este evocador ambiente es para Voltaire lo más parecido a un paraíso. A su alrededor, decenas de tumbas forman filas silenciosas, todas de distintas formas y tamaños, decoradas por las caricias del tiempo que han suavizado sus contornos y sus ángulos y por el verde profundo del musgo que avanza lentamente sobre su fría piedra, cada una el resto que ha dejado una vida acabada hace ya tiempo. Voltaire conoce este lugar tan bien como la casa en la que nació. Es su refugio favorito, un frondoso jardín en medio de la ciudad, casi siempre solitario, salvo por algún ocasional paseante con el que Voltaire no tiene inconveniente en compartirlo. Cada día dedica su atención a una tumba distinta, y en su imaginación ha dado rostro y voz a cada uno de sus habitantes, ha imaginado sus vidas a partir de lo que las inscripciones y las decoraciones de cada tumba le sugieren. Hace ya mucho que no entierran a nadie aquí. Para la mayoría de los mortales este lugar no es más que una especie de monumento. Voltaire ha leído artículos en la prensa en los que se sugería que no merece la pena conservarlo. Con gusto habría matado a quien formuló aquella idea. Aquel era su lugar, y el lugar de muchos siniestros. Más de una noche había acabado en aquel lugar con un pequeño grupo de amigos, bebiendo cerveza mejicana y crema irlandesa y tratando de invocar a los difuntos con sus limitados e ingenuos conocimientos de magia negra y la valentía que da el alcohol.

Pronto el cielo se oscurecerá demasiado y Voltaire no podrá seguir leyendo las malignas disquisiciones de Baudelaire. Ha leído la biografía de aquel poeta maldito y sabe que no había sido una persona muy admirable, pero su arte, las escasas poesías que ha dejado, tienen la capacidad de conmoverla.

-Salve a ti Satán, Señor de la Humanidad-susurra Voltaire leyendo las palabras del poeta antes de cerrar de golpe el pequeño volumen.

Antes de volver a ponerse el sombrero, se inclina sobre la tumba en la que está sentada y deposita un lento y cálido beso sobre la fría piedra. Es la tumba de Henrich, una de sus favoritas. Vivió hace mucho, más de cien años, y por muy poco tiempo, menos de veintidós. Voltaire lo imagina como un joven bohemio, un poeta maldito arrancado de este mundo por el azote de la tuberculosis, esa enfermedad de románticos que había privado al mundo de tantas almas hermosas. O quizá fuese en el acto de morir jóvenes en donde radicara esa belleza.

Voltaire camina lentamente por el cementerio antes de marcharse, despidiéndose en silencio del lugar. Pronto volverá Anais a la ciudad, quizá puedan venir juntas un día. Anais siempre fanfarronea con traer un tablero de ouija a medianoche y usarlo para invocar a los muertos. Voltaire sabe que ese supuesto juego sobrenatural no es más que un fraude, que es la imaginación de los que lo juegan la que crea todo lo que sienten, pero piensa que puede ser una experiencia interesante, divertida. Y quien sabe, tal vez espeluznante.

Las botas de Voltaire se detienen de golpe sobre el suelo de gravilla blanca. Su mirada azul ha descubierto algo extraño, algo que nunca ha estado allí. Extrañada, se acerca lentamente a uno de los viejísimos panteones que forman un círculo en el centro mismo del cementerio. Es una pequeña edificación de estilo neoclásico, rematada por una gran cruz y con una pesada puerta de metal tomada por el óxido. Una puerta que siempre ha estado cerrada, pero que hoy está entreabierta. Y hay algo allí, algo justo tras el umbral, apenas iluminado por la débil luz del atardecer.

No seria la primera vez que alguien entra en el cementerio para hacer pintadas, para destrozar tumbas o profanar los panteones. Por suerte para ellos nunca se han cruzado con Voltaire ni ninguno de sus amigos, que no tendrían problemas en quitarles las ganas de destrozar cementerios para siempre. Pero esto parece algo distinto. Una sensación que no puede comprender eriza los pelos de la nuca de Voltaire cuando descubre que es eso que asoma levemente a través del umbral del panteón: Los delicados y mortalmente pálidos dedos de una mano.

¿Un cadáver? Imposible, los que hay tienen más de cien años, no son más que polvo y acaso algunos huesos. Aunque quizá sea un cadáver más reciente, uno que no ha sido enterrado aquí.

Ahora Voltaire está frente al panteón, puede adivinar el resto del cuerpo que yace patéticamente tras la puerta entreabierta. Ha pasado antes por aquí, y no ha visto que el panteón estuviese abierto. Lentamente se acerca, agachándose al llegar junto al umbral, sintiendo que sus botas hacen demasiado ruido sobre la gravilla.

Es una mujer, vestida de negro, pelo corto, con el color del ala del cuervo, al igual que sus ropas manchadas de polvo gris. Sus ojos color ámbar están abiertos, pero no brillan, como si repeliesen la poca luz que les llega. Ojos sin vida que provocan un escalofrío a Voltaire.

Voltaire cae de rodillas frente al panteón. No se ha dado cuenta de que sus rodillas estaban flaqueando. Pese a su literaria necrofilia, nunca ha visto la muerte tan de cerca. Y hay algo en todo esto que Voltaire no comprende, una sensación que le grita al oído que huya, que se aleje de ese extraño y hermoso cadáver.

Un espasmo mueve la mano del cadáver. Voltaire pierde el aliento mientras siente como si se le parase el corazón dentro del pecho.

No está muerta. No está muerta.

Voltaire agarra la mano de la misteriosa aparecida y no se sorprende al sentirla fría como la piedra de la tumba que acaba de besar. Pero hay un corazón allí, bombeando la sangre por esos dedos, aunque se diría que con más fuerza de lo que seria normal. La cabeza de la aparecida se mueve, y Voltaire diría que esos extraños ojos la están mirando. Las pupilas ambarinas se agitan como si estuviesen estudiándola.

De repente los dedos de la aparecida se cierran sobre su mano con fuerza, con demasiada fuerza. Voltaire intenta librarse de la presa, pero es incapaz. La aparecida está tirando de ella, está acercando sus labios a la muñeca de Voltaire, separándolos para mostrar unos blancos y amenazadores dientes. El miedo da alas a una idea absurda dentro de la cabeza de Voltaire. Se revuelve frenéticamente y golpea a la aparecida con una de sus botas, enviándola de vuelta al interior del panteón. Intenta ponerse de pié, pero sus manos no le obedecen, y cae de nuevo sobre la gravilla. Al segundo intento puede incorporarse y correr lejos de aquel lugar, de aquella criatura que nunca pensó que pudiese existir.

No se detiene hasta que no está fuera del círculo de panteones. Se gira para mirar de nuevo a la puerta entreabierta del panteón. Ya no puede ver a la criatura. No le ha seguido. Quizá sea porque teme a la luz del sol. En ese caso no tiene mucho tiempo para salir del cementerio, para alejarse de allí. Por primera vez, Voltaire siente miedo dentro de su amado cementerio, y huye de allí.

Voltaire sabe que acaba de librarse del ataque de un vampiro.

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© 2008, Juan Díaz Olmedo

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Loreena McKennitt: Foro Iberoamericano de la Rábida, 18 de Julio de 2008

miércoles, 23 de julio de 2008

Al fin, tras una década siguiendo su carrera y disfrutando de su música, pude al fin ver en directo a una de las intérpretes mas interesantes de la música. Una creadora e intérprete que se ha caracterizado siempre por no dormirse en los laureles y llevar a cabo una continua investigación de nuevos ritmos, nuevos instrumentos y nuevas tradiciones musicales que combinar con la base céltica de su música para crear nuevas composiciones siempre llenas de belleza y energía.

Loreena apareció en el escenario con puntualidad, acompañada por nueve músicos y un murciélago que no hacía mas que revolotear sobre el escenario y le aportó una adecuada nota siniestra a la noche. Nada mas encenderse las luces atacaron los primeros compases de "Tango de Evora" demostrándonos lo que iban a ser las siguientes dos horas: Un espectáculo preciosista protagonizado por músicos de una profesionalidad y virtuosismo fuera de serie, acompañado por un entusiasmo y una forma de disfrutar de la música que no tardó en contagiar al público, haciéndonos olvidar el calor y los mosquitos que llevaban ya un buen rato atormentándonos. El repertorio combinó temas de toda su carrera junto con nuevos temas de su último disco "An Ancient Muse", con el que Loreena ha abandonado un retiro demasiado largo. Un retiro motivado por trágicas circunstancias y por una depresión que, afortunadamente, la intérprete y compositora canadiense parece haber dejado atrás, al menos a juzgar por su actitud en el escenario y por la bromas con las que salpicó sus diálogos con la audiencia.

En directo los temas de Loreena suenan de forma ligeramente distinta, con mucha más energía, con más protagonismo de la guitarra eléctrica y de la percusión. Además de encargarse de la parte vocal, a lo largo del concierto Loreena se encargó de tocar el arpa, el órgano, el piano y el acordeón. Una versatilidad que compartían todos los músicos que la acompañaban, y que demostraron a lo largo de la noche en las ocasiones en la que los arreglos de los temas les dejaban lucirse. Ellos eran los primeros que estaban disfrutando de la ocasión, y como siempre ocurre eso se dejó ver en su música y en su actitud en el escenario.

Después de abandonar el escenario, Loreena y el resto de la banda volvieron a salir dos veces más, finalizando el concierto con "Dark Night of The Soul". Loreena tocó esta última canción al piano, disculpándose por necesitar la letra de la canción (un poema de San Juan de la Cruz) debido al tiempo que llevaba sin cantarla. Al poco de empezar a tocar un golpe de viento tiró del atril una de las dos hojas con la letra. Casi sin hacer ninguna pausa, Loreena siguió tocando mientras se aguantaba un ataque de risa mientras uno de sus compañeros se encargaba de corregir el pequeño desastre. Una demostración de la profesionalidad y el buen humor que todos los intérpretes demostraron a lo largo de la noche.

Tan encantadora y elegante como siempre, Loreena acabó la noche despidiéndose de la audiencia y deseando tener la ocasión de volver a tocar para nosotros muy pronto. Al menos en mi caso, el deseo es mutuo.

© 2008, Juan Díaz Olmedo

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Gladiator, de Philip Wylie

domingo, 20 de julio de 2008

A finales del siglo XIX, el investifgador científico independiente y profesor universitario Abednego Danner descubre un fluido capaz de modificar la estructura biológica de un feto y convertirla en otra cosa, dotando a la carne de una estructura, dureza y potencia similar a la del acero. Tras varios experimentos con animales Danner decide correr el riesgo e inyectar la fórmula en el feto aún no nacido de su propio hijo. Desde su nacimiento, Hugo Danner demuestra una fuerza y resistencia más que sobrehumanas.

"Puedo saltar tan alto como una casa, correr mas rápido que una locomotora, consigo arrancar grandes árboles y apartarlos...", le confiesa el joven Hugo Danner a su padre. La importancia de esta novela para el imaginario colectivo queda en evidencia en dicha frase. "Gladiator" está considerada como una de las principales fuentes de inspiración empleadas por Siegel y Shuster en la creación de Superman. Hay quien duda de dicha influencia (Siegel y Shuster no llegaron nunca a admitirla) pero tras haber leido la novela de Wylie creo que es más que evidente que, al menos, "Gladiator" fué el punto de partida para crear el famoso comic. Incluso uno de los planes que le son sugeridos a Hugo Danner a lo largo de la novela es muy parecido al plan de dominación mundial que tenía el protagonista de "Reign of the Supermen", la primera versión de la historia de Superman que escribieron Siegel y Shuster antes de crear la forma definitiva del comic.

En lo que se diferencia "Gladiator" de la historia del primera superheroe es, principalmente, en el tono de la historia. En ningún momento Hugo Danner se plantea ocultar su identidad para lugar contra el crimen con la ayuda de sus poderes. En la novela la única ambición del superhombre es llevar una vida normal. Sus increibles poderes no son mostrados casi como una maldición, como una enfermedad que se convierte una y otra vez en un obstáculo para las sencillas ambiciones de nuestro héroe. Cuando, finalmente, Hugo Danner se rinde y decide emplear sus poderes para cambiar el mundo, sus intentos se estrellan con el muro de la incomprensión humana, y con la imposibilidad de que un solo hombre, por muy fuerte y poderoso que sea, pueda cambiar el mundo solo con sus actos. Antes de que existiera siquiera el género de superheroes, Wylie ya habia planteado su deconstrucción y su representación realista.

No nos engañemos, la novela de Wylie dista de ser perfecta. La misoginia de la que Wylie hizo gala a lo largo de toda su vida dicta la representación de todos los personajes femeninos de la novela, y de tan exagerada llegaría a ser cómica de no hacerse tan tediosa. Cuando sus planes fracasan, Hugo Danner siempre se dá por vencido a la primera, sin volver a intentarlo en ningún momento. Pese a que la intención de Wylie no sea esa, la conclusión que uno saca es que el fracaso de Danner se debe a su casi inexistente espiritu luchador, y no a la imposibilidad de que dichos planes llegen a buen puerto.

Sin embargo, merece la pena acercarse a "Gladiator" como curiosidad antropológica, como exploración de una de las fuentes empleadas para crear a Superman y como muestra de la literatura popular de la primera mitad del siglo XX.

Gladiator ha sido publicada en español por la editorial Jaguar.


© 2008, Juan Díaz Olmedo

Publicado por Juan Díaz Olmedo en 20:22 1 comentarios  

Etiquetas: Artículos, Literatura

Stanislav Petrov, el Hombre que Salvó al Mundo

martes, 15 de julio de 2008

Uno de los sucesos menos conocidos y más sorprendentes del periodo histórico conocido como la "Guerra Fría" tiene como protagonista a Stanislav Yevgrafovich Petrov, un antiguo teniente coronel de la fuerza de misiles estratégicos del ejército soviético. El 26 de Septiembre de 1983, este hombre se desvió del procedimiento estándar de respuesta del ejército soviético basándose únicamente en su capacidad de análisis y en su sentido común. Y, haciendo esto, evitó una guerra que habría causado posiblemente la destrucción del planeta y la muerte de la mayor parte de sus habitantes.

En 1983 el gobierno de Reagan había intensificado la oposición a la Unión Soviética en un cambio de política respecto a la moderación de sus antecesores en el cargo. No en vano el periodo de las dos legislaturas de Reagan empieza a ser conocido en algunos círculos como la "Segunda Guerra Fría", ya que su política de rearme frente a lo que se entendía como la amenaza latente del comunismo hizo que la tensión entre las dos superpotencias alcanzara un nuevo auge. En este escenario, el derribo por parte de la fuerza área soviética de un avión de pasajeros coreano que había entrado por error en el espacio aéreo de la Unión Soviética solo sirvió para acrecentar las tensiones. Entre los 269 pasajeros del avión que murieron en aquel incidente había varios ciudadanos americanos, y muchas voces clamaban por una acción de represalia. Una acción que, de haber sido llevada a cabo, habría tenido como consecuencia una guerra nuclear global.

Recordemos que en aquellos tiempos la tensión entre las superpotencias era contenida por lo que se conocía como "Doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada", es decir, la certeza de que un ataque iniciado por uno de los bandos sería respondido por el otro con el despliegue de todo el arsenal nuclear, provocando así la completa destrucción de los bandos en el holocausto termonuclear resultante. En la película "Juegos de Guerra" se representaba de forma bastante gráfica el resultado de dicha doctrina, con la escalofriante imagen de un diagrama en el que las ondas expansivas de las explosiones nucleares acababan tragándose la extensión de todos los continentes. No estamos hablando de una victoria pírrica, ni de los desastres que siempre ha tenido asociada una situación de post-guerra. No, estábamos hablando de un resultado que supondría probablemente la completa extinción de la vida en nuestro planeta. Y, con total seguridad, del fin del mundo tal y como lo conocíamos.

En esta situación, el teniente coronel Petrov estaba al mando del bunker Serpukhov-15, cerca de Moscú. Su responsabilidad era el sistema de alerta temprana, basado en información de satélite, que permitiría identificar un ataque estadounidense en el momento en el que los misiles fueran disparados. Además de este sistema, el ejército soviético solo disponía del sistema de radar, que detectaría el ataque cuando los misiles estuviera a punto de impactar en territorio soviético, sin tiempo para una posible respuesta.

Poco después de la medianoche del 26 de Septiembre de 1983, el sistema de satélites de defensa hizo saltar la alarma. Había detectado el disparo de un misil nuclear desde territorio estadounidense. Poco después, nuevas alarmas comenzaban a sonar alertando de cuatro nuevos misiles disparados contra territorio soviético. Si Petrov hubiera seguido el procedimiento requerido, habría tenido que alertar a sus superiores inmediatamente, para que iniciaran una respuesta. Con una llamada telefónica, el teniente coronel Petrov habría puesto en marcha el mecanismo de la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, no lo hizo. El sistema de satélites había fallado más de una vez en el pasado, y Petrov no se fiaba de él. Pero este no fue el auténtico motivo de su decisión. Lo que hizo que Petrov descartara el ataque americano como una falsa alarma fue el hecho de que solo cinco misiles hubieran sido disparados. En caso de un ataque a territorio soviético, razonó Petrov, los americanos hubieran empleado la totalidad de su arsenal en un ataque masivo, no un simple ataque testimonial que solo destruiría algunas ciudades.

Si, es una razonamiento muy sencillo desde nuestra situación, en frío. Pero tratemos de ponernos en su posición, cuando las alarmas le estaban diciendo que la destrucción nuclear cruzaba los cielos en dirección a su país.

No es necesario decir que el teniente coronel Petrov estaba en lo cierto. El sistema de radar terminó confirmando su razonamiento: El ataque había sido una falsa alarma, un error de análisis de una formación nubosa inusual que se interpretó como estelas de misiles intercontinentales. Por su comportamiento, Petrov fue represaliado, destinado a funciones de menor responsabilidad. Acabó retirándose anticipadamente a causa de la presión psicológica a la que fue sometido.

La hazaña de Stanislav Petrov no salió a la luz pública hasta la desclasificación de documentos militares que trajo consigo la caída de la Unión Soviética. En 2004 fue honrado con el premio "World Citizen". Más tarde, en 2006, fue recibido como un héroe por la asamblea general de las Naciones Unidas. Pese a todo esto, Petrov siempre le ha quitado importancia a lo que sucedió aquella noche. Según él, se limitó a hacer su trabajo lo mejor que podía.

Petrov está ahora retirado, y vive en Fryazino, cerca de Moscú. Actualmente se está produciendo un documental sobre su vida, con un título más que apropiado: "El Hombre que Salvó al Mundo".

© 2008, Juan Díaz Olmedo

Publicado por Juan Díaz Olmedo en 15:02 2 comentarios  

Etiquetas: Artículos, Mundo Insólito

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